CAPÍTULO 11 EL NUEVO EMPERADOR #4
Dice que lo han nombrado prefecto de sanidad, el muy desgraciado, y que se muere de aburrimiento, y que necesita a alguien que sepa hervir agua sin tirarse los pelos.
—Sonrió con tristeza—. Me ha dicho que me pagará bien.
Que tendré una casa. Que me dejará beber el vino que quiera, siempre que no sea durante las operaciones.
—Te lo mereces.
— No es eso. —Se secó los ojos con el delantal—. Es que no quiero dejar de ser útil. En el ejército sé lo que hago. Cuezo, hiervo, limpio, sujeto. Sirvo para algo. Fuera, no sé. —Hizo una pausa—. Y tú tienes a Cástor. Cástor es mejor que yo. Es más rápido. Y no habla.
— Seutes.
—¿Qué?
—Eres el mejor ayudante que he tenido.
—Soy el único que has tenido.
—Por eso. —Sonreí—. Eres el mejor.
Soltó una risa ronca, con la voz rota. Se pasó la mano por la cara. Luego, con un gesto brusco, se llevó la mano al cinto y sacó un odre de vino, pequeño, de cuero, que me puso en las manos.
— Para el camino. Es de Tasos. El mejor.
—No bebo antes de…
—No es para operar. —Me guiñó un ojo—. Es para vivir. Lo guardé. Nunca lo abrí hasta Roma.
Filón vino a verme el último día, desde Viminacium, cabalgando una mula, con su rostro de ave rapaz más descarnado que nunca y una túnica de prefecto que no le sentaba nada.
— Me han hecho prefecto —gruñó, sin saludar, apeándose—. Prefecto de sanidad. ¿Sabes lo que significa eso? Que me pasaré el resto de la vida firmando papeles.
—Te sienta bien la túnica.
— Me sienta como a un burro la silla de oro.
—Resopló—. Un emperador loco, ese Aureliano.
Si me hubiera pedido que fuera a degollar bárbaros, lo habría hecho de buena gana.
Pero ¿prefecto? —Escupió a un lado—. Me han dado un despacho.
Con una ventana. Y un escriba que me trae el vino.
¿Tú lo has visto? Un escriba que me trae el vino.
— Es un buen principio.
—Es un mal final. —Se quedó un instante callado—. ¿Te vas? —Me voy.
—A Roma.
—A Roma.
— Qué disparate. —Me miró—. Allí hay una peste que nadie ha conseguido parar. Y ahora llegas tú, con una vara de centurión y un bisturí de serpiente, y crees que la vas a curar.
— No creo curarla.
—¿Entonces?
—Creo que hay que intentarlo.
Filón soltó un gruñido que podía ser aprobación o desprecio. Se quedó un rato mirándome con los ojos entornados. Después extendió la mano, rápido, y me dio una palmada seca en el hombro.
—Escucha, discípulo de nadie —dijo—. Voy a decirte algo que no te diré dos veces. Ese bisturí… ¿lo has usado?
Se me heló la sangre.
—Sí —dije.
—¿Muchas veces?
—Todas las que he podido.
—¿Y últimamente?
Callé. Filón me observó con una mirada de una agudeza terrible, de viejo cirujano que ha visto demasiados cuerpos para dejarse engañar.
— No me lo cuentes —dijo—. No quiero saberlo.
—Hizo una pausa—. Pero escucha. Lo que sea que hayas hecho con él, sigue siendo mío.
Es decir, de Aulo Cornelio. Y a Aulo Cornelio, que era un hijo de puta, le habría parecido bien.
Porque sabía que un cirujano a veces tiene que cortar lo que no quiere.
—Su voz se quebró un instante—. Pero no dejes de lavarlo.
Cada noche. Con vinagre. Y no dejes de acordarte.
—No lo olvidaré.
— Bien. —Se dio la vuelta, brusco, para subir a la mula. Se detuvo con un pie en el estribo—. Y si alguna vez encuentras a alguien al que no merezca la pena darle el bisturí, buscas a otro. Que no se pierda.
