CAPÍTULO 5
El hombre levantó la mirada, sorprendido por la intrusión.
Sus ojos, que ahora Felicity podía ver que eran de un azul tan intenso que parecía imposible, se clavaron en Felicity con una mezcla de confusión e irritación.
Durante unos instantes, Felicity se sintió como un insecto bajo un microscopio, completamente expuesta ante aquel escrutinio glacial.
—Disculpe, pero este es un compartimento privado —dijo él, con una voz profunda y controlada que, sin ser particularmente alta, llenaba el espacio con una autoridad indiscutible.
Sus ojos volvieron a encontrarse con los del desconocido, que la miraba con fastidio.
Un hombre guapísimo, advirtió absurdamente Felicity en medio de su desesperación, con rasgos angulosos y ese atractivo severo que resultaba intimidante.
Abrió la boca para responder, para inventar alguna excusa que justificara su presencia allí, pero las palabras se evaporaron cuando escuchó al revisor justo al otro lado de la puerta.
—Siguiente compartimento. Billetes, por favor.
¡Joder, joder, joder!
El pánico se apoderó de Felicity como una corriente eléctrica.
Sin tiempo para explicaciones, sin tiempo para consideraciones éticas o sociales, y a punto de ser descubierta, Felicity tomó otra decisión impulsiva.
Probablemente la más loca, la más inapropiada y la más desesperada de todas las decisiones que había tomado en sus veinticuatro años de vida, e hizo lo único que su cerebro, en modo supervivencia, consideró viable.
Lo que sucedió a continuación pareció desarrollarse en cámara lenta. Muy lenta.
Se sentó frente al desconocido, tan cerca que podía distinguir los puntitos grises en sus ojos azules, y sin pronunciar ni una sola palabra, se inclinó hacia él, justo cuando la silueta de Frank apareció en la puerta entreabierta.
Y besó al desconocido.
Sus labios encontraron los de él de una manera tan precisa que contradecía la naturaleza impulsiva del acto.
No fue un roce tímido o un contacto vacilante ni tentativo. No podía permitirse eso. Fue un beso decidido, la clase de beso que sugiere intimidad, la clase de beso que haría que cualquier persona con un mínimo de pudor mirara hacia otro lado y continuara su camino.
Los labios del hombre eran sorprendentemente suaves bajo los suyos, contrastando con la dureza de su expresión anterior.
Felicity sintió un cosquilleo inesperado extenderse desde el punto de contacto hacia el resto de su cuerpo, una sensación que no tenía nada que ver con el miedo o la adrenalina del momento.
El desconocido se tensó como las cuerdas de una guitarra bajo su toque. Sus músculos se congelaron en una rigidez que transmitía sorpresa absoluta, como si alguien hubiera vertido nitrógeno líquido por sus venas. Durante un terrible segundo, Felicity temió que la apartara bruscamente y la delatara.
Felicity mantuvo los ojos entreabiertos, lo suficiente para ver su expresión de shock, las cejas alzadas casi hasta la línea del pelo, los ojos azules abiertos de par en par.
Pero entonces sucedió algo inesperado.
A través de las pestañas entrecerradas, Felicity vio la silueta de Frank deteniéndose frente a la puerta entreabierta. Visiblemente incómodo ante la escena, carraspeó ligeramente y continuó su camino. Aquel compartimento podía esperar.
Había funcionado.
Su plan descabellado realmente había funcionado, tal como Felicity había calculado en su desesperación.
Solo cuando los pasos del revisor se perdieron en la distancia, Felicity se atrevió a separarse. El contacto no había durado más que unos segundos, pero en su mente se había extendido como si hubiera sido una eternidad.
Felicity se separó lentamente, consciente de que acababa de besar a un completo desconocido sin su consentimiento. La culpa y la vergüenza amenazaban con ahogarla, pero también sentía un extraño hormigueo en los labios que no tenía nada que ver con la culpa. Ni con la vergüenza.
Frente a ella, los ojos azules del hombre, casi del color del acero, la miraban con una mezcla de asombro, confusión y algo que parecía peligrosamente cercano a la ira.
Podía entenderle. Pero no había tenido tiempo para explicar su plan, para pedir permiso, ni siquiera para considerarlo racionalmente. Había actuado puramente por instinto y desesperación.
Un silencio espeso como la miel se instaló entre ellos, roto solo por el rítmico traqueteo del tren sobre las vías.
—Yo... —comenzó Felicity. Su voz solo era un susurro—. Lo siento —siseó, todavía con miedo de que el revisor pudiera estar lo suficientemente cerca para escucharla.
