CAPÍTULO 11 EL NUEVO EMPERADOR #2
Fue un trago largo, desesperado. El vino le corrió por la barbilla. Se pasó la manga por la boca. Dejó la copa sobre la mesa con un golpe seco, y se quedó inmóvil, con los ojos clavados en ella, esperando.
No pasó nada.
Pasaron segundos. Un minuto. Rufino tragó saliva.
Se llevó una mano al pecho, a la garganta, al estómago.
Respiró. Sudaba a chorros. Pero no se desplomó, no se retorció, no vomitó, no murió.
Se quedó allí, sentado, vivo, con la cara empapada y los ojos muy abiertos, mirando la copa vacía como quien mira un fantasma.
—Excelente vino —dijo Aureliano.
Hubo un murmullo de alivio, de risas nerviosas, de copas que se alzaban.
Los músicos reanudaron la flauta. Los esclavos recorrieron las mesas, sirviendo del ánfora pequeña.
Sabino brindó. Probo sonrió. Aurelio Casiano, que no había entendido nada, devoró otra pata de pollo.
Y en medio del ruido, sin que casi nadie lo advirtiera, Aureliano giró lentamente la cabeza, recorrió la sala con los ojos, y los posó en mí.
Fue una mirada larga. Plana. Sin expresión. Una mirada que no pedía nada ni decía nada, la de un hombre que acaba de ver, con absoluta claridad, el borde de un precipicio por el que acaba de pasar sin saberlo.
No bajé los ojos.
Aureliano inclinó la cabeza un milímetro. Alzó su copa, que no había tocado, y, sin apartar la vista de la mía, la dejó sobre la mesa. Después se volvió hacia Sabino y le dijo algo en voz baja. Y siguió cenando.
Rufino no volvió a levantar los ojos. Cuando, hacia medianoche, el banquete terminó y los invitados se dispersaron, vi cómo salía de la sala sin despedirse, con paso torpe, apoyándose en la pared, y cómo se detenía un instante en el pasillo para vomitar entre las sombras.
Era la cena de un hombre que sabe que ha perdido.
No lo detuve. No dije nada. Había jurado callar.
La asamblea se celebró al amanecer, en el mismo llano donde cuatro meses antes habían quemado a Claudio.
Había caído una escarcha fina durante la noche, y la explanada junto al Savo, bajo un cielo claro y helado, brillaba como un campo de sal.
Los soldados formaron sin que nadie diera la orden.
Llegaban desde los cuarteles de Sirmium en pequeños grupos, con las capas echadas sobre los hombros, el aliento humeando en el aire frío, y se iban colocando por legiones, por cohortes, por centurias,
en un orden que habían aprendido a lo largo de veinte años de guerra y que parecía más antiguo que ellos mismos.
A media mañana eran cuarenta mil. No se oía una voz.
Solo el pisar de miles de sandalias sobre la escarcha, y el rumor del río.
Yo estaba al fondo, con la vara de centurión y la túnica remendada, entre Bitis y Marco Fabricio, que había ido a ocupar su sitio al frente de la cuarta cohorte y que, al verme, me hizo un gesto casi imperceptible con la cabeza.
A mi izquierda estaba Cástor. Detrás, con los brazos cruzados, Seutes.
Teníamos las caras de los que no han dormido.
Pero ninguno de los tres había querido faltar.
Domicio Sabino subió a un estrado de madera improvisado, con los hombros caídos y la rodilla rígida.
No era orador. Habló brevemente, con su voz de grava, en un silencio tan total que cada palabra llegaba nítida hasta las últimas filas.
Dijo que el augusto Claudio había muerto.
Que el Senado, desde Roma, había proclamado a su hermano.
Que el ejército, que había ganado la guerra, no había sido consultado.
Que el ejército tenía derecho a elegir. Y que él, como el más viejo de los legados, proponía una sola cosa: que cada hombre, con su voz, dijera a quién quería.
—Soldados —dijo—. ¿A quién queréis?
Hubo un instante de silencio. Fue tan largo que sentí que los latidos del corazón me retumbaban en los oídos. Después, en algún rincón de la explanada, una voz ronca gritó un nombre.
—¡Aureliano!
Fue una sola voz. Pero antes de que se apagara, otra la siguió.
Y otra. Y de pronto el nombre estalló por toda la explanada, de cohorte en cohorte, de fila en fila, un clamor profundo y ritmado que se alzó como una marea: «¡Aureliano! ¡Aureliano! ¡Aureliano!»
. Golpeaban los escudos con las espadas.
Golpeaban el suelo con los pies. Entre los jinetes ilirios, que ocupaban el flanco derecho, vi a Valerio Máximo gritando con la boca abierta y la cadena de plata brillándole al cuello.
Vi a Arrio, con el brazo en cabestrillo, golpeando el suelo con la lanza.
Vi a Ticio Fabio, apoyado en su muleta, con la cicatriz del labio blanca.
Vi a Probo, en el estrado, sonriendo de un modo extraño, casi triste.
Aureliano subió al estrado.
Lo hizo despacio, sin ninguna prisa, con su paso largo y silencioso.
Se detuvo en el centro, de pie, con las manos a los costados, el rostro de piedra.
Los gritos fueron cesando poco a poco. Cuando se hizo el silencio, recorrió con los ojos la explanada entera, de un extremo al otro, y dijo con su voz seca:
—No.
Un murmullo corrió por las filas.
— No me corresponde —prosiguió—. El augusto Claudio designó a su hermano en el testamento que el Senado conoce. Quintilo es el heredero legítimo. Yo soy un comandante de caballería. Un soldado. Servir es mi deber. Mandar no.
