El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma CAPÍTULO 12 LA PESTE DE ROMA #4
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CAPÍTULO 12 LA PESTE DE ROMA #4

—… porque el dios no desprecia la ofrenda del humilde, ni abandona al que lo invoca. Pero hay quienes, en su soberbia, han creído poder sustituirlo con calderos de agua hervida…

Se calló al verme. Todos se volvieron. Un murmullo recorrió el patio.

Se fueron abriendo, a mi paso, como las aguas ante un barco.

Yo avancé con la vara en la mano, sin mirar a nadie, hasta quedar a tres pasos del anciano.

Era el sacerdote más viejo de Roma. Se llamaba Sexto Antistio, y llevaba cuarenta años sirviendo al dios.

Tenía el rostro afilado, los ojos hundidos, grises y duros, y las manos largas, de dedos nudosos, cruzadas sobre el pecho.

— El griego —dijo.

—El médico.

—El impío.

—Si queréis.

—Has venido a mi templo.

—He venido a hablar con vos.

Antistio me miró largo rato con una calma helada.

Después, con un gesto, despidió a los fieles.

Poco a poco, en un silencio tenso, el patio se fue vaciando.

Los enfermos se retiraron a sus celdas. Los criados, a sus quehaceres.

Quedamos solos, en el patio de piedra blanca, bajo el sol de la tarde, él, Cástor y yo.

—Siéntate —dijo.

Me senté en un banco de mármol. Él se sentó en otro, frente a mí, con la espalda recta.

—Dime qué quieres.

—Quiero que dejéis de decir que mis hospitales ofenden a los dioses.

— No lo dicen mis labios. Lo dice el pueblo.

—Lo dicen vuestros papeles.

—No sé de qué papeles hablas.

—Sexto Antistio —dije con suavidad—. Soy médico. He visto mil cuerpos. No me hace falta una prueba para reconocer una letra. El anciano sostuvo mi mirada. No se inmutó. Tardó un instante en hablar.

— ¿Qué quieres de mí?

—Que colaboréis.

—¿Cómo?

— Con vuestras manos. Con vuestros conocimientos. Los sacerdotes de Esculapio han curado enfermos durante siglos. Sabéis de hierbas, de vendajes, de dietas. Sabéis cuidar. En mis horrea faltan manos expertas. Os las ofrezco a vosotros antes que a nadie.

—¿Para que cure a las órdenes de un griego?

—Para que cure.

Antistio se quedó callado. En el silencio se oyó el rumor del río, el graznido de una gaviota, el murmullo de las hojas de los cipreses. Cástor, de pie a mi lado, miraba al anciano con curiosidad.

— Mi templo —dijo al fin el sacerdote— lleva aquí cuatrocientos años. Nuestros padres trajeron al dios de Epidauro para salvar a Roma de una peste. Y el dios la salvó. Ahora viene otro extranjero, con otro remedio, y nos dice que lo que ha servido durante cuatro siglos ya no sirve.

— No digo que no sirva. Digo que no basta.

—¿Y qué basta?

— Hervir el agua. Aislar a los enfermos. Quemar a los muertos lejos de las fuentes. Limpiar. —Me encogí de hombros—. Cosas sencillas. Que el dios mismo, si existe, quizá aprobaría.

— No te atrevas a hablar del dios.

—No hablo del dios. Hablo de los enfermos.

El anciano me miró con ojos duros. De pronto su mirada se desvió. Se detuvo en mi cinto. En el estuche de cuero oscuro que llevaba colgado de él, y del cual asomaba, medio desabrochado, el mango de hueso de un instrumento.

— ¿Qué es eso? —preguntó.

—Un bisturí.

—Déjame verlo.

Dudé. Después desabroché el estuche, saqué el bisturí de la serpiente y se lo tendí, con el mango por delante.

Antistio lo cogió con las dos manos. Lo miró largo rato, con los ojos entornados, girándolo a la luz del sol.

