El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma CAPÍTULO 11 EL NUEVO EMPERADOR
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CAPÍTULO 11 EL NUEVO EMPERADOR

Sirmium, calendas de marzo del año 270 d. C., y el camino hacia el oeste

Lo primero que hice a la mañana siguiente fue vaciar el ánfora.

No había dormido. Había pasado la noche junto al río, con Cástor a mi lado, hasta que el cielo empezó a palidecer hacia el este y el frío se hizo insoportable.

Luego volví al hospital, me lavé la cara y las manos con vinagre, me cambié la túnica manchada, y a la hora en que los soldados se despertaban y los cocineros encendían los fuegos, me deslicé hacia el sector de los oficiales de caballería, donde Marco Fabricio me esperaba en la sombra de un olmo,

con la capucha echada sobre la cabeza y un esclavo de confianza a su lado.

Hermeros había hecho su parte. A medianoche, con el anillo de Lucio en el dedo, había escrito dos cartas, una para Rufino y otra para Domicio Sabino, en una letra que hasta el propio tribuno habría jurado suya, y las había hecho llegar a sus destinatarios con dos ordenanzas de confianza.

«Un mensaje urgente de mi padre. Está muy enfermo. Parto esta noche hacia Italia con mis dos esclavos. Os ruego que me disculpéis. Dejo para el banquete el vino prometido. Mi secretario de confianza, Hermeros, os lo hará llegar».

Era una obra maestra. No había una palabra de más. Y estaba firmada con la hoja de vid.

La tienda de Lucio estaba vacía. Los dos esclavos, adormilados todavía por la porra, se habían marchado al amanecer con una carta de libertad y una bolsa de monedas, sin hacer una sola pregunta.

El tribuno había partido, dijeron a los centinelas, en mitad de la noche, a caballo, solo.

No les había dicho a dónde. Los centinelas, que sabían que los oficiales tenían sus razones, no se preocuparon.

Entramos en la tienda sin ruido. Olía a cuero, a lana, a perfume de rosas.

Todo estaba en orden. La cama hecha, el baúl cerrado, los libros apilados sobre la mesa.

Marco Fabricio se agachó junto al lecho y sacó de debajo, envuelto en un paño de lino, un ánfora pequeña de cuello fino, con el sello de la hoja de vid grabado en el hombro.

Pesaba poco. La sostuvo con las dos manos y me la tendió como se tiende a un niño dormido.

La llevé a mi hospital. La destapé sobre una mesa de operaciones, con Seutes y Cástor de pie a mi lado, respirando por la boca. Rompí el sello de pez con el filo de un cuchillo. Inclinó la boca del ánfora, y acerqué la nariz.

Falerno. Dulce, espeso, oscuro. Pero debajo, sutil, inconfundible, como la voz de un traidor tras una sonrisa: vinagre, y algo más. El dulzor. La costra de los pozos, disuelta en el vino, invisible, indetectable. Un solo trago habría bastado. Habría bastado una copa en manos de Aureliano.

—Por todos los dioses —murmuró Seutes, con la voz estrangulada—. Huele a lo mismo.

— Es lo mismo.

—¿Qué hacemos?

—Enterrarla.

La enterramos aquel mismo mediodía, en un hoyo profundo detrás del hospital, entre cal viva.

Vertí el contenido poco a poco, con la cara tapada con paños empapados de vinagre, y lo cubrí con piedras.

Hirvimos el ánfora en agua con ceniza durante una hora.

Quemamos los paños. Nos lavamos las manos hasta que la piel se agrietó.

Y cuando todo hubo terminado, mandé traer del almacén de los Valerii otra ánfora del mismo Falerno, una de las que Lucio había repartido entre sus amigos, y con ella llené, sin desperdiciar una gota, el ánfora pequeña.

La selló Hermeros con el anillo del muerto y con pez negra. Parecía exactamente la misma.

—Cuando se la sirvan a Aureliano —dijo Marco Fabricio, con su voz grave—, será vino. Solo vino.

—Y cuando se la sirvan a los otros…

—Será vino también.

—Sí. —Me pasé la mano por la cara—. Pero quiero ver qué hacen.

El banquete de los legados se celebró aquella noche en el gran comedor del palacio del gobernador, y fue la cena más extraña de mi vida.

Era una sala larga, de techo alto, con las paredes de piedra cubiertas de tapices que alguien había traído a toda prisa de los almacenes, y una chimenea enorme en el fondo donde ardían troncos enteros de roble.

Se habían dispuesto tres mesas en forma de herradura, cubiertas de manteles blancos, con candelabros de bronce, copas de vidrio, bandejas de plata.

Olía a carne asada, a especias, a vino caliente, a resina de las antorchas.

En un rincón, cuatro músicos tocaban flauta y cítara una melodía suave.

Había cuarenta invitados. Los mandos de las legiones, los jefes de ala, los tribunos de mayor rango, los legados.

Todos de uniforme de gala, con las corazas bruñidas y los cintos relucientes.

Yo estaba en el extremo de la mesa izquierda, junto a Bitis, que se había sentado a mi lado sin que nadie se lo pidiera y que comía en silencio con los ojos fijos en el plato.

Me habían puesto allí por mi rango de centurión honorario, un asiento de cortesía, de los de abajo.

Desde allí se veía toda la sala. Y no pensaba apartar los ojos.

Domicio Sabino presidía. Se había puesto una túnica blanca, y se frotaba la rodilla bajo la mesa con una mano nudosa, mientras con la otra alzaba la copa para dar la bienvenida.

A su derecha, de honor, estaba Aureliano.

