El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma CAPÍTULO 10 LA VENGANZA DEL CIRUJANO #5
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CAPÍTULO 10 LA VENGANZA DEL CIRUJANO #5

Fue un gesto breve. Una línea corta, ascendente, de abajo arriba, a la altura del muslo izquierdo de Lucio, un poco por dentro, donde el músculo se pliega sobre el hueso y el gran vaso, el que alimenta toda la pierna, corre bajo una delgada capa de carne.

Sentí la resistencia leve de la tela, de la piel, del músculo.

Sentí la hoja entrar. Y sentí, de pronto, la nada, el vacío, la ligereza de un instrumento que ha cortado lo que debía.

La daga de Lucio pasó a un dedo de mi cuello y se hundió en un saco de grano.

Lucio se quedó inmóvil.

Me miró. Había en su rostro una expresión extraña, de sorpresa pura, casi infantil.

Bajó la vista, despacio, hacia su pierna.

En la tela de su calza, a la altura del muslo, se abría un corte oscuro, y de él empezaba a brotar un chorro rojo, brillante, a borbotones, con el ritmo exacto de un pulso.

Cada latido, un chorro. Cada chorro, más fuerte.

Salpicaba el suelo de tierra, los sacos, la capa granate, que se oscurecía por momentos.

—Vaya —dijo Lucio, con voz suave.

Soltó el frasco. Cayó al suelo con un tintineo y rodó hasta la mesa, dejando tras de sí una estela de líquido pardusco, que se mezcló con la sangre en un charco espeso.

Subió hasta mí un olor denso, que conocía demasiado bien: vinagre, y bajo él, la dulzura repugnante, casi amable, de la costra de los pozos.

El olor del Mercader. El olor de la granja de Naissus.

El del pozo de la fuente oriental. El del frasco de plata que se vaciaba, ahora, sobre el suelo del granero, mezclándose con la sangre de su dueño.

Lucio se dejó caer sobre un saco, con las piernas estiradas. Se puso las manos sobre el muslo, en un gesto instintivo, tratando de contener la hemorragia. La sangre manaba entre sus dedos.

— Es la femoral —dijo, con una calma casi asombrada—. ¿No? —Sí.

—La del lado bueno. La que me salvaste.

—Sí.

Soltó una risa corta, perpleja.

—Qué ironía. —Alzó la vista—. Justo ahí.

—Justo ahí.

Se hizo un silencio. Nadie se movía. Marco Fabricio, con la espada en la mano, miraba al tribuno con los ojos muy abiertos.

Arrio, a mi izquierda, se había llevado el puño a la boca.

Los dos soldados jóvenes, a un lado, habían palidecido.

En el rincón, Hermeros se había deslizado por la pared hasta quedar sentado en el suelo, con la cabeza entre las rodillas, vomitando sin ruido.

Yo no me había movido. Estaba de pie, a dos pasos de Lucio, con el bisturí en la mano derecha. La hoja goteaba. En mi mejilla izquierda sentía una quemazón leve, donde el líquido del frasco me había rozado. Me pasé la manga por la piel. Cuando la bajé, la tela estaba manchada de un pardo claro.

— Puedes salvarme —dijo Lucio.

No contesté.

— Eres cirujano. Es una arteria. Un nudo. Dos nudos. —Su voz era serena, casi didáctica—. Con un cinto y un hilo. Lo has hecho cien veces. Lo vi en Naissus.

— Sí.

—Entonces ¿por qué no lo haces?

No pude responder. Sentía que las piernas no me sostenían. Me temblaba todo el cuerpo, pero la mano derecha, la que sostenía el bisturí, estaba quieta, firme, de una firmeza horrible. Era la mano de siempre. La que no temblaba nunca.

Me arrodillé. Lo hice sin darme cuenta, ante él, en el barro de sangre y de grano. Y le puse los dedos en el cuello, para tomarle el pulso, como si fuera un paciente. Estaba rápido, fuerte, regular. Todavía.

Podía salvarlo. Lo sabía con una claridad absoluta.

Un cinto apretado sobre la ingle. Un hilo de lino.

Un nudo en el extremo seccionado del vaso, dos si hacía falta.

Cuatro minutos. Quizá cinco. Había salvado la vida a Arrio con una herida peor.

Había salvado la de aquel mismo hombre, tendido en un camastro de Emona, con la pierna negra.

