El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma CAPÍTULO 13 EL ÚLTIMO JURAMENTO #4
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CAPÍTULO 13 EL ÚLTIMO JURAMENTO #4

Se instalaron en la casa. Reconstruimos la habitación del fondo, que estaba en ruinas, y la convertimos en su cuarto.

Tuvieron tres hijos. Un niño, un año después de la boda.

Una niña, dos años más tarde. Un segundo niño, muchos años después, cuando ya nadie lo esperaba.

A los tres los traje al mundo con mis propias manos.

El primero lo llamaron Claudio. Cástor lo escribió en la tablilla, con letras grandes, la noche del parto, y me lo mostró con una sonrisa temblorosa: «Se llamará como él».

No dije nada. Me limité a abrazarlo. Y creo que Claudio, el nuestro, desde aquella noche, tuvo siempre un abuelo.

Pero la peste no se fue nunca.

Esa es la verdad, y no quiero ocultarla.

A lo largo de aquellos años de calma, de huerto, de cabra, de niños, de pescado frito y de vino aguado, hubo siempre una sombra detrás de mí.

No me abandonaba. Estaba allí, en los rincones, en los momentos de silencio, como un huésped que nadie ha invitado y que no se atreve a marcharse.

Cada vez que veía a un enfermo con fiebre, recordaba Naissus.

No era un recuerdo, era un reflejo. Al sentir la frente caliente de un niño, el pulso rápido de una anciana, los ojos enrojecidos de un pescador, el corazón se me aceleraba, y durante unos segundos no estaba en Elea sino en una tienda de lona, con los ojos de Claudio fijos en mí.

Cada vez que olía agua estancada, en un charco, en un pozo, en el fondo de un cuenco, me estremecía: veía las ánforas, los pozos de la granja, la pila de piedra de la fuente oriental.

Y cada vez que, en otoño, al madurar los higos, el aire del huerto se llenaba de aquel dulzor tenue, afrutado, casi amable, me quedaba inmóvil, con la azada en la mano, sin poder moverme, hasta que el temblor pasaba.

No se lo dije nunca a nadie. Solo Cástor lo supo. Me veía pararme en medio del huerto, pálido, con los ojos cerrados. Se acercaba sin ruido. Me ponía la mano en el hombro. Y esperaba.

Hubo brotes.

El primero, en el año 280, en una aldea de pastores, a diez leguas hacia el interior.

Me llamaron de noche. Cabalgué toda la madrugada con Cástor, con el botiquín al hombro, y llegué a un pueblo de veinte casas donde yacían, en el suelo, entre mantas, treinta y siete personas con una fiebre que reconocí enseguida.

No era la peste de Cipriano. Era otra cosa, una calentura de pantano, de las que se llevan a los viejos y a los niños.

Hice lo que sabía. Aislé a los enfermos.

Herví el agua. Quemé las mantas. Cavé letrinas lejos del arroyo.

Les enseñé a tapar los cántaros. A los tres días, empezaron a mejorar.

Murieron cuatro. Se salvaron treinta y tres.

Anoté los nombres de los cuatro en la tablilla.

El segundo, en el 289, en la propia Elea, durante un verano de sequía en que el pozo del pueblo se contaminó.

Fueron dos semanas de pesadilla. Setenta enfermos.

Doce muertos. Pero los vecinos, esa vez, sabían lo que había que hacer.

Habían aprendido. Hervían el agua sin que se lo dijeran.

Aislaban a los enfermos con una naturalidad de siglos.

Cástor, ya padre de familia, organizó a los hombres.

Naia, a las mujeres. Yo me limité a dirigir.

Cuando terminó, el pescador viejo, que había sobrevivido, con la cara hundida y las manos temblorosas, me dijo en la puerta de mi casa:

—No sé qué hizo usted aquí, médico. Pero desde que llegó, el pueblo se muere menos.

— Es lo que se aprende.

—No. —Negó con la cabeza—. Es lo que se enseña.

Me quedé mirándolo.

—Tiene razón —dije.

Envejecí despacio.

No me di cuenta hasta que, un día, al cortar un hilo de sutura, noté que me temblaba la mano.

Fue una vibración pequeña, un temblor casi imperceptible, que antes no tenía.

Probé de nuevo. Volvió. Dejé el bisturí sobre la mesa y me quedé mirándome los dedos, que ya no eran los de antes: manchados, huesudos, con las uñas amarillas y las venas marcadas.

Tenía cincuenta y tres años. Era el año 294.

Dejé de operar. No de golpe, sino poco a poco.

Primero las operaciones delicadas. Después las medianas.

Al final, solo ya los partos y las curas menores.

Enseñé a Cástor, que tenía las manos más firmes que yo y la cabeza más fría.

Y a un muchacho del pueblo, un huérfano de trece años llamado Teón, al que acogí en casa y a quien le enseñé a contar el pulso con la clepsidra y a distinguir una fiebre de otra.

Lo hice con el mismo método con que me habían enseñado a mí, sin prisa, con paciencia, con vinagre y miel.

Teón se hizo médico. Fue el mejor discípulo que tuve.

Y cuando le di, el día en que cumplió dieciocho años, el bisturí de la serpiente, con el estuche de cuero y la nota de Filón, lo cogió con las dos manos y no dijo nada, y supe que era el que lo merecía.

Pero eso fue después.

Entonces, a los cincuenta y tres años, lo que me preocupaba no era el temblor de mis manos.

Era otra cosa. Una especie de nostalgia que me subía en las noches de verano, cuando salía al jardín a mirar las estrellas.

Nostalgia de qué, no lo sabía. De Alejandría, quizá.

