CAPÍTULO 2
Las cortinas desgastadas del pequeño piso en Pittsburgh filtraban perezosamente la luz de la mañana.
Felicity Ashford contemplaba su reflejo en el espejo astillado del baño mientras intentaba domar su rebelde melena castaña.
Veinticuatro años y una colección de sueños pospuestos se reflejaban en sus ojos de color avellana.
—Por fin mañana todo va a cambiar —dijo, intentando que su voz sonara más convincente que el nudo que tenía en el estómago.
Su mirada recorrió el minúsculo apartamento que había sido su hogar durante los últimos dos años, junto con sus dos compañeras de piso.
Un sofá con más historias que un libro de Dickens, una cocina que apenas merecía ese nombre, y una cama que protestaba con cada movimiento porque solo tenía muelles.
Sin embargo, había sido suyo (hasta cierto punto). Su primer espacio tras independizarse, después de muchos años compartiendo habitación con su madre en aquel piso aún más pequeño en Queens.
Con dedos ligeramente temblorosos, Felicity abrió el armario y extrajo el único traje formal que poseía.
Un conjunto azul marino que había encontrado en una tienda de segunda mano pero que, milagrosamente, parecía que había sido hecho a medida para ella.
Lo había reservado durante meses, ahorrando centavo a centavo, para aquel preciso momento.
—Vas a conquistar Nueva York —murmuró mientras lo extendía cuidadosamente sobre la cama—. O al menos vas a intentarlo sin que te tiemblen las piernas.
Esbozó una sonrisilla en los labios.
El sonido de su teléfono rompió el momento. Se giró y cogió el móvil. La foto de su madre apareció en la pantalla.
Descolgó.
—¡Mamá, hola! —contestó Felicity, sujetando el teléfono entre la mejilla y el hombro, mientras continuaba preparando un pequeño bolso negro como equipaje.
—Buenos días, cariño —respondió Aurora—. ¿Ya tienes todo listo?
Felicity echó un vistazo a su lista mental.
—Creo que sí. Traje formal, zapatos que no me destrozarán los pies antes de la entrevista, currículum impreso en papel que parece importante, y una sonrisa que espero no se congele en mi cara cuando esté frente al famoso ogro de Reid Enterprises.
Aurora soltó una carcajada al otro lado de la línea.
—Mi niña, has lidiado con el gerente del restaurante que no te dejaba en paz ni un solo minuto, con la jefa de la tienda que te culpaba de cada uno de sus errores, y conmigo durante tu adolescencia. Un empresario malhumorado es pan comido para ti.
Felicity sonrió mientras doblaba cuidadosamente una blusa blanca.
Su madre siempre había tenido esa capacidad de convertir sus miedos en algo manejable. Una habilidad que había perfeccionado criando sola a una hija cuando apenas era una veinteañera ella misma.
—No lo sé, mamá. Este no es cualquier empresario malhumorado. Es Alexander Reid. El hombre que aparece en los diccionarios junto a la definición de «implacable».
—¿Has visto su foto? —preguntó Aurora con repentino interés.
—No, ha sido todo tan rápido que no me ha dado tiempo —admitió Felicity—. Solo he leído alguna que otra cosa sobre él. Y no todas son buenas. Pero me lo imagino probablemente calvo y con cara de haber comido limones en ayunas.
Aurora se echó a reír.
—O podría ser el soltero más codiciado de Manhattan. Las revistas de negocios a veces tienen portadas con hombres interesantes, ¿sabes?
Felicity puso los ojos en blanco mientras cerraba su neceser.
—Mamá, voy a una entrevista de trabajo, no a un programa de citas. Además, la mujer de Recursos Humanos que me atendió me dijo que el señor Reid es «exigente hasta el extremo de lo irracional». Esas fueron sus palabras exactas. El tío debe de ser de armas tomar.
—¿Y por qué deja el trabajo su anterior asistente? —preguntó Aurora, con ese tono que Felicity reconocía como su «modo detective».
—Al parecer se casa y se muda a Nevada —respondió Felicity mientras revisaba los documentos en su carpeta—. Aunque entre líneas, la mujer de Recursos Humanos me dio a entender que también está bastante harta del señor Reid.
—Es normal si es tan… estricto —murmuró Aurora—. Bueno, al menos el sueldo es bueno, ¿no?
Felicity soltó un silbido bajo.
—Tan bueno que cuando vi la cifra, pensé que había un error tipográfico. Podría pagar una habitación decente en un piso de Manhattan y enviarte algo dinero a casa. Podríamos finalmente arreglar esa gotera que inunda el salón siempre que llueve, mamá.
El silencio que hubo al otro lado de la línea delataba la emoción de Aurora.
—Mi niña, sabes que no tienes que preocuparte por mí. Algún día arreglaré esa maldita gotera. Pero estoy orgullosa de ti. Siempre lo he estado.
Felicity sintió un nudo en la garganta.
Su madre había sacrificado mucho por ella. Había trabajado dobles turnos como enfermera y compaginado en ocasiones dos empleos, para que pudiera terminar sus estudios. Ahora era su turno de devolverle algo. Si conseguía convertirse en la asistente personal de Alexander Reid.
—Lo sé, mamá. Pero quiero hacerlo —respondió Felicity—. Aunque primero tengo que conseguir el trabajo, y para eso tengo que sobrevivir a la entrevista con el hombre que aparentemente hace llorar a todas las candidatas.
