El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma CAPÍTULO 10 LA VENGANZA DEL CIRUJANO
70%

CAPÍTULO 10 LA VENGANZA DEL CIRUJANO

Sirmium, finales de enero y febrero del año 270 d. C.

Prometer es fácil. Lo difícil es cumplir cada mañana la promesa, al despertarse, con la luz entrando por la rendija de la lona y el recuerdo de lo prometido pesando sobre el pecho como una piedra.

Había jurado a Claudio dos cosas. Que protegería a su sucesor.

Y que no revelaría nunca lo que sabía de la conjura.

Y descubrí, en los días que siguieron al funeral, lo que cualquier hombre descubre cuando una promesa se pone a prueba: que las dos mitades de un juramento no siempre caben en el mismo cuerpo.

Proteger exigía actuar. Callar exigía quedarse quieto.

Y un hombre no puede, durante mucho tiempo, hacer a la vez las dos cosas.

Aquellos días fueron una espera.

Sirmium, que en enero había sido una ciudad de duelo, se convirtió en febrero en una olla a presión.

El ejército, acuartelado en las casas y en las murallas, no sabía qué hacer.

Había perdido a su emperador, y no tenía otro.

Los mensajeros que Aureliano había enviado a Aquileia volvieron a los diez días con la noticia que Claudio había anticipado: el Senado, reunido en Roma, había proclamado emperador a Quintilo, el hermano del muerto, y Quintilo, sin esperar la opinión del ejército,

había aceptado y se había hecho coronar en Aquileia, rodeado de una pequeña corte de amigos de su familia y de senadores complacientes.

Era un hombre bueno, decían. Honrado. Sencillo.

Había gobernado la ciudad con justicia. Y no tenía la menor idea de cómo mandar un ejército.

Los soldados lo recibieron con un murmullo sordo, de desconfianza.

No era hostilidad. Era algo peor: indiferencia.

En las tabernas de Sirmium, en los cuarteles, en las letrinas, los hombres decían que el hermano del Gótico era un pobre diablo, que no había ganado una sola batalla, que lo habían puesto allí los senadores para manejarlo a su antojo.

Alguien dijo, y la frase corrió de boca en boca, que Roma tenía ahora un emperador de papel.

Alguien añadió que bastaba un soplo para llevárselo.

Aureliano guardó silencio. No emitió un juicio ni una orden.

Se limitó a seguir mandando la caballería, a recibir los partes, a visitar a los heridos, a presidir con una frialdad impecable las ceremonias del luto.

Pero yo lo veía cada tarde, a la hora del crepúsculo, cuando cruzaba el patio del palacio con su paso largo y silencioso, y cada día me parecía más delgado, más duro, más solo.

Los jefes de las legiones lo rodeaban. Los jinetes ilirios lo seguían con ojos de adoración.

Y el nombre de Aureliano, pronunciado al principio en voz baja, fue ganando cuerpo en las conversaciones de los cuarteles, hasta que por fin, a mediados de febrero, uno de los legados de la Itálica, en una asamblea de oficiales, dijo en voz alta lo que todos pensaban.

— El ejército elegirá —dijo Domicio Sabino, con su voz de grava, frotándose la rodilla—. Como dijo el augusto. Y elegirá a quien quiere.

Hubo un murmullo de asentimiento. Se fijó una fecha. Las calendas de marzo. Ese día, a las puertas de Sirmium, el ejército se reuniría en asamblea y proclamaría.

Faltaban doce días.

Yo no dormía.

Había vuelto a mi puesto, a la tienda del hospital, que seguía en pie en un solar junto al río, y trabajaba de la mañana a la noche con los últimos enfermos de la peste de la Itálica, que aún no se habían curado, y con los heridos de las escaramuzas del invierno, y con los soldados que caían,

en las noches heladas, con las congelaciones de dedos y de orejas.

Cosía. Curaba. Amputaba. Y entre un paciente y otro, en los huecos sin sentido de las horas, pensaba.

Pensaba en Lucio.

No podía quitármelo de la cabeza. Veía su rostro joven y risueño, con los ojos verdes brillantes y la sonrisa que le arrugaba las comisuras.

Veía su capa granate cayendo en pliegues.

Veía el gesto con que se había llevado dos dedos a la sien, en el patio, entre miles de hombres hincados en la nieve.

Y oía su voz amable, de una suavidad aterradora: «A veces pagar consiste en mirar hacia otro lado».

Un hombre que había envenenado a seiscientos soldados.

Que había matado a su propio criado para que no hablara.

Que había brindado con vino por la peste de los enemigos de Roma.

Y que caminaba libre por el campamento, con una pierna cicatrizada que yo le había salvado, saludando a los centinelas con una sonrisa.

Por las noches, cuando por fin me tendía en el jergón, sentía su sombra.

No era miedo. Era otra cosa, más lenta y más pesada: una furia fría, sorda, que crecía dentro de mí sin que yo pudiera frenarla.

La furia de ver a quien ha hecho el mal ir y venir sin consecuencias, mientras los muertos, los ciento cuarenta, los nueve, Fusco, se quedaban sin voz. Y la de haber jurado callar.

