CAPÍTULO 10 LA VENGANZA DEL CIRUJANO #4
Es duro. Es muy duro, ver morir a alguien a quien se quiere.
Pero ya pasó. Todo ha pasado. Dentro de dos días, esto habrá terminado, y tú podrás ir a buscar a tu hija.
—Hizo una pausa—. Calpurnia, ¿no? Doce años.
Una niña encantadora. La vi una vez, en Ticinum, jugando con los hijos de mi hermana.
Hermeros se quedó rígido. Se le contrajo la cara. Lucio, sin dejar de sonreír, enrolló el papiro con cuidado y se lo guardó en el cinto.
—Gracias —dijo—. Esto será útil.
Fue entonces cuando salí de las sombras.
No sé qué esperaba. Un sobresalto, quizá. Un grito, un salto, una mano a la espada. Algo que justificara lo que iba a hacer. No ocurrió nada de eso. Lucio, al oír mis pasos, giró la cabeza con una lentitud tranquila y me miró. Cuando me reconoció, su sonrisa se ensanchó.
—Centurión —dijo—. Qué sorpresa.
Me detuve a tres pasos de él. Hermeros, a su lado, retrocedió hacia la pared con los ojos desorbitados.
—Tribuno.
—No esperaba verte aquí. —Alzó las cejas—. ¿Has venido a hablar con Hermeros? ¿Problemas de secretaría?
—He venido a hablar contigo.
— Qué honor. —Hizo una pequeña reverencia, medio burlona—. Aunque, siendo sinceros, no es el mejor sitio para una conversación. Hay corrientes de aire.
Se oyó entonces, fuera, un ruido sordo. Un golpe apagado, como de un saco que cae. Después otro, más breve. Un grito ahogado que se cortó en seco. Después silencio.
Lucio no se inmutó. Ladeó ligeramente la cabeza, escuchó, y después, con una suavidad infinita, sonrió.
— Mis esclavos —dijo.
—Están bien. Están dormidos.
— Qué amable. —Suspiró—. Eran buenos chicos. Muy discretos. Los tuve desde niños. —Me miró con los ojos verdes, brillantes, casi divertidos—. Supongo que tras la puerta hay más gente.
— Sí.
—Y que si trato de salir, no saldré.
—No.
— Entiendo. —Se sentó con calma sobre un saco de grano, con las piernas cruzadas y las manos sobre la rodilla, como quien se dispone a oír un cuento—. Pues entonces, centurión, hablemos. Ya que estamos aquí.
Marco Fabricio y los dos soldados salieron de las sombras del fondo.
Arrio y el otro, del lado opuesto. Se colocaron en semicírculo, a pocos pasos, en silencio, con las espadas desnudas.
Lucio los miró uno a uno. Cuando llegó a Arrio, que lo observaba con la mandíbula tensa y los ojos duros, alzó una ceja.
— Sexto Arrio —dijo—. El del hombro. Me alegra verte repuesto. Arrio no contestó.
— No hace falta tanta gente —prosiguió Lucio, con ligereza—.
Yo no tengo armas. Solo mi daga de adorno.
Y una colección de recuerdos. —Se llevó la mano al cinto, sin prisa, y sacó de él un frasco pequeño de plata, del tamaño de un puño, con el tapón sellado con cera roja.
Lo sostuvo ante la luz de la lámpara y lo hizo girar entre los dedos—. Esto, por ejemplo. ¿Sabéis qué es?
Nadie respondió.
— Es una belleza. Un trabajo de orfebre de Alejandría. Me lo regaló mi padre cuando cumplí veinte años. —Sonrió—. Lo he usado para otra cosa, últimamente.
Habló durante casi media hora. Y es lo más espantoso de todo lo que ocurrió aquella noche: que habló sin que nadie se lo pidiera, con la voz grave y cordial de un hombre que cuenta una anécdota a unos amigos. Sin culpa. Sin miedo. Sin una sola nota falsa.
