El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma CAPÍTULO 12 LA PESTE DE ROMA #2
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CAPÍTULO 12 LA PESTE DE ROMA #2

Hospitales en los grandes almacenes del Tíber, los horrea, con camas, agua hervida, calderos.

Una red de médicos, de capsarios, de voluntarios, que recorrieran los barrios.

La requisa de todas las lonas, de todo el lino, de todo el vinagre y la miel de la ciudad.

La prohibición de enterrar a los muertos dentro de los muros, y la creación de grandes piras en el Campo de Marte, vigiladas por soldados.

El cierre de las casas infectadas, marcadas con cal, con una guardia en la puerta.

El reparto de pan y de aceite a las familias aisladas, para que no tuvieran que salir.

Y la autoridad, sobre todo la autoridad, para imponerlo todo, sin discusión, sin apelación, sin excepciones.

— Sin excepciones —repitió Valerio Casto.

—Sin excepciones.

—Ni para los senadores.

—Ni para los senadores.

Hubo un murmullo de indignación. Un senador gordo, de rostro congestionado, se puso de pie.

—¡Esto es un atropello! ¡Las casas de los senadores son inviolables!

— Lo son para los magistrados —dije—. Para la peste, no. —¡Insolente!

—Siéntese, Fabio —dijo Valerio Casto sin alzar la voz, y el gordo, tras un instante, se sentó.

El anciano se puso de pie. Lo hizo con lentitud, apoyándose en el brazo de la silla. Se alisó la toga. Recorrió con los ojos la sala medio vacía, a sus colegas, uno por uno, y habló con una voz tranquila y firme, de viejo orador que ha dicho muchas veces lo que va a decir.

— Padres conscriptos. No me gusta este hombre.

No me gusta que un griego de provincia nos dé órdenes.

No me gusta que un soldado de Panonia nos mande un médico con un sello de hierro.

No me gusta que se nos pida que renunciemos a nuestras prerrogativas en nombre de una enfermedad.

—Hizo una pausa— . Pero hace tres semanas que mueren cinco mil romanos al día.

Yo he perdido a dos nietos. Mi mujer murió el mes pasado.

Mi hijo… —Se interrumpió. Tragó saliva. Prosiguió con la voz algo más ronca—.

Mi hijo, que servía en el ejército de Panonia, ha desaparecido.

Me escribió que volvía a Italia. No ha llegado. Nadie sabe dónde está.

Sentí que se me helaba la sangre.

— Si algo he aprendido en setenta años —continuó Valerio Casto—, es que el orgullo es una mala razón para morir. —Alzó los ojos hacia mí—. Voto a favor.

Hubo un silencio estupefacto. Se oyó una tos. Alguien murmuró: «Pero, Valerio…». El anciano alzó una mano.

— He dicho que voto a favor. Que se le dé lo que pide. —Y añadió, muy despacio, sin apartar los ojos de los míos—. Y que rinda cuentas de lo que haga. A mí. Personalmente.

Sentí que la frente se me llenaba de sudor.

—Lo haré, senador —dije.

—No lo dudo.

Se sentó. Basso, desde el estrado, con una expresión de alivio y estupor, convocó la votación.

Veinte manos se alzaron, unas con entusiasmo, otras con desgana.

Fabio, el gordo, no votó. Se quedó sentado, con los brazos cruzados, rojo de ira.

Pero el resultado era claro. Se me concedía la autoridad que había pedido.

Cuando la sesión terminó, y los senadores, uno a uno, fueron saliendo de la sala con paso torpe, me quedé junto a la puerta, esperando a que se despejara el pasillo. Valerio Casto fue el último en salir. Pasó a mi lado despacio, apoyado en el brazo de un esclavo joven, y se detuvo un instante.

— Médico —dijo en voz baja.

—Senador.

—Antes de venir a Roma, estuvo usted en Sirmium. En el ejército de Claudio.

— Así es.

—Conoció a mucha gente.

—A mucha.

—¿Conoció a un joven tribuno llamado Lucio Valerio Casto?

El corazón me dio un vuelco. Me forcé a mantener el rostro inmóvil.

— Lo conocí —dije.

—¿Qué impresión le causó?

Busqué las palabras. Todas me parecían un cuchillo.

— Era un joven encantador —dije al fin—. Valiente. Inteligente. Le curé una herida en la pierna. Me salvó la vida más de una vez con su cortesía.

—Sí —murmuró el anciano—. Lo era. Siempre lo fue. —Me miró—. ¿Sabe dónde está?

—Me dijeron que lo habían llamado a Italia. Por una enfermedad de usted.

— No estaba enfermo. —Su voz era muy suave—.

No lo estaba entonces. Lo estoy ahora. De pena.

—Hizo una pausa—. Es curioso. Recibí una carta suya, de Sirmium, hace dos meses.

Muy cariñosa. Contaba que había conocido a un médico griego que le había salvado la pierna y al que debía la vida.

Que era un hombre extraordinario. Que algún día me lo presentaría.

No supe qué decir. Valerio Casto me sostuvo la mirada con sus ojos verdes y serenos, y no vi en ellos ni rencor ni amenaza. Vi algo peor: una tristeza infinita, de hombre que está empezando a comprender algo que no quiere comprender.

— Que los dioses lo protejan, médico —dijo.

—Y a usted, senador.

—Lo dudo. —Sonrió con tristeza—. Pero gracias.

Se alejó por el pasillo, encorvado, apoyado en el brazo del esclavo. Cástor, a mi lado, me tocó el codo. Me miró con las cejas alzadas. No había oído nada, claro. Pero había visto mi cara.

