CAPÍTULO 3
Felicity se había refugiado bajo la marquesina, apretando su bolso contra el pecho.
Aún no habían abierto las puertas del tren, y la impaciencia comenzaba a serpentear entre los pasajeros como un virus contagioso.
Felicity consultó su reloj por decimoquinta vez en los últimos minutos.
Según el último anuncio, se podría acceder al tren «próximamente», esa palabra ambigua que podía significar cinco minutos o media eternidad en el lenguaje ferroviario.
«Tranquila, que no cunda el pánico —se dijo a sí misma—. Incluso con este retraso, llegarás a Nueva York con tiempo de sobra.»
A su alrededor, tenía el mosaico humano típico de una estación de tren en día laborable: ejecutivos malhumorados familias intentando contener a niños sobreexcitados, estudiantes universitarios con auriculares gigantes aislándose del mundo.
Y Felicity, en medio de todo, aferrándose a su billete como a un talismán.
El calor húmedo de la estación había comenzado a hacer estragos en su peinado.
Un mechón rebelde se escapó de su coleta, cayendo sobre su frente. Lo apartó con un gesto de frustración, preguntándose si era un mal presagio. Su abuela siempre decía que el día que el pelo no obedecía, la vida tampoco lo haría.
—Disculpe —una voz masculina la sacó de sus pensamientos—. ¿Sabe si han dado alguna información sobre el tren a Nueva York?
Felicity se giró para encontrarse con un hombre de unos sesenta años, con un maletín desgastado y expresión de cansancio infinito.
—Solo que podremos acceder a él «próximamente» —respondió, dibujando comillas en el aire con sus dedos—. Lo que en el universo ferroviario podría significar cualquier cosa entre ahora y el próximo eclipse solar.
El hombre soltó una risa cansada.
—Gracias, jovencita. Mi reunión en Manhattan puede esperar, supongo. Después de treinta años vendiendo seguros, he aprendido que nada es realmente urgente excepto la muerte y los impuestos.
Felicity sonrió, agradeciendo la distracción. Las esperas siempre eran tediosas.
—¿Treinta años en seguros? Debe tener historias interesantes.
—Oh, más aburridas que interesantes —respondió el hombre con un brillo en los ojos—. Aunque tuve una clienta que aseguró a sus diez gatos…
Mientras el vendedor de seguros se embarcaba en su anécdota, Felicity no vio al chico con sudadera gris que se desplazaba entre la multitud como un felino bien entrenado, demasiado cerca de los bolsos y maletines desatendidos.
Sus ojos inquietos escaneaban continuamente el entorno.
—... y entonces le dije: «Señora, la póliza cubre accidentes, no asesinatos premeditados entre felinos» —continuaba el hombre.
Felicity se echó a reír.
El anuncio por megafonía rompió el momento:
«Atención pasajeros con destino a Nueva York. El tren está abriendo sus puertas. Por favor, preparen sus billetes y manténganse detrás de la línea amarilla.»
—¡Por fin! —exclamó Felicity.
—Sí, por fin —dijo el vendedor de seguros.
Entonces alguien la empujó por detrás, haciendo que trastabillara.
Frunció el ceño.
—¡Eh, oye! ¡Ten más cuidado! —le gritó al chico de la sudadera gris, que se alejaba con pasos apresurados.
—Hay gente que no tiene respeto por nada —dijo el hombre.
—Ni que lo diga —contestó Felicity.
Felicity se puso en fila en una de las puertas. Abrió el bolso y metió la mano con la intención de sacar la cartera.
Fue entonces cuando se dio cuenta.
Su cartera no estaba dentro de su bolso. No estaba donde debería.
Felicity hundió la mano más profundamente en el bolso, palpando desesperadamente entre los objetos.
Teléfono, sí.
Neceser, sí.
Carpeta con documentos, sí.
¿Cartera? No.