Dijo que hacía tiempo que me esperaba. Que desde el día de la tienda, cuando me había mostrado la capa con el desgarrón, había supuesto que lo sabía. Que le habría gustado que fuera de otro modo, porque yo le caía bien. Que había hecho cuanto podía para mantenerme al margen. Que me debía una pierna.
— Por eso estás vivo, griego —dijo con dulzura—. Lo sabes, ¿verdad? Una palabra mía, un frasco en tu tienda, un criado con un cuchillo. Y la peste de la Itálica se habría llevado también al médico. Pero te debía una pierna. Y yo pago.
— Gracias —dije, con una voz que no reconocí.
—No hay de qué. —Rio—. Era una cuestión de honor.
Habló de su padre. Valerio Casto, senador.
Un hombre viejo y sereno, que amaba el vino y los libros y la conversación, y que había visto, a lo largo de su vida, cómo Roma se hundía en manos de soldados.
Treinta años de emperadores de cuartel, de generales ambiciosos, de bárbaros con toga.
Treinta años de nobles asesinados, de patrimonios confiscados, de consulados vendidos al mejor postor.
Treinta años en que los hombres cuyos antepasados habían fundado la República habían sido expulsados de los cargos, apartados del mando, humillados por Galieno, que les prohibió comandar legiones, y ahora por un campesino de Dardania que ni siquiera sabía leer griego.
— Claudio era un buen hombre —dijo Lucio—.
Lo reconozco. Honrado. Valiente. Humano.
Un hombre bueno. Pero ¿qué sabía de gobernar?
¿Qué sabía de leyes? ¿De finanzas? ¿De diplomacia?
Era un soldado. Un buen soldado. Pero Roma necesita algo más que soldados.
—Alzó los ojos—. Roma necesita a quienes han sido educados para gobernarla.
—Por eso envenenaste el agua.
— Por eso. —Asintió—. No me avergüenzo. No de eso.
Fue una operación. Dolorosa, claro. Pero necesaria.
—Me miró con una simpatía cálida—. Tú, mejor que nadie, deberías entenderlo.
Eres cirujano. Sabes que para salvar un cuerpo a veces hay que cortar un miembro.
Yo amputé lo que hacía falta. Un ejército de bárbaros romanizados, de campesinos con espada, que pretendía dictar al Senado lo que debía hacer.
Una legión de la Itálica, o dos. Seiscientos hombres.
Ciento cuarenta muertos. Para evitar que el imperio entero cayera en manos de quienes lo destruirían.
— Sonrió—. Es una cuenta sencilla. Ciento cuarenta contra cien mil.
No dije nada. Sentí que una frialdad extraña me recorría el cuerpo. Era lo mismo que me había dicho a mí mismo, en la madrugada, sentado en el borde del jergón: «Es una amputación». Las mismas palabras. La misma lógica. En boca de un hombre al que yo estaba a punto de matar.
—Eutiquio —dije.
— Pobre Eutiquio. —Suspiró—. Era un buen hombre. Pero hablaba demasiado. Y sabía demasiado. Tuve que hacerlo yo mismo, porque no había nadie de confianza. Con un cuchillo de barbero. —Hizo una mueca—. No me gustó. Eso no te lo niego.
—Y Aureliano.
— Y Aureliano. —Su sonrisa se apagó un poco—.
Sí. Es el único problema. El único hombre del imperio que puede sostener esto, y el único que no podemos permitir.
Si llega al trono, acabará con la nobleza.
Con el Senado. Con todo lo que somos. —Se encogió de hombros—.
Es una lástima. Lo admiro. Pero hay cosas que no se pueden permitir.
—Mañana por la noche.
— Mañana por la noche. —Alzó el frasco de plata—. Una copa de Falerno. Con unas gotas de esto. Será rápido. No sufrirá. —Hizo una pausa—. Al amanecer, el ejército proclamará a Quintilo. Que es un buen hombre, ya lo sabes. Y manejable. Y todo habrá terminado.
