CAPÍTULO 2 #2
O tan lista como podía estar para enfrentarse a Alexander Reid, el hombre cuya reputación hacía temblar a ejecutivos con décadas de experiencia a sus espaldas.
—Vas a conseguir ese trabajo —se dijo Felicity con confianza—. Y luego vas a ser tan buena en él que hasta el señor Limón Amargo tendrá que admitirlo.
El apodo que le había puesto le hizo sonreír.
Felicity observó con nostalgia la fotografía enmarcada que descansaba sobre la cómoda desvencijada.
Eran ella y su madre en su graduación universitaria.
Ambas con unas sonrisas tan radiantes que ocultaban las noches en vela, los turnos extra y las comidas que se habían saltado y que habían hecho posible aquel momento.
La tomó y la metió cuidadosamente entre la ropa que llevaba en su bolso de mano. Un recordatorio de por qué estaba haciendo aquello, de por qué valía la pena arriesgarse.
Mientras cerraba la cremallera del bolso, su mirada se posó en la carta de Reid Enterprises que había recibido un par de días atrás.
Aún recordaba la sensación de incredulidad al abrirla, al leer que habían seleccionado su currículum entre cientos de candidatos.
A ella, Felicity Ashford, graduada en una universidad estatal sin influencias ni apellidos rimbombantes, la habían llamado para hacer una entrevista para uno de los puestos más codiciados del mundo empresarial.
Todo había comenzado dos semanas atrás, cuando una compañera de universidad, Eliza, empleada en Recursos Humanos de Reid Entreprises, le había enviado un mensaje:
«Buscan sustituta para la asistente personal del gran jefe. Es un infierno y él es el mismísimo diablo, pero pagan como si trabajaras para la realeza. He mencionado tu nombre. ¿Te interesa?»
Felicity había respondido con un «sí» entusiasmado y, sin pensárselo dos veces, había enviado el currículum al email que le había facilitado Eliza.
Un relámpago iluminó el piso por completo, seguido inmediatamente por un trueno que hizo temblar las paredes. La tormenta estaba justo encima.
Felicity consultó la aplicación del tiempo en su teléfono. Lluvia persistente durante las siguientes horas, pero sin alertas de inundación o tormentas severas. El tren debería salir sin problemas.
Con un último vistazo a su pequeño piso, Felicity tomó su bolso, su paraguas, y la determinación que había heredado de generaciones de mujeres fuertes.
La lluvia arreciaba afuera, pero ella estaba lista para enfrentar la tormenta.
Cogió el abrigo negro del viejo perchero junto a la puerta, otro hallazgo de la tienda de la segunda mano que, como su traje, parecía pertenecer a una vida más lujosa que la suya.
Se lo puso y se miró una última vez en el espejo de cuerpo entero que había rescatado de la acera cuando el vecino del 3ºB se mudó.
—Nada mal, Ashford —se dijo con una sonrisa de medio lado—. Casi pareces una neoyorquina de verdad.
La verdad era que, a pesar de haber nacido en Queens, Nueva York siempre le había parecido una ciudad ajena.
Un lugar donde ella y su madre nunca habían encajado del todo, siempre en la periferia, siempre mirando desde fuera los rascacielos donde se tomaban decisiones que afectaban a millones de personas.
Cuando su madre consiguió un trabajo en el hospital de Hershey, una pequeña ciudad de Pensilvania, habían dejado la Gran Manzana sin mirar atrás.
Y ahora, en una extraña vuelta del destino, Felicity regresaba. No como turista, no como la hija adolescente de una enfermera, sino como una profesional dispuesta a conquistar su lugar en esas mismas torres que una vez le habían parecido inaccesibles.
El reloj marcaba las 12:00.
Era hora de partir.
Con el bolso en una mano y el paraguas en la otra, Felicity abrió la puerta del piso. Se detuvo un segundo en el umbral, permitiéndose un momento de duda.
«¿Y si no estoy a la altura? —se preguntó para sus adentros—. ¿Y si Alexander Reid me despedaza en la entrevista como a esa pobre chica que mencionó la mujer de Recursos Humanos?»
Sacudió la cabeza, ahuyentando las dudas como si fueran moscas molestas.
«No. No voy a sabotearme antes de empezar.»
Cerró la puerta con decisión, girando dos veces la llave en la cerradura oxidada.
Mientras bajaba las escaleras del edificio, con cada peldaño crujiente bajo sus pies, dejaba atrás no solo su casa, sino también una versión antigua de sí misma. La Felicity que se conformaba, la que agachaba la cabeza, la que temía soñar demasiado alto.
En el vestíbulo se encontró con la señora Kowalski, la anciana del 2ºA que siempre olía a galletas recién horneadas y cotilleos frescos.
—¡Felicity, querida! ¿Te vas de viaje? —preguntó, ajustándose las gafas para examinar mejor el atuendo formal de la joven.
—Sí, señora Kowalski. Voy a Nueva York para hacer una entrevista de trabajo.
Los ojos de la anciana se iluminaron con curiosidad.
—¡Nueva York! ¡Qué emocionante! Un buen trabajo, espero.
Felicity no pudo evitar sonreír ante el evidente interés de su vecina, que sin duda transmitiría la noticia a todo el edificio antes del anochecer. Sus vecinos eran buena gente, pero muy cotillas.
—Muy bueno, si lo consigo, claro. Asistente personal del director de una gran empresa —dijo.
—¡Oh! —La señora Kowalski la miró con una mezcla de orgullo y melancolía, como si Felicity fuera una nieta que se marchaba a la universidad—. Siempre supe que harías grandes cosas. Eres demasiado brillante para quedarte en este viejo edificio para siempre.
Felicity sintió una oleada de cariño por la anciana, quien siempre le había ofrecido galletas y consejos (aunque no los hubiera solicitados) desde que se mudó.
—Gracias, señora Kowalski. Aún no tengo el trabajo, pero...
—Lo conseguirás —la interrumpió la mujer con una certeza inquebrantable—. Tienes esa mirada, la misma que tenía mi Herbert cuando se propuso abrir su ferretería. Y lo logró, contra todo pronóstico.
Felicity asintió, conmovida por la fe de su vecina.
—Le traeré un souvenir de Nueva York cuando regrese —prometió.
—No, querida —respondió la señora Kowalski con una sonrisa—. Tráete ese puesto de trabajo. Eso será suficiente.
Con un último abrazo que olía a lavanda y sabiduría de otra época, Felicity salió finalmente al mundo exterior.
La lluvia caía con fuerza, transformando las calles en ríos urbanos. Abrió su paraguas y comenzó a caminar hacia la parada de autobús que la llevaría a la estación de tren.
Pittsburgh se despedía de ella con un diluvio.
El trayecto en autobús fue un ejercicio de paciencia. El vehículo avanzaba lentamente por las calles inundadas, deteniéndose en cada charco.
Felicity mantuvo la mirada fija en su teléfono, releyendo por enésima vez el email de confirmación de la entrevista.
«Estimada señorita Ashford:
Nos complace confirmar su entrevista para el puesto de asistente personal del señor Reid, director de Reid Enterprises, programada para el día 15 de octubre a las 9:00 horas en nuestras oficinas principales (Torre Reid, Quinta Avenida, Manhattan).
Le rogamos puntualidad y le recordamos que deberá presentar una identificación válida en la recepción.