—¿En serio? —Aurora sonaba entre horrorizada y fascinada.
—Según la mujer de Recursos Humanos, la última chica salió corriendo después de que el señor Reid le preguntara si su mediocridad era una afección congénita o adquirida —respondió Felicity.
—¡Señor! —exclamó su madre—. Definitivamente es un encanto de persona.
Felicity no pudo evitar reírse mientras cerraba el bolso.
—Un completo príncipe azul. Pero ¿sabes qué? No me importa si es el diablo en persona. Este trabajo es mi billete a una vida mejor, y voy a conseguirlo, aunque tenga que sonreír mientras me insulta en tres idiomas diferentes —dijo Felicity.
La determinación en su voz era auténtica.
Después de años saltando de un trabajo mal pagado a otro, con horarios aún peores, aquella era su oportunidad. Asistente personal del dueño y presidente de Reid Enterprises, una de las empresas más importantes del país.
El sueldo era jodidamente bueno, las prestaciones inmejorables, y las posibilidades de crecimiento profesional, infinitas. Si tenía que soportar a un jefe gruñón para conseguirlo, que así fuera.
—Esa es mi niña —respondió Aurora con orgullo—. Recuerda, tienes sangre irlandesa en las venas. Tu abuela emigró a los Estados Unidos con un bebé en brazos y construyó una vida de la nada. Tú puedes manejar a un millonario con mal genio.
Felicity sonrió mientras se asomaba a la ventana.
Unas nubes grises habían tomado el cielo sobre Pittsburgh.
—¿Qué crees que diría la abuela si me viera ahora? —preguntó con nostalgia.
—Diría «Hija mía, párate derecha, sonríe como si fueras la dueña del lugar, y no dejes que ningún hombre estirado te haga sentir menos.» Y luego te daría una de esas palmadas en la espalda que te dejaban casi sin aliento.
Felicity rio con ganas, sintiendo cómo parte de su nerviosismo se disipaba. Su abuela había sido una fuerza de la naturaleza, una mujer diminuta con la determinación de un tanque.
—La echo de menos —murmuró de pronto.
—Yo también, cariño. Pero está aquí, en ti. En esa barbilla terca que levantas cuando alguien te dice que no puedes hacer algo.
Un trueno retumbó a lo lejos, y Felicity consultó su reloj de pulsera. Faltaba una hora y media para que saliera su tren.
—Mamá, tengo que terminar de prepararme. El tren sale a la una y quiero llegar con tiempo de sobra.
—Por supuesto. ¿Tienes suficiente dinero para el viaje?
Felicity abrió su cartera y contó los billetes por enésima vez.
Doscientos dólares, sus ahorros de las últimas semanas, destinados a cubrir el billete de tren y los gastos inmediatos en Nueva York hasta que recibiera su primer sueldo (si conseguía el trabajo, se recordó).
—Sí, tengo suficiente. —Suspiró, aunque no era del todo cierto—. Y antes de que lo preguntes, también tengo el paraguas, una muda de ropa extra y ese amuleto de la suerte con forma de estrella que me diste en la graduación.
—Solo quiero asegurarme de que estás preparada —respondió Aurora con ese tono protector que las madres llevan perfeccionando a lo largo de milenios—. ¿Y dónde te quedarás esta noche?
—He hecho una reserva en un hostal económico cerca de Penn Station. No es el Ritz, pero tiene buenas reseñas y está limpio —dijo Felicity.
Un nuevo trueno, en aquella ocasión más cercano, hizo vibrar los cristales de la ventana.
—Parece que va a caer una buena —observó Felicity—. Espero que no afecte al tren. ¡Es ya lo que me faltaba!
—Seguro que no, cariño. Y si hay algún retraso, te lo tomarás con calma. La entrevista no es hasta mañana por la mañana, ¿verdad?
—Sí, a las nueve. Así que me va a dar tiempo para familiarizarme con la zona y quizás hasta para dar un paseo por Central Park y poder apaciguar los nervios.
—Perfecto. Entonces, mi amor, respira hondo, mantén la cabeza alta, y recuerda que pase lo que pase con ese trabajo, ya has llegado más lejos de lo que muchos pensaron que llegarías.
Felicity sintió una punzada de emoción.
Era cierto.
La chica al que el orientador escolar había sugerido «algo más realista» que la universidad, la que había sido rechazada de tres prácticas profesionales por falta de enchufes adecuados, estaba ahora a un paso de entrar en el mundo empresarial por la puerta grande.
—Te quiero, mamá. Te llamaré cuando llegue a Nueva York.
—Yo te quiero más, mi niña. Ve a conquistar el mundo, o al menos Manhattan —dijo Aurora en tono distendido.
Después de colgar, Felicity se permitió un momento de tranquilidad.
La lluvia comenzaba a golpear suavemente contra los cristales. Un ritmo constante y firme que parecía sincronizarse con los latidos de su corazón.
Frente al espejo, se probó por encima el conjunto que se iba a poner para la entrevista y que cogió de la cama. El corte era perfecto.
Se recogería el pelo en un moño profesional, dejando que algunos mechones enmarcaran su rostro. Se pondría un toque de maquillaje, lo justo para parecer tener buena cara, pero sin ir exagerada, y estaría lista.