El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma CAPÍTULO 12 LA PESTE DE ROMA #5
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CAPÍTULO 12 LA PESTE DE ROMA #5

—Si alguna vez averiguo lo que le pasó a Lucio… — Se interrumpió. No terminó la frase. Bajó otro peldaño—. Que los dioses me concedan la sabiduría de no preguntar.

Desapareció escalera abajo, encorvado, apoyado en la barandilla.

Me quedé inmóvil, con las manos en el parapeto, mirando las piras.

Cástor, tras un largo rato, vino a mi lado y me tocó el brazo.

Le sonreí. Pero sentí, con una claridad glacial, que acababa de oír una advertencia, y que no iba a ser la última.

Me atacaron en la noche del dieciocho de julio, y lo hicieron como lo hacen los hombres que han ensayado.

Dormía en una celda del primer horreum, en el piso alto, junto a la sala donde se guardaban los registros: un cuarto de piedra, sin ventana, con una cama de campaña, una mesa, un candil y un arcón.

Cástor dormía en el suelo, atravesado ante la puerta, con la manta enrollada bajo la cabeza y el cuchillo a la mano.

Era nuestra costumbre desde Sirmium. En la escalera, un guardia: un antiguo gladiador de la escuela del Celio, un tracio enorme de brazos como troncos llamado Brasidas, al que Basso me había asignado y que roncaba sentado en un banco con la lanza entre las rodillas.

A aquella hora los horrea eran una ciudad dormida.

Seis mil enfermos respiraban en las naves, entre el murmullo de los capsarios de guardia y el rumor lejano del río.

Yo no dormía. Hacía semanas que no dormía de verdad.

Estaba tendido de espaldas, mirando el techo en penumbra, con las manos sobre el pecho, escuchando cómo el edificio crujía en la noche.

Me dolía la espalda. Me dolían los ojos.

Pensaba en nada. O en todo. En Claudio, en las cenizas flotando sobre el agua negra.

En Lucio. En el niño que cantaba en un patio.

En el libro de los muertos que cosían los escribas cristianos.

Fue Cástor quien lo notó.

No lo oí. Cástor no oía. Pero se incorporó de golpe, sin ruido, como un animal al que despiertan, y quedó sentado en la oscuridad, con la cabeza ladeada y la mano abierta apoyada en el suelo de piedra.

Lo vi hacerlo a la luz mortecina del candil.

Tenía los ojos muy abiertos. Estaba escuchando con la palma de la mano.

— ¿Qué? —murmuré.

Levantó una mano. Me señaló el techo.

Un frío helado me recorrió la espalda.

Me incorporé sin ruido. Cogí la vara. Saqué el bisturí del estuche, bajo la almohada, y lo apreté en la mano derecha. Cástor, a mi lado, se había puesto de pie, descalzo, con el cuchillo en alto. Nos quedamos inmóviles, en la penumbra, escuchando el silencio.

Entonces lo oí.

Fue un sonido leve, casi imperceptible, en lo alto: un roce, como de una teja que se desplaza. Después otro. Después, muy cerca de la claraboya del techo, un crujido de madera.

— Brasidas —grité.

No hubo respuesta. Los ronquidos de la escalera habían cesado. La claraboya se abrió.

Cayeron cuatro. Vestían de negro, con capuchas, el rostro cubierto con paños oscuros.

Descendieron por unas cuerdas, uno tras otro, con una silenciosa agilidad que no se aprende en un día.

El primero tocó el suelo sin un ruido, a dos pasos de la cama.

Llevaba un cuchillo largo, de hoja ancha, curvada hacia dentro.

—El griego —murmuró.

Eso fue todo lo que dijeron. No hubo más palabras.

Se lanzaron sobre mí a la vez. Retrocedí hasta la pared.

La celda era diminuta, y los cuatro cabíamos apenas.

Alcé la vara de centurión y paré el primer golpe, que me hubiese partido la clavícula.

El impacto me entumeció el brazo hasta el hombro.

Un segundo cuchillo me rozó la cara. Sentí el filo frío, la quemazón, la humedad de la sangre en la mejilla.

Alguien me agarró de la túnica. Alguien me golpeó en el estómago, y el aire se me escapó de golpe. Caí de rodillas.

Y vi a Cástor.

Se había interpuesto entre mí y el hombre del cuchillo curvo.

No sé cómo lo hizo. No era un luchador. Era un muchacho de diecisiete años, sordo, delgado como un junco, que había aprendido a sostener huesos mientras yo los serraba.

Pero se había colocado delante de mí, de pie, con los brazos extendidos y el cuchillo pequeño en la mano, con un gesto que era a la vez desafío y súplica.

