El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma CAPÍTULO 10 LA VENGANZA DEL CIRUJANO #3
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CAPÍTULO 10 LA VENGANZA DEL CIRUJANO #3

— Esos nueve que murieron no murieron por culpa de Fusco. — Respiré hondo—. Ni los ciento cuarenta de la Itálica, el mes pasado. Ni el criado Eutiquio, ni los que vendrán. Los mató alguien. Alguien que está en este campamento.

Marco Fabricio me miró sin parpadear. Tardó en hablar. —¿Quién?

—No te lo voy a decir. —Hice una pausa—. No puedo. —¿Por qué?

—Por una promesa.

—¿A quién?

—A un muerto.

El centurión asintió despacio. Era un hombre que sabía lo que era una promesa a un muerto. Se frotó la cabeza rapada con la mano, y miró un momento hacia el cielo, gris, cargado de nieve.

— Dime qué quieres —dijo al fin.

—Un favor. Y una discreción absoluta. Sin preguntas. —¿Es contra la ley?

—Sí.

—¿Es contra la justicia?

Me quedé callado.

—No —dije—. Es contra mi conciencia. Y es por la justicia.

Marco Fabricio sonrió. Era la primera vez que lo veía sonreír. Una sonrisa corta y dura, de dientes cuadrados.

— Médico —dijo—. En diecisiete años a las órdenes de Fusco aprendí una cosa.

Que a veces la ley y la justicia son hermanas, y a veces son primas, y a veces ni se conocen.

—Se encogió de hombros—. Yo no soy filósofo.

Pero vi cómo degradaron a un hombre honrado por un acto de piedad.

Y vi cómo ese hombre pidió ir a primera fila para morir con dignidad.

Y vi cómo moría. —Su voz era grave y baja—.

Dime a quién. O no me lo digas. Pero dime cuándo.

— La víspera del banquete de los legados. Al anochecer. —¿Dónde?

—En el viejo granero de la ribera. El que está junto a mi hospital.

—Lo conozco. —Marco Fabricio asintió una vez—. ¿Cuántos hombres?

—Los menos posibles. Tres. Cuatro.

— Tengo tres que no hablan. —Hizo una pausa—. Y uno que se lo debe todo a Fusco. Un veterano con el hombro roto, que nos debe una botella de vino.

— Sexto Arrio.

—El mismo.

Sentí algo parecido a un nudo en la garganta. Dije:

—Gracias.

— No me las des, médico. —Se dio la vuelta para volver con sus reclutas, y se detuvo, sin mirarme—. Una cosa. Cuando esto termine, y si salimos de esta, quiero saber por qué. No hoy. Algún día. Cuando ya no pese.

— Te lo diré.

—Bien.

El plan fue sencillo. Eso fue lo terrible.

Lo pensé con una frialdad que no reconocía.

Hermeros era el secretario del Estado Mayor, y como tal le correspondía confeccionar la lista de la guardia del palacio para la noche del banquete.

Lucio, que servía el vino y que tenía que moverse por la sala sin que nadie lo vigilara, necesitaba saber con exactitud dónde estaría cada centinela, cada ordenanza, cada criado.

Lo había pedido, según me había dicho Hermeros, tres veces.

Y Hermeros, obediente como siempre, había prometido entregárselo.

Ahora le diría que no había podido hacerlo en la secretaría, donde los escribas lo vigilaban, y que le dejaría el documento en un lugar discreto: el viejo granero de la ribera, al anochecer, la víspera del banquete.

Lucio iría. Era un hombre prudente, pero también confiado.

Iría solo, o con dos esclavos, con su capa granate y su sonrisa.

Y encontraría esperándolo, en la penumbra, a un médico griego con una vara de centurión.

—¿Y Hermeros? —preguntó Seutes, cuando se lo conté en la cocina, con voz espesa, mientras revolvía una olla.

— Estará en el granero. Es el cebo.

—Lo van a matar.