Pasó la yema del dedo por la serpiente de hueso, enroscada alrededor del mango, tan pulida por el uso que había perdido casi todos sus detalles.

Por la hoja, estrecha y curva. Por el pequeño caduceo grabado en la base, con las iniciales «A. C.» .

— Es muy antiguo —murmuró.

—Sí.

—Lleva la insignia del dios.

—Lo sé.

—¿De dónde lo has sacado?

—Lo heredé. De un cirujano de Agrigento, a través de otro. — Hice una pausa—. Nunca he sabido a quién perteneció primero.

Antistio siguió mirando el bisturí con una expresión que no supe interpretar. Había algo en su rostro duro, en los ojos grises, que se había suavizado.

—Un hombre que lleva esto —dijo despacio— no puede ser un impío.

—Yo no creo en los dioses.

— No importa. —Me devolvió el bisturí con cuidado—. El dios no pide fe. Pide servicio. —Hizo una pausa—. Mis sacerdotes colaborarán. No todos. Algunos. Los más viejos. Los jóvenes están asustados, y los asustados hacen tonterías. Pero los más viejos vendrán. Y retiraré esos papeles.

—Gracias.

— No me las des. —Su voz volvió a endurecerse—.

Y escucha una cosa. No todos son tan pacientes como yo.

Hay hombres en esta ciudad a los que no les gusta lo que haces.

Hombres con dinero y con influencia, que no son sacerdotes.

—Me clavó los ojos—. He oído cosas. Por los cuchicheos de la isla.

Nombres. Reuniones. —Calló un instante—. Cuídate.

— ¿Qué nombres?

—No lo sé. Solo que existen. —Se levantó—. Que el dios te acompañe, griego. Aunque no creas en él.

El segundo enemigo fue el senador Fabio.

Era el gordo de la Curia, el de la cara congestionada, el que había gritado «¡atropello!»

durante mi discurso. Tenía una casa en el Esquilino, un palacio de mármol rosado rodeado de jardines, en la que se había encerrado con doscientos esclavos, tres médicos particulares y una despensa para un año.

La peste, en su barrio, había entrado ya por todas partes.

Pero el senador, en su torre de marfil, había decidido ignorarla.

Dos de sus esclavos habían muerto. Después cuatro.

Después doce. Y él seguía negando que hubiera enfermedad en su casa.

Fui a verlo con diez vigiles, una mañana. Llamé a la puerta con la vara. Tardaron media hora en abrir. Salió un mayordomo pálido y tembloroso, con el paño de vinagre en la cara, que me explicó que el senador no recibía.

— Dile que traigo la autoridad del emperador.

—Dice que el emperador es un soldado de cuartel.

—Dile que traigo cuarenta soldados.

El mayordomo desapareció. Volvió a los diez minutos. Entramos.

Fabio nos recibió en un salón de columnas rosadas, tendido en un diván de oro, rodeado de esclavos. Estaba más gordo que en el Senado, más rojo, con un sudor espeso que le corría por las sienes. Tenía los ojos hinchados y la voz ronca. No me gustó su color.

— Médico —dijo.

—Senador.

—Esto es una violación de domicilio.

—Es una inspección sanitaria.

—Bárbaro.

—Probablemente. —Me acerqué—. Senador, tiene usted fiebre. —No tengo nada.

—Déjeme tomarle el pulso.

—¡No te acerques!

Retrocedí. Lo miré. Y vi, por detrás de su rostro enrojecido, algo que me heló la sangre: en el cuello, bajo la barbilla, una mancha oscura. Un cardenal violáceo, del tamaño de una moneda.

— Senador —dije en voz baja—. Necesito que escuche. Lleva usted la peste. Y la lleva desde hace tres días, como mínimo. Y su casa entera está infectada. Si no se aísla, si no se separa a los sanos de los enfermos, morirá usted y morirán sus esclavos y morirán los vecinos.

— ¡Mentira!

—Es lo que ven mis ojos.