La sangre abandonó su rostro tan rápidamente que temió desmayarse allí mismo.
—No, no, no, no —masculló, vaciando parcialmente el contenido del bolso sobre un banco, ignorando las miradas curiosas de los pasajeros que se encontraban cerca de ella—. Tiene que estar aquí. Joder, tiene que estar aquí.
Pero no estaba.
No, no estaba.
Su cartera, con los noventa y cinco dólares que le quedaban, su tarjeta de crédito y, lo peor de todo, su billete de tren recién comprado, había desaparecido.
Y entonces lo vio.
El joven de la sudadera gris se alejaba hacia la salida, con un bulto sospechoso en el bolsillo delantero que no había estado allí antes.
La adrenalina se disparó en su sistema como un cohete.
—¡Ladrón! —gritó Felicity, señalando al joven—. ¡Me ha robado la cartera!
El muchacho, al escuchar el grito, aceleró aún más el paso.
Felicity no se lo pensó dos veces. Metió apresuradamente sus pertenencias en el bolso y salió disparada tras él, esquivando pasajeros sorprendidos y maletas abandonadas, con la agilidad de una atleta olímpica.
—¡Deténganlo! —gritaba mientras corría. Sus tacones de tres centímetros resonaban contra el suelo de la estación—. ¡Me ha robado la cartera! ¡Deténganlo!
Pero la gente reaccionaba como siempre: con miradas confusas, murmullos incómodos y esa decisión en sus miradas de no involucrarse en problemas ajenos.
El carterista, inmerso en la indiferencia de la gente, zigzagueaba entre la multitud con la precisión de quien ha convertido la huida en una manera de sobrevivir.
Felicity sentía los pulmones arder mientras perseguía al ladrón a través del vestíbulo principal.
El chico era rápido, demasiado rápido. Y ella llevaba unos zapatos inapropiados para una persecución. Cuando el carterista saltó por encima de una barrera y salió por una puerta lateral hacia la lluvia, Felicity supo que lo había perdido.
Se detuvo en seco, jadeando, con el pelo completamente deshecho y la dignidad en niveles similares.
A través de la puerta de cristal, vio al ladrón doblar una esquina y desaparecer en la cortina de agua que caía implacable sobre Pittsburgh.
—Mierda —murmuró, inclinándose con las manos apoyadas en las rodillas, mientras intentaba recuperar el aliento—. Maldita sea. Cabrón.
Un guardia de seguridad se acercó finalmente.
—¿Está bien, señorita? —preguntó con expresión de aburrimiento profesional.
Felicity se enderezó, intentando recomponer su apariencia y dignidad en igual medida.
—Me han robado la cartera —respondió. Tenía la voz todavía entrecortada por la carrera—. Un chico con sudadera gris. Se fue por ahí —señaló hacia la puerta.
El guardia asintió con una expresión que decía claramente «esto es normal aquí todos los días».
—Puede presentar una denuncia en una comisaría. Necesitará llenar un formulario y...
El anuncio por megafonía lo interrumpió: «Última llamada para los pasajeros del tren con destino a Nueva York. El tren partirá en dos minutos.»
El pánico se apoderó de Felicity como una ola gélida.
Dos minutos.
Su tren, su oportunidad, su futuro, a punto de marcharse sin ella.
—Mi billete estaba en la cartera —dijo. La desesperación teñía cada una de sus palabras—. Necesito subir a ese tren. Mi entrevista... Tengo una entrevista de trabajo mañana en Manhattan.
El guardia la miró con una mezcla de compasión y resignación.
—Lo siento, señorita, pero sin billete no puede subir. Puede comprar otro en la taquilla.
Felicity quiso reírse de lo simple que era la solución.
Y sin embargo para ella resultaba absurda.
¿Comprar otro billete? ¿Con qué dinero, exactamente?
Su efectivo estaba en la cartera que le acababan de robar, su tarjeta de crédito también (aunque no habría podido hacer nada con ella porque su cuenta bancaria estaba en números rojos), y la aplicación del banco...
