El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma EPÍLOGO EL OLIVO DEL CIRUJANO
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EPÍLOGO EL OLIVO DEL CIRUJANO

La costa de Lucania, año 458 d. C.

Pasaron ciento cuarenta y dos años, y el olivo seguía en pie.

Pasó el emperador Constantino, que dio la paz a los cristianos, y sus hijos, que se mataron entre sí.

Pasó Juliano, que quiso volver a los dioses y murió de una lanzada.

Pasó Teodosio, que cerró los templos. Pasaron los godos de Alarico, que saquearon Roma durante tres días en el año 410, y los hunos de Atila, que arrasaron el norte de Italia, y los vándalos de Genserico, que cruzaron el mar desde África y que, en el verano de 455,

desembarcaron en Ostia y se llevaron de Roma hasta las tejas de bronce del templo de Júpiter.

Pasó, en fin, casi todo lo que Dionisio de Alejandría había conocido, y casi todo lo que había intentado salvar.

El imperio de Occidente se desangraba. Las legiones habían desaparecido.

Las ciudades se vaciaban. Los acueductos se quebraban.

Los campos, aquellos campos sin sembrar que Probo había llorado en una noche de estrellas, se cubrían de zarzas.

Pero el olivo seguía en pie.

Estaba solo, en lo alto de un promontorio, sobre un acantilado de roca blanca que caía a pico hacia el mar, y las raíces, hundidas como dedos nudosos en la tierra rojiza, lo habían mantenido firme contra todos los vientos.

Había visto arder el pueblo de Elea, saqueado por piratas moros.

Había visto derrumbarse el tejado de la casa blanca, y luego los muros, y luego, uno a uno, los árboles del jardín.

Había visto pasar generaciones de pastores y de pescadores, que se detenían bajo su sombra a mediodía y se santiguaban ante él, murmurando que era un árbol sagrado, que lo había plantado un santo, que en sus raíces dormía un tesoro.

Nadie lo había cortado. Nadie se había atrevido. Era demasiado viejo.

Hilario llegó a él un atardecer de septiembre.

Era un monje de unos cincuenta años, flaco, de barba gris y ojos mansos, que venía andando desde el norte, con un bastón de acebuche, un morral de lona y las sandalias rotas.

Había sido médico en Nápoles, en su juventud, hijo de una familia griega de las pocas que quedaban en la Campania.

Había estudiado en Alejandría, en los últimos años de las escuelas, bajo un viejo maestro que hablaba de Galeno con el mismo respeto que de los Evangelios.

Había visto morir a su mujer y a sus dos hijas en la peste del 442.

Había dejado la medicina. Había vendido sus bienes.

Había tomado el hábito de monje en un monasterio de la costa, cerca de Paestum, bajo la advocación de Cosme y Damián, los santos hermanos médicos que curaban sin cobrar.

Aquel verano los vándalos habían vuelto.

Habían desembarcado en las costas del sur, en pequeñas bandas de saqueadores, y habían arrasado las aldeas del litoral.

El monasterio había ardido. De los treinta monjes que lo habitaban, nueve habían muerto y los demás se habían dispersado.

Hilario, con la barba chamuscada y un trozo de pergamino quemado como único recuerdo de la biblioteca, había salido a recorrer la comarca en busca de un sitio para empezar de nuevo.

No lo buscaba por ambición, ni por piedad.

Lo buscaba, creo, por cansancio, por una necesidad física de no estar en ninguna parte.

Subió por el sendero entre los mirtos, ya sin fuerzas, apoyado en el bastón. Al coronar el promontorio, vio el árbol.

Se detuvo.

Había en aquel olivo algo que lo inmovilizó.

No era solo su tamaño, aunque era el más grande que había visto en su vida, con un tronco que cuatro hombres no habrían abarcado y dos ramas gigantescas que subían al cielo como las manos de un orante.

Era otra cosa. La luz del atardecer, rasante y dorada, caía sobre la corteza agrietada, sobre las hojas plateadas, sobre el mar que se extendía detrás hasta el horizonte, y todo el conjunto, en aquel silencio, tenía un aire de santuario antiguo, de lugar que ha sido testigo de algo.

Dejó el morral junto a las raíces. Se sentó. Estaba agotado. Cerró los ojos. Y mientras la brisa del mar le acariciaba el rostro, pensó, sin saber por qué, que aquel era el sitio.

Se quedó dormido.

Lo despertó un ruido.

Fue en plena noche, bajo un cielo lleno de estrellas.

Un crujido seco, profundo, cerca de sus pies.

Abrió los ojos. Se incorporó. A la luz de la luna, vio que una de las raíces mayores del olivo, la que corría paralela al acantilado, se había levantado.

No había ocurrido nada extraordinario. El árbol, simplemente, con el paso de los siglos, había seguido creciendo, y sus raíces, al engrosarse, habían empujado la tierra.

Un pedazo de suelo se había resquebrajado.

Entre las grietas, bajo la raíz, asomaba algo oscuro, liso, rectangular.

Era una esquina de madera.

Hilario se arrodilló. Cogió un puñado de tierra y lo apartó.

Debajo, a un palmo, vio el borde de una tapa.

Era madera de ciprés, negra de siglos, pero intacta, con una veta fina que olía a resina todavía.

Sintió que el corazón le latía muy deprisa.

Siguió apartando la tierra con las manos.

