El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma CAPÍTULO 13 EL ÚLTIMO JURAMENTO #5
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CAPÍTULO 13 EL ÚLTIMO JURAMENTO #5

Primero, los veintisiete rollos del manuscrito, envueltos en lino y en cera, uno a uno, ordenados por capítulos.

Después, las tablillas. Las cinco tablillas de cera, la de Alejandría con sus doce nombres, las de la Hoz, las de Sirmium, las de Roma, que habían ido llenándose con los años y que ya apenas se podían leer. Después, los objetos.

El sello de bronce con el delfín del padre de Hermeros.

El pequeño caballito de hueso, mal pulido, sin ojos, que me había mandado Wisigar.

La nota de Filón con la receta de la teriaca, y su advertencia: «No servirá. Pero hazla».

La tablilla de cera con el salvoconducto de Aureliano, con el sello de hierro del águila, ya medio fundido.

La carta de Probo, con la viña. Un puñado de granos de vid, de los que se habían plantado en el muro.

El anillo de bronce de Lucio, que Hermeros, años atrás, me había mandado desde Tesalónica sin una palabra de explicación.

Y la vara de Fusco, la del sarmiento retorcido, que Marco Fabricio me había puesto en las manos veinte años antes.

Fui colocándolo todo con cuidado. Cástor me miraba. Su mujer, Naia, de pie en el umbral, con los brazos cruzados sobre el pecho y las canas brillándole en las trenzas, nos observaba en silencio. Los niños, los nietos, jugaban en el patio.

Faltaba una cosa.

Salí a mi cuarto. Abrí el arcón donde guardaba, desde hacía cincuenta y seis años, lo único que me quedaba de Teón.

Un trapo viejo, sucio, doblado, que no había lavado nunca.

Estaba manchado de ceniza. De una ceniza que había barrido, una mañana de verano, de las losas de una explanada de Alejandría, junto a una pira que ardió frente a la Biblioteca.

La había guardado entonces sin saber por qué.

La traje y la deposité sobre los rollos, en lo alto.

— Para que no se sienta solo —dije.

Cástor asintió, con una lentitud grave.

Cerramos la tapa. Entre los dos, con ayuda de Claudio, llevamos el cofre hasta el jardín.

Habíamos cavado la tarde anterior un hoyo grande, hondo, junto a las raíces del olivo, en la parte que da al mar.

Bajamos el cofre con cuerdas. Lo depositamos en el fondo.

Nos quedamos un instante de pie, mirándolo, sin hablar.

—Dentro de cien años —dije—, o de mil, alguien lo encontrará. Cástor me miró. Escribió en el polvo con un palo: «¿Y entenderá?».

—No sé.

Se encogió de hombros. Después cogió un puñado de tierra, lo dejó caer sobre la tapa. Claudio hizo lo mismo. Naia. Los niños, uno a uno, sin que nadie se lo pidiera. Yo fui el último. La tierra cayó con un sonido sordo, como el de un dedo golpeando una puerta.

Murió a primeros de junio.

Aquí termina la mano de Dionisio. Aquí escribo yo, Cástor.

Escribo en la lengua que me enseñó, con la letra que él decía que era más bella que la suya.

Escribo porque me lo pidió. La noche antes de morir, me tomó de la mano, me miró, y me dijo, con los labios muy marcados, para que yo lo leyera: «Cuando yo falte, termina tú el libro. Tú sabes cómo».

Lo dijo muy despacio. Yo asentí. No lloré.

Me quedé con su mano entre las mías hasta que se durmió.

Lo cuento como fue.

Había hecho calor aquel día. Un calor de verano, seco y dulce, con el cielo muy azul y el mar quieto.

Él se había levantado temprano, como siempre, y había salido al jardín, apoyado en su bastón, a sentarse bajo el olivo.

Llevaba mucho tiempo débil. Hacía meses que le fallaba el pecho.

Respiraba con dificultad, tosía, adelgazaba.

Teón, su discípulo, lo había examinado en abril, con las manos firmes, sin decir nada.

Después me había mirado a mí, y yo lo había entendido todo.

Estuvo todo el día bajo el árbol. Yo le llevé agua, pan, una sopa de pescado.

No quiso comer. Bebió un poco de agua. Miraba el mar.

A mediodía vino Naia con los niños, y él les contó un cuento, de un caballito de madera, y se rieron.

A media tarde vino Teón, y se sentó a su lado, y estuvieron un rato hablando de pulsos y de fiebres.

A las seis, cuando el sol empezaba a bajar, me llamó con un gesto.

Me senté a su lado, sobre las raíces del olivo.

—Cástor —dijo.

Lo miré. Tenía el rostro hundido, la piel amarilla, los ojos muy claros y brillantes. Respiraba con un ruido leve, como un fuelle gastado. La luz le doraba las mejillas.

—¿Me pones la mano?

