CAPÍTULO 12 LA PESTE DE ROMA #3
No supe qué responder. Me quedé mirándolo, con los ojos escocidos. Detrás de él, en el patio, la multitud esperaba en silencio. Y comprendí que aquella gente, sin saberlo, me traía exactamente lo que más necesitaba.
—Entrad —dije.
Dividimos Roma en catorce regiones, como la había dividido Augusto trescientos años antes.
Fue una idea de Annio Basso. Había en su despacho un viejo mapa de la ciudad, pintado en pergamino, con las catorce regiones coloreadas, desde la Porta Capena hasta el Trastévere, y se quedó mirándolo toda una tarde, sin decir palabra.
Al caer la noche vino a verme con él bajo el brazo.
«Cada región tiene su prefecto de barrio», dijo.
«Cada barrio tiene sus vigiles, sus cisternas, sus almacenes de pan. Si organizamos el trabajo por regiones, no habrá que reinventar nada». Tenía razón.
A cada región le asigné un médico, de los pocos que quedaban en Roma, y diez capsarios, y veinte voluntarios cristianos al mando de un diácono.
A cada manzana, un responsable. A cada casa, una marca de cal en la puerta: una cruz blanca si había enfermos, una cruz doble si había muertos, un círculo si estaba sana y vigilada.
En cada barrio se abrió un puesto de distribución de pan, de aceite, de vinagre, de agua hervida, con soldados en la entrada para evitar los tumultos.
A las familias aisladas se les dejaba la comida en la puerta, sin contacto.
A los enfermos graves, los que no podían ser atendidos en sus casas, se los llevaba en carros cubiertos a los horrea.
A los muertos, a las piras del Campo de Marte.
Fue una obra gigantesca. A las dos semanas, funcionaba.
Lo supe por Cástor. Una mañana, al volver de recorrer las regiones, entró en mi cuarto con los ojos brillantes y una tablilla en la mano.
Me la tendió. Había dibujado en ella, con trazos rápidos y exactos, un diagrama.
Era una columna de números. Muertos por día.
Había una línea que bajaba. Lentamente, de cinco mil a cuatro mil ochocientos, a cuatro mil quinientos, a cuatro mil trescientos.
Una curva casi imperceptible. Pero una curva.
Lo miré con la boca abierta.
—Es ridículo —dije—. Es solo un descenso.
Cástor me miró con las cejas alzadas. Después, con un gesto de una gravedad infinita, señaló los números, me señaló a mí, abrió las manos. Quería decir: ¿no lo ves? Está funcionando.
—Sí —dije—. Lo veo.
Era la primera vez en mucho tiempo que me ardían los ojos de otra cosa que no fuera el humo.
El problema fue el de los nombres.
Lo comprendí al tercer día. Cástor y yo habíamos empezado a anotarlos, como siempre, en una tablilla, a medida que los enfermos ingresaban en los horrea.
Al final de la jornada habíamos escrito ciento doce.
Al día siguiente, trescientos. Al tercero, quinientos cuarenta.
Y era solo una pequeña parte de los que morían en Roma.
Nos sentamos a las tres de la madrugada, junto a un brasero, rodeados de tablillas llenas.
Estaba agotado. Cástor, también. Los dedos se me habían agarrotado.
Y tuve que admitir lo que durante días no había querido admitir: que no podía.
Que no había manera de escribir los nombres de todos.
Que la tablilla, la que Cástor sostenía a mi lado, la que había sido mi única manera de resistir, había dejado de bastar.
— No puedo —dije en voz alta.
Cástor me miró.
—Son demasiados.
Se quedó un rato mirándome. Después se levantó, salió de la sala, y volvió al cabo de unos minutos con un hombre. Era Fausto, el diácono, que dormitaba en un jergón en el patio. Lo traía de la manga, con aire de culpable, descalzo, en camisa de dormir. Se frotó los ojos.
— ¿Qué ocurre?
—Nada —dije—. Cástor… es un malentendido.
—No lo es. —Fausto sonrió—. Me ha explicado lo de los nombres.
—No ha podido explicarte nada. No habla.
— Me lo ha explicado igualmente. —Se sentó a mi lado—. Con las manos. Con la cara. Con esto. —Me mostró la tablilla que llevaba Cástor—. Los muertos de Roma. Quieres escribir sus nombres, ¿no?
— Sí.
—¿Por qué?
Me quedé callado un momento.
— Porque mi maestro me enseñó a preguntarlos siempre. A todos. Hasta al último. —Respiré hondo—. Porque un hombre del que nadie recuerda el nombre es un hombre que no ha existido. Y porque me lo han pedido.
Fausto me miró con una ternura grave.
— Nosotros también lo hacemos —dijo—. Hay un libro.
Un libro de la comunidad, en el que anotamos los nombres de nuestros muertos.
Para recordarlos en las oraciones. —Hizo una pausa—.
Tenemos escribas. Jóvenes, que saben escribir.
Podrían ocuparse. Uno en cada horreum. Otro en cada región.
Anotarían el nombre, la edad, el oficio, la calle, de cada muerto.
Y lo guardaríamos todo en un solo libro. Un libro de los muertos de Roma.
No pude hablar.
—Si tú quieres —añadió.
—Quiero.
—Entonces se hará.
Se hizo. En una semana, cuarenta escribas cristianos, jóvenes y viejos, hombres y mujeres, se repartieron por los horrea, por las piras, por los barrios, con tablillas y papiros, y empezaron a anotar.