Sacó frenéticamente el teléfono del bolso y abrió la app del banco. Solo necesitaba comprar un maldito billete que la llevara a Nueva York.
La pantalla la recibió con un mensaje que conocía demasiado bien: «Su cuenta está temporalmente bloqueada. Por favor, contacte con el servicio al cliente para resolver pagos pendientes.»
Un sollozo amenazó con escapar de su garganta, pero lo contuvo con determinación. No iba a derrumbarse. No allí. No en ese momento.
—Gracias —le dijo al guardia, con una calma que no sentía en absoluto—. Ya veré qué puedo hacer.
—¿No quiere interponer una denuncia? —le preguntó el hombre.
Felicity dejó escapar un suspiro.
—No tengo tiempo —respondió.
Echó a andar con pasos mecánicos hacia el vestíbulo principal.
Su mente trabajaba a toda velocidad como un motor sobrecalentado.
Sus opciones eran limitadas y todas terribles: llamar a su madre y pedirle dinero que sabía que no tenía, intentar convencer a algún empleado de que le permitiera viajar sin billete, o...
—¿Tiene problemas? —La voz del vendedor de seguros la sorprendió. El hombre la había seguido hasta el vestíbulo, con su maletín desgastado todavía en la mano—. He visto lo que ha pasado. Lo siento.
Felicity lo miró, debatiéndose entre el orgullo y la desesperación. Joder, ¿cómo era posible que le estuviera pasando aquello?
—Me han robado todo —dijo finalmente—. Mi cartera, mi dinero, mi billete. Y necesito estar en Nueva York mañana. Es... es importante. —Se pasó la mano por la frente.
El hombre asintió, comprensivo.
—Me gustaría poder ayudarte, pero... —comenzó— me temo que solo llevo cincuenta dólares en efectivo, y el billete cuesta más de cien.
Felicity cogió aire.
—Es muy amable —respondió, conmovida por el ofrecimiento de aquel desconocido—. Pero no puedo aceptarlo. Encontraré otra solución.
Seguro que, como la mitad de los estadounidenses (y ella misma), aquel hombre tampoco tenía ni un centavo en la cuenta del banco, como para tirar de tarjeta de crédito.
El vendedor de seguros le dedicó una mirada simpática.
—Buena suerte, jovencita. Espero que logres llegar a tu entrevista.
—Gracias —dijo Felicity.
Con un movimiento de cabeza, el hombre se alejó hacia el andén.
El tren a Nueva York emitió su silbido de partida, un sonido que atravesó a Felicity como un cuchillo.
Vio cómo comenzaba a moverse lentamente, llevándose con él sus esperanzas de un futuro mejor.
Se dejó caer en un banco cercano con el bolso apretado contra el pecho. La entrevista. La maldita entrevista que podría cambiarlo todo. ¿Cómo explicaría su ausencia?
«Lo siento, señor Reid, me robaron la cartera en la estación y no pude llegar a tiempo» no sonaba como el tipo de excusa que impresionaría al presidente de una compañía conocido por su implacabilidad.
Sacó su teléfono nuevamente, contemplando sus opciones.
¿Llamar a la Recursos Humanos y hablar con la mujer que la había atendido? No, apenas la conocía, solo habían intercambiado un par de emails formales. ¿A Eliza, la chica que conocía de la universidad y que trabajaba en Reid Entreprises? Quizás, pero ¿qué podría hacer ella a esas alturas?
Felicity cerró los ojos, permitiéndose un momento de autocompasión.
Toda su vida había sido una lucha cuesta arriba.
La hija de una madre soltera, creciendo en Queens con más sueños que recursos, luchando por cada oportunidad, por cada logro.
Y ahora, cuando finalmente tenía la oportunidad de cambiar su destino, un puto carterista se la arrebataba en segundos. Maldito cabrón.
