El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma CAPÍTULO 10 LA VENGANZA DEL CIRUJANO #2
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CAPÍTULO 10 LA VENGANZA DEL CIRUJANO #2

No supe qué responder. Lo miré largo rato.

Pensé en el sello del delfín. En la mirada que me había dirigido en el último consejo, aquella súplica muda.

En el «perdóname» roto, sobre las losas del pasillo.

Pensé que había dos clases de culpa: la del que hace el mal por gusto y la del que lo hace por miedo, y que la segunda, no sé por qué, duele más a quien la ve de cerca.

—¿Cuándo te lo dijo? —pregunté—. Lo de las ánforas. El Mercader. Eutiquio.

— Nunca. —Negó con la cabeza—. Nunca lo supe hasta que murió.

Lucio no me contaba nada. Solo me pedía cosas.

Cosas pequeñas. El sello. La contraseña de un centinela.

El calendario de una visita. —Se pasó la lengua por los labios—.

Pero después de Naissus, después de que Claudio enfermó, empecé a oír cosas.

Conversaciones a medias. Lucio con Rufino, con otros tribunos de la Itálica.

En voz baja. Siempre que yo entraba, callaban.

— ¿Qué decían?

—Hablaban de Aureliano.

Se me heló la sangre.

—¿Qué de Aureliano?

— Que había que quitarlo de en medio. —Hermeros bajó la voz hasta hacerla casi inaudible—.

Antes de que el ejército lo proclame. Dicen que si Aureliano es emperador, no habrá quien lo derribe.

Que es demasiado fuerte. Que cortará las alas a los senadores, que mandará solo, que no devolverá a la nobleza lo que le ha quitado Galieno.

—Tragó saliva—. Que hay que dejar al hermano de Claudio en el trono, el bueno, el manejable, y gobernar tras él.

Y que para eso hay que eliminar al único hombre capaz de impedirlo.

—¿Cómo?

— No lo sé todo. —Respiró con esfuerzo—.

Pero sé esto. La víspera de la asamblea, la noche anterior a las calendas, habrá un banquete.

Lo manda Domicio Sabino, como jefe de los legados.

Será en el palacio, en la gran sala. Asistirán todos los mandos.

Y Aureliano, naturalmente, de honor. —Me miró a los ojos—.

Lucio llevará el vino. Lo ha ofrecido. Falerno de Padania, el de su padre.

Dos ánforas, para los brindis. Lo ha dicho en voz alta delante de todos.

Un regalo de la casa Valeria al futuro emperador.

Sentí que se me secaba la boca.

—Dos ánforas.

— Una para todos. Y otra, pequeña, para el brindis final, el que se hace al amanecer con el nuevo augusto.

Esa la sirve él mismo. Con su mano. —Se estremeció—.

Ya la tiene. La he visto. La guarda en su tienda, bajo la cama, envuelta en un paño.

Y he visto algo más. Un frasco de plata, del tamaño de un puño, con tapón de cera.

Lo lleva siempre encima, colgado del cinto.

—¿Qué hay dentro?

—No lo sé. —Se le quebró la voz—. Pero huele. A vinagre. Y a algo dulce.

Cerré los ojos.

—Gracias —dije—. Has hecho bien en venir.

— No he hecho bien. He hecho tarde. —Se puso de pie, tambaleándose—.

Pero quería que lo supieras. Que alguien lo supiera, antes de que sea demasiado tarde.

Porque yo no tengo valor para decírselo a Aureliano.

Y a Bitis. Y a nadie. Tengo una hija en Ticinum.

—Una sonrisa miserable le cruzó la cara—. Pero tú… tú tienes la vara.

—No sirve de nada.

—Sirve más que mi sello. —Se echó la capucha sobre la cabeza—. Haz lo que tengas que hacer. Yo no volveré a molestarte.

Salió de la tienda como había entrado, sin ruido, con la cabeza gacha, y se perdió en la oscuridad.

Yo me quedé inmóvil, con las manos sobre la mesa, mirando el envoltorio de tela que había dejado junto a mi bisturí.

Lo abrí. Dentro, sobre un lecho de lino, brillaba un sello de bronce, con un delfín grabado.

Cástor, que se había acercado sin que me diera cuenta, me miraba. Tenía los ojos muy abiertos. No había oído una palabra. Pero había leído mis labios, o había leído mi cara, y sabía que algo había cambiado.

Me puso una mano en el hombro, y esperó.

No fui a ver a Aureliano.

Lo pensé toda la noche, sentado en el borde del jergón, con la manta sobre los hombros y la vara de centurión sobre las rodillas.

Lo pensé con una claridad que no sentía desde la bodega de Teón: cada hipótesis, cada consecuencia, cada puerta que abría o cerraba.

Me dije que era lo más sencillo. Un paso por el patio, una conversación a solas, un murmullo al oído: «Lucio va a envenenar tu copa».

Aureliano me creería. Él mismo sospechaba.

Habría actuado en una hora: soldados, arrestos, interrogatorios, cabezas.

Y justo por eso, no podía hacerlo.

Veía lo que seguiría con la misma nitidez con que había visto, desde el montículo de los sauces, la cuña goda avanzando por la Hoz.

Aureliano mandaría prender a Lucio. A Rufino.

A los tribunos de la Itálica. A todos los que figuraban en mi lista de vinos, y a algunos más que figurarían, porque los hombres como Aureliano no dejan cabos sueltos.

Habría juicios sumarios. Habría confesiones arrancadas con hierro.

Habría nombres de senadores, el de Valerio Casto, el de otros amigos de la casa.

Y Roma, que ya bullía de nobles resentidos, se alzaría.