Al caer cada tarde llevaban sus notas a una sala del primer horreum, donde Fausto y otros diáconos las copiaban con paciencia en grandes pliegos de papiro, cosidos en rollos.
Cada nombre, con su edad, su oficio, su calle.
Cada uno en una línea. Cada línea, un hombre.
No fue obra mía. Nunca lo ha sido. Pero cuando, años más tarde, supe cuántos nombres contenía aquel libro, treinta y ocho mil trescientos doce, grabados con letra pequeña en un papiro de dos mil pies de largo, y que aún se guardaba, dicen, en una cripta de la Vía Apia, entendí que había hecho,
sin saberlo, lo único que importaba de verdad.
No curar. No salvar. Dar a los muertos lo que se les debe.
A mediados de junio, la mortalidad había descendido a dos mil por día.
A finales de junio, a ochocientos.
Lo supe porque, por primera vez en dos meses, una tarde, al salir del horreum, oí algo en la calle.
Fue un ruido pequeño, casi inaudible, que al principio no reconocí.
Después, al pararme, lo identifiqué. Era una voz.
La voz de un niño, que cantaba, en algún patio, tras una puerta cerrada, una canción tonta, de las que se aprenden en la infancia. No cantaba bien. Pero cantaba.
Me quedé de pie en la acera, con la mano apoyada en la pared, escuchando. Cástor, a mi lado, me miró con los ojos muy abiertos. No oía nada, naturalmente. Pero me vio la cara.
Entonces se llevó la mano a la garganta, la apretó, y me miró con las cejas alzadas, como diciendo: ¿lo oyes?
—Lo oigo —dije.
Sonrió. Fue una sonrisa enorme, casi infantil, que le iluminó el rostro entero. Y yo, sin poder evitarlo, le puse la mano en el hombro, y nos quedamos allí los dos, en la calle desierta, bajo el cielo azul de junio, escuchando cantar a un niño.
La peste de Roma estaba cediendo. Eso me decían los números.
Eso me decían los escribas, los diáconos, los capsarios, el prefecto de la Ciudad, que lloró al leer las cifras de la semana.
Y empezó a correr entre el pueblo, de boca en boca, que había en Roma un médico venido de Oriente, un griego con una vara de centurión, al que llamaban el Centurión de la Peste.
Yo no lo sabía todavía. Pero con aquel nombre, que me había seguido desde Naissus, no venía solo la gratitud del pueblo. Venían también, en la penumbra, otras cosas.
Los primeros en declararme la guerra fueron los sacerdotes de Esculapio.
Lo supe por Fausto, el diácono, que entró en mi cuarto de los horrea una mañana de principios de julio con el rostro grave y un papiro doblado en la mano.
Lo había encontrado clavado con un cuchillo en la puerta del segundo almacén, a primera hora, con la tinta aún fresca.
Lo desplegué sobre la mesa. Era un escrito breve, de letra pulcra, en un latín muy correcto.
«Romanos: Un forastero impío, un griego sin dioses, quema a vuestros muertos como a basura, arranca a vuestros enfermos de sus casas, encierra a los vivos con los moribundos y profana los ritos de vuestros padres. Los Manes no perdonan. Esculapio no perdona.
Cuando la ira de los dioses caiga sobre Roma, recordad quién la trajo».
— Lo han escrito los del templo —dijo Fausto—. Los de la isla. —¿Cómo lo sabes?
— Es su letra. Y su latín. —Se encogió de hombros—.
Hace una semana que predican en el pórtico.
Dicen que el dios está ofendido porque los enfermos ya no van a su santuario.
Que se han perdido las ofrendas. Que la peste empeora porque se quema a los muertos.
—Hizo una pausa—. Hay gente que los escucha.
Pensé en ello un rato. Llevaba semanas esperándolo, sin saberlo.
Había visto, desde mi llegada, cómo los enfermos de las clases altas, los que podían pagarlo, seguían yendo al templo de la Isla Tiberina, donde los sacerdotes de Esculapio ofrecían la antigua cura del sueño: dormir en el santuario, junto a las serpientes sagradas,
a la espera de que el dios revelara el remedio en un sueño.
Habían sido, durante siglos, los médicos de Roma.
Y yo, con mis hospitales y mis cruces de cal, les había quitado el negocio y la fe.
Decidí ir a verlos.
La Isla Tiberina es un islote alargado, de forma de nave, en medio del río, unido a las dos orillas por puentes de piedra.
En su extremo sur, tallado en travertino blanco, se alza el templo de Esculapio, con el pórtico de columnas, el altar, las celdas de los enfermos y un pequeño bosque de cipreses.
La leyenda cuenta que, hace cuatrocientos años, en una peste anterior, los romanos mandaron una embajada a Epidauro en busca del dios.
Volvieron en un barco, y la serpiente que lo encarnaba, escondida en el cargamento, se deslizó a la isla y se quedó allí.
Por eso la isla tiene la forma de una nave. Por eso el templo guarda serpientes.
Entré por el pórtico a media tarde, con Cástor.
El patio, bañado de sol, estaba lleno de gente.
Había enfermos sentados en el suelo, con las mantas sobre los hombros, los rostros amarillentos y las miradas vacías.
Había familias esperando. Había sirvientes que cargaban ofrendas: panes, gallos, frascos de aceite, ánforas de vino.
En el centro, ante el altar, un anciano alto y seco, vestido de lino blanco, con una corona de laurel en la cabeza, predicaba con una voz profunda, sonora.