—¿Por qué cojones me acaba de besar? —la interrumpió él.
Su tono era bajo, pero estaba cargado de una intensidad que hizo que Felicity se encogiera ligeramente en el asiento.
Sus mejillas ardían tanto que temía que pudieran encender el oxígeno del compartimento. La vergüenza la golpeó con la fuerza de una ola gigante, amenazando con ahogarla.
¿Qué había hecho?
¿En qué estaba pensando?
Había invadido el espacio personal de un completo desconocido de la manera más inapropiada posible.
—Lo siento muchísimo —consiguió articular de nuevo. La voz se escuchaba temblorosa por la mezcla de adrenalina, vergüenza y algo más que se negaba a analizar—. De verdad, lo siento. Normalmente no voy por ahí besando a desconocidos en trenes. Bueno, ni en ningún otro lugar.
Una parte distante de su cerebro advirtió que el hombre, a pesar de su evidente fastidio y mal humor (lo cual entendía), era extraordinariamente atractivo.
El tipo de atractivo que salía en portadas de revistas o anuncios de relojes de lujo, no viajando en compartimentos de trenes donde mujeres desesperadas los besaban sin previo aviso.
—Eso espero —respondió él.
Su expresión oscilaba entre la indignación y algo que parecía diversión, aunque desapareció tan rápido que Felicity pensó que se lo había imaginado.
—Y dígame, ¿tiene alguna explicación para este... incidente? —le preguntó el hombre con mordacidad.
Estaba claro que no sabía cómo definirlo, pero «incidente» estaba bien.
Felicity dudó.
La verdad sonaba patética incluso en su cabeza: «estoy tan mal de pasta que un carterista me ha robado y me ha dejado sin opciones, y tan desesperada por un trabajo, que estoy dispuesta a cometer un delito menor y a acosar sexualmente a un desconocido para conseguirlo.»
—Es una larga historia —respondió finalmente—. Pero la versión corta es que estaba desesperada. No tengo billete y el revisor iba a descubrirme y necesito llegar a Nueva York para hacer una entrevista de trabajo y me robaron en la estación y... y… —enumeró de forma atropellada.
Se detuvo, consciente de que estaba balbuceando, de que cada palabra que salía de su boca, solo le hacía caer más profundo en el agujero de humillación en el que se había metido.
El hombre seguía mirándola como si fuera una aparición sobrenatural que se había materializado en su compartimento privado para atormentarlo.
La observaba con una expresión que oscilaba entre la incredulidad y algo que casi parecía curiosidad clínica. O tal vez se estaba preguntando si estaba loca. Lo cual entraba dentro de toda lógica.
—¿Me está diciendo —comenzó, cada palabra deliberadamente espaciada como si estuviera hablando con alguien que no dominara el idioma o como si fuera una niña pequeña—, que ha entrado en mi compartimento privado y que me ha besado sin mi consentimiento solo para evitar pagar un billete de tren?
Expuesto así, sonaba aún peor de lo que era.
¡Dios, qué mierda más grande!, gimoteó Felicity para sus adentros, mientras sentía cómo el rubor se extendía hasta la raíz del pelo.
—Técnicamente, no fue para evitar pagarlo —aclaró, como si eso mejorara en algo la situación—. No tengo dinero para comprarlo. Me robaron todo en la estación: la cartera, el dinero, el billete que ya había comprado...
Algo en su expresión, en su tono, tal vez la desesperación que se filtraba entre sus palabras, pareció suavizar ligeramente la expresión del hombre. Pero en realidad no fue así, fue solo un efecto de la luz que cambió mientras el tren atravesaba un túnel.
—¿Y besarme le pareció la solución más lógica a su problema? —preguntó, con una ceja perfectamente arqueada en un gesto de escepticismo.
Felicity se pasó una mano por el pelo, desordenando aún más la coleta que ya había sufrido bastante con la carrera tras el carterista y la caminata apresurada por los vagones.
—No fue exactamente una decisión lógica —admitió—. Fue más bien... instintiva. Pensé que si el revisor nos veía en un... momento íntimo, se sentiría lo suficientemente incómodo para seguir su camino.
—Una estrategia arriesgada —comentó el hombre—. Podría haber acabado no solo fuera del tren sino también con cargos por acoso.
¿No estaba exagerando?, se preguntó Felicity.
Pensándolo detenidamente, no. No estaba exagerando ni un poco.
