El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma CAPÍTULO 11 EL NUEVO EMPERADOR #6
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CAPÍTULO 11 EL NUEVO EMPERADOR #6

Bajo el nombre, una línea: «Fue bueno». No supe quién la había mandado grabar.

Me quedé un rato ante ella, con Cástor a mi lado.

Pensé en la carta que había dejado a Aureliano, en su desesperación tranquila.

Pensé en lo que Claudio había dicho de él: «Durará lo que dura un cántaro en una piedra». Pensé en la crueldad de tener razón.

Dejé sobre la lápida una moneda de plata. La de Dardania. Después me di cuenta de lo que había hecho y quise recogerla, pero Cástor me tocó el brazo, negó con la cabeza, y me señaló la lápida. Comprendí. Dejé la moneda donde estaba.

Seguimos viaje.

Cruzamos la llanura del Po en abril, entre campos verdes que sí estaban arados, entre aldeas con humo y mercados con gente, y me pareció, por un momento, que el mundo seguía en pie.

Pero de cuando en cuando, en el borde de la calzada, aparecía un carro tapado con una lona.

O una casa con la puerta tapiada y una cruz de cal.

O una fila de hombres que, con paños atados a la cara, cavaban una zanja larga junto a un camino.

Y entonces comprendía que no era así, que el mundo estaba herido y que la herida, bajo la costra, seguía abierta.

Llegamos a Roma el primero de mayo, al caer la tarde, por la Vía Flaminia.

Lo primero que noté fue el silencio.

Había estado en Roma dos años antes, cuando llegué de Atenas y me alisté en una oficina atestada junto a los cuarteles.

La recordaba como una ciudad de ruido, de voces, de carros, de humo, de mercados, de gritos, de un hervor continuo que no cesaba ni de noche.

Un animal inmenso, vivo, bullente, que lo devoraba todo.

Y ahora, al cruzar el Puente Milvio, con el Tíber bajo nosotros, ancho y pardo, y la ciudad delante, extendida en las colinas bajo la luz dorada del atardecer, lo que se oía era nada.

Un silencio hueco, espeso, anormal. Ni voces.

Ni campanas. Ni el estruendo lejano de las ruedas sobre el empedrado.

Solo, de cuando en cuando, el graznido de una corneja, y el rumor del río.

Entramos por la puerta. No había guardias.

Las calles estaban vacías. Era lo más extraño.

Recorrimos la Vía Lata, la Subura, las callejuelas de las colinas, sin cruzarnos con casi nadie.

Las tiendas estaban cerradas, con los postigos echados y cruces de cal en las puertas.

Había casas enteras con las ventanas tapiadas.

De algunos balcones colgaban trapos negros.

En una esquina, un perro flaco, de costillas marcadas, nos miró pasar sin ladrar.

En otra, una mujer de rostro cenizo, sentada en el umbral de una puerta cerrada, con un niño dormido sobre el regazo, nos observó con ojos sin luz.

No pidió nada. No dijo nada. Cuando pasamos, volvió a bajar la vista.

Nos cruzamos con un carro.

Lo conducía un hombre con la cara cubierta por un paño de vinagre, que arreaba a dos mulas flacas con la cabeza gacha.

Iba lleno hasta los topes de bultos envueltos en esteras y en sábanas, atados con cuerdas, apilados unos sobre otros.

De uno de ellos, por una rendija, asomaba una mano. Pequeña. Blanca. Con las uñas moradas.

Cástor se llevó la mano a la boca. Yo no hice nada. Tenía la vista fija en el carro, que se alejaba traqueteando por la calle desierta. Y entonces lo olí.

Llegó con la brisa de la tarde, subiendo de las callejuelas, de las casas cerradas, del carro que se alejaba.

Era un aroma tenue, casi imperceptible, mezclado con el humo de las pocas chimeneas y el olor a cal, a vinagre, a ceniza.

Pero lo reconocí al instante, como se reconoce la voz de un viejo conocido.

Higo abierto al sol. Miel que empieza a avinagrarse. Flor que se queda un día de más sobre el tallo.

Me detuve. Cástor, a mi lado, se detuvo también. Me miró. Yo tenía los ojos cerrados, y el corazón me latía despacio y fuerte, como el de quien ha vuelto a un lugar al que no quería volver.

Había recorrido el mundo para encontrar aquel olor.

Lo había seguido por los muelles de Alejandría, por los campamentos del Danubio, por la bodega de Teón, por la habitación de Sirmium.

Y ahora, en el corazón del imperio, en la capital del mundo, lo encontraba esperándome.

Con la cortesía de siempre. Con la paciencia de siempre.

Abrí los ojos.

La ciudad se extendía ante mí, bajo la luz rojiza del crepúsculo, con sus templos de mármol y sus arcos de triunfo, su Foro, su Coliseo, sus colinas cubiertas de palacios. La capital de un imperio que había dominado el mundo durante siglos. Y no la reconocí.

No era una ciudad. Era un cuerpo. Un cuerpo inmenso, magnífico, tendido en la colina, con los músculos relajados y la piel pálida, que respiraba con dificultad. Un enfermo grave. Un moribundo al que nadie se atrevía a mirar a los ojos.

Yo, que había llegado a Alejandría a los diecinueve años creyendo que el mundo era un libro que se podía leer, entraba en Roma sin saber leerla.

Era un extranjero. Un griego de provincia, sin patrón, sin maestro, sin familia, con una vara de centurión y un bisturí de serpiente, en la ciudad más grande del mundo, que se moría sin ruido.

Cástor me tomó la mano.

Me di cuenta de que temblaba. Se la apreté.

—Vamos —dije en voz baja, con los labios muy marcados, para que me leyera.

Y entramos en Roma.