El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma CAPÍTULO 11 EL NUEVO EMPERADOR #5
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CAPÍTULO 11 EL NUEVO EMPERADOR #5

A veces señalaba una nube, un pájaro, una mariposa, y me miraba, preguntando.

Yo le decía el nombre, con los labios muy marcados para que me leyera.

Él lo repetía, con la boca, sin voz, y se reía.

Pero la tierra, aquella tierra, tenía algo extraño.

Lo noté a los tres días, cruzando las llanuras de Panonia.

Los campos que bordeaban la calzada estaban vacíos.

No eran campos en reposo, ni en barbecho.

Eran campos muertos. Había rastrojos del año anterior, secos y grises, sin una huella de arado.

Había granjas abandonadas, con los techos hundidos y las puertas colgando, y en un patio, junto a un pozo cegado, un esqueleto de buey que nadie se había molestado en enterrar.

Había aldeas enteras sin una sola columna de humo.

Y a lo largo de la calzada, de cuando en cuando, pequeñas hileras de gente que caminaba hacia el oeste, hacia Italia, hacia cualquier sitio, con los pocos bultos que habían podido salvar.

Recordé lo que Probo me había dicho en Sirmium, en una noche de estrellas: «Leguas y leguas de barbecho. Un imperio no se pierde por una derrota. Se pierde por mil campos sin sembrar». Los vi con mis propios ojos. Y comprendí que tenía razón.

Hablé con muchos de aquellos caminantes.

Eran campesinos, artesanos, familias enteras.

Contaban todos lo mismo, con variaciones.

Que los godos habían quemado sus aldeas.

O que los alamanes. O que el recaudador de impuestos, que había vendido el último buey para pagar el tributo.

O que la peste, la de siempre, la que volvía cada dos años como una estación, había matado a la mitad de los hombres de la comarca, y los que quedaban no podían arar.

Una mujer joven, con dos niños de la mano y un tercero en el vientre, me dijo, sin amargura, con una voz tranquila que me heló:

—No sabemos adónde vamos. Pero cuando uno no sabe adónde ir, es mejor caminar.

Les di lo que tenía. Pan, vinagre, miel.

Les enseñé a hervir el agua. Curé a un niño con fiebre y a un viejo con una úlcera en la pierna.

Cada vez, antes de despedirme, les preguntaba el nombre.

Los anotaba en una nueva tablilla, que había comprado en Sirmium, y cuyo primer nombre fue el de una niña de cinco años, Zoe, que me miró con unos ojos negros y serios y me dijo que no tenía miedo.

Cástor, esas noches, me ponía la mano en la garganta. Yo leía los nombres. Todos. Los de Alejandría, los de la Hoz, los de las tablillas, los de la calzada. Y él escuchaba con los ojos cerrados, con aquella atención sagrada, y al terminar asentía, una vez, grave, como quien confirma un recuento.

Fue en una de esas noches, junto a una hoguera, en el patio de una posada vacía de Emona, cuando le hablé.

No sé por qué lo hice. Cástor no podía oírme. Pero estaba sentado frente a mí, al otro lado del fuego, con las piernas cruzadas y las manos sobre las rodillas, mirándome con aquella atención que tenía, y hablé. Despacio, con los labios marcados, con la voz baja. Hablé de lo que llevaba dentro.

—He visto demasiado —dije—. Eso es lo que me pasa. He visto demasiado y no sé qué hacer con ello.

Cástor ladeó la cabeza.

— Cuando salí de Alejandría, creía que el enemigo era la enfermedad. Que era una cosa ciega, sin rostro, que mataba sin odiar. Y que mi oficio consistía en combatirla. Era muy sencillo. Era como pelear contra el mar.

El fuego chisporroteó.

— Y ahora no sé qué es el enemigo. —Me pasé la mano por la cara—.

He visto a un hombre bueno morir de peste en una cama de gobernador.

He visto a un joven encantador envenenar a seiscientos soldados con una sonrisa.

He visto a un niño de tres años dormido junto a su madre muerta.

He visto cómo cuarenta mil hombres cantaban el canto de los enemigos ante la pira de su emperador.

Y he visto… —Se me quebró la voz—. He visto lo que yo mismo puedo hacer.

Cástor no se movió.

— La gloria es una mentira, Cástor. Claudio lo dijo.

Los poetas mienten. La guerra no es gloriosa.

Es solo necesaria, a veces. Y la muerte…

la muerte no tiene sentido. Ninguno. Los que mueren, mueren.

Los que viven, viven. Y entre unos y otros no hay justicia ni plan ni dios que la reparta.

—Respiré hondo—. Y la traición… la traición es lo peor, porque viene de quien menos esperas.

De quien te sonríe. De quien te da la mano. De quien se llama amigo.

Hice una pausa.

— Y la peste. —Alcé los ojos al cielo, lleno de estrellas—.

La peste no se va. Eso es lo que he aprendido.

Se hace más pequeña, o más grande; cambia de forma, de rostro, de nombre.

A veces es una disentería. A veces es una fiebre.

A veces es un hombre con una hoja de oro al cuello.

A veces es un ejército. Pero siempre está.

— Me callé un instante—. La guerra no termina nunca. Solo cambia de forma.

Cástor me miró largo rato. Después, con una lentitud infinita, se levantó, rodeó la hoguera, y se sentó a mi lado.

Me cogió la mano derecha, la que había sostenido el bisturí, y la apretó entre las suyas.

Estaban ásperas, cálidas, firmes. No dijo nada.

No podía. Pero me miró con sus ojos serios y claros, y comprendí que había entendido, no mis palabras, sino lo que había debajo.

Nos quedamos así, en silencio, mirando el fuego.

Pasamos por Aquileia a mediados de abril.

La ciudad estaba de luto. Colgaban crespones negros de las puertas, y en las calles, bajo un cielo plomizo, la gente caminaba con la cabeza gacha.

Había un templo a medio construir junto al foro, con andamios de madera y obreros que trabajaban sin ruido.

«Es el de Quintilo», me dijo un tendero al que pregunté.

«El emperador que duró diecisiete días. Un buen hombre. Hizo mucho por esta ciudad. Cuando se enteró de que el ejército había elegido a otro, se mató. Dicen que de pena».

Hizo una pausa. «Dicen que el nuevo emperador ha ordenado que se le haga un templo. Y que se le entierre con honores».

Visité su tumba. Era una pequeña cripta de mármol blanco, a las afueras, entre dos cipreses, con una lápida sencilla.

«Marco Aurelio Claudio Quintilo, emperador».