El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma CAPÍTULO 13 EL ÚLTIMO JURAMENTO #2
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CAPÍTULO 13 EL ÚLTIMO JURAMENTO #2

Me quedé mirándola mucho tiempo. Era una frase correcta. Quizá demasiado. Pero era lo que tenía que decir, y lo dije.

No fue una escritura fácil. Quien no ha intentado poner en palabras lo que ha visto, no sabe cuánto resiste.

Hay cosas que la memoria guarda en trozos, sin orden, como fragmentos de ánfora en el fondo de una pila, y que al sacarlas a la luz se desmenuzan.

Hay otras que aparecen con una nitidez cruel, entera, una escena clavada en la mente con todos sus olores y sus ruidos, y que, al intentar transcribirlas, se vuelven falsas.

Había que encontrar el justo medio. Había que ser fiel sin ser cruel, completo sin ser pedante, sencillo sin ser pobre.

Escribía por la mañana, cuando la mente estaba clara.

Por la tarde atendía a los enfermos. Por la noche releía lo escrito, lo corregía, lo rompía, lo reescribía.

Hubo capítulos que tardaron un año. Hubo uno, el décimo, que no pude escribir en cuatro.

Cástor copiaba.

Se había convertido en mi escriba y en mi conciencia.

Cada tarde, tras la cena, se sentaba a la mesa, ante la lámpara, con un rollo de papiro limpio y su pluma de caña, y pasaba a limpio lo que yo había garabateado durante el día.

Lo hacía con una concentración absoluta, con la punta de la lengua entre los dientes, trazando cada letra con una pulcritud casi religiosa.

Cuando dudaba de una palabra, alzaba los ojos y me preguntaba con las cejas.

Cuando encontraba un error, lo señalaba con el dedo.

A veces, al llegar a un pasaje especialmente duro, se detenía, apoyaba la pluma, y me miraba largo rato, con los ojos muy serios. Y yo comprendía que había entendido.

Aquel manuscrito, copiado con su letra pequeña y redonda, es el que ahora leéis. Si alguien llega a leerlo.

Las noticias del mundo llegaban despacio, y cuando llegaban, ya eran viejas.

Las traían los arrieros, los marineros, los viajantes que paraban en Elea camino de Sicilia o de Roma.

Venían envueltas en rumores, en exageraciones, en cambios de versión.

Las escuchaba desde mi huerto, con el cántaro de vino en la mano, sin preguntar.

Y fui armando, a lo largo de los años, la historia de lo que ocurría en aquel imperio al que había servido.

Supe que Aureliano había vencido a los alamanes en Placencia, y que los había rechazado después en Pavía y en Fano.

Supe que, en el año 272, había marchado contra Palmira, en el desierto de Siria, y que había derrotado en dos batallas al ejército de la reina Zenobia, y la había tomado cautiva, y la había llevado a Roma, cargada de cadenas de oro, tras su carro de triunfo.

Supe que al año siguiente, en las Galias, derrotó al último emperador del imperio de Occidente, y que, por primera vez en quince años, el mundo romano volvió a ser uno.

Que mandó construir en Roma una muralla inmensa, de ladrillo, para proteger la ciudad de los bárbaros.

Que reformó la moneda. Que honró a Sol Invicto como dios supremo.

Supe, en fin, que se le llamaba «Restituidor del Mundo». Y pensé en un hombre de piedra que había llorado sin lágrimas en el pasillo de un palacio.

La noticia de su muerte llegó una tarde de otoño del año 275, en boca de un marinero de Ostia que descargaba redes en el puerto.

Me la dio sin darle importancia, entre una frase sobre el precio del pescado y otra sobre el tiempo.

El emperador Aureliano, dijo, había sido asesinado en Tracia, camino de Persia, en un lugar llamado Caenophrurium, entre Heraclea y Bizancio.

Lo habían matado sus propios oficiales, hombres de confianza, algunos viejos compañeros.

Dicen que los engañó un secretario, un liberto llamado Eros, al que el emperador había amenazado con castigar por un error, y que, temeroso, fabricó una lista falsa de oficiales condenados a muerte y la enseñó a quienes figuraban en ella.

«Creyeron que los iba a matar», dijo el marinero, rascándose el cuello.

«Se adelantaron. Qué lástima. Era un buen emperador. Duro, pero bueno».

No dije nada. Pagué el pescado. Subí a la casa. Me senté bajo el olivo. Estuve allí hasta que anocheció.

Una lista falsa. Un secretario con un sello.

Una mano blanda y asustada, que escribe lo que no sabe para qué sirve.

Una traición que no lo es del todo, hecha por miedo.

Pensé en Hermeros, en Tesalónica, en la hija de doce años.

Pensé en la frase de Aureliano, «No quiero saberlo».

Pensé que él, que había rehusado saber lo que le había rozado en un banquete, había muerto por una verdad que alguien inventó.

Pensé que era una cosa muy romana, y muy cruel, y muy justa: que un hombre que había vivido de no preguntar, muriese por una pregunta que nadie le hizo.

Cástor se sentó a mi lado. No necesitó que le dijera nada. Me puso la mano en el hombro. Nos quedamos así, en silencio, mirando el mar oscuro.

— Era su sucesor —dije al fin, con los labios marcados. Cástor asintió.

—Se lo prometí.

Cástor me miró.

—Prometí protegerlo. Y no pude.

Cástor negó con la cabeza, despacio. Me tomó la mano, la apretó, y me señaló el mar, el cielo, el olivo. Y comprendí lo que quería decir: que lo había protegido durante cinco años. Que había sido bastante.

