CAPÍTULO 12 LA PESTE DE ROMA
Roma, de mayo a julio del año 270 d. C.
La primera noche dormimos en una posada de la Subura, junto al Argiletum, en un cuarto sin ventana que olía a cal.
No había otro sitio. Las puertas de las demás hosterías, a lo largo de la calle, estaban cerradas con tablas y marcadas con cruces blancas.
El posadero, un liberto flaco y de ojos hundidos que nos abrió tras media hora de golpes, nos cobró el triple del precio y nos hizo jurar, por todos los dioses, que no habíamos pasado por ninguna casa infectada en los últimos diez días.
Se lo juré. Mentí. Me acosté vestido, con la vara de centurión bajo la cabeza y el bisturí de la serpiente pegado al pecho, y Cástor se tendió a mis pies, como un perro de guarda, con el cuchillo en la mano.
No dormimos. A lo largo de toda la noche oímos pasar carros por la calle, el rodar lento de las ruedas sobre el empedrado, el crujido de los ejes, la voz ronca de un hombre que repetía, una y otra vez, en un tono monótono y sin esperanza: «¡Sacad a vuestros muertos! ¡Sacad a vuestros muertos!» .
Al amanecer, subí al tejado de la posada.
Roma se extendía ante mí, de colina en colina, bajo una luz rosada.
Desde allí se veía el Foro, con sus columnas blancas, el Capitolio con el templo dorado de Júpiter, la mole oscura del Coliseo, las cumbres de los palacios del Palatino.
Era la ciudad más grande del mundo. Un millón de personas habían vivido allí en tiempos de Trajano.
Y sobre aquella inmensidad de mármol y de tejas no se alzaba ni una columna de humo de cocina, ni una voz, ni un pájaro.
Solo, aquí y allá, sobre los barrios más bajos, hacia el Tíber, subían a lo lejos largos hilos de humo oscuro, grasiento, que no eran de hogares sino de hogueras. Eran las piras.
Conté nueve.
Cástor, a mi lado, me tocó el brazo. Señaló hacia el este, hacia los suburbios. Había allí una columna mucho más ancha, negra, inmensa, que se retorcía en el aire quieto.
— Sí —dije—. Ya lo veo.
Me presenté ante el prefecto de la Ciudad a media mañana.
Se llamaba Annio Basso, y era un hombre de sesenta años, magro, amarillento, con el pelo gris pegado al cráneo y los ojos hundidos y brillantes de quien no duerme.
Me recibió en su despacho del Foro, un cuarto pequeño y sin ventanas, donde ardían tres lámparas a pleno día y un esclavo tapaba, con un paño de vinagre, el rincón donde él, cada pocos minutos, tosía.
Tenía sobre la mesa un montón de papiros desordenados, cartas, partes, listas de nombres.
No se levantó cuando entré. Alzó los ojos, vio la vara, vio mi túnica remendada, vio a Cástor, que me seguía como una sombra, y frunció el ceño.
—¿Quién eres?
— Dionisio de Alejandría. Centurión honorario. Médico. —Le tendí la tablilla de cera con el sello de Aureliano—. Me manda el emperador.
Basso cogió la tablilla con dedos temblorosos. La leyó dos veces. Al llegar al sello, alzó las cejas. Después la dejó sobre la mesa muy despacio, y me miró con una expresión nueva, cargada de una mezcla extraña de recelo y de esperanza.
—Aureliano —murmuró—. El comandante de la caballería. Dicen que lo han proclamado los soldados.
— Es cierto.
—Y que Quintilo ha muerto.
—También.
— Qué desastre. —Se pasó la mano por la cara—. Quiero decir… Perdón. No es lo que quería decir. —Respiró hondo—. Siéntate, centurión. Dime lo que sabes.
Me senté. Le dije lo que sabía. Que venía de la guerra del Danubio, donde había dirigido los hospitales del ejército de Claudio.
Que había visto la peste de Cipriano, la de los pozos, la de los campamentos.
Que conocía sus caminos y sus modos de propagarse.
Que había aprendido, con sangre, cómo se la combate.
Y que había recibido del emperador autoridad para actuar en Roma como creyera conveniente.
Basso me escuchó con los ojos cerrados. Cuando terminé, no dijo nada durante un largo rato.
— ¿Sabes cuántos mueren en Roma cada día? —preguntó al fin. —No.
—Cinco mil.
Sentí una opresión en el pecho.
— Es una cifra que me da mi escribano. —Soltó una risa horrible—.
Los cuentan los enterradores. Y los que no se entierran, los que se dejan en las calles, o se arrojan al Tíber, o se queman en los patios de las casas, esos no los cuenta nadie.
— Alzó los ojos—. Hay barrios enteros que han quedado vacíos.
La Subura. El Aventino. La Vía Sacra. Las tiendas cerradas.
Los acueductos, vigilados por soldados, porque la gente se mata por el agua.
El Senado no se reúne desde hace tres semanas porque la mitad de los senadores han huido a sus villas y la otra mitad está enferma.
Yo… —Se le quebró la voz—. Yo no sé qué hacer, centurión.
Llevo cuatro meses aquí. He probado todo.
Sacrificios, procesiones, oraciones. He mandado quemar incienso en todos los templos. Nada sirve.
— Hay cosas que sí.
—¿Cuáles?
—Voy a necesitar hombres. Muchos. Y dinero. Y un sitio grande. Y autoridad absoluta.
—¿Autoridad?
—Para entrar en cualquier casa. Para cerrar cualquier calle. Para quemar cualquier cosa. —Lo miré fijamente—. Sin pedir permiso.