— Es su padre —dije en voz baja, con los labios marcados. Cástor palideció. Miró el pasillo vacío. Después me miró a mí. Y supe que había entendido lo que yo acababa de comprender: que acababa de empezar, en Roma, otra guerra.

Los almacenes de Galba se alzaban en la orilla izquierda del Tíber, al pie del Aventino, y eran los edificios más grandes de Roma.

Había oído hablar de ellos en Alejandría.

Los horrea Galbae, construidos por el emperador de ese nombre para guardar el trigo, el aceite, el vino y los demás productos que llegaban a la capital por el río, eran un laberinto de salas largas y abovedadas, de piedra y ladrillo, que se extendían a lo largo de centenares de pasos,

con patios interiores, escaleras, galerías y cientos de cámaras.

Podían albergar el grano de una provincia entera.

Ahora, tras años de malas cosechas y de comercio quebrado, estaban casi vacíos.

Los ratones corrían por sus naves, y en los patios crecía la hierba entre los adoquines.

Los vi aquella misma tarde, con Cástor y con Annio Basso, que se empeñó en acompañarme.

Recorrimos las salas con una lámpara, una tras otra, en un silencio sobrecogedor, entre columnas macizas y bóvedas oscuras.

Eran inmensas. Frías. Secas. Ventiladas por aberturas altas que dejaban pasar el aire sin dejar pasar el sol.

Estaban junto al río, con agua abundante al alcance de la mano. Y eran casi todas del Estado.

— Aquí —dije.

—¿Aquí?

—Aquí vamos a poner los hospitales. Veinte salas. Cada una con trescientas camas. —Alcé la lámpara—. Seis mil enfermos.

— Seis mil —repitió Basso en un susurro—. Es una locura. —Es lo mínimo.

Basso se quedó callado un rato, mirando la bóveda ennegrecida. Después asintió, despacio.

— Tendrás lo que necesites.

Al día siguiente empezó el trabajo, y fue un trabajo de bestia.

Me levantaba a las cuatro de la madrugada.

Me acostaba a las dos de la mañana siguiente.

Comía de pie, un trozo de pan duro con aceite, un puñado de higos secos, un cuenco de agua hervida.

Cástor, que no dormía casi, iba siempre detrás, con la tablilla bajo el brazo y los ojos muy abiertos, y a veces me parecía que se había multiplicado, que había diez Cástores, veinte, y que todos corrían por Roma al mismo tiempo, con la misma gravedad,

repartiendo órdenes que yo no recordaba haber dado.

Requisamos toda la lona de Roma. Todo el lino, todas las sábanas de las casas vacías, todas las telas de las tiendas cerradas.

Los vigiles, el cuerpo de bomberos de la ciudad, siete mil hombres disciplinados y acostumbrados a trabajar de noche, que Basso puso a mi disposición con un gesto de resignación, recorrieron las calles con carros, vaciando almacenes de vinagre, de miel, de resina, de aceite.

Los talleres de los herreros fabricaron camas de campaña.

Los carpinteros, sin cobrar, montaron literas de tablas en las salas de los horrea.

Cientos de esclavos, de libertos, de artesanos de las tiendas cerradas, fueron convocados a toque de trompeta, y recibieron una moneda de plata al día y un cuenco de gachas a cambio de lavar, de cocer, de arrastrar camillas.

Pero no bastaba. Faltaban manos.

Fue en el tercer día, al amanecer, cuando vino a verme un hombre.

Estaba a la puerta del primer horreum, de pie en la penumbra, con las manos cruzadas sobre el vientre y la cabeza ligeramente inclinada.

Era un hombre de unos cuarenta años, bajo, de pelo castaño rizado, con una túnica gris sin adornos y un rostro redondo y sereno, de ojos muy claros.

Detrás de él, en el patio, en la luz gris del alba, había una multitud silenciosa.

—Eres el médico —dijo.

—Soy el médico.

— Me llamo Fausto. Soy diácono de la comunidad cristiana de Roma. —Habló con una voz suave y firme—. Hemos oído que alguien está organizando cuidados para los enfermos. Hemos venido a ayudar.

Miré por encima de su hombro. Eran cientos.

Hombres, mujeres, jóvenes, ancianos, con túnicas modestas y paños en la cara, de pie en el patio, sin hablar.

Algunos llevaban cestos de pan, de vendas, de frascos.

Otros, sábanas dobladas. Había también niños, de la mano de sus madres.

Y en medio de ellos, en un grupo aparte, un anciano de barba blanca y manto raído, apoyado en un bastón, que me miraba con unos ojos extraños, profundos, de un azul desvaído.

Pensé en Alejandría. En el barrio del Bruchion, en la peste de mi juventud.

En el viejo de barba blanca que cargaba a cuestas a una niña de cinco años cubierta de manchas, y atravesaba con ella la plaza sin mirar a los lados.

«No es el valor del soldado», había dicho Teón.

«Es más raro. El soldado muere para matar. Esos mueren para cuidar».

—¿Cuántos sois? —pregunté.

— Seiscientos. Quizá setecientos. —Sonrió con tranquilidad—. Los demás están en sus casas, cuidando de los suyos. Han venido los que pueden.

— ¿Sabéis lo que arriesgáis?

—Lo sabemos.

—Moriréis. Muchos.

— Lo sabemos. —Sostuvo mi mirada—. No tememos a la muerte, médico. Es lo único que nos distingue de los demás. Ellos huyen. Nosotros nos quedamos.

—¿Por qué?

Fausto tardó un momento en responder. Parecía buscar las palabras, no para justificarse, sino para expresar algo que no estaba acostumbrado a explicar.

— Porque nuestro maestro dijo que cuidar a un enfermo es cuidarlo a él —dijo al fin—. Y no hace distinción entre los que son nuestros y los que no lo son.