El CEO de corazón de hielo (Devils 1) CAPÍTULO 1
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El CEO de corazón de hielo (Devils 1)

El CEO de corazón de hielo (Devils 1)

Por Andrea Adrich

© inepub.com

CAPÍTULO 1

El cielo de Chicago amaneció con un manto gris plomizo que parecía predecir el humor de Alexander Reid. A sus treinta y dos años, no estaba acostumbrado a que las cosas no salieran según lo planeado.

El hangar privado del aeropuerto O'Hare se había convertido en una jaula para su frustración, mientras observaba cómo los mecánicos rodeaban su jet privado como buitres sobre una presa moribunda.

—¿Cuánto tiempo más va a tardar? —preguntó con un tono cortante que hizo que el jefe de mecánicos se encogiera visiblemente.

—Señor Reid, me temo que la pieza de repuesto no llegará hasta mañana por la tarde. Es un componente imprescindible del sistema hidráulico y...

Alexander levantó la mano, silenciando la explicación técnica. No le interesaba lo más mínimo. Lo único que le interesaba era que su avión no estaba listo para despegar.

—Suficiente —dijo.

Su mandíbula se tensó, formando esa línea dura que sus empleados habían aprendido a temer.

Con un gesto brusco, se ajustó el Patek Philippe en su muñeca.

Eran las 7:43 de la mañana.

Calculó mentalmente.

Tenía una reunión con la junta directiva a las seis de la tarde en Nueva York. Una reunión en la que se decidiría el futuro de la adquisición más importante de Reid Enterprises en los últimos cinco años. Los nervios de todo el mundo estaban a flor de piel.

—Lárguese —murmuró al mecánico, que no necesitó que se lo dijera dos veces. El hombre se dio media vuelta y se alejó.

Alexander se pasó una mano por el pelo negro perfectamente recortado, permitiéndose ese pequeño gesto de desorden antes de sacar el teléfono del bolsillo de su pantalón.

Marcó el número de su asistente personal y esperó, tamborileando los dedos sobre el maletín de cuero italiano que contenía los documentos para la reunión.

—Señorita Anderson —dijo en cuanto escuchó que descolgaban, sin molestarse en saludar—. El avión está averiado. Necesito opciones. Ya.

Al otro lado de la línea, Rebecca Anderson llevaba trabajando para Alexander Reid exactamente once meses, dos semanas y tres días. Tiempo suficiente para saber que cuando su jefe usaba ese tono, el apocalipsis era inminente.

—Buenos días, señor Reid —respondió con una profesionalidad pulida a base de miedo—. Déjeme verificar las alternativas inmediatamente.

Alexander escuchó el tecleo rápido a través del teléfono mientras caminaba por el hangar.

Sus zapatos Oxford resonaban contra el suelo de cemento, marcando un ritmo impaciente. A través de los ventanales, observó cómo las nubes se oscurecían, burlándose de su problema.

—Señor, he consultado todos los vuelos comerciales —habló la asistente personal, transcurrido un rato—. Hay uno que sale en cuarenta minutos hacia el JFK, pero...

—Pero ¿qué? —espetó Alexander.

—Solo quedan asientos en clase turista.

El silencio que siguió fue tan gélido que Rebecca pudo sentir cómo la temperatura de su oficina en Manhattan descendía varios grados.

—Continúa —ordenó Alexander.

—La siguiente alternativa es el tren. Hay un Amtrak que sale de la Chicago Union Station en una hora y media. Estaría en Penn Station a las 18:15, lo que le daría tiempo suficiente para llegar a la reunión, a las 19:15.

Alexander contempló la idea de compartir un espacio cerrado con gente durante horas. La sola imagen mental le provocó un tic en el ojo izquierdo.

—¿No hay jets privados disponibles para alquilar?

—He consultado en tres compañías, señor. Todo está reservado debido a la convención tecnológica que termina hoy. Y respecto a los helicópteros, hay una alerta meteorológica por tormentas eléctricas en toda la ruta.

Alexander miró nuevamente al cielo y maldijo entre dientes.

El destino parecía empeñado en burlarse de él. ¿Por qué su jet privado tenía que haber escogido ese día precisamente para averiarse?

—Reserva el compartimento más privado y cómodo disponible en ese maldito tren —ordenó, escupiendo las palabras como si fueran veneno—. Y asegúrate de que nadie me moleste durante el viaje. Nadie.

—Por supuesto, señor. Ya estoy en ello —respondió Rebecca, sintiendo una mezcla de alivio (por ella) y compasión (por cualquier empleado de Amtrak) que tuviera que lidiar con su jefe—. ¿Necesita que le envíe un coche a Union Station?

—No. Ya tengo uno.

Sin molestarse en despedirse, Alexander colgó, se guardó el móvil en el bolsillo del pantalón y se dirigió hacia la salida. El chófer que lo había llevado al aeropuerto aquella mañana seguía esperando fielmente junto al Bentley negro.

—A Union Station —ordenó al entrar en el vehículo.

Durante el trayecto por las congestionadas calles de Chicago, Alexander mantuvo la mirada fija en su tablet, revisando obsesivamente los números de la adquisición pendiente.

Sunnova Tech era una joya en el sector de energías renovables, y su tecnología de paneles solares revolucionaría el mercado si Reid Enterprises lograba cerrar el trato antes que Winters Corporation, su eterno rival.

