El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma CAPÍTULO 11 EL NUEVO EMPERADOR #3
80%

CAPÍTULO 11 EL NUEVO EMPERADOR #3

Me senté en el taburete donde había velado a Claudio durante doce noches. Aureliano seguía de espaldas. Pasó un largo silencio.

— Ayer, en el banquete —dijo por fin—, vi un precipicio. No contesté.

— No lo vi con los ojos. Lo vi con otra cosa.

—Giró despacio—. Rufino bebió de esa ánfora y no murió.

Lo vi en su cara. Sabía que debía morir.

Estaba convencido. Y no murió. —Me miró—.

Y tú me mirabas desde el fondo de la sala, sentado, sin moverte, como quien sabe lo que va a ocurrir y espera a ver si ocurre.

—Augusto…

— No me llames así. Todavía no. —Alzó una mano—.

Escúchame. Hace dos días Lucio Valerio Casto salió de este campamento a caballo, en plena noche, sin avisar a nadie, llamado por una enfermedad de su padre que nadie ha comprobado.

Hoy Rufino ha pedido licencia para volver a Italia, alegando que está enfermo.

Sabino me ha dicho que Hermeros ha solicitado permiso para ir a Ticinum a buscar a su hija.

Y tú no has dormido en una semana. —Se acercó a la mesa—. Son demasiadas coincidencias.

Callé.

—Quiero saber qué hiciste —dijo.

Sostuve su mirada. Era una mirada dura, sin dureza, la de un hombre que busca una verdad que lleva tiempo sospechando.

Pensé en Claudio. En lo que había dicho aquella noche de nieve: «Hay cosas que un emperador no puede saber si quiere seguir siéndolo».

Recordé que se lo había dicho a mí, en una tienda de Ticinum, cuando yo abrí la boca para nombrar a quienes había visto en la entrada de la tienda de Galieno, y él me detuvo con la palma de la mano: «No me lo digas. Aún no».

—Augusto —dije despacio—. Hay cosas que un emperador no puede saber.

Aureliano me miró.

Pasó un largo instante. Vi en su rostro una sucesión de expresiones tan rápidas que no pude identificarlas: sorpresa, comprensión, algo parecido a la ira, algo parecido a la ternura. Después, de pronto, dejó escapar una risa seca, corta, casi imperceptible.

— Eso lo dijo él —murmuró.

—Sí.

—Me lo dijo a mí también. Una vez. Hace años. —Se pasó la mano por la nuca—. Qué hombre más terco.

—Sí.

— Bien. —Asintió lentamente—. No quiero saberlo.

Si Lucio está en Italia, que viva. Si no lo está…

—No terminó la frase—. Si no lo está, tampoco quiero saberlo.

—Me clavó los ojos—. Pero quiero que sepas una cosa.

Si alguna vez, médico, hiciste algo que no debías por salvarme la vida, no lo olvidaré.

Ni lo diré. Ni lo pagaré, porque hay cosas que no se pagan. Pero no lo olvidaré.

— Gracias.

—No me las des. —Hizo una pausa—. Y ahora, hablemos de otra cosa.

Se sentó ante la mesa baja. Cogió una tablilla de cera y la dejó sobre la mesa, ante mí. Había escrito en ella unas líneas, con su letra recta y dura.

— Soy emperador —dijo—. Voy a tener que rodearme de gente en quien confíe. Y no tengo mucha. Probo. Bitis. Valerio. Un par de legados. —Alzó los ojos—. Y tú.

—Augusto…

— Te ofrezco el puesto de prefecto de sanidad del ejército.

Con rango de ecuestre. Con una paga de doscientos mil sestercios al año, y una casa en Roma.

Con autoridad sobre todos los médicos, todos los hospitales, todos los campamentos del imperio.

Con acceso directo a mí. —Me miró—. Es lo que Claudio habría querido.