Con un palo. Con las uñas. Al cabo de una hora, a la luz de la luna, había descubierto un cofre largo y estrecho, del tamaño de un niño, con asas de hierro oxidadas en los costados y dos cerraduras de bronce cubiertas de cardenillo verde.

En la tapa había una inscripción.

Estaba grabada en griego, con letras pequeñas y regulares, apenas legibles bajo la costra de tierra. Hilario la limpió con la manga. La leyó en voz baja, moviendo los labios.

—«Para quien tenga que encontrarlo».

Se quedó inmóvil. Miró el mar. Miró las estrellas. Miró el olivo, inmenso, silencioso, que se alzaba sobre él con las ramas negras contra el cielo.

—Dios mío —murmuró—. ¿Qué es esto?

Tardó casi dos horas en sacar el cofre del hoyo.

Era pesado. Lo arrastró hasta el pie del árbol, jadeando, con las manos sangrando.

Rompió las cerraduras con una piedra. Levantó la tapa, que cedió con un gemido, y un olor extraño le subió a la nariz: olor a lino, a cera, a plomo, a siglos cerrados. Alumbró el interior con un candil.

Estaba forrado de plomo. Y dentro, ordenados con un cuidado asombroso, había rollos de papiro, atados con cintas de lino, envueltos en cera.

Veintisiete. Cinco tablillas de cera, ennegrecidas, con letras apenas visibles.

Un sello de bronce. Un caballito de hueso.

Un anillo. Una moneda de plata. Una tablilla con un sello de hierro.

Un puñado de semillas negras, secas. Un trapo viejo, doblado, cubierto de polvo gris.

Y, tendida a lo largo del cofre, una vara corta, retorcida, de madera de vid.

Hilario no se atrevió a tocarlo todo. Cogió el primer rollo. Desató la cinta. Lo desenrolló con mucho cuidado, a la luz del candil. El papiro, tras siglos de oscuridad, estaba intacto. La letra, pequeña, firme, redonda, de una limpieza casi geométrica, brillaba negra sobre el fondo ocre.

Leyó la primera línea.

«Prometí que lo contaría todo, y las promesas hechas a los muertos son las únicas que no caducan».

Pasó tres meses viviendo bajo el olivo.

Se construyó un cobijo con ramas y con las piedras de la casa derruida.

Cavó un huerto en el antiguo emplazamiento del de Dionisio, donde aún crecían, entre la maleza, algunas coles asilvestradas.

Bebió del pozo, que seguía dando agua fresca y dulce.

Comió pescado que le traían los pescadores del pueblo, que fueron acercándose poco a poco, con desconfianza primero, con curiosidad después. Y leyó.

Leyó todo el día, a la luz del sol, sentado bajo el árbol.

Leyó por las noches, a la luz de un candil, con el cofre abierto a su lado.

Leyó con una intensidad que no había sentido nunca por ningún libro.

Era una lengua que conocía bien, la lengua de Homero, de Galeno, de Alejandría, pero que en aquellas páginas tenía un sabor distinto, personal, íntimo, como la voz de alguien que le hablaba al oído.

Leyó los prólogos de Alejandría, la bodega de Teón, la pira frente a la Biblioteca.

Leyó el cuerpo del emperador Galieno sobre una mesa de operaciones.

Leyó los pozos envenenados de Naissus, y las ánforas con costra pardusca, y los niños en fila en la vaguada.

Leyó la Hoz, y la tienda del hospital, y los colores de las telas.

Leyó la muerte de Fusco. Leyó el canto de los godos.

Leyó el funeral de Claudio, y el granero de Sirmium, y la sangre sobre el grano.

Leyó el libro de los muertos de Roma. Leyó la cabra.

Lloró en muchos pasajes. Se rio en algunos. Se detuvo, a veces, durante horas, con la vista fija en el mar, incapaz de seguir. Cuando llegó al capítulo décimo, el de la venganza, estuvo tres días sin leer, caminando por la playa, rezando sin saber a quién. Al final volvió. Terminó.

Y aquella noche, ya cerca del alba, cuando acabó el último rollo y leyó las líneas finales, las escritas por una mano distinta, torpe y firme, por un hombre que decía llamarse Cástor, y que contaba que su maestro había muerto bajo el olivo con el sol, se quedó mucho tiempo inmóvil,

con el papiro sobre las rodillas y las lágrimas rodándole por la barba.

Había encontrado un libro.

Pero había encontrado, también, un hombre.

Un hombre que había sido médico, como él.

Que había perdido a los suyos, como él. Que había dudado de todo, como él.

Que había jurado luchar contra la enfermedad, y que, al final de su vida, no sabía si lo había logrado.

Y que había dejado, enterrado bajo un árbol, un mensaje para el que viniera después. Para el que tuviera que encontrarlo.

Hilario se pasó la mano por la cara. Miró el olivo, inmenso, quieto, con las ramas plateadas por la luna.

— Lo he encontrado —dijo en voz baja—. Maestro.

Las lágrimas no cesaban.

Al fondo del cofre, junto a las tablillas, había una última página, suelta, escrita con letra de Cástor. Era una sola frase. La leyó en voz alta, y su voz resonó en la noche con una extraña claridad.

—«Leed los nombres en voz alta».

Alzó la vista. Miró las estrellas. Y, sin saber por qué, comprendió que no podía hacer otra cosa.

Cogió la primera tablilla. La acercó a la lámpara. Y empezó a leer. —Yared. De Adulis. Dieciocho años.