Vestía de uniforme, sin adornos, con el cinturón liso de siempre y el pelo corto, recién cortado.

Comía despacio, sin hablar, con los ojos fijos en la mesa.

Pero yo, que lo conocía, notaba la tensión en el cuello. Notaba que no probaba el vino.

Probo, a su izquierda, conversaba en voz baja con un tribuno vecino de la tierra y de los cultivos de Dardania.

Aurelio Casiano, enfrente, con el cuello de toro hundido entre los hombros, devoraba un muslo de ave con la concentración de quien cumple un deber.

Y Rufino, el legado grueso y colorado de la Flavia, estaba sentado casi al final de la mesa derecha, junto a dos tribunos de la Itálica.

Había palidecido. No había tocado la comida.

Tenía el rostro brillante de sudor, y de cuando en cuando se pasaba la lengua por los labios, y miraba hacia la puerta.

Hermeros llegó cuando se servía el tercer plato.

Entró por la puerta lateral con dos esclavos que cargaban el ánfora grande, de boca ancha, sellada con la hoja de vid.

Él llevaba en brazos la pequeña. Venía blanco como la cal, con la cara hundida, y el cuello de la túnica empapado de sudor.

Se detuvo ante la mesa de honor y se inclinó con una reverencia temblorosa.

— Legado Sabino —dijo, con voz clara, aunque le temblaba—. Con permiso. Traigo el vino que el tribuno Lucio Valerio Casto ofreció para el banquete. Lamenta no poder estar presente. Su padre está gravemente enfermo, y ha partido de urgencia a Italia. Me ha encargado que lo sirva en su nombre.

Hubo un murmullo. Sabino asintió con un gesto benévolo. —Lamentamos la ausencia. Que los dioses protejan a su padre. —Gracias, legado.

—Servid.

Los esclavos descorcharon el ánfora grande, y el aroma del Falerno se extendió por la sala, denso, dulce, embriagador.

Llenaron las copas, una a una, recorriendo las mesas.

Yo vi cómo Rufino, al ver llegar el ánfora, se ponía rígido.

Vi cómo sus ojos buscaban a Hermeros. Vi cómo los de Hermeros rehuían los suyos.

Y vi cómo el legado, con los labios temblando, miraba la ánfora pequeña que el secretario sostenía en los brazos, y que debía reservarse, según el plan, para el brindis del amanecer.

— Y esta —dijo Hermeros, alzándola un poco—, es una ánfora especial. Reservada para el brindis final, al amanecer, en honor del nuevo augusto. Por indicación del tribuno.

— Excelente idea —dijo Sabino.

—Con vuestro permiso —dijo Aureliano.

Era la primera vez que hablaba en toda la noche. Su voz, seca y baja, cortó el murmullo como un cuchillo. Todos se volvieron hacia él. Hermeros se quedó rígido, con el ánfora en los brazos.

—Esa ánfora —dijo Aureliano despacio, sin alzar la voz—. ¿La mejor?

—Eso dijo el tribuno, comandante.

— Falerno de Padania. El de Valerio Casto. El que bebió Augusto. —Sonrió apenas, con una sonrisa fría—. Cuarenta ánforas, ¿no? Las repartió entre sus amigos. Y esta, la última, la guardó para la ocasión.

—Así es.

— Qué detalle. —Aureliano recorrió la mesa con los ojos.

Parecía casual. Era la mirada de un halcón sobre un campo de trigo—.

No se bebe el mejor vino de la casa para el brindis de un amanecer cuando todos estarán medio dormidos.

Se bebe en la mesa, entre amigos, a la luz de las antorchas.

Que lo prueben ahora. Que lo prueben quienes más apreciaban al tribuno.

Se hizo un silencio total. Los músicos dejaron de tocar. Bitis, a mi lado, dejó de masticar.

— Legado Rufino —dijo Aureliano.

Rufino dio un respingo.

—¿Comandante?

— Tú eras amigo íntimo del tribuno Lucio. Se dice que bebíais juntos. Que jugabais a los dados. —Hablaba con suavidad—. Se me ocurre que nadie mejor que tú para apreciar este vino. Hermeros, sírvele una copa. De la pequeña.

—Comandante, yo… — Rufino se había puesto de un color ceniciento—. Estoy indispuesto. No he cenado bien. Quizá otro…

— Una copa. Solo una.

—No creo que…

—Rufino. —Aureliano no había levantado la voz—. Es el vino de un amigo. Sería una descortesía rehusarlo.

Pasó un momento largo. Todos miraban. Rufino, con las manos aferradas al borde de la mesa, la frente perlada de sudor, miró a su alrededor, buscando una salida.

No la encontró. Sus ojos pasaron por Sabino, por Probo, por Aurelio, por los tribunos de la Itálica, que bajaron la vista.

Se Después, de pronto, en mí. posaron un instante en Hermeros.

No sé qué vio. Quizá nada. Quizá solo a un médico griego sentado al fondo de una mesa, con una vara de centurión sobre las rodillas. Pero algo en mi cara, o en mi quietud, le dijo lo que necesitaba saber. Vi cómo su expresión cambiaba. Vi cómo sus ojos se abrían, muy despacio. Vi cómo comprendía.

Hermeros se acercó con el ánfora pequeña.

Rompió el sello. Escanció el vino, un chorro oscuro, brillante, en una copa de vidrio.

Se la tendió. Le temblaba tanto la mano que el vino se derramó sobre el mantel.

Rufino la tomó con las dos manos. La miró.

La olió. Alzó los ojos hacia Aureliano, que lo observaba sin parpadear.

— Por el augusto Claudio —dijo con voz ronca.

Bebió.