No lo hice.

Me quedé de rodillas, con los dedos en su cuello, contando. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Contando como me había enseñado Teón, con los ojos cerrados, escuchando el latido que se hacía más débil, más rápido, más tenue. Seis. Siete. Ocho.

—Ya veo —murmuró Lucio.

Abrí los ojos. Me miraba con una expresión de comprensión serena, casi cariñosa. Se había puesto muy pálido. Los labios, azulados. Las manos, aferradas aún al muslo, resbalaban sobre la sangre.

—No ibas a hacerlo —dijo—. Te equivoqué. —Sonrió con esfuerzo—. Eres de los míos, griego. Después de todo. —No soy de los tuyos.

—No. —Cerró los ojos un instante—. Pero un poco sí. —Respiró con dificultad—. Dime una cosa.

— Dime.

—¿Cómo me llamaré en tu tablilla?

No esperaba aquello. Me quedé sin aliento.

— Lo sé todo —susurró—. Los esclavos cuentan. Escribes los nombres. De todos. Hasta de los godos. —Una sonrisa leve—. Pon el mío. Pon… Lucio. Que no se diga que a mí… no me apuntaste.

—Lo pondré.

—Bien. —Abrió los ojos, vidriosos, y los fijó en mí—. Me debías una pierna.

— Te la debía yo a ti. Tú la tenías de mí.

—Es lo mismo. —Un ruido burbujeante, como una risa, le sacudió el pecho—. Las cosas que se deben… se pagan.

Se quedó callado. Los ojos verdes, brillantes, se fueron apagando despacio, como se apaga una lámpara sin aceite.

Su mano resbaló del muslo y cayó sobre el suelo, abierta, con la palma hacia arriba.

El pulso, bajo mis dedos, tembló, se espació, se perdió.

Esperé. Esperé un minuto entero, con los ojos cerrados.

No volvió.

Lucio Valerio Casto, hijo de senador, tribuno de la caballería iliria, de veintiocho años, murió sobre un saco de grano en un granero abandonado, con la femoral seccionada por un bisturí de bronce, y a su alrededor, sobre la sangre que se enfriaba,

goteaba lentamente el veneno que había destinado a otro hombre.

El mismo con que había matado a ciento cuarenta soldados de la Itálica.

El mismo con que habría matado a Aureliano.

Murió con los ojos abiertos. Se los cerré.

Marco Fabricio fue el primero en moverse.

Se acercó con paso lento, se agachó junto al cuerpo, le tocó el cuello, la muñeca, los ojos. Se quedó un momento inmóvil. Luego se incorporó, se limpió la mano en el manto, y me miró.

— Está muerto.

—Sí.

—¿Qué hacemos con él?

Tardé en responder. Tenía la cabeza vacía. Fue Hermeros quien habló, desde su rincón, con una voz desgarrada, pero extrañamente clara.

—Yo escribo la carta.

Todos nos volvimos hacia él. Se había incorporado, tambaleándose, con la cara cenicienta y los ojos hundidos. Se apoyaba en la pared. Tenía el borde de la túnica manchado de vómito.

— Lucio ha sido llamado a Italia —dijo—.

Por su padre. Que está enfermo. Parte esta noche, con sus dos esclavos, y no podrá asistir al banquete ni a la asamblea.

Lo dejará todo en manos de Rufino. —Tragó saliva—.

Conozco su letra. La he visto mil veces.

Puedo escribir una carta a Rufino, y otra a Domicio Sabino, para excusarlo.

Y firmarla con su sello. Su sello lo lleva él. —Miró el cuerpo—. Lo tiene en el cinto.

Nadie dijo nada. Marco Fabricio, con un gesto seco, se agachó, buscó en el cinto del muerto, y sacó un anillo grueso de oro, con una hoja de vid grabada en la piedra. Se lo tendió a Hermeros, que lo cogió con las dos manos, como quien recibe una reliquia sucia.

—Rufino sin Lucio no se atreverá —murmuró Arrio, con la voz ronca—. Es un cobarde. Sin él, no hará nada.

—Y los otros tribunos —dijo Marco Fabricio—. Sin cabeza, se dispersarán.

— Sí.

—¿Y los esclavos? —pregunté.

—Están vivos —dijo uno de los soldados jóvenes, con un hilo de voz—. Dormidos. Les dimos con la porra.