CAPÍTULO 1 #2
Alexander agradeció silenciosamente la barrera invisible que lo separaba de ese mundo.
Un rato después, el tren dio una sacudida y comenzó a moverse.
Chicago quedaba atrás, junto con la posibilidad de un viaje cómodo y privado. Por delante, horas de confinamiento en ese tubo de metal con ruedas y una reunión que definiría el futuro de su imperio empresarial.
Alexander suspiró, algo que rara vez se permitía.
Ese no era su día.
Y cuando Alexander Reid tenía un mal día, el mundo entero parecía conspirar para empeorarlo.
Mientras el paisaje urbano de Chicago comenzaba a desdibujarse tras la ventana, Alexander abrió el archivo que Rebecca le había enviado.
Las imágenes de los rostros de los miembros de la junta directiva de Sunnova Tech lo miraban desde la pantalla, cada uno acompañado de un perfil detallado.
Alexander los conocía a todos demasiado bien. Sabía qué botones pulsar, qué promesas hacer, qué temores apaciguar.
No había llegado a la cima siendo un ingenuo.
Su padre, el fundador original de Reid Enterprises, le había enseñado una lección crucial: «En los negocios no existen los amigos. Solo piezas en un tablero que debes mover estratégicamente, como en ajedrez.»
Una enseñanza que Alexander había interiorizado quizás demasiado bien.
Una suave llamada a la puerta interrumpió sus pensamientos. Alexander frunció el ceño. Había dado instrucciones específicas de no ser molestado.
—¿Sí? —respondió con tono cortante.
La puerta se abrió para revelar a un empleado del tren, un hombre de mediana edad con un uniforme impecable.
—Buenos días, señor Reid. Solo quería confirmar que todo está a su gusto y ofrecerle nuestro menú para el almuerzo.
Alexander tomó el menú que le ofrecían con un gesto de impaciencia.
—Café. Negro. Sin azúcar. Y asegúrese de que esté caliente, no tibio como suelen servirlo en estos sitios.
El hombre asintió como un buen profesional.
—Por supuesto, señor. ¿Desea también...?
—Eso es todo —interrumpió Alexander, volviendo su atención a la pantalla en un claro gesto de despedida.
Cuando la puerta se cerró, volvió a sumergirse en su trabajo. Los números danzaban frente a sus ojos: proyecciones financieras, análisis de mercado, estimaciones de crecimiento.
Sunnova Tech representaba más que una simple adquisición; era la llave para el futuro de Reid Enterprises en un mundo cada vez más enfocado en la sostenibilidad.
Alexander no era un idealista. Pero sabía reconocer una tendencia del mercado cuando la veía, y las energías renovables eran el caballo ganador para la próxima década. Si podía posicionar a Reid Enterprises a la vanguardia de esa revolución, los beneficios serían astronómicos.
El empelado regresó con su café, que Alexander probó con escepticismo. Para su sorpresa, estaba como le gustaba.
Asintió levemente, lo más cercano a un agradecimiento que podía ofrecer, y el hombre se retiró de nuevo, satisfecho de haber complacido al exigente Alexander Reid.
Mientras el tren atravesaba los suburbios de Chicago, Alexander se permitió un momento para observar el paisaje. Casas idénticas se sucedían una tras otra, personas diminutas viviendo vidas ordinarias que él nunca podría comprender.
¿Cómo sería despertarse cada mañana sin el peso de un imperio sobre los hombros? ¿Sin la constante presión de superar las expectativas de un padre fallecido, pero omnipresente?
Sacudió la cabeza, alejando esos pensamientos improductivos. La nostalgia por una vida que nunca había vivido era un lujo que no podía permitirse.
Su teléfono vibró con un mensaje de Roderick Marshall, su director financiero:
«Winters Corporation ha aumentado su oferta por Sunnova en un 7%. Están jugando duro. ¿Contraofertamos?»
Alexander apretó la mandíbula.
Isobel Winters, vicepresidenta de Winters Corporation, había sido su novia tiempo atrás.
Y también su mayor enemiga.
Dos alfas en la misma manada, destinados a colisionar.
Una y otra vez.
Cada victoria contra Isobel sabía especialmente dulce y cada derrota dolorosamente amarga.
«Mantén la oferta. Isobel se está tirando un farol. No tienen liquidez para sostener un aumento del 7%. Prepara los documentos para un 5% si es necesario, pero no los muestres hasta que yo llegue.»
Después de enviar el mensaje, Alexander se reclinó en su asiento. El café comenzaba a hacer efecto, aclarando su mente.
Quizá aquel viaje en tren no fuera tan terrible después de todo. La privacidad de su compartimento le permitía trabajar sin distracciones, algo que a veces resultaba difícil incluso en su propio jet, donde las llamadas y los correos parecían multiplicarse.
El paisaje empezó a cambiar, las zonas suburbanas dieron paso a extensos campos que se extendían hasta el horizonte.
Alexander recordó vagamente un viaje en tren cuando era niño, sentado junto a su madre mientras su padre trabajaba obsesivamente en unos documentos de la empresa.
Su madre señalaba los animales que había en el campo, intentando captar su atención. Él estaba dividido entre el deseo infantil de disfrutar del paisaje y la necesidad de imitar a su padre, de ser el hijo que esperaba que fuera.
El recuerdo se desvaneció tan rápido como había aparecido.
Alexander tomó otro sorbo de café, y sintió cómo el líquido amargo borraba el sabor agridulce de los recuerdos.
El presente.
Eso era lo único que importaba.
El presente y el futuro que estaba construyendo.
El tren redujo la velocidad, aproximándose a su primera parada. Cleveland, según indicó una voz por el sistema de megafonía. Alexander miró su reloj. Iban con diez minutos de retraso. Típico.
«Maldita sea, a este paso llegaré a Nueva York justo para ver cómo Isobel se lleva Sunnova Tech», pensó con amargura.
Pero Alexander Reid no permitía que pequeños contratiempos descarrilaran sus planes.
Se ajustó la corbata de seda gris que complementaba perfectamente su traje. Un gesto que realizaba instintivamente antes de cada batalla importante.
La adquisición de Sunnova Tech sería suya. La reunión sería un éxito. Y aquel maldito viaje en tren sería solo una anécdota que contar en alguna futura entrevista sobre los sacrificios necesarios para construir un imperio.
O al menos eso era lo que creía mientras el tren reanudaba su marcha hacia el este, hacia un encuentro que cambiaría mucho más que el curso de sus negocios.