—Lo sé —Felicity se hundió un poco más en el asiento—. Pero ya le he dicho que normalmente no voy por ahí besando a desconocidos. De hecho, creo que es la primera vez que hago algo así. Y la última —añadió rápidamente.
—¿Cree? —repitió el hombre.
Felicity suspiró. Los nervios le estaban jugando una mala pasada.
—No lo creo, por supuesto que no he besado nunca a un desconocido —dijo.
El hombre la estudió un momento, como evaluando la veracidad de sus palabras.
Sus ojos, que inicialmente a Felicity le habían parecido simplemente azules, revelaban matices más complejos: tonos de zafiro cerca de la pupila que se desvanecían en un gris metálico hacia los bordes.
Ojos de acero que parecían hechos para intimidar.
—¿Qué se piensa? —preguntó Felicity, ligeramente a la defensiva.
—Yo no pienso nada, no la conozco —contestó él.
Algo indefinible cruzó por el rostro del hombre, como una sombra fugaz que alteró momentáneamente sus facciones.
—Este tren es mi única opción para llegar a Nueva York —aseveró Felicity.
—Ya veo —dijo el hombre simplemente, con un tono neutro, imposible de interpretar.
Después la estudió con esa intensa mirada que parecía capaz de leer cada uno de sus pensamientos. Felicity resistió el impulso de retorcerse bajo su escrutinio.
Un silencio incómodo y cargado se instaló entre ellos. Felicity era muy consciente de que había invadido la privacidad de aquel hombre de la manera más inapropiada posible y de que seguía ocupando un espacio que no le correspondía.
—Debería irme —dijo, recogiendo su bolso del asiento contiguo—. El revisor ya debe estar en la otra punta del tren, y usted claramente quiere continuar con su trabajo. De nuevo, lo siento muchísimo por... bueno, por todo esto.
Se levantó, preparándose para enfrentar el resto del viaje escondida en algún rincón del tren, quizás en ese baño que había sido su plan original antes de que la desesperación la llevara a cometer la locura más grande de su vida.
—Sí, será lo mejor —respondió el hombre.
—No es necesario que sea tan borde —dijo Felicity.
—No la conozco de nada y acaba de besarme, ¿cómo no me voy a poner borde?
Felicity negó con la cabeza.
Quizá tuviera razón, pero no quería pararse a pensar en ello.
Dio media vuelta, dispuesta a irse.
—La próxima vez que necesite evitar a un revisor, le sugiero que considere métodos menos... invasivos —dijo el hombre, con una voz que parecía hielo envuelto en seda—. Algo menos complicado que asaltar a extraños.
Felicity sintió cómo el calor regresaba a sus mejillas. Giró el rostro hacia él, pero no pudo evitar fulminarlo con los ojos. Tampoco hacía falta que se regodeara, que metiera el dedo en la herida.
—Le aseguro que no habrá próxima vez —prometió, alzando levemente la barbilla—. No soy una psicópata, soy una persona normal. —Su voz sonaba enfadada.
El hombre la observó con esos ojos penetrantes que parecían diseccionar cada uno de sus movimientos. Para él, debía ser poco más que una cucaracha.
—Le deseo un buen viaje —añadió, dejando entrever cierta ironía en sus palabras.
Y con una última mirada, Felicity salió rápidamente del compartimento, cerrando la puerta tras ella.
Solo cuando estuvo en el pasillo, lejos de esos penetrantes ojos azules, se permitió respirar con normalidad y recuperar la compostura.
Joder, el corazón se le iba a salir por la garganta.
«Lo he logrado —se dijo para sus adentros, todavía aturdida por lo que acababa de hacer—. Estoy en el tren, camino a Nueva York. He besado a un desconocido guapísimo y probablemente lo he traumatizado de por vida, pero estoy en camino.»
Sin querer, una sonrisa afloró a sus labios.
Con una mezcla de adrenalina, vergüenza y un extraño cosquilleo en los labios que se negaba a desaparecer (y que no tenía nada que ver con la culpa o la vergüenza, por mucho que intentara convencerse de lo contrario), Felicity se dirigió hacia la parte trasera del tren, decidida a encontrar un lugar discreto donde pasar el resto del viaje sin más incidentes.
¿Qué más daba si había besado a un desconocido? No volvería a verle nunca.
Lo importante era que no la había delatado.
Contra todo pronóstico, había reaccionado con una calma casi sobrenatural tras la sorpresa inicial.
La mayoría de las personas habrían gritado, la habrían empujado y habrían llamado a seguridad.
Él simplemente había... preguntado por qué.
Como si estuviera más interesado en la lógica detrás de su acción que en la acción misma.