CAPÍTULO 10 LA VENGANZA DEL CIRUJANO #6
— No les hagáis daño.
—¿Qué hacemos?
— Los dejáis ir. —Hablé despacio—. Hermeros escribirá un documento. Una carta de libertad, firmada por Lucio. Con el sello. Se les dará dinero. Un pasaje a Italia. —Me pasé la mano por los ojos—. Que digan que su amo partió de noche, a caballo, solo, y que les mandó irse.
Marco Fabricio me miró un largo rato. Después asintió una sola vez.
— Yo me ocupo.
—¿Y el cuerpo?
—Al río. Con piedras. Esta noche. —Hizo una pausa—. Donde no salga hasta la primavera.
— Y la capa.
—Al fuego.
—Y el frasco.
Me incliné. Lo recogí del suelo con dos dedos, envuelto en un paño. Estaba casi vacío. Un resto pardusco oscurecía el fondo. Lo apreté contra el pecho. Pesaba muy poco.
— El frasco es mío —dije.
Salí del granero cuando ya era noche cerrada.
El aire del exterior era gélido y limpio, y olía a nieve y a río.
Respiré hondo, una, dos, tres veces, con los ojos cerrados, y me apoyé contra la pared de piedra.
Sentía las piernas de agua. Detrás de mí, en el granero, se oían las voces bajas de los hombres que cargaban el cuerpo, el crujido de los sacos, el chapoteo de algo pesado arrastrado por el suelo. Intenté no escucharlo.
Caminé hasta el río.
Estaba a treinta pasos, entre los sauces, una cinta negra y ancha, con la corriente rizada por pequeñas ondas plateadas.
Me arrodillé en la orilla, sobre el hielo roto.
Saqué el bisturí de la serpiente de debajo del manto.
La luz de la luna lo iluminó: la hoja estrecha, curva, de acero fino, teñida hasta la empuñadura de un rojo oscuro.
El mango de hueso, pulido por cuarenta años de manos, estaba resbaladizo.
Lo hundí en el agua.
Estaba helada. Me quemó la mano. La frotaba con arena, con ceniza, con la uña, como había hecho la noche de la Hoz, como había hecho en la orilla del Danubio con el cuerpo de Hunila.
Frotaba con una fuerza casi violenta, hasta que la sangre se fue en hilos rojos, que la corriente se llevó.
Lo saqué. Lo miré a la luz de la luna. Estaba limpio. Brillaba.
Lo sostuve así largo rato, en la palma abierta, sin atreverme a envainarlo.
No sentía nada. Eso era lo peor. Esperaba horror, o culpa, o llanto.
Esperaba vomitar. Pero no sentía nada, un vacío blanco y absoluto, como el de la mesa de mármol tras una disección.
Había matado a un hombre. Con mis propias manos.
Con el instrumento de mi oficio. Sin dudar.
Sin temblar. Había sentido la hoja entrar en la carne, el chorro rojo, el pulso que huía, y no se me había movido un dedo.
Y lo había dejado morir. Había tenido sus latidos entre mis yemas, uno a uno, hasta que se apagaron. No había hecho nada.
Pensé en Teón. «Jura que siempre lucharás contra ella».
Pensé en el niño de diecinueve años que, junto a una pira, había creído que jurar era un gesto sencillo.
Pensé en cuánto había cambiado. En cuánto me había parecido, en aquel instante, al hombre que acababa de morir.
«Eres de los míos, griego. Después de todo».
No. No lo era.
Pero un poco sí. Y eso era lo que no me iba a perdonar nunca. Oí un paso a mi espalda. Giré la cabeza.
Era Cástor.
Estaba de pie, a unos pasos, entre los sauces, con un trapo blanco colgando de la mano.
Había bajado del tejado. No sé cuándo. No sé cuánto había visto.
Tenía los ojos muy abiertos y la cara pálida a la luz de la luna, y me miraba con una seriedad infinita, sin juicio, sin miedo, sin reproche.
Dio un paso. Dos. Se arrodilló a mi lado, sobre el hielo roto.
Miró el bisturí que yo sostenía. Me miró a mí.
No dijo nada. No podía. Pero extendió la mano, la mano derecha, abierta, hacia mi garganta.
Me aparté.
Fue un gesto involuntario, brusco, casi un manotazo.
Cástor se quedó inmóvil, con la mano en el aire, mirándome.
Vi en su rostro una sombra de dolor. Y sentí vergüenza.
No podía dejarle tocarme. No podía dejarle sentir el pulso de aquella garganta, ni oír de ella, sin oírlo, el nombre que tenía que pronunciar.
—Aún no —dije con la voz rota—. Esta noche no.
Cástor bajó la mano despacio. Asintió. Se sentó junto a mí, en la orilla, con las piernas cruzadas, mirando el río.
No volvió a mover la mano. Nos quedamos así mucho tiempo, los dos, en silencio, bajo la luna.
Detrás, en el granero, las voces de los hombres se fueron apagando.
Alguien arrastró algo hasta el agua. Hubo un chapoteo largo, sordo, y después nada.
Envainé el bisturí. Lo guardé en su estuche. Lo oculté bajo la túnica.
Era necesario. Lo sabía. Lo supe entonces y lo he sabido siempre.
Sin Lucio, la conjura se deshacía. Aureliano viviría.
El ejército no se dividiría. La guerra civil, aquella vez, no ocurriría.
Cuarenta mil hombres dormirían tranquilos, sin saber que una noche, en un granero, un médico griego había cortado un miembro gangrenado para salvar el cuerpo.
Era necesario. Y nunca he podido perdonármelo. Las dos cosas son verdad. Y he aprendido, con el tiempo, que es lo más difícil que le pasa a un hombre: cargar a la vez con la necesidad y con la culpa, sin que una apague a la otra.
A la mañana siguiente, grabé en el borde de la segunda tablilla, con letra muy pequeña, un nombre más.
Lucio.