Los parientes de los ejecutados, sus clientes, sus aliados en el Senado, clamarían que el nuevo emperador, un soldado de origen oscuro, un bárbaro del Danubio, comenzaba su reinado con una purga.

Las legiones se dividirían. La Itálica, la Flavia, las demás.

Y aquello que Claudio había querido evitar con su último aliento, aquello por lo que me había hecho jurar, sería lo primero que ocurriría.

Guerra civil. La treinta y tantas de este siglo.

No. No podía decírselo.

Pero tampoco podía callar. Porque en doce días, en un salón de palacio, bajo las antorchas, un joven encantador de ojos verdes iba a servir de su propia mano una copa de vino a un hombre que no lo sabía, y yo, sentado entre los invitados, con mi vara de centurión y mi silencio, lo vería beber.

Había una tercera vía. La entreví a las cuatro de la madrugada, cuando el frío se me metía hasta los huesos y la lámpara se consumía. La entreví como se entrevé, al fondo de un pasillo oscuro, una puerta que uno no quiere abrir.

Quitar a Lucio.

No arrestarlo. No denunciarlo. No someterlo a juicio. Quitarlo. Sin ruido, sin pruebas, sin escándalo, sin que nadie, jamás, supiera por qué. Sin revelar nada. Sin romper la promesa de callar. Y al mismo tiempo cumpliendo la otra, la de proteger a Aureliano, en la única forma en que podía hacerse.

Me quedé inmóvil. Miré mis manos.

Eran las manos de un médico. Habían cosido heridas, ligado arterias, extraído flechas, cerrado ojos.

Habían tenido en el cuenco de las palmas la vida de cientos de hombres.

Jamás habían quitado ninguna. Y yo, que a los diecinueve años había jurado luchar contra todo lo que mata, que había llorado en la orilla del río por cincuenta mil nombres que no podía escribir, estaba pensando en matar a un hombre.

—No es matar —me dije en voz baja—. Es amputar.

Lo repetí varias veces. Como un conjuro.

Como una receta. Un cirujano que corta un miembro gangrenado para salvar el cuerpo no es un asesino.

Es lo que se hace cuando la infección llega al hueso y no hay otro remedio.

Lucio era la gangrena. Había envenenado a seiscientos hombres.

Había degollado a un criado. Iba a asesinar al único que podía sostener el imperio. Cortarlo no era un crimen.

Era una operación.

No me lo creí. Pero me sirvió para levantarme.

Cástor me estaba mirando desde el umbral.

No sé cuánto tiempo llevaba allí. Era de madrugada, y la nieve entraba por la abertura de la lona, y él estaba descalzo, en camisa, con la tablilla bajo el brazo.

Me miraba con aquella seriedad suya, absoluta, de quien lee en la cara de los demás lo que los demás no dicen.

Hice un gesto. «Vuelve a dormir».

Negó con la cabeza.

Me acerqué. Le puse las manos en los hombros. Lo miré. Y de pronto, sin saber por qué, le hablé, aunque no pudiera oírme, en voz alta, despacio, con los labios muy marcados, para que me leyera.

— Voy a hacer algo malo.

Cástor frunció el ceño.

—Algo muy malo. Algo que va contra todo lo que me enseñaron. Y no quiero que lo sepas.

Cástor me miró fijamente. Después hizo algo que no esperaba. Se llevó la mano a la garganta, en el lugar donde apoyaba los dedos cuando yo leía los nombres. Señaló la tablilla. Me señaló a mí. Y levantó un dedo, solo uno.

Comprendí. «¿Un nombre más?».

—Sí —dije—. Uno más.

Asintió. Con una lentitud grave, como quien acepta una carga, se acercó a mi mesa, cogió el bisturí de la serpiente y me lo tendió, con el mango por delante. Después tomó una piedra de afilar y me la puso en la otra mano. Y se sentó en el suelo, delante de mí, con las piernas cruzadas, a esperar.

No tuve valor de decirle que se fuera.

Marco Fabricio era centurión de la cuarta cohorte.

Lo había conocido de pasada, en los días de la Tienda de los Condenados.

Un hombre ancho y bajo, de cuarenta y cinco años, con los hombros de un buey y la cabeza rapada, que había sido durante diecisiete años el segundo de Marco Septimio Fusco.

Su optio. Su mano derecha. El que sostenía la vara cuando el centurión se cansaba y repetía las órdenes cuando la voz le fallaba.

Cuando Fusco fue degradado, Marco Fabricio ascendió a centurión en su lugar.

Y cuando Fusco murió en mi mesa, él asistió al funeral con la cara de piedra de quien no encuentra manera de llorar.

Lo busqué esa misma mañana. Lo encontré en el patio de armas del cuartel de la cuarta cohorte, pasando revista a un grupo de reclutas. Cuando me vio llegar con la vara en la mano, se cuadró, aunque sin servilismo.

— Centurión —dijo.

—Marco Fabricio. Necesito hablar contigo. A solas.

Me miró un instante. Después dio una orden seca a su optio, y me siguió a un rincón del patio, junto a una tapia, lejos de los reclutas.

Se quedó de pie, con las manos a la espalda, esperando.

Tardé en empezar. No sabía cómo. Había ensayado mil formas durante la noche, y ninguna me parecía honesta.

Al final, dije lo único que se me ocurrió.

— Fusco murió delante.

Marco Fabricio no se movió.

—Lo sé —dijo—. Yo estaba a su lado.

—Me pidió que se lo dijera a alguien.

—Ya me lo dijiste. En el funeral.

—Murió a causa de la lanza goda. Pero lo habían degradado por culpa de un manantial. Por dejar beber a sus hombres. —Lo sé.