CAPÍTULO 4
Trece minutos.
Trece minutos para tomar una decisión que contradecía cada uno de los valores que su madre le había inculcado desde pequeña. «Siempre honesta, siempre recta», había sido el mantra de Aurora Ashford mientras criaba sola a su hija en un mundo que raramente premiaba tales valores.
Pero no era momento para filosofar sobre ética y moral. Era un momento para sobrevivir. Sí, eso era lo que iba a hacer: sobrevivir.
La lluvia golpeaba los ventanales de la estación con furia, como si el cielo mismo quisiera añadir un toque de dramatismo a toda la situación.
Jodida mierda.
Felicity se posicionó estratégicamente cerca del andén 5, desde donde podía observar tanto la entrada al tren como al revisor, un hombre de mediana edad, con una visible expresión de hastío profesional, que comprobaba los billetes con una eficiencia mecánica.
Se notaba a la legua que había realizado aquella tarea durante décadas.
«Es ahora o nunca», pensó en silencio, ajustando la correa de su bolso sobre el hombro y respirando profundamente para calmar los latidos desbocados de su corazón.
El revisor (cuya placa identificativa indicaba que se llamaba Frank) parecía especialmente meticuloso aquel día, examinando cada billete como si buscara falsificaciones de alta tecnología en lugar de simples tickets de Amtrak.
Felicity lo observó mientras detenía a una pareja de ancianos y verificaba sus identificaciones sobre los nombres en sus billetes.
Perfecto. Un revisor concienzudo. Justo lo que necesitaba para culminar su desastroso día.
Por el rabillo del ojo, notó un movimiento.
Un grupo numeroso de lo que parecían estudiantes universitarios con abundante equipaje se acercaba ruidosamente al andén.
Eran aproximadamente veinticinco jóvenes, cargados con mochilas, instrumentos musicales en estuches y el caos propio de una excursión grupal.
Felicity sintió cómo su pulso se aceleraba. Era su oportunidad.
Disimuladamente, se acercó al grupo y adoptó una actitud despreocupada, como si perteneciera a él.
Comenzó a caminar junto a ellos. No demasiado cerca para despertar sospechas entre los estudiantes, pero lo suficiente para que, desde fuera, pareciera parte del contingente.
—¡Vamos, chicos! ¡El tren no va a esperar por nosotros! Daos prisa —gritó un joven barbudo que parecía ser el líder, mientras agitaba lo que Felicity supuso que era un pase de grupo.
«Bingo», pensó.
Por fin parecía que el Universo se ponía de su parte.
A medida que el grupo se acercaba a la entrada del tren, Felicity se fue integrando más, modulando su paso para mezclarse con el ritmo caótico de los estudiantes. Hizo como que buscaba algo en su bolso, manteniendo la cabeza ligeramente agachada, pero sin parecer sospechosa.
Solo rezaba para no estar colorada como un tomate, porque la cara le estaba ardiendo. Desde luego no valía para saltarse las normas.
El revisor, visiblemente abrumado por la repentina avalancha humana, apenas podía contener al grupo, mientras intentaba verificar el pase colectivo que le mostraba el líder barbudo.
—A ver, a ver, más despacio… —protestaba el tal Frank, mientras los estudiantes comenzaban a aglomerarse en la puerta del vagón—. Necesito ver ese pase correctamente.
Era el momento. Esa especie de caos controlado era el aliado perfecto de Felicity.
Cuando un estudiante muy alto con un estuche de contrabajo creó una distracción involuntaria al intentar maniobrar su instrumento por la estrecha puerta, Felicity aprovechó la confusión.
Se deslizó entre dos chicas que discutían acaloradamente sobre si Beyoncé era superior a Taylor Swift (claramente una discusión sin final) y subió los escalones del tren con la naturalidad de quien tiene todo el derecho de estar allí.
El corazón le latía tan fuerte que temía que alguien pudiera escucharlo. ¡¡Joder!!
Una vez dentro, no se detuvo. Siguió caminando con determinación hacia el interior del vagón, alejándose todo lo posible de la entrada y del revisor.
