CAPÍTULO 7
Los ojos azules que la habían perseguido en sueños, la miraban ahora con una mezcla de incredulidad y algo que parecía peligrosamente cercano a la furia.
La mandíbula perfectamente afeitada se tensó visiblemente.
Una vena palpitó en su sien.
¿Aquello era una jodida broma?
«No puede ser —pensó Felicity, sintiendo cómo el suelo parecía moverse bajo sus pies—. De todos los vagones de todos los trenes de todo el mundo, tuve que besarlo a él.»
Un silencio absoluto llenó la oficina, tan denso que parecía tener peso físico.
Rebecca, ajena al melodrama silencioso que se estaba desarrollando, interpretó la falta de respuesta como su señal para retirarse.
—¿Necesita algo más, señor Reid? —preguntó desde la puerta.
Alexander Reid pareció hacer un esfuerzo físico para apartar la mirada de Felicity y dirigirla hacia su empleada.
—No. Cierre la puerta al salir, por favor.
Su voz. Esa voz profunda y controlada que Felicity había escuchado brevemente en el tren, resonaba en el espacio cerrado de la oficina, enviando un escalofrío involuntario por su columna vertebral.
La puerta se cerró con un suave clic que sonó en los oídos de Felicity como el sello de su destino.
Estaba atrapada en una oficina en el piso 70 de un rascacielos con el hombre al que había acosado (porque, seamos honestos, besar a alguien sin consentimiento se calificaba como acoso en cualquier libro) menos de 24 horas antes.
Alexander Reid rodeó lentamente su escritorio.
Sus movimientos eran fluidos y templados como los de un depredador evaluando a su presa. Se detuvo a unos metros de ella, cruzando los brazos sobre su pecho en un gesto que hacía poco por ocultar la tensión en sus hombros.
Y, joder, era altísimo. ¿Cuánto medía? ¿Un metro noventa?
—Señorita Ashford —dijo finalmente. Su tono era tan frío que podría haber congelado todo el desierto de Sahara—. Qué... sorpresa.
Felicity abrió la boca, pero no salió ningún sonido de ella. Su cerebro, normalmente ágil y rápido, parecía haber sufrido un cortocircuito.
¿Qué se suponía que debía decir? «Para mí también es una sorpresa verlo, lamento haberlo besado sin permiso, por cierto, ¿me da trabajo?»
—Señor Reid —consiguió articular a duras penas, sorprendida de que su voz sonara relativamente firme—. Yo... no esperaba...
—Evidentemente —la interrumpió él, con una entonación que sugería que estaba haciendo un considerable ejercicio de control sobre su temperamento—.
¿O debo suponer que esto también forma parte de alguna elaborada estrategia para conseguir el puesto?
¿Primero se cuela en mi compartimento privado y ahora en mi oficina?
El comentario, con la implicación de que había planeado todo, consiguió penetrar la niebla de shock que envolvía el cerebro de Felicity.
La indignación comenzó a burbujear bajo su piel, proporcionándole el impulso que necesitaba para recuperar algo de compostura.
—Con todo respeto, señor Reid —respondió, enderezando la espalda—, no tenía ni idea de quién era usted en el tren. Y ciertamente no planeé encontrármelo aquí. Estoy tan sorprendida como usted por esta... coincidencia.
Alexander Reid enarcó una ceja, un gesto que de alguna manera lograba transmitir escepticismo, irritación y una pizca de algo que podría haber sido curiosidad, pero que probablemente no lo fuera.
—¿Coincidencia? —repitió, como si la palabra le resultara ofensiva—. ¿Espera que crea que besó a un desconocido en un tren, y ese desconocido luego resultó ser exactamente la persona que podría contratarla al día siguiente?
Dicho así, sonaba absurdamente improbable. Tanto que Felicity se hubiera echado a reír, si no estuviera cagada.
—Las probabilidades son muy bajas, lo admito —concedió —. Pero es la verdad. Yo no sabía quién era usted.
Reid la estudió con esos ojos penetrantes que parecían ser capaces de detectar mentiras a kilómetros de distancia.
Felicity resistió la tentación de moverse en el sitio bajo su escrutinio, manteniendo su mirada firme a pesar del calor que sentía ascender por su cuello.
Dios, iba a darle un infarto, un chungo o algo.
—Y, sin embargo —dijo él, ladeando la cabeza—, aquí está, en mi oficina, solicitando ser mi asistente personal.
—Solicité este puesto hace dos semanas a través de una empleada de Recursos Humanos, Eliza, que me avisó de que quedaba libre la vacante de su asistente personal —explicó Felicity, aferrándose a los hechos como a un salvavidas—.
Mucho antes de... del incidente del tren.
Puede verificarlo con su departamento de Recursos Humanos.
Un silencio tenso siguió a sus palabras mientras Reid parecía estar considerando sus opciones. Finalmente, sin apartar la mirada de ella, presionó un botón en el teléfono fijo de su mesa.
—Señorita Anderson, comuníqueme con el Departamento de Recursos Humanos, por favor.
—Enseguida, señor Reid —respondió Rebecca a través del altavoz.
Mientras esperaban, Alexander comenzó a caminar por la oficina. Un movimiento que parecía más destinado a liberar energía contenida que a llegar a algún lugar.
Felicity permaneció inmóvil, consciente de que cada segundo que pasaba era otro segundo en el que aquel hombre, cuyos labios había sentido contra los suyos el día anterior, decidía su futuro profesional.