«No —se dijo con rabia, meneando la cabeza—. No voy a rendirme. No después de todo lo que he pasado para llegar aquí.»
Abrió los ojos y miró el panel de salidas. Había otro tren a Nueva York a las 15:20. Llegaría más tarde, pero aún tendría tiempo de descansar antes de la entrevista. Solo necesitaba encontrar la manera de subirse a ese tren.
Sus opciones eran limitadas y ninguna particularmente ética. Esa era la verdad.
Podría intentar colarse, pero la seguridad en las estaciones de tren se había intensificado en los últimos años. Podría suplicar al personal, explicar su situación desesperada, pero la probabilidad de encontrar un alma caritativa dispuesta a arriesgar su trabajo por una desconocida era mínima.
Felicity se puso de pie y caminó hacia el mostrador de información. Una determinación que no sabía de dónde salía brillaba en sus ojos como brasas. Quizás si explicaba su situación, si mostraba el email de confirmación de la entrevista...
La mujer detrás del mostrador la escuchó con expresión impasible en el rostro. No parecía que la afectara lo más mínimo lo que le estaba contando, como si estuviera ya harta de oír todas las historias y excusas del mundo y hubiera aprendido a no conmoverse.
—Lo siento, señorita, pero sin billete y sin forma de pago, no puedo ayudarla —fue la respuesta predecible—. Puede intentar contactar con alguien que le envíe dinero haciéndole un Bizum.
Felicity asintió de manera automática sabiendo que era una sugerencia vacía. Su madre apenas llegaba a fin de mes, y sus amigas estaban en situaciones financieras tan precarias como la suya.
Regresó al banco y se sentó en él.
La desesperación se fue transformando lentamente en algo más peligroso. Una especie de determinación temeraria. Si no podía comprar un billete, tendría que encontrar otra manera de subir a ese tren.
Mientras observaba el ir y venir de los pasajeros, un plan comenzó a formarse en su mente. No era un buen plan. De hecho, probablemente era el peor plan del mundo. Pero cuando el destino te arrebata todas las opciones decentes, solo quedan las indecentes.
Felicity Ashford, la chica a la que nunca habían puesto una multa, que nunca había devuelto un libro de la biblioteca tarde, que había pasado por la universidad sin una sola amonestación, estaba contemplando seriamente colarse en un tren sin billete.
La idea la hizo sentir físicamente enferma. Pero la alternativa (perder la oportunidad de su vida por culpa de un carterista) era una putada. Sencillamente inaceptable.
Consultó su reloj.
Las 14:35.
Aún tenía tiempo para prepararse mentalmente para lo que estaba a punto de hacer.
Se dirigió al baño de mujeres.
Frente al espejo, contempló el desastre que era su imagen: la coleta deshecha, el maquillaje ligeramente corrido por el sudor de la persecución, los ojos brillantes de determinación y miedo a partes iguales.
—Puedes hacerlo —le dijo a su reflejo, mientras rehacía su peinado con dedos temblorosos—.
Has llegado demasiado lejos para rendirte ahora.
Si consigo subir al tren sin que me descubran —continuó—, y llego a la entrevista, y consigo el trabajo...
algún día podré reírme de esto, contarlo como anécdota. Quizás. En unos diez años.
Con su apariencia lo más recompuesta posible, Felicity salió del baño con la barbilla alta y el corazón martilleando contra las costillas. La estación seguía siendo un hervidero de actividad, indiferente a su drama.
Consultó el panel de salidas. El tren de las 15:20 partiría del andén 5.
«Bien —se dijo a sí misma, mientras caminaba hacia allí, con el bolso firmemente agarrado contra su cuerpo—. Allá vamos. Plan: colarse en el tren, no ser vista por el revisor, y rezar para que no me echen a patadas (en el caso de que me pillen).»
Era un plan terrible.
Dios, sí, lo era.
Pero era el único que tenía.