Cuando se encontró a una distancia prudencial, respiró aliviada, soltando el aire que había estado conteniendo en los pulmones.
«Lo logré —pensó con una mezcla de incredulidad y culpa—. Acabo de colarme en un tren. Oficialmente soy una delincuente.»
La cara le seguía ardiendo.
El vagón estaba casi lleno, principalmente de personas trabajadoras y algunos turistas.
Felicity avanzó por el pasillo, buscando un lugar donde pudiera pasar desapercibida. Pero antes de que pudiera encontrarlo, escuchó una voz que hizo que se le helara la sangre.
—¡Atención, pasajeros! Debido a que el tren tiene varios accesos, en breve comenzaremos la revisión de billetes. Por favor, tengan el suyo listo.
Era el revisor. Y sonaba como si estuviera de mal humor después de lidiar con el grupo de estudiantes universitarios. Estaba claro que se tomaba muy a pecho su trabajo. Quizá por eso tuviera siempre esa expresión.
Genial.
Felicity sintió que el pánico comenzaba a crecer en su pecho como una planta venenosa. No había pensado realmente en qué haría una vez dentro del tren. Su plan había empezado y terminado en «colarse sin ser vista», pero ahora necesitaba una fase dos urgentemente.
Un rápido vistazo alrededor le confirmó que todos los asientos estaban ocupados y que los pasajeros parecían estar sentados legítimamente donde les correspondía. Ella era la única intrusa.
Mierda.
Sin embargo, no había llegado tan lejos para rendirse ahora.
Trató de mantener la calma y comenzó a caminar hacia el siguiente vagón, intentando poner tanta distancia como fuera posible entre ella y el revisor.
El tren dio una sacudida y empezó a moverse. Al menos esa parte del plan había funcionado: estaba en camino a Nueva York. Ahora solo tenía que evitar que la descubrieran y la echaran a patadas en la próxima parada, posiblemente con una multa que no podría pagar o, peor aún, en un calabozo.
«Joder, deja de ser tan exagerada —se amonestó a sí misma—. No va a pasar nada».
Avanzó por el pasillo hacia el segundo vagón, que resultó estar aún más lleno que el primero.
«Piensa, Felicity, piensa», se ordenó.
Una mujer mayor con el pelo canoso la miró con curiosidad desde su asiento, seguramente preguntándose por qué vagaba por el tren con una expresión de pánico mal disimulado en el rostro en lugar de estar sentada, como todo el mundo. Felicity le dedicó una sonrisa tensa y siguió caminando.
El siguiente vagón era de clase preferente, con asientos más espaciados y cómodos. Felicity dudó un momento antes de entrar. Era más probable que ahí notaran su presencia, pero también ofrecía más espacios potenciales para esconderse.
«En el baño —decidió finalmente—. Me esconderé en el baño hasta que pase el revisor.
No era un plan brillante, pero era el único que tenía. Y tampoco es que contara con muchos más donde elegir.
Se dirigió con paso decidido hacia el fondo del vagón, donde estaban los servicios. Por el rabillo del ojo notó que algunos pasajeros de primera clase la miraban con desaprobación, como si pudieran oler que no pertenecía a su exclusivo ambiente.
Justo cuando estaba a punto de alcanzar el baño, una voz la detuvo en seco.
—Disculpe, señorita.
Felicity se congeló, sintiendo cómo un escalofrío recorría su espalda.
Lentamente, se giró para encontrarse con un empleado del tren diferente al tal Frank, pero igualmente intimidante con su pulcro uniforme.
—Voy al baño —respondió, intentando que su voz sonara casual y no como la de una fugitiva a punto de ser capturada.
—Los baños de este vagón están fuera de servicio —informó el hombre con profesionalidad—. Puede utilizar los del siguiente vagón.
Felicity sintió un alivio tan intenso que casi se mareó. No la habían pillado; solo le estaban dando información sobre los baños. Asintió con una sonrisa que esperaba fuera natural.
—Gracias. Iré al siguiente entonces.