Me quedé sin palabras. Era un honor que ningún médico había recibido en la historia de Roma. Un puesto de poder. De riqueza. De seguridad. De todo lo que un hombre sin patrón, sin maestro, sin familia, como yo, no habría soñado jamás.

Pensé en el Bruchion en llamas. En mi madre muerta con lino sin teñir. En Atenas saqueada. En el bisturí de Filón, en la serpiente. En la bodega de Teón. Pensé en la tablilla, en sus nombres, en Lucio. Pensé en el niño de diecinueve años que había jurado luchar contra una enfermedad que no se veía.

— No puedo aceptar, augusto —dije.

Aureliano no se movió.

—¿Por qué?

— Porque soy médico, no soldado. —Respiré hondo—.

Un prefecto del ejército vive para la guerra.

Para organizarla, para sostenerla, para hacerla más eficaz.

Yo he visto lo que eso significa. He visto lo que hace un cirujano en un ejército: no salva a los hombres, los devuelve a la guerra.

Y cada vez que lo hago, la guerra dura un poco más.

—Es lo que hace falta.

— Quizá. —Bajé la vista—. Pero yo no quiero ser eso. Quiero curar a quienes están enfermos. A cualquiera. A godos, a romanos, a mendigos. Sin que me importe qué bandera tienen. Sin que me importe para qué los curo.

— Eso no existe.

—Lo sé. —Alcé los ojos—. Pero quiero intentarlo.

Aureliano me miró en silencio durante lo que me pareció un siglo. Su rostro de piedra no cambió. Pero algo en la tensión de los hombros, en la mandíbula, se aflojó, apenas.

—Médico —dijo al fin—. Tú eres el único hombre que me ha rechazado un cargo en mi vida.

—Lo lamento.

— No lo lamentes. Me gusta. —Sonrió, y fue una sonrisa seca, breve, casi imperceptible—. Los que aceptan todo, acaban vendiéndolo todo. Los que rechazan, a veces, son los únicos fiables.

Tomó la tablilla. Con un cálamo, trazó unas palabras debajo del texto. Luego cogió su anillo de sello, de hierro, con un águila grabada, lo hundió en cera caliente, y estampó el sello al pie. Me tendió la tablilla.

—Tómala.

Leí. Era una orden. Corta, precisa, firmada: «Lucio Domicio Aureliano, Augusto. A todos los gobernadores, prefectos, legados y magistrados del imperio. El portador, Dionisio de Alejandría, centurión honorario, tiene libre paso por todas las provincias,

y autoridad sobre cualquier magistrado local en materia sanitaria. Quien le impida el paso o desobedezca sus órdenes en esta materia responderá ante mí».

—Es un salvoconducto —dije.

—Es mucho más. Es un escudo. —Aureliano se recostó—. ¿Adónde irás?

— A Roma.

—¿Por qué?

—Porque allí está la peste. La he oído de los correos. Dicen que hay miles de muertos. Que el Senado no sabe qué hacer.

— Roma tiene la peste desde hace veinte años.

—Por eso.

Aureliano soltó un resoplido, entre risa y suspiro.

—Eres un testarudo.

—Sí.

—Como él. —Me miró—. Ve, entonces. Y que los dioses te acompañen. Aunque no creas en ellos.

Me levanté. Hice una inclinación. Estaba a punto de salir cuando su voz me detuvo.

— Médico.

—Dime.

—Si algún día necesitas algo. Lo que sea. —No me miraba—. Dímelo.

—Lo haré.

Me quedé inmóvil. No supe qué contestar. Él tampoco esperaba respuesta. Se había vuelto hacia la ventana, y miraba el río con las manos a la espalda.

Salí sin hacer ruido.

Los últimos días en Sirmium fueron los de las despedidas, y es curioso lo que enseñan.

Enseñan que uno no sabe a quién quiere hasta que está a punto de dejarlo.

Que las personas con quienes hemos compartido el barro y la sangre se vuelven, a la hora de decir adiós, extrañamente torpes, incapaces de decir lo que sienten, y que acaban hablando de cosas pequeñas, de una bufanda, de una receta, de la hora a la que sale un carro,

como si el sentido de una vida pudiera caber en una frase sobre el tiempo.

