El CEO de corazón de hielo (Devils 1) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

La mañana de Manhattan recibió a Felicity con un cielo despejado y una brisa fresca que parecía querer compensarla por el diluvio del día anterior.

Desde la pequeña ventana de la habitación del hostal, la más económica que había podido encontrar en Midtown.

Una caja de zapatos que por suerte había pagado en el momento de reservarla online, contemplaba el despertar de la ciudad que nunca duerme, aunque claramente bostezaba a las siete de la mañana.

—Ha llegado el momento —se dijo, ajustando el nudo de la toalla que envolvía su pelo recién lavado—. Todo va a salir bien.

Había repetido esa frase como un mantra durante toda la noche, mientras daba vueltas en la cama demasiado dura, intentando conciliar un sueño que no había manera de que la visitara.

Y no era solo por los nervios de la entrevista, aunque esos estaban ahí, burbujeando bajo la superficie como una olla a punto de hervir. Era por él. Por el desconocido del tren.

Por el hombre al que había besado.

El recuerdo la golpeó nuevamente con la fuerza de un tren de carga: la suavidad inesperada de sus labios, la rigidez de su cuerpo bajo el inesperado contacto, el azul acerado de sus ojos cuando se separaron, un azul que parecía contener galaxias enteras (en aquel momento de indignación y perplejidad, todo hay que decirlo).

—Basta ya —se regañó en voz alta, dándose la vuelta para enfrentarse a su reflejo en el pequeño espejo del baño—. Fue una locura transitoria. Un incidente aislado que nunca volverá a ocurrir. Concéntrate en lo importante.

La imagen le devolvió una mirada llena de escepticismo, como si incluso su propio rostro supiera que mentía.

No había dejado de pensar en aquel beso desde que había ocurrido.

Lo había revivido mentalmente mientras buscaba un asiento seguro en el tren, mientras caminaba por las calles de Nueva York tratando de localizar el hostal en el que había reservado la habitación, mientras intentaba repasar sus respuestas para la entrevista…

El recuerdo se colaba en los momentos más inoportunos, como un gato decidido a sentarse justo donde no debería.

Felicity suspiró, quitándose la toalla de la cabeza, y empezó a secarse el pelo castaño con el secador que tenía el baño de la habitación, uno de esos viejos aparatos que parecían soplar aire tibio con desgana.

Mientras luchaba con sus ondas rebeldes, intentó otra vez redirigir sus pensamientos hacia la entrevista.

Reid Enterprises.

Una de las corporaciones más grandes del país, con intereses en tecnología y energías renovables.

Una entrevista para el puesto de asistente personal de Alexander Reid, el enigmático dueño/presidente conocido tanto por su brillantez empresarial como por su temperamento impredecible.

Las historias sobre él corrían por los círculos empresariales como leyendas urbanas: que había despedido a un ejecutivo por llegar tarde a una reunión, que trabajaba dieciocho horas al día y esperaba lo mismo de sus empleados, que tenía un ojo infalible para detectar la incompetencia y cero tolerancia hacia ella, que era severo, estricto y gruñón.

—Pan comido —murmuró Felicity con ironía mientras batallaba con un mechón particularmente terco—. Justo el tipo de jefe con el que cualquier persona sueña.

Pero el salario... el salario era estratosférico para alguien con su experiencia.

Lo suficiente para ayudar a su madre a llegar a fin de mes, para que pudiera prejubilarse, si quería, para pagar un seguro médico, para, quizás, incluso permitirse una habitación en Manhattan en un apartamento con más comodidades que en el que vivía en Pittsburgh y compartía con otras dos chicas.

Valía la pena enfrentarse al temible Alexander Reid por esa oportunidad. Valía enfrenarse al mismísimo diablo, si hacía falta.

Lo que fuera que hubiera escuchado sobre él, lo soportaría, porque Felicity Ashford nunca había retrocedido ante un desafío. Y no lo haría ante Alexander Reid.

Una hora más tarde, emergió del metro en la Quinta Avenida, ajustando nerviosamente el cuello de su blusa blanca.

Se había vestido con su mejor (y único) conjunto profesional: una falda lápiz azul marino, blusa blanca y un blazer a juego que había encontrado en una tienda de segunda mano pero que parecía suficientemente elegante.

Sus tacones, aunque modestos, le daban los centímetros extra de confianza que necesitaba desesperadamente aquella mañana.

La Torre Reid se alzaba frente a ella como un monolito de cristal y acero, reflejando el cielo azul en sus innumerables ventanas. Setenta pisos de intimidación arquitectónica coronados por el logo minimalista de la compañía: una simple «R» estilizada que dominaba el skyline de Manhattan.