—¡Fuera de mi casa!

—Fabio —dijo una voz serena desde la puerta.

Todos nos volvimos. Era Valerio Casto.

Había entrado sin que nadie lo viera, apoyado en el brazo de su esclavo joven, con la toga blanca arrugada y el pelo desordenado. Estaba más viejo que en la Curia. Más flaco. Los ojos verdes, hundidos, tenían un brillo febril. Avanzó despacio, con paso inseguro, hasta el diván del gordo.

— Hazle caso —dijo.

—¿Tú también?

— Yo también. —Se sentó con esfuerzo en un banco—.

Fabio. Nos conocemos desde hace cincuenta años.

Jugamos de niños en el Foro. Fuimos juntos a la escuela del retórico Hermógenes.

Tuvimos los mismos amigos y los mismos enemigos.

—Hizo una pausa—. No me hagas ver cómo te mueres de una cosa que tiene remedio.

El gordo lo miró. Tenía la boca temblando.

—Valerio —murmuró—. Tengo miedo.

—Lo sé. —El anciano le puso una mano en el brazo—. Hazle caso.

Fabio cerró los ojos. Una lágrima le rodó por la mejilla congestionada.

—Está bien —susurró.

Lo trasladaron esa tarde a los horrea. Murió a los seis días. Valerio Casto fue a su funeral, y a los otros doce que le siguieron. Valerio Casto me buscó aquella misma noche.

Me encontró en la azotea del primer horreum, mirando las piras del Campo de Marte, que ardían en la lejanía como una cadena de luciérnagas rojas. Subió la escalera despacio, apoyado en la barandilla, resoplando, y se detuvo a dos pasos de mí. Estaba solo. Sin esclavo, sin escolta.

— Hermoso espectáculo —dijo, señalando las piras.

—No mucho.

—No. —Se apoyó en el parapeto—. He venido a decirle algo, médico. A una hora en la que no hay nadie para oírlo.

Me quedé inmóvil. A mi espalda, en las sombras de la escalera, Cástor, que me había seguido, se detuvo.

— Hay un hombre en Roma —prosiguió Valerio con su voz serena y cansada— llamado Rufino. Legado de la Flavia. Llegó hace diez días de Sirmium, en licencia por enfermedad. Vino a verme. Me contó muchas cosas.

Sentí que se me helaba la sangre.

— Me dijo que mi hijo no había partido para Italia.

Que había desaparecido en una noche de febrero, y que nadie había vuelto a verlo.

Que había dejado cartas, pero que las cartas no parecían suyas.

—Hizo una pausa—. Me dijo que usted había estado muy cerca de él los últimos días.

Y que Hermeros, el secretario de Claudio, había desaparecido a los pocos días con una escolta imperial.

—Senador…

— Déjeme terminar. —Alzó una mano. Su voz era un hilo—.

No sé qué ocurrió. No quiero saberlo. —Se llevó la mano al pecho—.

Soy un hombre viejo. He perdido a mi mujer.

A mis nietos. A mi hijo, quizá. Lo único que me queda es una ciudad que se muere.

Y usted la está salvando. —Me miró con ojos húmedos—. No sé cómo odiar a quien salva a Roma.

No pude hablar.

— Pero hay otros que sí. —Su voz se endureció—.

Rufino. Los amigos de mi hijo. Algunos tribunos.

Un puñado de senadores. No todos saben lo que yo sé.

Algunos sospechan. Otros lo han deducido.

Y quieren… —Se interrumpió—. Quieren que se calle.

Quieren que desaparezca. —Respiró hondo—.

No son hombres pacientes. Y están en Roma.

—¿Por qué me lo dice?

— Porque mi hijo me escribió que usted era un hombre extraordinario. —Esbozó una sonrisa amarga—. Y porque soy demasiado viejo para seguir mintiéndome.

Dio media vuelta despacio. Bajó un peldaño. Se detuvo. —Médico.

—Senador.