CAPÍTULO 13 EL ÚLTIMO JURAMENTO
La costa de Lucania, del año 270 al año 316 d. C.
Fuimos hacia el sur porque el sur era lo único que no conocíamos.
Salimos de Roma por la Puerta Capena, al mediodía del día en que desaparecí, con dos mulas, un saco de provisiones, una bolsa de monedas de plata que me quedaban de lo poco que había cobrado como cirujano del ejército,
y la sensación extrañísima de quien sale de una casa en llamas por la puerta de atrás.
No volví la vista. Cástor, a mi lado, con el brazo en cabestrillo y la cara todavía pálida, tampoco.
Caminamos por la Vía Apia, la reina de las calzadas, entre tumbas de mármol y cipreses oscuros, bajo un sol ardiente de julio, durante horas, sin hablar.
Detrás de nosotros, en la lejanía, subía de la ciudad una columna ancha de humo.
No sé si de las piras o de las cocinas. Quise creer que de las cocinas.
El viaje fue largo y tranquilo. Pasamos por Terracina, por Fondi, por Capua, donde dormimos en una posada limpia y barata, y donde el posadero, un viejo locuaz, nos contó con voz de pregonero que en Roma había un médico milagroso, un griego con una vara de centurión,
que había parado la peste con calderos de agua hervida, y que se decía que había desaparecido, y que unos aseguraban que lo habían asesinado los senadores y otros que lo habían llamado los dioses.
«Yo creo», dijo, rascándose la barba, «que se ha ido a curar a otros. Es lo que haría un hombre así».
Cástor, a mi lado, que había leído sus labios, me miró de reojo con una sonrisa tímida.
Yo me tomé el vino sin decir palabra. Pasamos por Benevento, por Salerno, por Pesto, entre llanuras de trigo dorado y colinas cubiertas de olivos.
Todo el camino fue un barrido lento de paisajes: ríos pequeños, aldeas blancas, huertos con higueras y naranjos, mercados de pueblo donde se vendía queso fresco y pescado seco, mujeres con cántaros sobre la cabeza, niños que corrían detrás de las mulas.
Era la Italia que Probo había querido salvar.
La que seguía sembrando. Y en ella, casi sin darme cuenta, fui recuperando algo que llevaba meses perdido: la costumbre de respirar hondo.
A las tres semanas llegamos a la costa de Lucania.
Fue una elección sin plan. Nos encontramos una tarde en lo alto de una colina, tras una jornada de marcha por un camino de cabras, y vimos el mar.
Era un mar azul y llano, inmenso, que se extendía hasta el horizonte bajo un cielo sin una nube.
La costa, abajo, se curvaba en una bahía suave de arena dorada, con acantilados bajos y calas escondidas, y en el fondo, sobre un pequeño promontorio, se alzaban las ruinas de una ciudad antigua: murallas de piedra gris, una puerta con un arco, columnas rotas entre los matorrales.
Era Elea. La Velia de los romanos. La ciudad que los griegos de Focea fundaron hacía ochocientos años, y donde había nacido la filosofía de Parménides y de Zenón, y que ahora, medio abandonada, vivía de la pesca y de las salazones.
Una ciudad griega, en el sur de Italia. Una ciudad de mi lengua, de mi gente, en un rincón que nadie conocía.
Bajamos al pueblo. Era pequeño, de casas blancas, con un puerto de piedra y una docena de barcas varadas en la arena.
Los pescadores, que remendaban redes a la sombra de un muro, nos miraron con curiosidad: dos forasteros, un hombre de treinta años con acento de Alejandría y un muchacho sordo con el brazo vendado.
Les pregunté si sabían de una casa. Una casa sencilla, a las afueras, que se pudiera comprar o alquilar, sin pretensiones.
Me miraron entre sí. Un viejo de piel curtida y ojos de lechuza, sentado sobre un cesto, se encogió de hombros.
— Está la de los Aurelios —dijo.
—¿Los Aurelios?
— Una familia de salazoneros. Dueños de media costa.
Murieron todos hace tres años, de la peste, ya sabe.
Los ocho. Los padres, los hijos, los esclavos.
Solo queda una sobrina en Roma, que no ha vuelto jamás.
—Escupió a un lado—. La casa lleva vacía desde entonces.
Está a una legua, hacia el sur. En un promontorio. Con un olivo.
— ¿Se puede ver?
—Se puede. Pero no está en venta.
—¿De quién es?
—De nadie. —El viejo me miró con ojos socarrones—. Del que se atreva a vivir en ella.
Fuimos a verla al día siguiente.
La villa estaba en lo alto de un promontorio pequeño, sobre un acantilado de roca blanca que caía casi a pico hacia el mar.
Se llegaba por un sendero estrecho entre matorrales de mirto y de lentisco, que olían a resina y a sol.
Era una casa de una sola planta, de piedra encalada, con un tejado de tejas rojas medio hundido, un patio interior con un pozo, tres habitaciones, una cocina, un pequeño almacén y un jardín cercado por un muro bajo, invadido por la maleza.
Las puertas estaban rotas. Las ventanas, sin postigos.
En el patio, entre las losas levantadas, crecían matas de hierba y una higuera joven.
Pero lo que primero vi, al cruzar el umbral del jardín, fue el olivo.
Estaba en el centro, solo, al borde del acantilado, y era el árbol más viejo que he visto en mi vida.
El tronco, retorcido y nudoso, tan grueso que no lo habrían abarcado cuatro hombres con los brazos extendidos, se abría en dos grandes brazos que subían hacia el cielo como las manos de un orante.