—Señor Reid —una voz femenina sonó a través del altavoz—, ¿en qué puedo ayudarle?
—La candidata a asistente personal, Felicity Ashford, está en mi oficina en este momento. ¿Puede confirmarme cuándo recibimos su solicitud para el puesto?
—Un momento, señor.
El sonido de teclas llenó brevemente el silencio. Felicity se estaba poniendo de los nervios.
—La solicitud de la señorita Ashford fue recibida el 27 de septiembre, señor. Hace dos semanas. Pasó la primera ronda de selección, ya que sus calificaciones son sobresalientes, y la señora Williams la recomendó especialmente después de revisar sus referencias.
Felicity no pudo evitar sentir una pequeña oleada de orgullo ante la confirmación de sus méritos profesionales. Al menos no había llegado a aquella oficina por un golpe de suerte o un beso robado.
—Gracias. Eso es todo.
Alexander cortó la comunicación y volvió a mirar a Felicity. Su expresión era ligeramente menos glacial que antes, pero solo ligeramente.
—Parece que dice la verdad sobre la cronología —aseveró, aunque no parecía particularmente complacido por el descubrimiento—. Lo cual nos deja con una coincidencia verdaderamente extraordinaria —añadió con una nota de mordacidad en la voz.
—La vida está llena de ellas, supongo —respondió Felicity, recuperando algo de su habitual espíritu ante su pequeña victoria.
La comisura de la boca de Alexander Reid se crispó, en lo que podría haber sido el fantasma de una sonrisa, o un tic de irritación. Felicity no pudo diferenciarlo.
—La vida, señorita Ashford, rara vez me presenta coincidencias. Y cuando lo hace, generalmente descubro que hay propósitos ocultos detrás —afirmó.
Felicity frunció el ceño, confundida.
—No entiendo qué propósito oculto podría haber en esto. No he ganado nada besándolo —comenzó—. De hecho, viendo cómo está resultando esta entrevista, probablemente he perdido mi oportunidad para conseguir el trabajo —dijo.
Algo cambió en la expresión de Alexander Reid, una sutil reconfiguración de sus facciones que suavizó momentáneamente la dureza de su mirada.
—¿Por qué lo hizo? —preguntó. De pronto su tono sonaba menos acusatorio y más... ¿curioso?
Felicity suspiró, resignándose a revivir el momento más vergonzoso de su vida. Cambió el peso del cuerpo de un pie a otro.
—Ya se lo dije. Me robaron en la estación de Pittsburgh.
Todo: dinero, tarjetas, incluso el billete que ya había comprado.
Necesitaba llegar a Nueva York para hacer esta entrevista, y el tren era mi única opción.
—Hizo una pausa, preguntándose cuántos detalles eran apropiados, pero decidiendo que la sinceridad era su mejor apuesta a esas alturas—.
Cuando vi al revisor acercándose, entré en pánico.
Su compartimento era el único lugar donde podía esconderme, y cuando vi que iba a abrir la puerta... actué por instinto.
—¿Su instinto la impulsa a besar a extraños? —preguntó Alexander, con un tono que oscilaba entre la incredulidad y algo que podía parecer cercano al humor, si es que aquel hombre tenía algo de humor, que Felicity lo dudaba seriamente.
Felicity sintió el calor subir nuevamente a sus mejillas. ¿Hasta cuándo coño iba a durar aquella pesadilla?
—No, por supuesto que no. Fue la primera y única vez que he hecho algo así.
Pensé que si el revisor nos veía en un...
momento íntimo, se sentiría incómodo y pasaría de largo.
Y, de hecho, no me equivoqué, porque es exactamente lo que hizo.
—Se pasó una mano por el pelo, desordenando ligeramente el moño que tanto le había costado perfeccionar por la mañana—.
Fue un plan terrible, lo sé. Y lo siento mucho. De verdad.
—Supongo que tendré que creerla —dijo Alexander.
Un silencio menos tenso que los anteriores se instaló entre ellos.
Felicity tenía la sensación de que había superado algún tipo de umbral, aunque no estaba segura de hacia dónde la llevaba.
Alexander regresó a su escritorio y se sentó, haciendo un gesto hacia una de las sillas que había frente a él.
—Siéntese, señorita Ashford. Ya que está aquí, le haré la entrevista.
Felicity parpadeó un par de veces, sorprendida.
—¿Todavía está considerándome para el puesto? —preguntó, incapaz de ocultar su asombro.
Alexander la miró con esos ojos imposiblemente azules que parecían ver más de lo que ella quería mostrar.
—Sus calificaciones son muy buenas, sus referencias excelentes, y yo necesito urgentemente una nueva asistente personal —respondió.
—Se lo agradezco mucho —dijo Felicity.
Alexander se limitó a asentir levemente con la cabeza.
—Tome asiento —le pidió.
Felicity se sentó en la silla que le indicó, preguntándose cómo era posible que la entrevista hubiera tomado un giro tan inesperado.
Alexander se echó hacia atrás, recostándose en el sillón.
—Entonces, señorita Ashford —continuó con tono profesional y autoritario—. Hábleme de por qué cree que sería una buena asistente personal.
Y así, contra todo pronóstico y toda lógica, la entrevista comenzó. Felicity hubiera jurado que Alexander Reid la echaría de su oficina a patadas.
Pero es que el destino, con su peculiar sentido del humor, había decidido que un beso robado en un tren sería solo el principio de la historia entre Felicity Ashford y Alexander Reid.