El empleado asintió y continuó su camino. Felicity respiró profundamente, intentando calmar su corazón, que latía desbocado contra las costillas.
Aquella situación estaba poniendo a prueba cada uno de sus nervios.
Madre de Dios.
Se dirigió hacia el siguiente vagón, consciente de que estaba alejándose cada vez más de la entrada y adentrándose en territorio desconocido.
Ese nuevo vagón parecía aún más lujoso que el anterior. Los asientos eran más amplios, y había pequeños compartimentos privados a un lado. Supuso que era el vagón VIP.
Y entonces lo escuchó: la inconfundible voz de Frank, el revisor, pidiendo los billetes a los pasajeros del vagón que acababa de dejar atrás.
Joder, avanzaba más rápido de lo que había calculado.
El pánico amenazó con paralizarla.
Si seguía caminando llegaría al final del tren y quedaría atrapada, como en un callejón sin salida. Si retrocedía, se encontraría directamente con Frank, y entonces estaría perdida. Necesitaba un lugar donde esconderse, y lo necesitaba ya.
Sus ojos recorrieron desesperadamente el vagón.
El baño, su plan original, estaban al fondo, pero tendría que pasar frente a varios pasajeros para llegar hasta él, y algunos ya la miraban con cierto recelo.
Los compartimentos privados parecían todos ocupados, con las cortinas parcialmente cerradas...
Excepto uno.
A mitad del pasillo, un compartimento tenía la puerta ligeramente entreabierta. Felicity no podía ver claramente el interior, pero parecía ser su única opción viable.
Con el sonido de Frank revisando los billetes cada vez más cerca, Felicity aceleró el paso hacia los baños, decidida a poner la mayor distancia posible entre ella y el revisor. Al pasar junto al compartimento semiabierto, se detuvo, apenas respirando, y echó un vistazo furtivo.
Dentro, un hombre trabajaba concentrado en un ordenador portátil plateado, aparentemente ajeno al mundo exterior.
Su perfil, iluminado por la luz azulada de la pantalla, y que parecía esculpido con precisión quirúrgica, captó su atención durante un instante: mandíbula definida, nariz recta, pelo oscuro perfectamente peinado y un traje que incluso a simple vista gritaba «diseño exclusivo».
Había algo en su postura, en la intensidad con la que miraba la pantalla, que transmitía poder y ese aire de autoridad innato que Felicity solo había visto en ejecutivos de alto nivel.
Durante un segundo, sus miradas se cruzaron.
Sus ojos azules, penetrantes como el hielo ártico, se encontraron con los suyos. Felicity sintió un escalofrío inexplicable recorrer su columna vertebral.
El hombre enarcó ligeramente una ceja, como preguntándose por qué esa extraña lo observaba, antes de volver su atención a su portátil.
La voz del revisor interrumpió su momentánea fascinación por aquel desconocido. El hombre acababa de entrar en el vagón y estaba a apenas unos metros de distancia.
—Billetes, por favor.
¡Mierda!
Sus pasos resonaban en el pasillo como un reloj que marcaba el tiempo que le quedaba antes del desastre.
Tac, tac, tac.
Cada golpe de sus zapatos contra el suelo era una cuenta atrás hacia el momento en que la descubriría, la expulsaría del tren, y con ello, sepultarían su última oportunidad.
—Billetes, por favor —la voz de Frank, metódica y firme, sonaba cada vez más cerca.
Felicity volvió a mirar hacia el compartimento VIP.
Consideró disculparse y meterse dentro. Pero la voz del revisor pidiendo los billetes justo detrás de ella eliminó la opción de las disculpas.
Y entonces tomó una decisión impulsiva, una de esas decisiones que nacen de la desesperación. Primero dispararía y después preguntaría. A veces funcionaba.
«Lo siento, señor traje elegante —pensó apresuradamente—. Estás a punto de tener una compañía no deseada.»
Empujó suavemente la puerta del compartimento como si supiera qué hacía, y entró como si tuviera todo el derecho del mundo de hacerlo.