— No. —Negué con la cabeza—. Marco Fabricio y sus hombres estarán allí antes. Hermeros hará lo que le pido, y luego se esconderá. Y mañana, cuando todo termine, cabalgará a Ticinum a buscar a su hija, con una escolta de Aureliano.

—¿Aureliano lo sabe?

— Aureliano sabrá que Hermeros quiere sacar a su hija de Italia por razones familiares. —Me encogí de hombros—. Lo concederá sin preguntar.

Seutes dejó de revolver. Se volvió hacia mí, con la cuchara en la mano y los ojos muy abiertos, en su cara barbuda y colorada.

— Médico —dijo—. ¿Qué vas a hacer?

Callé.

— Llevo tres meses a tu lado. Te he visto llorar por un chico de Mutina. Te he visto sentarte junto a un godo moribundo a oír su nombre. —Su voz se quebró—. No eres un hombre para esto.

— Lo sé.

—Entonces ¿por qué?

—Porque hay hombres a los que se debe una cosa. —Lo miré—. Y yo se la debo a los muertos.

Seutes no dijo nada. Se limpió las manos en el delantal. Cogió de un estante un frasco pequeño de vino de Tasos y me lo puso en la mano.

— Bebe. Un trago. No es bueno hacerlo con la cabeza fría. —No bebo antes de operar.

—Esto no es operar. —Bajó la vista—. Esto es otra cosa. Cogí el frasco. Lo miré. No lo abrí. Lo dejé sobre la mesa. —Gracias, Seutes.

—No se merecen. —Se secó los ojos con la manga—. Vuelve, ¿entiendes? Después de esto. Vuelve.

Prometí volver.

Aquella noche, a solas en mi cuarto, con la lámpara baja, saqué el bisturí de la serpiente de su estuche.

Lo sostuve a la luz. La hoja, estrecha, curva, de acero fino, reflejó la llama.

El mango de hueso, pulido por cuarenta años de manos, era tibio y suave.

Pensé en Aulo Cornelio, el viejo cirujano de Agrigento que pegaba a sus discípulos con una vara de olivo.

Pensé en Filón, que me lo había dado «para el que lo mereciera».

Pensé en lo que dirían si supieran para qué iba a usarlo.

Lo guardé de nuevo. Y me quedé mirando el estuche cerrado durante mucho tiempo.

El viejo granero de la ribera era un edificio de piedra gris, de planta rectangular, con el techo medio hundido y una puerta doble de roble negro que colgaba de un solo gozne.

Lo habían abandonado hacía años, cuando el nuevo puerto de Sirmium se trasladó aguas arriba, y desde entonces servía de refugio a los gatos, a los mendigos y a las lechuzas.

Estaba en una pequeña explanada junto al Savo, a unos cien pasos de mi tienda del hospital, entre un grupo de sauces desnudos y un montón de maderos podridos.

Por dentro, bajo las vigas, había una nave larga y oscura, llena de sacos podridos, de cestos rotos, de telarañas, y al fondo, en un rincón, una mesa de roble que algún intendente había abandonado allí al irse.

Olía a moho, a orina de gato, a grano viejo.

A través de las grietas del tejado entraban, a esa hora, rayos de un rojo oscuro, que dibujaban sobre el suelo franjas largas y temblorosas.

Llegué antes del atardecer. Me acompañaban Marco Fabricio, tres de sus soldados, Sexto Arrio, con el hombro vendado, y Cástor.

Cástor no debía estar. Se lo había prohibido, con gestos claros, esa misma mañana, en mi cuarto.

Pero a las cinco de la tarde lo encontré esperándome ante la puerta del hospital, con el abrigo puesto y un cuchillo al cinto, de pie, inmóvil, con aquella terquedad de piedra.

No discutí. No tuve fuerzas. Le dije por señas que se quedara fuera, subido al tejado del almacén vecino, vigilando el camino de la ciudad.

Si veía a alguien acercarse, debía agitar un trapo blanco.

