El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma CAPÍTULO 12 LA PESTE DE ROMA #6
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CAPÍTULO 12 LA PESTE DE ROMA #6

Pensé en Annio Basso, tosiendo en su despacho sin ventanas. Pensé en Fausto y sus escribas. Pensé en Aureliano, cabalgando por los Balcanes, a miles de leguas. Pensé en la promesa que había hecho a Claudio, y en la que le había hecho, sin palabras, a su sucesor.

— No —dije—. Todavía no.

No volví a dormir esa noche.

Me senté ante la mesa, con las seis monedas delante, y esperé el amanecer.

Cástor, vendado, dormitaba en un rincón, con la cabeza apoyada contra la pared y el brazo sobre el pecho.

Brasidas había salido a avisar a los vigiles y a retirar el cuerpo.

El candil se consumía. Fuera, muy lejos, se oía el rumor del Tíber, el graznido de una corneja, el chirrido de las ruedas de un carro de muertos.

Pensé. Pensé con una frialdad que no sentía desde la madrugada anterior al granero.

Pensé en todo lo que había hecho en Roma, y en todo lo que aún podía hacer.

La peste cedía. Ochocientos muertos al día, cuando eran cinco mil.

Los horrea funcionaban. Las regiones estaban organizadas.

Fausto y sus diáconos llevaban los registros.

Annio Basso, con sus vigiles, mantenía el orden.

Los sacerdotes de Esculapio, los más viejos, colaboraban.

Valerio Casto, pese a todo, no me estorbaba.

En un mes, quizá dos, la enfermedad estaría controlada.

Y la obra seguiría sin mí. Podía seguir sin mí. Quizá debía.

Pensé en el hombre que me había atacado.

En el paño oscuro, en las seis monedas, en el «El griego».

En el cuchillo curvo que había rozado la mejilla de Cástor.

Pensé en Rufino, en los tribunos que sabían lo que sabían, en los senadores que sospechaban.

En los que querían que me callara. Y comprendí que Valerio Casto me había dicho la verdad: no eran hombres pacientes.

Habían intentado matarme una vez. Volverían a intentarlo.

Y la próxima vez, quizá, no estaría Cástor para interponerse. O estaría. Y moriría.

No podía quedarme.

La idea me asaltó con una claridad terrible.

Había creído, al llegar a Roma, que aquí estaría a salvo.

Que la ciudad, con sus calles y sus templos y sus prefectos, era un lugar más seguro que los campamentos del Danubio.

Que la guerra, aquí, era otra. Pero no. Roma no era más segura que la Hoz.

Roma no era más segura que Sirmium. Era peor.

Porque en la Hoz, al menos, el enemigo tenía una bandera.

Aquí tenía una sonrisa, una toga, una copa de vino, una bolsa de oro nuevo.

Y mientras yo estuviera en Roma, mientras mi nombre fuera el del Centurión de la Peste, mientras el pueblo me conociera, mientras los senadores me temieran, estaría en peligro.

Y con él, Cástor. Y Fausto. Y Brasidas. Y todos los que se acercaran a mí.

Era un imán. Un pararrayos. Mi sola presencia atraía el rayo.

Me miré las manos.

Las manos de un médico. Manchadas de tinta, de sangre seca, de vinagre. Las que habían cerrado los ojos de Claudio. Las que habían cortado una arteria en un granero. Las que habían leído, con el pulso de un muchacho sordo en la garganta, los nombres de miles de muertos.

Tenía que desaparecer.

No huir. Desaparecer. Dejar de ser el Centurión de la Peste.

Dejar de ser Dionisio de Alejandría, el hombre de la vara y del sello de Aureliano.

Volver a ser nadie. Un griego sin nombre.

Un médico sin patrón. Ir a donde no me conocieran, a donde nadie me buscara, y empezar de nuevo, con las manos limpias o casi limpias, con la tablilla y el bisturí y la voz de Teón en la cabeza.

Me levanté. Fui a la ventana, que en el horreum no existía, pero que mi imaginación abrió a un cielo gris que empezaba a clarear.

Sentí un cansancio inmenso, hondo, definitivo.

Pero también, muy débil, muy lejana, una sensación nueva: una especie de alivio.

Cuando amaneció, escribí tres cartas.

La primera, a Fausto: con todas las instrucciones, los nombres, las cuentas, la organización de las regiones.

La segunda, a Annio Basso: con mi agradecimiento y mi renuncia.

La tercera, a Aureliano, cuatro líneas escuetas: «Augusto: Roma está curando. Dejo la obra en manos de quienes pueden continuarla. Me retiro. No pregunte adónde. No me busque. Dionisio».

Las dejé sobre la mesa, selladas con el delfín del padre de Hermeros.

Después desperté a Cástor, que me miró con ojos nublados de sueño y de dolor. Le puse una mano en el hombro. Lo miré a los ojos. Y con los labios muy marcados, para que me leyera, le dije lo único que tenía que decirle.

—Nos vamos.

Cástor me miró largo rato. Después asintió, despacio, con una gravedad infinita. No preguntó adónde. No preguntó por qué. Se puso de pie, recogió su manta, y empezó a ordenar nuestras cosas.

El Centurión de la Peste desapareció de Roma aquella mañana de julio, a la hora en que los carros de los muertos volvían de las piras, sin despedirse, sin ceremonia, por la puerta de un almacén del Tíber.

Dicen que el pueblo lo buscó durante meses.

Que en las tabernas se contaban historias.

Que algunos aseguraban haberlo visto en Capua, otros en Brindisi, otros en la costa de Lucania, curando a pescadores. Que se hizo leyenda.

Yo no soy esa leyenda. Soy un hombre viejo, sentado bajo un olivo, que escribe lo que prometió. Pero aquella mañana, cuando salí a la luz gris de Roma con un muchacho sordo a mi lado y un bisturí de serpiente bajo la túnica, supe que la guerra, por fin, había terminado de cambiar de forma.

Y que la siguiente iba a ser contra mí mismo.