— Lo haré.
—Y compra una cabra.
—¿Cómo?
— Una cabra. —Se montó con esfuerzo—. Y un huerto. Todos los médicos viejos deberían terminar con una cabra y un huerto. Es lo único decente. —Alzó una mano, sin volverse—. Adiós, discípulo.
Lo vi alejarse por el camino, encorvado, sobre la mula. Y fue lo último que supe de Filón de Agrigento, durante muchos años. Se retiró a los cinco, a una casita de Sicilia. Tenía una cabra. Se llamaba Aulo.
La víspera de mi marcha, cumplí la deuda.
Invité al vino a Sexto Arrio. Lo hice en una taberna de Sirmium, junto al puerto, un local oscuro y humeante de techo bajo, con mesas de tablas y bancos corridos, donde los soldados iban a gastarse la paga.
Reservé la mesa del fondo. Pedí tres jarras de vino de Panonia caliente, con miel y especias. Y esperé.
Llegaron todos. No los había invitado, pero llegaron.
Arrio, primero, con el brazo ya sin cabestrillo, el hombro curado y la ceja partida brillante de buen humor, con los dientes que le quedaban.
Luego Ticio Fabio, apoyado en su muleta, con la cicatriz del labio rosada y una sonrisa torcida.
Luego Marco Fabricio, con su cabeza rapada y su mirada grave.
Luego Valerio Máximo, con la cadena de plata y una cicatriz nueva en la barbilla.
Y, de pronto, entre ellos, sentándose en el rincón con aire de no querer estorbar, Teudas.
—No te esperaba —dije.
—Lo sé. —Sonrió con timidez—. He vuelto de los asentamientos para despedirme. Con Wisigar.
—¿Dónde está?
—Fuera. No ha querido entrar. —Se rascó la nuca—. Pero me ha dado esto para ti.
Me tendió algo. Era un pequeño amuleto de hueso, tallado con torpeza, con la forma de un caballo.
—Dice que no te quiere —dijo Teudas, con una media sonrisa—. Que te lo dijo y lo mantiene. Pero que te lo manda.
Lo sostuve en la palma. Era un caballito de hueso, mal pulido, sin ojos, con cuatro patas toscas y una cola de dos rayas. Me quedé mirándolo mucho rato. Después me lo colgué al cuello, junto al sello de bronce, bajo la túnica.
—Dile que lo llevaré.
—Se lo diré.
Pedimos más vino. Las jarras se vaciaron, y se llenaron, y se volvieron a vaciar.
Reímos. Arrio contó, con gestos exagerados, cómo se había caído de un carro en Singidunum.
Ticio Fabio, rojo como un tomate, describió a su madre y a su cabra.
Valerio evocó, sin dramatismo, la noche del hayedo.
Marco Fabricio, que no hablaba mucho, dejó caer de vez en cuando un comentario seco que hacía reír a los demás.
Y yo, sentado entre ellos, con la jarra en la mano, sentí que algo se me aflojaba en el pecho, una tensión que llevaba meses acumulando.
A medianoche saqué el rollo sellado del fondo de mi bolsa. Lo había llevado conmigo durante meses. Lo dejé sobre la mesa, delante de Ticio Fabio.
— Esto es tuyo.
El muchacho lo miró.
—La carta —dijo.
—La de tu madre.
—Dijiste que la mandarías.
—Dije que la mandaría si no volvías. —Sonreí—. Has vuelto. Llévala tú.
Ticio Fabio cogió el rollo con las dos manos. Lo apretó contra el pecho. Tenía los ojos muy brillantes, y la cicatriz del labio le temblaba.
— Voy a ir a Mutina —dijo—. Voy a ir en cuanto me licencien. Con mi paga y mi donativo. Y voy a comprarle a mi madre una cabra nueva. Una mejor.
—Que no sea más mala que Rosa.
—Imposible. —Se rio, y se secó los ojos con la manga—. Gracias, médico.
— Gracias a ti.
—Por la carta.
