CAPÍTULO 13 EL ÚLTIMO JURAMENTO #3
Se puso a leer. Lo hizo en silencio, con los labios apretados y las cejas fruncidas, siguiendo las líneas con la yema de un dedo grueso.
Tardó más de una hora. Se hizo de noche.
Cástor encendió una lámpara y la dejó junto a su codo.
Los grillos cantaban. A lo lejos rompían las olas contra el acantilado.
Yo me senté enfrente, junto al olivo, y esperé.
Cuando terminó, enrolló el papiro con mucho cuidado. Lo dejó sobre la mesa. Se quedó largo rato mirando la llama de la lámpara.
— Por eso —dijo al fin.
—Por eso.
— Lo suponía. —Su voz era ronca—. Desde la noche del granero. Lo suponía, y no quise saberlo. —Hizo una pausa—. Hiciste lo que había que hacer.
—No lo sé.
— Yo sí. —Me miró—. Lo supe cuando vi cómo caía el cuerpo.
Eras un hombre que no quería matar. Y lo hacías porque no quedaba otra cosa.
Y luego te quedaste mirando el río, y supe que lo cargarías toda la vida.
—Alzó una mano callosa—. Es la única forma de hacer lo que hay que hacer sin volverte una bestia. Cargarlo.
— Gracias.
—No me las des. —Sonrió con cansancio—. ¿Vas a publicarlo? —No.
—¿Por qué?
— Porque lo prometí. —Respiré hondo—. A Claudio.
Que no revelaría la conspiración. Para que no hubiera guerra civil.
—Me encogí de hombros—. Han pasado quince años.
Los que sabían, han muerto o han huido. Pero el imperio sigue siendo lo que es.
Si esto sale a la luz, habrá quien lo use.
Los que quedan. Los hijos. Los nietos. Siempre hay alguien a quien le conviene.
—¿Entonces?
— Lo enterraré. —Miré el olivo—. Con todo. Y que lo encuentre quien tenga que encontrarlo, dentro de cien años, o de mil, cuando ya no pese.
Marco Fabricio asintió despacio.
—Haces bien —dijo—. Hay verdades que solo pueden ser leídas por quienes ya las conocían.
Se levantó. Fue hasta su morral, que había dejado junto a la puerta, y sacó de él un objeto largo, envuelto en un paño. Lo desenvolvió despacio. Era una vara. Un palo corto, retorcido, de madera de vid, con el extremo superior pulido por el uso, de la longitud de un antebrazo.
— Es la de Fusco —dijo—. La que le quitaron cuando lo degradaron. La guardé yo. Veinte años. —Se pasó la lengua por los labios—. Quiero que la tengas.
—Marco…
— Entiérrala con el libro. Es el único lugar donde debe estar. — Me la puso en las manos—. Que haya un recuerdo, entre todos esos papeles, de uno que murió delante.
La tomé. Pesaba muy poco. Estaba lisa, gastada, tibia de su mano. La apreté contra el pecho.
— La enterraré —dije.
—Bien. —Se pasó la mano por la cara—. Y ahora, si no te importa, voy a beber otro vaso. Porque he vuelto a leer a Fusco, y aún no me atrevo a mirarte a la cara.
Compré la cabra en la primavera de 271.
Fue un día extraño. Había ido al mercado de Elea a vender un puñado de hierbas medicinales y a comprar sal, y en un rincón de la plaza, junto a un puesto de quesos, un campesino de cara colorada discutía a gritos con su mujer por una cabra.
Era un animal pequeño, marrón y blanco, de ojos amarillos y barbita de viejo, que mordisqueaba con aire filosófico el borde de un cesto.
El hombre quería venderla. La mujer, no.
Se repartían insultos a voz en cuello. Yo los miré un rato desde lejos, y de pronto, sin saber por qué, me acordé de un viejo siciliano de cara de pájaro, diciéndome en el patio de Sirmium, con su desprecio habitual: «Todos los médicos viejos deberían terminar con una cabra y un huerto.
Es lo único decente».
Me acerqué.
—¿Cuánto?
El campesino y su mujer se volvieron a la vez, sorprendidos. Me miraron de arriba abajo. Pensaron, supongo, que un forastero con acento griego se dejaría desplumar.
— Cuarenta sestercios —dijo la mujer.
—Veinte —dijo el hombre, desdiciéndola.
—Treinta —dije yo.
Trato hecho. Volví a casa con la cabra de la cuerda y un nudo extraño en la garganta. Cástor, que estaba arreglando la cancela, me miró llegar con la boca abierta. Le expliqué con gestos, con las manos, con la cara. Que era un regalo. De un viejo gruñón. Que había que ponerle nombre.
Cástor ladeó la cabeza. Se quedó un rato mirando al animal, y a mí. Luego sonrió, de oreja a oreja, y escribió con el dedo en el polvo del suelo, con letras grandes, torcidas: «FILÓN».
—Eso es —dije, riendo—. Filón.
Filón, la cabra, vivió catorce años. Era mala como una serpiente.
Se comía las lechugas, los rosales, los cordones de las sandalias, el borde de mis rollos de papiro, una vez media túnica.
Pateaba. Embestía. Se escapaba por el muro y se iba a recorrer el pueblo, entre las protestas de las vecinas.
Pero daba una leche espesa y dulce, y cada mañana, cuando salía al patio, la encontraba plantada ante el olivo, con las patas separadas y la mirada fija, esperando, con un aire de reproche tan perfecto que me hacía reír a solas.
Hice un huerto. Un pequeño huerto cuadrado, tras la casa, protegido del viento por el muro, donde sembré coles, lechugas, cebollas, ajos, judías, calabazas, hierbas de olor.