La corteza, gris, agrietada, plateada por el sol, tenía el aspecto de un mapa antiguo.
Las hojas, pequeñas y estrechas, verdes por encima y blancas por debajo, temblaban con la brisa del mar.
Y en las ramas más altas, entre las hojas, colgaban racimos de aceitunas verdes, que empezaban a hincharse.
—Debe de tener mil años —murmuré.
Cástor, a mi lado, miraba el árbol con los ojos muy abiertos.
Se acercó. Apoyó la mano en el tronco. Lo acarició, despacio, con la palma abierta, como se acaricia el flanco de un animal.
Después se volvió hacia mí, con la cara iluminada, y señaló el tronco, luego el mar, luego la casa. Y abrió los brazos.
— Sí —dije—. Es aquí.
El pueblo nos aceptó con una mezcla de curiosidad y de recelo.
Tardamos una semana en limpiar la casa. Arrancamos la maleza del jardín, reparamos el tejado con tejas que Cástor encontró entre los escombros, cavamos de nuevo el pozo, que estaba cegado por hojas y por piedras, y descubrimos con alegría que el agua era limpia y fresca,
de una dulzura casi inverosímil.
La probé, la olí, la miré a contraluz. Hice que Cástor la hirviera de todas formas.
Me reí de mí mismo. Y la bebí con una especie de devoción.
Compramos camas de segunda mano, una mesa de tablas, cuatro banquetas, ollas, cuencos, una lámpara de aceite.
Reparamos las puertas. Colgamos en la entrada, sobre el dintel, un trapo rojo, como en los hospitales de campaña.
Y una mañana, al abrir la puerta, nos encontramos esperando a un grupo de cinco o seis vecinos.
Eran pescadores y campesinos. Un viejo con la espalda doblada, una mujer con un niño en brazos, un muchacho con una herida en la mano, una anciana con tos. Me miraron con ojos tímidos. El viejo de piel curtida, el que nos había hablado del olivo, dio un paso al frente.
— Dicen que es usted médico —dijo.
—Lo soy.
—No tenemos con qué pagar.
—No importa.
—Bueno. —Se rascó la cabeza—. Podemos traerle pescado. O aceite. O huevos. Lo que haya.
—Es suficiente.
Los atendí aquel mismo día, en el patio, bajo la sombra de la higuera, uno tras otro.
Curé la mano del muchacho. Receté un jarabe de tomillo y de miel a la anciana.
Examiné al niño de la mujer, que tenía una fiebre leve, y le expliqué cómo cuidarlo.
Les enseñé a hervir el agua. Cuando me preguntaron por qué, les dije que era una costumbre que había aprendido en el ejército, y que no costaba nada y salvaba vidas.
Asintieron, con la gravedad de quienes no entienden pero respetan.
A la mañana siguiente, a la puerta de la casa, había un cesto con doce sardinas frescas, otro con una docena de huevos y una pequeña ánfora de aceite verde, sin una nota.
Aquel día, por primera vez desde la tarde de Alejandría, me reí a carcajadas.
Fue allí, en aquella casa de piedra blanca, cuando le enseñé a escribir a Cástor.
No fue idea mía. Fue suya. Una noche de septiembre, mientras yo leía los nombres de la tablilla bajo la lámpara, con su mano en mi garganta, abrió los ojos de pronto, me apartó la mano con suavidad, señaló las letras grabadas en la cera, y luego se señaló a sí mismo,
con una interrogación en el rostro. Comprendí. Quería aprender.
Empecé con las letras del alfabeto griego, que le dibujé una a una sobre una tablilla limpia, con la punta del estilete.
Alfa. Beta. Gamma. Se las enseñaba con los labios muy marcados, con el sonido, para que lo leyera en mi boca, y él las copiaba con una torpeza concentrada, sacando la lengua.
A las dos semanas conocía todas. A los dos meses, escribía palabras.
A los seis, frases enteras. Era un alumno terrible.
Insistía en entenderlo todo. Preguntaba, con los dedos, con la cara, con los ojos, el porqué de cada signo, de cada regla.
Tenía una memoria extraordinaria. Y una letra pequeña, firme, redonda, de una limpieza casi geométrica, que ya entonces era más bella que la mía.
—Tendrías que ser escriba —le dije una noche, medio en broma. Cástor sonrió. Cogió el estilete. Escribió en la tablilla, con una lentitud solemne, tres palabras. Me la tendió.
Leí: «Soy tu mano».
No dije nada. No pude. Me quedé un rato mirando las letras, con la garganta cerrada. Después le puse la mano en el hombro. —Lo sé —dije.
Y fue así, aquella noche de otoño, en una casa de piedra blanca junto al mar, bajo un olivo de mil años, cuando decidí que escribiría lo que había prometido.
Empecé por el olor.
Fue una mañana de octubre del año 270, al amanecer, bajo el olivo, con un rollo de papiro virgen sobre las rodillas y un tintero de cuerno que me había regalado una vecina.
Cástor, sentado a mi lado con las piernas cruzadas, tenía los ojos fijos en mí.
Había en el aire el olor del mar, de la hierba mojada, del humo de los hogares del pueblo.
Respiré hondo. Mojé el cálamo. Y escribí la primera frase que había compuesto mil veces en la cabeza durante el camino de Roma.
«Prometí que lo contaría todo, y las promesas hechas a los muertos son las únicas que no caducan».