— ¡Aureliano! —gritó alguien.
—¡Aureliano Augusto!
El clamor volvió a estallar, más fuerte, más largo.
Los escudos retumbaban como un trueno. Vi cómo Aureliano se mantenía inmóvil, impasible, esperando.
Esperó un largo rato. Esperó hasta que los gritos se transformaron en una sola palabra rugida por cuarenta mil gargantas.
Y entonces, con un gesto brusco, levantó la mano.
Silencio.
—Si me lo pedís dos veces —dijo con la misma voz seca—, ya no podré negarme. ¿Estáis seguros?
—¡Sí! —rugieron cuarenta mil hombres.
— Sabed lo que pedís. —Hizo una pausa—. Os voy a dar cosas duras.
Os voy a pedir cosas duras. Voy a ser un emperador que no os querrá, porque no sé querer.
Pero os prometo una cosa. —Su voz se volvió más grave—.
Nunca os mentiré. Si os digo que vais a morir, moriréis.
Si os digo que vais a vivir, viviréis. Y el donativo que os prometió el augusto Claudio se pagará íntegro, hasta el último denario, antes de que dé un solo paso más.
Una ovación inmensa recibió aquellas palabras. Los soldados gritaban, reían, se abrazaban. Alguien arrojó un casco al aire. Aureliano esperó a que se calmaran.
— Pero hay algo más —dijo—. Algo que aprendí de él. —Hizo una pausa, y me pareció que su mirada, por un instante, pasaba sobre mí—. Que el emperador debe saber vuestros nombres. Yo no sé hacerlo tan bien como él. Pero lo intentaré.
No hubo más discurso. Fue la frase más larga que le oí pronunciar jamás en público. Y bastó.
Ocho legionarios, de los más jóvenes, subieron al estrado con un escudo.
Él se dejó alzar. Quedó de pie sobre el escudo, a la altura de los hombros de los soldados, erguido, con la cabeza descubierta.
Probo le echó sobre los hombros el manto de púrpura, el mismo que Claudio había llevado, con la cola rasgada por una flecha en la Hoz.
Bitis, a mi lado, murmuró algo entre dientes, y vi que se secaba los ojos con el dorso de la mano.
— ¡Aureliano Augusto! —gritó Sabino.
—¡Aureliano Augusto! —rugió el ejército.
Y así, en una mañana de escarcha, a las puertas de Sirmium, con el sol dorando las cumbres de las colinas y el río corriendo lento y negro a espaldas del estrado, Lucio Domicio Aureliano, hijo de campesinos del Danubio, soldado desde los diecisiete años,
el hombre que había mandado el martillo en Naissus y cuyo nombre iba a sacudir el mundo, fue proclamado emperador de Roma por cuarenta mil hombres que lo habían elegido.
Vi su rostro mientras lo alzaban. No sonreía.
No se alegraba. Tenía la misma expresión dura y quieta de siempre, la de quien acepta una carga que no ha pedido.
Pero en sus ojos, muy hondo, vi algo que reconocí.
Era la misma sombra que había visto en los de Claudio, a lomos de su caballo castaño, la mañana de la proclamación de Ticinum.
Quintilo murió diecisiete días después.
La noticia llegó a Sirmium en la noche del decimoctavo, en boca de un correo exhausto que había cabalgado sin descanso desde Aquileia.
Lo recibió Aureliano en su tienda de mando, ante Probo, Sabino y Bitis, y yo, que había sido llamado sin saber para qué, lo oí desde un rincón.
El hermano de Claudio, dijo el correo, con la voz quebrada, se había enterado de que el ejército del Danubio había proclamado a otro.
Había convocado a sus amigos. Les había dado de comer, de beber.
Había pronunciado unas palabras breves. Y luego, en su cuarto, a solas, con un cuchillo de mesa, se había abierto las venas de los brazos y se había desangrado en un baño caliente.
—Dejó una carta —dijo el correo—. Para el emperador.
Aureliano la cogió. La leyó en silencio. Era corta. Se quedó un rato mirándola. Después la dobló con cuidado y se la guardó en el cinto.
—¿Qué dice? —preguntó Probo.
— Que no quería ser un obstáculo. —La voz de Aureliano era plana—. Que sabía que no servía para esto. Que le pesaba demasiado. Y que le pide a Roma que lo perdone. —Hizo una pausa—. Y que me desea suerte.
Nadie dijo nada. Fuera, a lo lejos, un perro ladraba.
—Era un hombre bueno —dijo Aureliano al cabo.
—Sí —murmuró Sabino.
—Se le enterrará con honores de emperador. —Alzó los ojos—. Y se le dedicará un templo.
Salió de la tienda sin añadir nada. Lo vi cruzar el campamento en la noche, solo, con las manos a la espalda, hacia el río. Se quedó allí, en la orilla, hasta que amaneció.
Me mandó llamar la tarde de la proclamación.
Fue un criado, un esclavo joven del palacio, que me encontró en el hospital con un mensaje corto: el augusto quería verme, a solas, a la hora del crepúsculo.
Sentí que se me secaba la boca. Pero me lavé la cara, me puse la túnica limpia, cogí mi vara, y fui.
Aureliano estaba en el cuarto que había sido de Claudio.
Lo habían despejado, pero quedaba en él el catre de campaña, la mesa baja, el brasero de bronce, la ventana estrecha que daba al río.
Estaba de pie junto a ella, de espaldas, con el manto de púrpura echado sobre los hombros, mirando caer la tarde. Cuando entré, no se volvió.
— Cierra la puerta.
La cerré.
—Siéntate.