—¿Quién más lo sabe?
— Rufino. Algunos tribunos de la Itálica. Mi padre, claro, y una docena de senadores. —Sonrió—. Sabino no. Es demasiado honrado. Aurelio Casiano, tampoco. Ese bruto ni sospecha. Probo… —Frunció el ceño—. Probo es una incógnita. Pero no importa. Probo no hará nada.
—Hermeros.
Lucio giró la cabeza hacia el secretario, que seguía pegado a la pared, con las manos sobre la boca y los ojos desorbitados.
—Hermeros es un pobre diablo —dijo con ternura—.
No ha hecho nada. Solo ha firmado una nota, que ni siquiera sabía para qué servía.
Su hija estará bien. Siempre que él calle. —Alzó una ceja—. ¿Lo harás, Hermeros?
Hermeros no pudo responder. Tenía los labios temblando. —Bien. —Lucio volvió a mirarme—. Ya lo sabes todo, centurión. Más de lo que sabe nadie. Y ahora, ¿qué piensas hacer?
Se puso de pie, con una lentitud elegante. Se alisó la capa granate. Se pasó la mano por el pelo castaño, que le caía en rizos sobre la frente.
— ¿Denunciarme? —preguntó—. No tienes pruebas.
Un sello, un hilo, un fragmento de ánfora.
Las palabras de un godo moribundo y de un secretario aterrorizado.
Contra la de un tribuno hijo de un senador.
Y además has jurado callar, ¿verdad? Lo sé.
Conozco a Claudio: no era hombre de guerras civiles.
Te lo habrá hecho prometer. —Sonrió con suavidad—.
¿Matarme? Tú no matas, griego. Eres médico.
Lo miré. Estaba de pie ante mí, a dos pasos, con los brazos sueltos, la sonrisa serena, la luz de la lámpara dorándole el rostro. Parecía el hombre más tranquilo del mundo. Parecía un amigo.
Y pensé, con una claridad que me heló el pulso, que tenía razón. Que yo no mataba.
Que nunca había matado.
Saqué la mano derecha de debajo del manto.
Lucio vio el bisturí.
La luz de la lámpara resbaló sobre la hoja, curva y estrecha, y se quebró en un destello fino.
Vi cómo sus ojos verdes se fijaban en ella, un instante, con una curiosidad serena, casi afectuosa.
Sonrió. —Qué bonito —dijo—. Es un instrumento antiguo, ¿verdad?
Se ve. Tiene el mango de hueso. —Alzó la vista—. ¿Es el que me salvó la pierna?
— Es otro.
—Qué lástima. —Suspiró—. Habría tenido una simetría hermosa.
Y entonces, sin aviso, con un movimiento tan rápido que no lo vi venir, hizo dos cosas a la vez.
Con la mano izquierda arrancó el tapón de cera del frasco de plata y lo lanzó hacia mi cara.
Con la derecha sacó la daga del cinto. Todo fue un solo gesto, fluido, sin una vacilación, el de un hombre que había previsto cada posibilidad, incluida esta.
Me tiré a un lado. Algo me rozó la mejilla, un hilo frío, líquido, que olía a vinagre y a algo dulce. Oí un grito de Arrio. Oí el chasquido de las espadas al desenvainarse. Y vi la daga de Lucio, que venía hacia mi garganta en un arco rápido y brillante.
No pensé. No hubo en mí, en aquel segundo, nada parecido a un pensamiento.
Hubo solo el cuerpo, que sabía lo que sabía.
Lo que Teón me había enseñado en la bodega.
Lo que había visto, mil veces, bajo la luz de las lámparas, sobre la mesa de mármol con canales: el mapa del cuerpo humano, trazado con precisión en la memoria de mis manos.
Sabía dónde corre cada vaso. Sabía a qué profundidad. Sabía qué corte no perdona.
Mi mano derecha, con el bisturí, se movió sola.