Yo fui torpe con todos. Ellos lo fueron conmigo.

Y creo que, de aquel modo oblicuo, nos entendimos mejor que si hubiéramos hablado.

Hermeros se marchó el primero.

Salió al amanecer del tercer día, a caballo, con una escolta de ocho jinetes ilirios que Valerio Máximo había elegido personalmente, rumbo a Ticinum, a buscar a su hija.

Vino a despedirse a mi hospital, con el rostro tan demacrado como en la noche del granero, pero con algo nuevo en la mirada, una especie de calma triste.

Llevaba una capa de viaje, un morral al hombro y, en la mano, una cajita de madera.

—Es para ti —dijo.

La abrí. Dentro, sobre un lecho de lino, había un pequeño sello de bronce, con un delfín. El mismo que me había dado la noche de su confesión.

—Ya lo tengo.

— Este es otro. —Sonrió con tristeza—. Es el de mi padre. Era un esclavo de Claudio, ¿sabes? Un escriba. Me lo dejó al morir. Él también servía a un hombre bueno. —Se le quebró la voz—. Quiero que lo tengas tú. Para que, cuando firmes algo, recuerdes que hubo uno que no pudo.

—No lo merezco.

— Nadie merece nada. Es lo único que sé. —Me tomó las manos entre las suyas, rechonchas y húmedas—. Gracias. Por no dejarme caer.

— Tú me contaste lo que tenía que saber.

—Tarde.

—Pero lo contaste.

Hermeros asintió despacio. Se echó la capucha sobre la cabeza. Dio dos pasos hacia la puerta, y se detuvo.

— Médico. ¿Puedo preguntarte una cosa?

—Dime.

—¿Él… murió tranquilo?

Pensé en el amanecer de Sirmium, en la ventana abierta, en la luz dorándole la cara, en la voz de niño que le preguntaba si ya venía. Pensé en las manos entre las mías.

—Murió sonriendo —dije.

Hermeros cerró los ojos. Una lágrima le rodó por la mejilla redonda. No la enjugó.

—Gracias —murmuró.

Salió. Desde la puerta lo vi montar a caballo con torpeza, rodeado de los jinetes.

Cabalgó hacia el oeste, por la calzada nevada, sin volver la cabeza.

Años después supe que llegó a Ticinum a los doce días, que encontró a Calpurnia sana y salva, que la sacó de Italia con una escolta de Aureliano, y que vivieron juntos en una casa pequeña de Tesalónica, donde él, hasta su muerte, escribió cartas por encargo a cambio de un puñado de monedas.

Nunca volví a verlo. Pero a veces, cuando firmo algo con el delfín de su padre, pienso en él.

Seutes tardó en decidirse.

Lo supe porque lo vi, durante tres días, rondando por el hospital con aire culpable, sin atreverse a hablarme.

Había envejecido en aquellos meses. Seguía siendo barrigudo y colorado, con las manos firmes y la lengua suelta, pero algo en los ojos, en la manera de moverse, había cambiado.

Una instrumentos, me abordó junto retorciéndose el delantal.

—Médico.

— Seutes.

noche, mientras recogía los a la mesa de operaciones,

—Quería decirte… — Se rascó la cabeza—. No sé cómo decirlo. —Dilo.

—Me quedo.

Alcé los ojos. Lo miré. Y en su cara redonda, de barba mal afeitada, vi una vergüenza tan grande que sentí ganas de abrazarlo.

— Claro que te quedas —dije.

—¿No te enfadas?

—¿Por qué iba a enfadarme?

—Porque… porque he estado contigo desde Mediolanum. Porque he visto todo. Y ahora me quedo con el ejército, como un… — Hizo un gesto vago—. Como un viejo gladiador que no sabe vivir fuera.

—Seutes.

— Filón me ha pedido que vaya con él. A Viminacium.