No sé si tenía razón. Pero me lo he repetido muchas veces. Probo me escribió en el año 277.

Para entonces era emperador. Había sucedido a Tácito, un senador viejo y honrado que reinó apenas seis meses y murió en una campaña contra los godos, y el ejército lo había proclamado en el Danubio con el nombre de Marco Aurelio Probo.

Lo supe por el correo que me trajo la carta, un legionario joven, de ojos azules y acento ilirio, que había cabalgado dos semanas desde Sirmium siguiendo mi rastro de pueblo en pueblo.

Me entregó el sobre en el patio, bajo la higuera, con un saludo militar.

Era un rollo pequeño, de buen papiro, sellado con cera roja, con un águila.

Lo abrí con manos temblorosas.

«Probo Augusto a Dionisio de Alejandría, centurión honorario, salud.

Sé que no quieres que te encuentren. Perdóname por haberlo hecho.

Tardé un año y medio. Mis hombres revisaron todos los pueblos de la costa.

Al final fue un pescador de Elea quien lo dijo, sin saber lo que decía, a un soldado de mi escolta: que había un médico griego, con un muchacho sordo, que curaba gratis y hervía el agua. Supe que eras tú.

»No te escribo para pedirte nada. Te escribo para decirte lo que me prometiste que me dirías cuando llegara el momento: que estarías presente cuando se riega y cuando se arranca. Pues bien: hoy he plantado la viña.

»Es la de Dardania. La que me dejó Claudio.

Tiene doce hileras, en una ladera de cara al sur, junto a una aldea con casas de piedra que huelen a humo.

La planté con mis manos, con una azada que me prestó un campesino, hace un mes.

Ya brotan las yemas. La he llamado Claudia.

En la linde hay una piedra con una frase que mandé grabar. No te la diré. Ven a leerla algún día.

»Mi plan es poner a los soldados a plantar viñas en tiempo de paz. Es una idea que me parece sensata. Dicen que es una locura. Dicen que a los soldados hay que tenerlos ocupados en la guerra, o corromperlos. Yo creo que lo único que se salva del mundo es lo que se siembra.

»Te mando una ánfora del vino del año pasado, de la viña de mi padre, que no es buena pero es mía. Y te mando mi amistad, que sí lo es.

»Que los dioses te protejan, amigo. Aunque no creas en ellos».

Había en el sobre, además, un pequeño envoltorio de lino. Lo abrí. Contenía unas semillas, dos puñados de granos pardos, redondos, secos. Una nota minúscula, con la letra elegante de Probo, decía: «De la viña».

Las planté a la semana siguiente, junto al muro del jardín, bajo el sol del mediodía. Brotaron al año siguiente. Aquella vid, hoy, cubre la mitad del muro, y da un racimo pequeño y dulce, que no sirve para vino, pero que Cástor y yo comemos en septiembre, en silencio, bajo el olivo.

A Probo lo mataron en el año 282, en Sirmium, los soldados, hartos de cavar zanjas y plantar viñas en tiempo de paz.

Murió en lo alto de una torre de hierro, rodeado de legionarios furiosos, con una azada en la mano.

Cuando me enteré, estaba podando. Dejé las tijeras.

Me quedé un rato inmóvil. Después volví a podar.

Marco Fabricio vino a verme en el verano del año 285.

Lo reconocí desde lejos, al verlo subir por el sendero entre los mirtos.

Caminaba con un paso pesado y firme, apoyado en un bastón, con un hombro algo caído y la cabeza rapada brillando al sol.

Estaba más viejo. Más ancho. Tenía el pelo, lo poco que le quedaba, completamente blanco.

Pero la espalda, la mirada, la mandíbula cuadrada, seguían siendo las de un centurión.

— Médico —dijo, deteniéndose ante la cancela.

—Marco Fabricio.

—Dijiste que te encontraría.

—Dije que me leerías.

— Es lo mismo. —Esbozó una sonrisa corta, dura—. Me han licenciado. Primipilo, nada menos. Quince años de servicio más desde Sirmium. Me han dado una pensión y una finca en Mutina, junto a la de un viejo conocido. —Soltó una risa corta—. Ticio Fabio. Se casó. Tiene tres hijos y una cabra.

— No me digas.

—Se llama Rosa II.

Nos reímos. Lo invité a entrar. Comimos juntos en el patio, bajo la higuera: pescado frito, pan de cebada, aceitunas, un vino blanco de la comarca.

Hablamos de los vivos y de los muertos. De Arrio, que había muerto de una neumonía en Capua, rodeado de hijos y de nietos, con una jarra de vino con miel en la mano.

De Valerio Máximo, que había llegado a tribuno y se había retirado a Aquileia, y que escribía unas memorias que nadie leía.

De Teudas, que vivía con los godos asentados en Mesia y enseñaba latín a los niños.

De Wisigar, que había sido soldado, centurión y, al final, comerciante, y que no había vuelto a escribir.

De Bitis, muerto en el 275 al lado de Aureliano.

De Filón, muerto en Sicilia, en su huerto, con una cabra.

Y a la hora del crepúsculo, cuando la luz se volvió dorada y el mar, abajo, adquirió un color de cobre, Marco Fabricio dejó el vaso en la mesa y me miró.

— Médico —dijo—. Es la hora.

Entré en la casa. Saqué de un arcón el rollo del capítulo décimo, que Cástor había copiado la primavera anterior, y lo puse sobre la mesa, ante él.

— Es largo.

—Tengo tiempo.