El hombre le dio un tajo en el antebrazo.

Cástor ni gritó. Lo vi tambalearse. Vi la sangre manar de la manga rasgada, brillante, a borbotones, y caerle por la mano.

Vi su cara, blanca, y sus ojos fijos en el atacante, sin miedo, sin odio, con aquella seriedad de piedra.

Y vi cómo, con la mano izquierda, la que le quedaba sana, hundía el cuchillo en el muslo del hombre.

El atacante soltó un alarido.

Fue entonces cuando todo ocurrió a la vez.

Brasidas, el tracio, irrumpió por la puerta con un rugido, con la lanza en ristre, y descargó un golpe con el asta que lanzó contra la pared al segundo atacante.

El tercero, al ver la entrada del gladiador, saltó hacia la claraboya, se agarró a una cuerda y desapareció por el techo.

El cuarto, el del tajo en el muslo, trató de seguirlo, pero Brasidas lo agarró del pie y lo tiró al suelo.

Hubo un forcejeo breve y feroz, el golpe sordo de un cuerpo contra la piedra, un ruido de huesos. Después, silencio.

Me incorporé como pude.

El segundo atacante, el golpeado contra la pared, se había arrastrado hasta la claraboya y trepado por la cuerda con un gemido, dejando un rastro de sangre. El cuarto yacía en el suelo, boca arriba, inmóvil. Brasidas, de pie junto a él, jadeaba con la lanza en las manos y la cara salpicada de rojo.

—Está muerto —dijo con su voz ronca de tracio—. Le he roto el cuello.

—¿Cástor?

Estaba sentado en el suelo, apoyado contra la pared, con el brazo izquierdo sobre las rodillas. La sangre le chorreaba por los dedos. Me miró. Tenía la cara cenicienta. Pero sonreía, con una sonrisa pequeña, torcida, de niño que ha hecho una travesura.

Me arrodillé a su lado.

Le até un torniquete en el brazo con el cinturón.

Le arranqué la manga. Era un corte limpio, largo, desde la muñeca hasta el codo, que le había abierto el músculo sin tocar el hueso ni la arteria principal.

Tenía suerte. Mucha suerte. Lo lavé con vino, con vinagre, con agua hervida.

Lo cosí con hilo de lino, treinta puntos pequeños y apretados, mientras Brasidas sostenía la lámpara y Cástor, con los dientes apretados, miraba al techo.

No lloró. No se quejó. Cuando terminé, le tomé el rostro entre las manos y lo miré fijamente.

—No vuelvas a hacer eso —dije, marcando mucho los labios—. Nunca.

Cástor frunció el ceño. Negó con la cabeza.

Con la mano sana se tocó el pecho, después me señaló a mí, y después movió el dedo en un gesto breve, de corte.

Entendí lo que quería decir: «Si te tocan a ti, me tocan a mí».

Me quedé sin palabras. Le apreté la nuca.

Él apoyó la frente contra mi hombro, un instante, y después se apartó, con vergüenza.

Fui a examinar al muerto.

Brasidas lo había dejado tendido en medio de la celda, con los brazos abiertos y la cabeza girada en un ángulo imposible.

Le quité el paño de la cara. Era un hombre de unos treinta años, ancho de espaldas, de rasgos toscos, con una cicatriz en la barbilla y las manos callosas.

Un mercenario, o un exgladiador. Nadie que yo conociera.

Le registré las ropas. Llevaba un puñal en el cinto, una cuerda enrollada, un trozo de pan duro, y en el bolsillo interior de la túnica, una bolsa de cuero pequeña.

La abrí sobre la mesa. Cayeron seis monedas de oro.

Las miré a la luz del candil. Eran áureos nuevos, brillantes, casi sin uso, con la efigie de un hombre de frente ancha, nariz rota y mandíbula cuadrada. Y una leyenda que ya conocía, y que leí en voz baja, con una especie de vértigo: «IMP CLAVDIVS PIVS FELIX AVG».

Acuñados en Ticinum.

Las dejé caer una a una sobre la mesa. Tintinearon con un sonido fino, casi alegre.

Pensé en Hunila, en la tienda negra de Singidunum, en las once monedas sobre un paño de lino.

Pensé en Eutiquio, en su carro, en la anilla vacía.

Pensé en que el oro de Claudio, el que él había hecho acuñar para pagar a sus soldados, había servido para pagar a quienes lo envenenaron.

Y que ahora volvía, una vez más, para pagar mi muerte.

Brasidas, a mi lado, silbó entre dientes.

—Quien los ha contratado tiene dinero —dijo.

—Sí.

—¿Sabes quién?

—Tengo una idea.

—¿Vas a decírselo al prefecto?