Cástor lo regaba. Yo lo cavaba, con una azada que me prestó el pescador viejo, con el sudor corriéndome por la espalda y el sol de mediodía en los hombros, y era la primera vez en mi vida que cavaba la tierra.
Me dolían los riñones. Me salieron ampollas. Y descubrí, con asombro, que era feliz.
No sé cómo explicarlo. Era una felicidad pequeña, obstinada, sin brillo, como una luz de candil en una cocina oscura.
No tenía nada que ver con la alegría de la victoria ni con el orgullo de la curación.
Era el gozo humilde de ver brotar una col. De oler el pan recién hecho.
De sentarme al caer la tarde bajo el olivo, con un vaso de vino aguado en la mano y la cabra mordisqueándome la manga, a mirar cómo el mar se teñía de naranja.
De no tener que decidir quién vivía y quién moría. De no tener que pensar en el agua.
Por primera vez en mi vida, tuve tiempo.
Seutes vino a vernos en el otoño del año 273.
Lo oí llegar desde lejos, antes de verlo: una voz de bajo, ronca, que cantaba una canción tracia entre los mirtos del sendero, desafinando con una convicción admirable.
Salí al jardín. Allí estaba, barrigudo y colorado como siempre, con una túnica de prefecto de sanidad que le venía estrecha, un morral al hombro y un odre de vino en cada mano.
Más canoso. Más lento. Pero con los mismos ojos de niño travieso.
— ¡Médico! —gritó—. ¡Por todos los dioses! ¡Al fin! Llevo tres semanas recorriendo la costa preguntando por un griego con un sordo.
— Seutes.
—¿Qué es esa cabra?
—Es Filón.
— ¿Filón? —Se quedó con la boca abierta. Después soltó una carcajada que debió de oírse en Elea—. ¡Se lo contaré! ¡Se lo contaré al viejo, que está en Viminacium con la gota, y se va a morir de gusto!
Se quedó cuatro días. Comimos pescado frito bajo la higuera.
Bebimos vino de Tasos, del odre que me había dado en Sirmium y que yo, fiel a la promesa, había abierto la noche anterior a su llegada, para que no se enfadara.
Me contó mil historias del ejército: de Filón y su escriba, de Valerio y sus memorias, de Probo y sus zanjas.
Me enseñó una cicatriz nueva en el brazo.
Me preguntó por el bisturí. Le dije que lo tenía bien lavado.
La última noche, cuando ya el vino le había aflojado la lengua y los ojos, se me quedó mirando largo rato, con el vaso entre las manos.
— Médico —dijo—. ¿Eres feliz?
Pensé la respuesta. No era una pregunta que me hubiera hecho. —Sí —dije—. Creo que sí.
—Me alegro. —Se secó los ojos con la manga—. Te lo mereces. Más que ningún hombre que haya conocido.
—No me lo merezco.
—Nadie merece nada. —Sonrió con tristeza—. Pero algunos se acercan más.
Se marchó al amanecer del quinto día. No volví a verlo. Murió en el 281, de una fiebre, en un hospital del ejército, rodeado de enfermos. Filón, que lo sobrevivió tres años más, escribió a Cástor para decírnoslo. Y dijo que Seutes, hasta el último momento, hervía el agua.
Cástor se casó en el año 276.
Fue algo que ninguno de los dos había previsto.
Hacía meses que lo veía cambiar. Volvía de la playa con un brillo nuevo en los ojos, una torpeza de adolescente, una manera de mirar el suelo y de sonreír sin motivo.
Una tarde lo encontré sentado en el muro del jardín, con la mirada perdida en el horizonte, dibujando figuras en el polvo con un palo.
Le pregunté con los dedos, con las cejas, qué le pasaba.
Se puso rojo como un tomate. Escribió algo en la tablilla, torpemente, y me la tendió.
Leí: «Naia».
—¿Quién es Naia?
Cástor se señaló el pecho, luego señaló el mar. Hizo con las manos el gesto de remendar una red.
— La hija del pescador viejo.
Asintió, mirándose los pies.
La había visto mil veces. Una muchacha de dieciocho años, delgada y morena, de ojos negros y trenzas largas, que remendaba redes en el puerto con sus hermanas.
Sabía el lenguaje de los dedos. No sé dónde lo había aprendido.
Lo había aprendido por él. Se comunicaban a escondidas, en el muro del jardín, en la playa, en las callejuelas del pueblo, con un código que habían inventado entre los dos y que nadie más entendía.
Tardé seis meses en enterarme. El pescador viejo, cuando fui a pedir su mano, me miró con la cara de lechuza y soltó una carcajada ronca.
—Ya era hora —dijo—. Llevan dos años dándose señales como gallinas.
Fue una boda sencilla, en la playa, al atardecer, con los pescadores y sus familias, con cestos de sardinas asadas y odres de vino.
Yo hice de padre del novio. Cástor llevaba una túnica blanca que le había tejido su novia, y una corona de mirto en el pelo, y en sus ojos serios había una luz que me hizo olvidar, por un rato, todos los muertos.
Naia, de blanco, con las trenzas sueltas y una guirnalda de flores del mar, no apartaba los ojos de él.
Y cuando terminó la ceremonia, ya de noche, junto a una hoguera, Cástor se levantó, vino hasta mí, me tomó la mano, y la llevó a su propia garganta, y la apretó.
Me miró. Y con los labios, sin voz, formó una frase que leí con claridad.
«Gracias. Padre».
No pude hablar. Lo abracé. Lo estreché con tanta fuerza que le hice daño. Nos quedamos así, en la oscuridad, junto al fuego, con el rumor de las olas, hasta que Naia vino a buscarlo.