—Por el labio.
Soltó una carcajada. Todos nos reímos. Arrio golpeó la mesa con la jarra, derramando el vino. Marco Fabricio brindó en voz baja por Fusco. Todos nos callamos. Alzamos las copas. Bebimos.
— Médico —dijo Marco Fabricio cuando se apagó el murmullo. —Dime.
—Dijiste que algún día me contarías por qué.
—Lo dije.
—¿Hoy?
Lo miré. Pensé en el granero, en la sangre, en el frasco de plata. Pensé en cuánto pesaba la verdad y en cuánto me pesaría callarla. —No —dije—. Hoy no. Pero te lo escribiré. Cuando haya terminado todo. En un libro.
—¿Un libro?
—Una historia. —Sonreí con tristeza—. Se la prometí a un muerto.
Marco Fabricio asintió despacio.
—Entonces la leeré —dijo.
—Si vives.
—Viviré. —Esbozó una sonrisa dura—. Soy un tipo duro.
Se levantó. Me tendió la mano. La estreché. Estaba áspera y tibia, como un pan de campaña. Nos miramos un instante. Y comprendí, sin que él dijera nada, que había entendido más de lo que yo creía. Que lo había comprendido todo, y que no lo diría nunca.
Arrio, entonces, se levantó también. Cogió su jarra. La alzó. Estaba medio borracho, rojo, con los ojos húmedos y la boca desdentada abierta en una sonrisa torcida.
—Por el Aqueo —dijo—. Que nos curó. Que no mintió. Que hirvió el agua. —Hizo una pausa—. Y que me pagó el vino.
— ¡Por el Aqueo! —gritaron todos.
Y bebimos hasta que se hizo de día.
Salimos de Sirmium al amanecer del día siguiente, con dos mulas, un saco de provisiones y el sol naciente a nuestra espalda.
Éramos Cástor y yo. Nadie más. Bitis nos acompañó hasta la puerta de la muralla, a pie, en silencio, con su paso pesado de tracio viejo y la capa gris de Claudio echada sobre los hombros.
Allí se detuvo. Se quedó un rato mirándonos, con las manos a la espalda y los ojos enrojecidos.
Después, sin una palabra, se desató algo del cinto y me lo puso en la mano.
Era un cordón de cuero trenzado, sencillo, del que colgaba una pequeña moneda de plata, gastada por el uso.
— Es de Dardania —murmuró—. La llevaba él. Cuando era tribuno. Me la dio hace veinte años, en una noche de borrachera, y me dijo que algún día se la devolviera a quien la mereciera. —Se pasó el dorso de la mano por la nariz—. Creo que eres tú.
—Bitis, no puedo…
—Cállate, médico. —Su voz era áspera—. Y cuídate. Que ya nos quedan pocos de los buenos.
Me abrazó. Fue un abrazo brusco, torpe, de oso viejo, que me dejó sin aire. Después, sin mirarme, dio media vuelta y se alejó por la calle estrecha, con los hombros temblando bajo la capa gris. Lo vi doblar la esquina. No volvió la cabeza.
Me colgué el cordón junto al sello de bronce y al caballito de hueso. Cástor, a mi lado, con las riendas de la mula en la mano, me miró con una ceja alzada. Le sonreí. Y, sin más, echamos a andar por la calzada hacia el oeste.
El viaje duró cuatro semanas, y fue la primera vez en un año que anduve sin tener miedo de beber agua.
No sé cómo explicarlo. Había en aquel camino, entre los campos de marzo, bajo un cielo de un azul lavado y un aire que olía a tierra mojada, una calma que había olvidado.
Hacía frío todavía por las mañanas, pero a mediodía el sol calentaba, y en los márgenes de la calzada brotaban las primeras flores, anémonas, prímulas, violetas pequeñas y tímidas.
Los pájaros cantaban. En los árboles brillaban las yemas.
Cástor, cabalgando a mi lado, miraba todo con una atención sin límites, con la boca entreabierta, con la expresión de un niño al que han soltado de una casa oscura.