Asintió. Subió por una escalera de mano, ágil como un gato, y se tendió en el tejado, con la barbilla sobre los brazos, sin apartar los ojos del camino.

Dentro, repartí a los hombres. Marco Fabricio y dos soldados se ocultaron tras los sacos del fondo, a la izquierda de la puerta.

Arrio y otro, a la derecha, entre los cestos rotos.

El cuarto soldado se quedó fuera, tumbado en la hierba, junto a la pared, con una cuerda y una porra.

Yo me puse en el rincón más oscuro, detrás de una pila de ánforas viejas, a seis pasos de la mesa, con la vara de centurión en el cinto y, en la mano derecha, bajo el manto, el bisturí de la serpiente.

Hermeros llegó cuando el sol se ponía.

Entró por la puerta con paso vacilante, encorvado, con la capucha echada sobre la cabeza y un rollo de papiro en las manos.

Se detuvo en el umbral. Miró a su alrededor, parpadeando, tratando de acostumbrar los ojos a la penumbra.

Estaba blanco como la cal. Temblaba tanto que el papiro, entre sus dedos, se agitaba como una hoja.

— ¿Hay alguien? —murmuró.

Nadie respondió.

Fue hasta la mesa del fondo, a pasos cortos, tambaleándose. Dejó el rollo sobre ella. Se quedó de pie, con las manos apoyadas en la madera y la cabeza gacha, respirando con dificultad. Lo vi, desde mi escondite, tragar saliva una y otra vez, como un hombre al borde del desmayo.

Pasaron diez minutos. Quince. La luz roja de las grietas se apagaba poco a poco. Un gato cruzó la nave sin ruido. Afuera, el rumor del río, el graznido lejano de un ave. Yo apretaba el mango del bisturí con tanta fuerza que se me habían dormido los dedos.

Entonces oí los pasos.

Eran dos pares. Unos ligeros, rápidos, de sandalia: los esclavos.

Otros más lentos, seguros, de bota de cuero: el amo.

Se acercaron por el camino de la ribera, sin prisa, con el crujido de la grava bajo los pies.

Se detuvieron ante la puerta. Una voz joven, clara, risueña, dijo algo que no entendí, y los pasos más ligeros se alejaron hacia un lado. Los más lentos entraron.

Lucio Valerio Casto cruzó el umbral del granero con su capa granate echada sobre los hombros, la cabeza descubierta, las manos desnudas.

A la luz moribunda de las grietas, su rostro era el de siempre: juvenil, afable, con los ojos verdes brillantes y la sonrisa que le arrugaba las comisuras.

Caminaba con ligereza. Silbaba, muy bajo, entre dientes, una melodía alegre que no reconocí.

—¡Hermeros! —dijo, al verlo—. Qué lugar tan siniestro has elegido. Parece sacado de una tragedia.

—Tribuno. —Hermeros se enderezó con un sobresalto—. Gracias por venir.

—Faltaría más. —Se acercó a la mesa, sin prisa, con las manos a la espalda—. ¿Lo traes?

—Aquí. —Hermeros señaló el rollo—. La lista de la guardia. Los turnos. Las puertas. Como pediste.

Lucio lo desenrolló. Lo leyó a la luz de una lámpara que había en la mesa, y que Hermeros, con manos temblorosas, había encendido al llegar.

Leyó despacio, moviendo apenas los labios, con la atención de un hombre que examina un contrato.

Una vez, dos, asintió. Una vez frunció el ceño. Después alzó la vista.

— Estás sudando —dijo.

—Hace calor.

—Estamos en febrero.

—Yo… tengo fiebre. Me ha subido hoy. No es nada.

Lucio lo miró un instante con una expresión extraña, curiosa, casi tierna. Después sonrió.

—Pobre Hermeros —dijo con suavidad—. Cómo has adelgazado. Estás hecho un asco. Llevas semanas sin dormir, ¿verdad? —Sí.

— Lo comprendo. —Le dio una palmadita en el brazo—.