Felicity se detuvo un momento, y respiró hondo.

A su alrededor, el ritmo frenético de la ciudad continuaba: trabajadores con cafés para llevar, turistas desorientados consultando mapas y vendedores ambulantes preparando sus puestos.

La normalidad de Nueva York era reconfortante. Un recordatorio de que, a pesar de lo importante que parecía ese momento para ella, era solo otro día en la gran maquinaria del mundo.

—Puedes hacerlo —se dijo, cuadrando los hombros—. Has pasado por cosas peores.

Y era verdad. Había sobrevivido a la muerte de su abuela (que era para ella como una segunda madre), a dos trabajos simultáneos durante la universidad, a un apartamento con goteras y compañeras de piso con dudosos hábitos de higiene.

Una entrevista de trabajo, incluso con el intimidante Alexander Reid, era perfectamente manejable.

Con esa convicción, Felicity cruzó las puertas giratorias de la Torre Reid.

El vestíbulo era exactamente lo que esperaba.

Un espacio de mármol y metal, minimalista hasta el punto de parecer austero, pero inequívocamente lujoso.

Una fuente central con un diseño geométrico murmuraba suavemente, proporcionando el único sonido en un espacio donde incluso los pasos parecían amortiguados por algún truco acústico.

En las paredes había fotografías artísticas en blanco y negro de proyectos emblemáticos de Reid Enterprises: rascacielos forrados de placas solares, hectáreas de campos llenos de molinos eólicos, impresionantes presas de energía hidroeléctrica.

Felicity se dirigió hacia el mostrador de recepción, donde tres mujeres con idénticos trajes grises atendían a los visitantes con la eficiencia desapasionada de androides bien programados.

—Buenos días —saludó, intentando que su voz sonara profesional y segura—. Mi nombre es Felicity Ashford. Tengo una entrevista a las nueve con... —dudó un segundo— con el departamento de Recursos Humanos para el puesto de asistente personal del señor Reid.

La recepcionista, una mujer de unos cuarenta años con un moño tan inmóvil que parecía esculpido en vez de peinado, la estudió brevemente antes de consultar su pantalla.

—Ashford... —murmuró, tecleando con unas uñas perfectamente pintadas—. Sí. Felicity Ashford. A las 9:00, entrevista final para el puesto de asistente personal del señor Reid. —Levantó la mirada—. Necesitaré su identificación, por favor.

Felicity extrajo su carnet de conducir y se lo entregó, agradeciendo en silencio haberlo guardado en uno de los bolsillos interiores del bolso en lugar de en la cartera que le habían robado.

Mientras la recepcionista escaneaba su identificación, Felicity intentó procesar lo que acababa de escuchar. ¿Entrevista final? ¿Eso significaba que ya habían descartado a otros candidatos? ¿Estaba más cerca del puesto de lo que pensaba?

—Perdone, ¿ha dicho entrevista final? —preguntó.

—Sí, el señor Reid necesita una asistente personal con urgencia.

Felicity asintió con la cabeza.

—Todo en orden, señorita Ashford. —La recepcionista le devolvió su identificación junto con una tarjeta de acceso—. Piso 70, oficinas ejecutivas. El ascensor A le llevará directamente. Rebecca Anderson, la actual asistente personal del señor Reid, la recibirá allí.

—Gracias —respondió Felicity, tomando la tarjeta con una sonrisa que esperaba que no revelara sus nervios.

¿Piso 70? ¿Oficinas ejecutivas? Había asumido que la entrevista sería con Recursos Humanos, no directamente en el santuario del Alexander Reid.

Se dirigió hacia los ascensores, cada paso resonando en su cabeza como un pequeño trueno.

A medida que se acercaba a la zona designada como «A», se dio cuenta de que esos ascensores eran diferentes: más grandes, más elegantes, con lectores de tarjetas en lugar de botones convencionales.

—Cuanta modernidad, joder —susurró.

Felicity pasó su tarjeta por el lector, y las puertas se abrieron casi sin hacer ruido.

Entró en el habitáculo vacío, y vio que no había botones para seleccionar el piso. Según parecía, la tarjeta ya había comunicado su destino y la llevaba directamente.

Las puertas se cerraron, y el ascensor comenzó a subir con una velocidad sorprendente pero suave, sin la sensación de estómago revuelto que normalmente acompañaba a los ascensores rápidos.

Aquel ascensor era de otro mundo. Parecía sacado de una película futurista.

A solas en la cabina, Felicity intentó calmar sus nervios.

Respiró hondo.

«Es solo una entrevista —se recordó—. Has hecho otras entrevistas antes. Conoces tus fortalezas, has investigado la empresa. Estás preparada.»