Comprendí. Le tomé la mano derecha, que estaba seca y ligera, y me la llevé a la garganta. La apreté contra mi cuello, para que sintiera el pulso. Él cerró los ojos. Sonrió.

—Gracias.

Estuvimos así un rato, en silencio. El sol bajaba despacio. El mar se había vuelto de color de cobre. Un pájaro cantaba en las ramas. Olía a hierba, a sal, a higos maduros. Y él, con los ojos cerrados, murmuró algo.

No lo entendí al principio. Hablaba muy bajo. Moví los labios, pidiéndole que repitiera. Abrió los ojos. Me miró. Y lo dijo otra vez, despacio, marcando cada sílaba, con la voz que aprendí a leer en cuarenta y ocho años.

— Los dioses no salvan a Roma.

Asentí.

—Los hombres lo hacen. —Hizo una pausa larga—. Y yo solo soy un hombre.

No supe qué responder. Le apreté la mano. Él me miró con una sonrisa muy dulce, muy cansada, la de quien ha llegado al final de un camino y no tiene prisa.

—Dime —murmuró—. ¿Cuántos?

Pensé. Pensé en los nombres. En las tablillas, en los rollos, en el cofre bajo el olivo. Y comprendí lo que me estaba preguntando. —Todos —dije, con los labios—. Están todos.

—Bien.

Cerró los ojos. Respiró hondo. Su mano, entre las mías, se aflojó un poco. El sol tocó el mar. Una línea de fuego, muy fina, ardió sobre el horizonte, y la luz, antes de apagarse, lo bañó todo de oro rojizo: el olivo, el jardín, la casa blanca, la cara del hombre que dormía.

Murió con el sol.

No hubo un último suspiro. No hubo un gesto.

Su respiración se espació, un aliento, una pausa, otro aliento, más largo, una pausa más larga.

Y de pronto dejó de ser una cosa que se podía sentir.

Yo lo noté en el cuello, en la mano que él me apretaba contra la garganta, que se quedó inmóvil.

Esperé un minuto. Dos. Tres. Como él me había enseñado.

No volvió.

Le cerré los ojos con la yema del pulgar, muy despacio, como él había cerrado los de Claudio. Le crucé las manos sobre el pecho. Y me quedé a su lado, bajo el olivo, mirando cómo se apagaba la luz del día.

Lo enterramos al día siguiente, bajo el olivo.

Lo hicimos entre todos, con el pueblo entero, que vino en silencio, con los pescadores y sus mujeres, con los campesinos, con los niños, con Teón, su discípulo, que lloraba sin disimulo.

Cavamos una fosa junto a las raíces, a un paso del hoyo donde estaba el cofre, en la parte que da al mar.

Lo envolvimos en una sábana blanca, limpia, con el estuche de cuero y la vara de centurión sobre el pecho.

Lo bajamos entre cuatro, con cuerdas. Claudio, mi hijo, que se llama como el emperador, puso sobre él una rama de olivo.

Yo cogí un puñado de tierra. Lo dejé caer despacio.

— Dionisio de Alejandría —dije, no con la boca, porque no puedo, sino con las manos, ante todos, con los gestos que él me enseñó—. Médico. Que preguntaba los nombres.

No sé si me entendieron. Pero Naia, a mi lado, con los ojos llenos de lágrimas, repitió mis gestos con sus manos, despacio, para los demás. Y los pescadores, los campesinos, los niños, uno a uno, fueron dejando caer su puñado de tierra.

Hoy, mientras escribo esto, es de noche. Estoy sentado ante la mesa de la casa, con la lámpara encendida y el último rollo extendido ante mí. Fuera sopla la brisa del mar. Se oyen las olas. Cantan los grillos. Mis nietos duermen en la habitación del fondo. Naia, junto a mí, remienda una red.

He releído el libro de principio a fin. Es el mejor que he copiado.

Cada letra, cada línea, lleva su voz. Cuando leo el comienzo, «Prometí que lo contaría todo», oigo su voz, la de verdad, la que no oí nunca pero que leí en sus labios durante cuarenta y ocho años.

Y cuando leo el final, el que escribió una mañana de primavera, me parece oír, muy lejos, un caballito de hueso que se agita en una cuerda.

He añadido una cosa. Una sola.

Al final de la última tablilla, en la cera, con la punta del estilete, con letras pequeñas y firmes, he grabado un nombre.

Es el único que faltaba. El de un hombre que no quería estatuas, que preguntaba cómo se llamaban los muertos, que fue el centurión de la peste y el médico de un emperador, que mató una vez y se lo reprochó toda la vida, que me enseñó a leer los pulsos y las letras y el silencio.

Un hombre que decía que él solo era un hombre.

He escrito:

«Dionisio de Alejandría. Médico».

Y debajo, para el que lo lea, para quien tenga que encontrarlo, dentro de cien años o de mil, cuando ya no pese, he añadido una sola frase, la que él me enseñó a decir antes de dormir, con la mano en la garganta, cada noche, durante cuarenta y siete años.

Leed los nombres en voz alta.