Su teléfono vibró con un mensaje de su asistente personal:

«Compartimento VIP reservado. Coche nº49, compartimento A. El tren sale a las 9:30. Adjunto billete electrónico y confirmación.»

Al menos Rebecca Anderson era eficiente. No como su anterior asistente, a quien había despedido por cometer el imperdonable error de traerle su café de Egipto (café turco) con azúcar en lugar de sin él, como le gustaba.

Tres veces.

La pobre no se enteraba de nada.

Siempre que trataba de decirle algo, tartamudeaba. La pena era que Rebecca tuviera que irse y él tuviera que buscar a otra asistente personal, que probablemente durara en su puesto solo un par de semanas. O menos.

El Bentley se detuvo frente a la majestuosa fachada de la Chicago Union Station.

A diferencia del caos del centro de la ciudad, la arquitectura neoclásica del edificio transmitía un aire de orden y firmeza que, en cualquier otro momento, Alexander habría apreciado, pero que, dadas las circunstancias y la prisa, le era indiferente.

—Puede irse —le dijo al chófer mientras salía del vehículo.

El interior de la estación bullía de actividad.

Turistas con cámaras, ejecutivos hablando por teléfono, familias con niños ruidosos...

Alexander avanzó entre la multitud como un tiburón entre peces pequeños.

Su aura de autoridad le abría paso de forma natural, casi sin proponérselo.

Su traje negro hecho a medida por el mejor sastre de Savile Row (la calle de los sastres en Londres y que le enviaban a Estados Unidos) contrastaba con la indumentaria casual de los viajeros.

Algunos lo miraban al pasar, reconociendo quizás al hombre cuyo rostro había aparecido en la portada de Forbes el mes anterior bajo el titular «El Rey Midas del Siglo XXI».

En la taquilla VIP, una joven sonriente lo recibió.

—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarlo?

—Alexander Reid. Tengo una reserva.

La sonrisa de la empleada cedió un poco al notar la frialdad en sus ojos azul acero.

—Por supuesto, señor Reid —respondió tras verificar en el ordenador la reserva—. Su compartimento VIP está confirmado. Permítame darle su llave y escoltarlo personalmente.

—No es necesario —interrumpió, extendiendo la mano para tomar la tarjeta de acceso—. Conozco el camino.

La mujer asintió, intimidada.

—El embarque comienza en veinte minutos por la puerta 5. ¿Desea que enviemos a alguien a por su equipaje?

Alexander miró su maletín y la pequeña maleta de mano que había preparado para un viaje de ida y vuelta en el día.

—No.

Sin añadir más, se dirigió hacia la sala de espera exclusiva para pasajeros de primera clase.

El espacio, decorado con madera oscura y cuero, ofrecía un respiro del bullicio exterior.

Alexander se sentó en un sillón alejado, sacó su teléfono y marcó nuevamente el teléfono de su asistente.

—Señorita Anderson, necesito que contacte con Roderick Marshall y le informe de que llegaré directamente a la reunión —comenzó—.

Dígale que tenga listos todos los documentos de la fase tres y que reajuste la presentación para enfatizar las proyecciones de rentabilidad a cinco años.

Los inversores querrán ver números concretos, no promesas vagas.

—Entendido, señor. Ya he enviado los archivos actualizados a su tablet —contestó Rebecca—. También he preparado un dossier sobre los miembros de la junta que estuvieron en la última reunión, con notas sobre sus principales preocupaciones.

Por primera vez en la mañana, Alexander sintió un atisbo de satisfacción. Tal vez Rebecca mereciera una generosa indemnización cuando se fuera de la empresa.

—Bien. Y, señorita Anderson...

—¿Sí, señor?

—No programe ninguna reunión para mañana por la mañana. Si este viaje en tren va a ser tan infernal como imagino, necesitaré tiempo para recuperarme.

—Lo haré, señor. Su agenda estará despejada hasta el almuerzo con el embajador japonés.

Alexander colgó, y volvió a guardar el móvil en el bolsillo del pantalón.

Un anuncio resonó por los altavoces:

«Atención pasajeros del tren 49 con destino a Nueva York. El embarque comenzará en cinco minutos por la puerta 5. Pasajeros con necesidades especiales y de primera clase, por favor acérquense a la puerta ahora.»

Alexander recogió sus pertenencias y se dirigió hacia la plataforma.

El tren, un Amtrak de línea regular, le pareció insultantemente ordinario comparado con su jet privado. Aun así, localizó el vagón 8 y subió, ignorando deliberadamente al asistente que intentaba ayudarlo con su equipaje.

El compartimento A era, al menos, más decente de lo que había temido.

Un espacio privado con asientos de cuero, una pequeña mesa de trabajo, conexión Wi-Fi y cortinas que podían cerrarse para obtener privacidad total. No era su oficina en el piso 70 de la Torre Reid en Manhattan, pero serviría.

Se instaló junto a la ventana, sacó su portátil y comenzó a trabajar mientras el tren se llenaba gradualmente de gente.

A través de las cortinas entreabiertas, observó el desfile de pasajeros en el pasillo: turistas emocionados, estudiantes con mochilas desgastadas, ejecutivos de medio pelo con trajes que gritaban «descuento».