Pero había algo en aquel edificio, en la atmósfera de poder que se concentraba y que exudaba, que hacía que sus entrevistas anteriores para puestos de asistente personal parecieran un juego de niños en comparación.

Y luego estaba el asunto del beso. El recuerdo que se negaba a desaparecer, poniéndola aún más nerviosa. ¿Cómo se le había ocurrido hacer algo semejante?

Felicity sacudió la cabeza, como si pudiera lanzar fuera el pensamiento.

Volvió a entrevista.

«Estadísticamente —se dijo—, las probabilidades de que me entreviste personalmente Alexander Reid son mínimas. Probablemente será un gerente de Recursos Humanos quien me la haga.»

El ascensor se detuvo con un suave pitido, y una voz digitalizada anunció: «Piso 70, Oficinas Ejecutivas.»

Las puertas se abrieron a un espacio radicalmente diferente del vestíbulo.

Si abajo dominaba un minimalismo frío, allí reinaba una elegancia cálida: paredes de madera oscura, alfombras gruesas en tonos terracota, y una iluminación indirecta que creaba una atmósfera casi íntima.

El espacio transmitía poder, pero de una manera más sutil.

Felicity salió del ascensor y se encontró frente a otro mostrador de recepción, atendido por un hombre joven con un traje impecable y una sonrisa profesional.

—Buenos días —saludó antes de que Felicity pudiera hablar—. Usted debe ser la señorita Ashford. Rebecca la está esperando. Por favor, sígame.

Sin esperar respuesta, el recepcionista se levantó y comenzó a caminar por un pasillo lateral. Felicity lo siguió, consciente de cada uno de sus pasos sobre la gruesa alfombra.

—La señora Williams, de Recursos Humanos, normalmente conduciría la entrevista preliminar —explicó el joven mientras caminaban—, pero ha habido un ligero cambio de planes esta mañana. El señor Reid ha decidido entrevistarla personalmente.

Felicity casi tropezó con sus propios pies.

—¿Personalmente? —repitió, segura de haber escuchado mal.

El recepcionista asintió, lanzándole una mirada que mezclaba simpatía y curiosidad.

—Es inusual, sí. El señor Reid rara vez se involucra en el proceso hasta la etapa final, y normalmente solo para una breve confirmación. —Se detuvo frente a una puerta doble de madera oscura—. Pero es que necesita una nueva asistente personal con urgencia.

Antes de que Felicity pudiera procesar toda la información o, más importante aún, el súbito terror que provocó en su sistema nervioso todo lo que le dijo el chico, llegaron a una sala donde detrás de una mesa se encontraba Rebecca Anderson.

—Buenos días, Rebecca —la saludó el recepcionista—. Esta es Felicity Ashford, la candidata a sustituirte —añadió con buen humor.

Rebecca esbozó una sonrisa.

—Hola, Felicity. Bienvenida —le dijo.

—Hola —correspondió ella.

—Te quedas en buenas manos —dijo el chico, antes de dar media vuelta para volver a su mostrador.

Felicity se dio cuenta de que acceder a Alexander Reid era difícil de cojones con tanta recepción y tanto personal.

Rebecca consultó su reloj.

—Son las nueve. Será mejor que te lleve con el señor Reid. Odia la impuntualidad.

A Felicity casi no le dio tiempo a sonreír, porque Rebecca tocó una de las puertas dobles y la abrió tras escuchar un «adelante» desde el interior.

—La señorita Ashford está aquí para su entrevista, señor Reid —anunció, haciéndose a un lado para que Felicity entrara.

Con el corazón martilleando contra las costillas como si intentara escapar, Felicity dio un paso al frente, entrando en una oficina espaciosa con paredes forradas de madera, a excepción de la frontal, que tenía unas cristaleras que iban desde la mitad de la pared hasta el techo y que ofrecían una vista panorámica de Manhattan que era impresionante.

Pero toda su capacidad de percepción estaba concentrada en la figura que se levantaba del imponente escritorio de madera oscura.

El mundo se detuvo.

El tiempo se congeló.

El oxígeno pareció evaporarse de la habitación.

Porque allí, mirándola con una expresión que pasó de la indiferencia profesional al reconocimiento y luego a algo cercano al horror, estaba él. El hombre del tren. El hombre al que había besado en un acto de desesperación.

El hombre cuyos labios había sentido brevemente contra los suyos.

Alexander Reid.

El presidente de Reid Enterprises, su potencial jefe, y la última persona en el planeta que esperaba volver a ver (y menos aún allí), pero que estaba de pie frente a ella, tan sorprendido como ella misma.

¡Joooder!