El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma EPÍLOGO EL OLIVO DEL CIRUJANO #2
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EPÍLOGO EL OLIVO DEL CIRUJANO #2

Leyó durante toda la noche. Leyó los nombres de las cinco tablillas, uno por uno, hasta que el cielo se tiñó de rosa. Algunos eran fáciles. Otros apenas se distinguían. Cuando llegó al último, en el borde de la quinta, con letras pequeñas y firmes, la voz se le quebró.

—Dionisio de Alejandría. Médico.

Se quedó callado. Miró el mar, donde empezaba a asomar el sol. Y en aquel silencio, bajo el olivo, creyó oír, muy débilmente, entre el rumor de las olas y el canto de los pájaros, el eco de algo parecido a un canto de tres notas.

Copió el manuscrito durante el invierno.

No podía llevárselo. Pesaba demasiado, era demasiado frágil, y temía que lo robaran.

Hizo una copia, en pergamino, con una letra que se esforzó en que fuera tan limpia como la de Cástor, y que le llevó seis meses de trabajo ininterrumpido.

Traducía a medida que copiaba. Del griego al latín, que era la lengua de la Iglesia y de los monasterios, y que no tenía la música del original, pero que bastaba.

Cuando terminó, al llegar la primavera, enrolló la copia en un solo volumen, la envolvió en un paño de lana, volvió a cerrar el cofre original, y lo enterró de nuevo bajo el olivo, en el mismo hoyo, a un palmo de profundidad.

Después puso rumbo al norte.

Llegó a su nuevo monasterio, una comunidad pequeña refugiada en las colinas de Salerno, a las dos semanas, con los pies llagados y la copia bajo el brazo.

Lo recibió el abad, un hombre de sesenta años, severo y piadoso, llamado Paladio, que había presidido durante veinte años la comunidad con una mano firme y una fe a prueba de vándalos.

Le contó lo que había encontrado. El abad lo escuchó con atención. Cuando terminó, extendió la mano.

— Déjame verlo.

Hilario le dio el volumen.

Paladio lo leyó durante tres días. Se encerró en su celda con una lámpara y una jarra de agua, y no salió más que para los oficios.

Al cuarto día, a la hora de vísperas, mandó llamar a Hilario.

Lo recibió de pie, junto a la ventana, con el volumen cerrado entre las manos y el rostro más grave que nunca.

— Siéntate —dijo.

Hilario se sentó.

—Hijo mío —dijo el abad—. He leído tu libro.

—Gracias, padre.

—No me des las gracias. —Su voz era seca—. Es un libro terrible. Hilario guardó silencio.

— Es un libro lleno de blasfemias. Un emperador pagano que muere sin fe, sin sacramentos, sin esperanza, y a quien se presenta como un santo.

Un médico que declara no creer en ningún dios.

Un conjunto de hombres que, en vez de rezar, cuentan nombres.

—Alzó el volumen—. Un asesinato, cometido a sangre fría, que se describe con una frialdad atroz, y que su autor no condena.

Un crimen que se justifica como una «amputación».

Un secreto de Estado, ocultado por un juramento a un moribundo, que se presenta como una virtud.

—Hizo una pausa—. ¿Sabes lo que dice la Iglesia sobre el homicidio?

— Lo sé, padre.

—¿Y sobre el juramento?

—También.

—Entonces ¿cómo puedes defender esto?

— No lo defiendo. —Hilario habló despacio—. Lo he leído. Me ha conmovido. Me ha hecho llorar. Y pienso que no es un libro contra Dios.

— ¿Ah, no?

—Es un libro que pregunta por Él. Sin saberlo.

Paladio lo miró con una expresión dura.

—No pide perdón. No se arrepiente. No reza.

— Se arrepiente de otra manera. —Hilario alzó los ojos—. Lava el bisturí cada noche con vinagre. Escribe el nombre del hombre que mató en una tablilla, entre los de las víctimas. Lo carga durante cuarenta años. Es una penitencia, padre. Sin confesor, sin absolución. Pero lo es.

El abad se quedó callado. Sus labios se movían, apenas. Después se volvió hacia la ventana, y miró durante largo rato las colinas del atardecer.

— Hay otras cosas —dijo al fin, sin volverse—.

El libro habla de nuestros hermanos. Del diácono Fausto.

De los voluntarios de Roma. Los presenta con ternura.

Con respeto. Con admiración. —Hizo una pausa—.

Pero los presenta como… hombres. Buenos, sí.

Valientes. Pero sin nombrar a Cristo. Sin decir que lo hacían por Él.

Como si el bien pudiera existir sin Dios.

—Se volvió—. Eso es una herejía, Hilario.

—Padre…

— Y hay algo peor. —Su voz bajó de tono—.

Habla de guerra. De conjuras. De traición.

De cómo un hombre es salvado por una mentira, y otro asesinado por una verdad.

De cómo el poder se sostiene sobre secretos.

—Hizo un gesto—. En estos tiempos, en que el imperio se derrumba, en que los bárbaros nos rodean, en que la fe es lo único que nos queda, ¿qué efecto crees que tendría este libro?

¿Que los hombres leyeran que los emperadores mueren de peste, y que los médicos matan, y que la verdad es peligrosa?

—Que sabrían la verdad.

— Que perderían la esperanza. —El abad negó con la cabeza—. No, hijo. Este libro es demasiado brutal para esta época. Es un libro que habría que haber enterrado.

—Se enterró, padre. Durante ciento cuarenta años.

—Y debió seguir enterrado.

Hubo un largo silencio. Fuera, en el claustro, las campanas empezaron a tocar a vísperas.

—Padre —dijo Hilario con voz firme—. ¿Qué me ordenáis?