De la bodega de trece escalones. De la voz de cisterna.

De la higuera. De los hombres que habían muerto delante de mí, y de los que habían vivido a mi lado.

Nostalgia, en el fondo, de mi propia juventud, de aquel muchacho de diecinueve años que había creído que jurar era un gesto sencillo.

Escribía por las mañanas, bajo el olivo, con la cabra a mis pies. Cástor copiaba. El manuscrito crecía. Hacia el año 300, estaban escritos los doce capítulos, el prólogo, el preludio, la introducción. Solo faltaba el final.

La noticia de Fausto llegó en el año 303.

La trajo un diácono errante, un hombre flaco de ojos hundidos que apareció en la puerta de mi casa una tarde de verano, con las sandalias rotas y un morral al hombro.

Se llamaba Aurelio. Venía de Roma. Me reconoció por la vara, que yo conservaba colgada de un clavo del vestíbulo, y se arrodilló en el umbral con los ojos llenos de lágrimas.

Me contó que el emperador Diocleciano, el de la Tetrarquía, había ordenado aquel año una persecución.

Que los cristianos de todo el imperio eran arrestados, sus iglesias demolidas, sus libros quemados.

Que en Roma las cárceles estaban llenas.

Que los diáconos, los escribas, los obispos, eran llevados a la arena.

Y que Fausto, el viejo Fausto, el que había organizado a setecientos voluntarios para cuidar a los apestados de Roma, el que había guardado, durante treinta años, el libro de los muertos de la ciudad, había sido detenido en su casa, con el libro entre los brazos.

—¿Qué ocurrió? —pregunté.

— Le ordenaron que lo entregara para quemarlo.

—El diácono se enjugó las lágrimas—. Dijo que no.

Dijo que era la lista de los muertos de Roma.

Que no era un libro de la fe, sino de la ciudad.

Que quemarlo era quemar a treinta y ocho mil romanos por segunda vez.

—Hizo una pausa—. Le pegaron. Lo arrastraron por la calle.

Murió en el Anfiteatro, a las dos semanas, ante veinte mil espectadores.

Me quedé inmóvil.

—¿Y el libro?

— Lo salvamos. —Sonrió con tristeza—. Lo sacamos de su casa la noche antes del arresto.

Lo llevamos a las catacumbas de la Vía Apia.

Está allí, en una cripta sellada, en un nicho sin nombre.

Nadie sabe dónde. Nadie lo sabrá. —Me miró—.

Fausto me dijo, antes de que lo prendieran: «Si ves a Dionisio, dile que cumplí».

No pude responder. Me levanté. Fui hasta el olivo. Me apoyé en el tronco, con la frente contra la corteza fría. Estuve allí mucho tiempo. Cuando volví, el diácono seguía arrodillado en el umbral.

—Quédate —dije—. Aquí hay pan. Y vino. Y un cuarto donde dormir.

— No puedo. Me persiguen.

—Aquí no te buscará nadie.

—No quiero ponerlos en peligro.

—Aquí el peligro es de otra clase. —Le tendí la mano—. Quédate.

Se quedó. Vivió con nosotros once años. Enseñó a los niños a leer. Murió de viejo, en su cama, con el pelo blanco, en el año 314, y lo enterramos junto al olivo.

Aquella noche, después de que se durmieran todos, me senté bajo el árbol.

Pensé en Fausto. En su libro, escondido en una cripta, sin nombre, esperando.

En lo que él había hecho con los nombres, que era lo mismo que yo había hecho con los míos.

Y comprendí, con una claridad súbita, que tenía que hacer lo mismo.

Había escrito un libro. Había prometido contarlo todo. Había prometido callarlo. Y las dos promesas, que hasta entonces me habían parecido contradictorias, de pronto encajaron.

El último capítulo lo escribí en una mañana.

Fue en la primavera del año 316, a los setenta y cinco años, bajo el olivo, con las manos temblorosas y la cabeza clara.

Tenía el manuscrito entero ante mí, doce capítulos, el prólogo, el preludio, la introducción, copiados con la letra pequeña y redonda de Cástor, en veintisiete rollos de papiro atados con cintas de lino.

Faltaba el final. No sabía cómo escribirlo.

Durante años había pensado que el final sería la muerte de Claudio, o el granero, o la llegada a Roma.

Pero ninguno lo era. El final era esto: una casa blanca junto al mar, un olivo viejo, un hombre viejo que escribía.

Escribí sin parar hasta mediodía. Cuando terminé, dejé el cálamo y me quedé mirando el papiro. Estaba lleno. No había nada más que añadir.

Cástor, que había estado sentado a mi lado toda la mañana, tomó el rollo, lo leyó de principio a fin, con los labios apretados, sin levantar la vista. Cuando terminó, me miró. Tenía los ojos húmedos.

Cogió una tablilla limpia. Escribió con su letra firme: «Es verdad». —Es lo que pude —dije.

Negó con la cabeza. Escribió debajo: «Es lo que fue».

Cástor fabricó el cofre con sus propias manos.

Lo hizo de madera de ciprés, que dura mil años sin pudrirse, en la carpintería del pueblo, con la ayuda de su hijo Claudio, que tenía ya treinta y nueve años y las manos grandes y seguras de su padre.

Lo forró por dentro con una lámina de plomo, soldada con estaño, para que no entrara la humedad.

Lo cerró con una tapa ajustada, con juntas de pez, y con dos cerraduras de bronce.

Era un cofre largo, estrecho, del tamaño de un niño pequeño, con asas de hierro en los costados y una inscripción grabada en la tapa, en griego, con letras pequeñas: «Para quien tenga que encontrarlo».

Lo llenamos una tarde de abril.