Basso se quedó mirándome. Era un hombre educado, de familia antigua, formado en la escuela de los retóricos, que había pasado su vida entre libros y cargos.
Seguramente jamás había pronunciado la palabra «autoridad absoluta».
Se pasó la lengua por los labios. Después, con un movimiento lento, cogió un papiro limpio de su mesa, mojó el cálamo y escribió unas líneas.
— Mañana hay sesión del Senado —dijo, mientras escribía—. Convocada de urgencia. Quizá vengan quince, veinte. Es lo único que hay. —Se detuvo—. Tienes que hablar. Convencerlos. Sin su voto, no puedo darte lo que pides.
—Hablaré.
—Que los dioses te protejan. —Soltó un suspiro—. O los tuyos. Los que sean.
El Senado se reunió al día siguiente en la Curia, el edificio de ladrillo y mármol del Foro donde, durante siglos, los padres de Roma habían decidido el destino del mundo.
Había sido una sala imponente. Lo vi nada más entrar: el techo alto, de vigas doradas, las tres gradas de mármol a cada lado, las estatuas de los antiguos cónsules, la inmensa figura de la Victoria en el fondo, con las alas desplegadas.
Pero ahora la sala estaba casi vacía. De las seiscientas sillas curules, ocupadas durante siglos por los hombres más ilustres del imperio, no había más de veinte llenas.
Y los senadores que habían acudido, con sus togas blancas de ribete púrpura, estaban sentados en pequeños grupos dispersos, lejos unos de otros, con paños de vinagre sobre la nariz y una expresión de miedo contenido en los ojos.
Yo me quedé de pie, junto a la puerta, con Cástor a mi lado, mientras Basso, en el estrado, abría la sesión con voz cansada.
Notaba sobre mí las miradas de los senadores, de curiosidad, de recelo, de desdén.
Sentía la túnica remendada, la vara, el acento griego pegado a la lengua como una espina.
Y recordé, sin quererlo, mi primera vez en el consejo de Claudio, en Ticinum, sentado en un taburete junto a los escribas, con una sensación de cabra en un templo.
—Padres conscriptos —dijo Basso—. Tenemos entre nosotros a un hombre que viene en nombre del augusto Aureliano. Un murmullo corrió por la sala.
—¿Aureliano? —dijo una voz seca—. ¿El de la caballería? ¿El que se ha hecho proclamar por los soldados a espaldas del Senado?
— El mismo, senador.
—Un golpe militar.
—Un golpe militar, sí —dijo otra voz—. Otra vez. Treinta años de golpes militares.
—Silencio, por favor. —Basso alzó la mano—. El hombre que tenéis delante no es un general. Es un médico. Y trae un mensaje. —Que hable —dijo alguien.
Avancé hasta el centro de la sala, entre las gradas, y me detuve.
Sentí que se me secaba la boca. Eran veinte rostros ceñudos, cansados, hostiles.
Hombres de familia antigua, de patrimonio inmenso, a los que Galieno había quitado el mando y cuyo orgullo yacía herido.
Hombres que no habían visto un ejército en su vida.
Hombres que me miraban como se mira a un gusano en el pan.
— Senadores —dije—. Mi nombre es Dionisio. Soy médico, y he pasado el último año en el ejército que derrotó a los godos en Naissus. He visto lo que es la peste de campaña. He visto lo que hace en un ejército de cuarenta mil hombres cuando nadie la controla. Y he visto cómo se la detiene.
—Palabras —murmuró alguien.
— Hechos —respondí—. El ejército de Claudio, que cruzó los Balcanes durante todo un verano, bebió agua hervida de Italia al Danubio.
Enterró a sus muertos lejos de las fuentes.
Aisló a sus enfermos. Y de cuarenta mil hombres, la peste del agua mató a menos de doscientos.
—Hice una pausa—. La de Roma ha matado ya a más de cien mil.
Un murmullo hostil me recibió.
—¿Quién eres tú, griego —dijo una voz grave, desde las gradas del fondo—, para hablar así de Roma?
Giré la cabeza.
Era un hombre mayor, alto, de pelo blanco y rostro fino y distinguido, con una toga de lana blanca de orla púrpura y las manos enlazadas sobre el regazo.
Tenía unos setenta años. Los ojos eran de un color verde pálido, claro, brillante.
Había en su cara algo familiar, algo que me heló la sangre antes de saber de dónde venía.
Eran los ojos de Lucio.
— Soy Valerio Casto —dijo el anciano, sin levantarse—. Senador. Hijo de cónsul y nieto de pretor. Mi familia ha servido a Roma durante ocho generaciones. No tolero que un forastero, un liberto sin linaje, un… —Se detuvo un instante, buscando la palabra— un curandero, venga a darnos lecciones.
—Senador —dijo Basso con voz cansada—. Ha dicho que viene en nombre del augusto.
— El augusto de los soldados.
—El augusto de Roma, senador, nos guste o no.
Valerio Casto no respondió. Se quedó mirándome con aquellos ojos verdes, serenos, de una frialdad que no era hostilidad, sino algo más hondo y más cansado.
Y yo, de pie en el centro de la sala, con las manos sudorosas, comprendí de golpe lo que ocurría.
Aquel hombre sabía. O sospechaba. O al menos, tenía en la cabeza una pregunta que no se atrevía a formular.
—Hablaba usted de peste —dijo por fin, con suavidad—. De la que mata a Roma. ¿Qué propone, médico?
Respiré hondo. Hablé durante casi una hora.
Expuse el plan que había ido ordenando en mi cabeza desde el camino.