Paladio lo miró. Había en sus ojos cansados una tristeza que no se correspondía con su dureza. Se acercó a la mesa, dejó el volumen sobre ella, lo acarició con la mano.

—Que lo quemes —dijo.

Lo quemó al día siguiente, a la hora de nona, en el patio del monasterio, en presencia de toda la comunidad.

No fue una ceremonia. Fue algo breve, silencioso, doloroso.

Hilario, con las manos temblorosas, depositó el volumen sobre un montón de ramas secas, junto a la tapia, bajo un cielo gris.

Los monjes, de pie en semicírculo, con las capuchas puestas, miraban sin hablar.

El abad, a un lado, tenía la cabeza inclinada.

Hilario prendió fuego con una antorcha. La llama lamió el pergamino con una lentitud casi tímida, ennegreciendo los bordes. Después, de golpe, prendió.

El volumen ardió en cinco minutos. Seis meses de trabajo, convertidos en ceniza gris, que el viento llevó por encima de la tapia, hacia las colinas. Hilario permaneció inmóvil hasta el final. No lloró. Se le habían acabado las lágrimas.

Aquella noche, cuando todos dormían, salió del monasterio.

Fue andando, por caminos de cabras, en la oscuridad, durante cinco días.

Descansó en pajares, en graneros, en cuevas.

Comió pan duro. Bebió agua de arroyos. Llegó a la costa de Lucania una tarde de abril, cuando el sol se ponía sobre el mar, y subió, con los pies llagados, por el sendero de los mirtos.

El olivo estaba allí, inmenso, quieto, con las ramas plateadas por la luz del crepúsculo.

Hilario se arrodilló al pie del árbol. Cavó con las manos.

Encontró el cofre a un palmo de profundidad, tal como lo había dejado.

Lo abrió. Sacó los veintisiete rollos, las tablillas, los objetos.

Los envolvió en lino, en cera, en pieles.

Los cargó en un saco de lona. Y, con el saco a la espalda, volvió a bajar el sendero.

No iba a quemarlo. No iba a enterrarlo otra vez. Tenía una idea. Una idea que se le había ocurrido durante el camino, en la noche de las cuevas, y que había madurado como una fruta.

Recorrió doce leguas hacia el sur, hasta un pequeño monasterio de basilianos, griegos de rito oriental, que vivían entre las ruinas de un templo antiguo en lo alto de un monte.

Eran monjes de otra tradición, que hablaban la lengua de Homero y que miraban con recelo a los latinos.

Su abad, un anciano ciego, llamado Nilo, lo recibió con una sonrisa.

— Eres el monje que lee los nombres —dijo.

Hilario se quedó sin habla.

— Los pescadores lo cuentan —dijo el anciano—. Que hay un monje bajo el olivo, que recita nombres por la noche. Que lo oyen desde la playa. —Sonrió—. Dicen que es un santo.

—No lo soy.

—Eso suelen decir. —El anciano le tendió la mano—. ¿Qué traes?

Hilario le contó. Le tendió un rollo. El abad ciego lo tocó con las yemas de los dedos, lo olió, lo acarició.

Le pidió que le leyera en voz alta un pasaje, el del olor, el del dulzor de higos.

Hilario lo leyó. El anciano escuchó con los ojos cerrados, sin moverse.

Cuando terminó, estuvo callado un largo rato.

— Hay libros —dijo— que no se escriben para su tiempo. Se escriben para otro. —Abrió los ojos, ciegos, blancos—. Los guardaremos.

—¿Dónde?

— Hay una cripta. Bajo el templo. Una sala pequeña, seca, que nadie conoce. Tiene un nicho en la pared, tapiado desde antes de Constantino. —Sonrió—. Lo abriremos. Pondremos allí el cofre. Y lo cerraremos de nuevo. Y no lo sabrá nadie, salvo tú, y yo, y el hermano que lo selle.

—¿Y después?

— Después se olvidará. —El anciano se encogió de hombros—. Como todo. Pero un día, dentro de cien años, o de quinientos, o de mil, alguien derribará esa pared. Y encontrará lo que hay detrás.

Hilario asintió despacio. Sintió, por primera vez en meses, que algo se le aflojaba en el pecho.

Esa noche, bajo una luna enorme, con tres monjes ancianos y un cirio, bajaron el cofre a la cripta.

Lo depositaron en un nicho de piedra, entre las ruinas de un templo que había sido de Apolo y luego de Cristo.

Lo cubrieron con una lápida. La sellaron con cal.

Hilario, antes de que cerraran, apoyó la mano sobre la tapa de ciprés, cerró los ojos, y dijo, en voz muy baja, la única oración que sabía:

—Que quien llegue a la orilla encuentre una mano.

Después salió. El anciano ciego, apoyado en su bastón, lo esperaba a la puerta.

— Hermano —dijo.

—Padre.

—Lee los nombres.

—Ya lo hice.

— Hazlo otra vez. Para que se queden. —Sonrió—. Nunca se leen bastante.

Hilario se quedó aquella noche en la cripta.

Abrió, a la luz de un cirio, la última tablilla que había guardado aparte, sin que nadie lo supiera, en el bolsillo de su hábito.

Y leyó, de rodillas, en el silencio de la piedra, en voz alta, durante horas, los nombres de los muertos.

Los de Alejandría, los de la Hoz, los de Roma.

El de Claudio. El de Lucio. El de Fusco. El de Dionisio.

Cuando terminó, la luz del amanecer se colaba por una rendija del techo. Hilario apagó el cirio. Se levantó. Y supo que había cumplido su parte.

El resto, como todo, lo haría el tiempo.