«No te digo que los perdones», había dicho Claudio. «Te digo que aguardes».

Pero ¿cuánto? ¿Hasta cuándo? ¿Hasta que Lucio pusiera veneno en la copa de Aureliano?

¿Hasta que el nuevo emperador, que no sabía nada, cayera en una trampa que yo habría podido evitar?

Cada día que pasaba sin hacer nada era un día más en que el hombre que más importaba en el imperio, después de Claudio, caminaba sin saberlo por un campo minado. Y yo, que lo sabía, me quedaba callado.

Una noche, al volver de la tienda de operaciones, me encontré con Cástor sentado a la entrada de mi cuarto, con la tablilla segunda sobre las rodillas.

Me miró. No dijo nada, claro. Pero levantó una ceja, con aquella pregunta muda que me hacía cada vez que me veía llegar con el rostro cerrado.

Negué con la cabeza. Se encogió de hombros.

Y se quedó allí, a mi lado, hasta que me dormí.

Fue Hermeros quien lo cambió todo.

Vino una noche de principios de la segunda semana de febrero, a las dos de la madrugada, a la tienda del hospital, cuando yo estaba solo, sentado ante la mesa de operaciones con el candil encendido, afilando por centésima vez el bisturí de la serpiente.

Lo oí llegar. Un paso suave, vacilante, que se detenía y volvía a avanzar. Después un carraspeo. Levanté los ojos.

Estaba en la entrada de la tienda, con una capa oscura echada sobre la cabeza, medio escondido entre los pliegues de la lona.

Había adelgazado. Tenía los ojos hundidos y rodeados de morado, la cara redonda cada vez más flaca, y las manos, que apretaban el borde de la capa, le temblaban como las de un viejo. Cuando me vio, dio un paso atrás.

— Entra —dije.

—No debería.

—Entra, Hermeros.

Entró. Se quedó de pie, a dos pasos de la mesa, sin atreverse a sentarse. Cástor, que dormitaba en un rincón, abrió un ojo y se incorporó sin hacer ruido, con la mano bajo la manta, donde guardaba el cuchillo. Hermeros no lo vio.

—Tienes que escucharme —dijo, con un hilo de voz—. No tengo mucho tiempo. Si me siguen… Si saben que he venido…

—¿Quién?

— Lucio. Rufino. Los otros. —Tragó saliva—. No sé. Quizá nadie. Pero no puedo estar seguro. —Respiró hondo—. He venido a contártelo todo.

No dije nada. Dejé el bisturí sobre la mesa, con cuidado, y le señalé un taburete. Se sentó en el borde, con las rodillas juntas y las manos entre ellas, como un colegial ante el maestro. Sacó de debajo de la capa un pequeño envoltorio de tela, que dejó sobre la mesa sin desatarlo.

— Es mi sello —dijo—. El del delfín. Quiero que lo tengas tú. Lo llevo semanas conmigo, sin atreverme a usarlo ni a dejarlo. —Se le quebró la voz—. No lo he vuelto a usar desde la noche de la fuente.

— Cuéntamelo.

Y me lo contó.

Habló durante casi una hora, con la voz baja y entrecortada de quien se confiesa.

Dijo que hacía cuatro meses, antes de la batalla de Naissus, cuando el ejército aún estaba en Singidunum, había recibido un recado de un esclavo de Lucio Valerio Casto, que lo invitaba a una cena.

Fue. Había vino, buena comida, buena conversación.

El tribuno, encantador, le habló de su padre, de sus viñas, de Roma, de lo difícil que era vivir con un salario de secretario cuando un hombre tenía obligaciones.

Le ofreció un préstamo. Hermeros lo rechazó.

Lucio insistió. Hubo otra cena, y otra. Y una noche, a la tercera, Lucio dejó de sonreír.

— Me dijo que tenía una hija —murmuró Hermeros—.

Calpurnia. De doce años. Vive en Ticinum, en casa de mi hermana, desde que murió su madre.

Me dijo que su padre, el senador, tenía mucha influencia en Ticinum.

Que era una ciudad pequeña. Que a veces ocurrían accidentes.

—Se llevó las manos a la cara—. No dijo más. No hizo falta.

Sentí un frío en el estómago.

—¿Qué te pidió?

— Al principio, nada. Solo información. Cuándo se reunía el consejo.

Qué se decidía. Dónde se alojaban los oficiales.

Yo se lo di. Pensé que era… —Hizo una mueca amarga—.

Pensé que era política. Que los senadores querían saber lo que hacía el emperador.

Que no había mal en eso. Me lo repetí todas las noches.

—¿Y después?

— Después me pidió el sello. —Habló muy bajo—.

La víspera de la batalla, en Naissus. Me dijo que era una prueba.

Que quería comprobar si la guardia imperial era vigilante.

Que iba a ordenar que relevaran a los centinelas de una fuente, para ver si alguien lo notaba.

Que era un favor al emperador. —Soltó una risa horrible—.

Le creí. Quise creerle. Le di el sello. Y esa noche, murieron ciento cuarenta hombres.

Se hizo el silencio. Fuera, a lo lejos, un caballo relinchó. Cástor, en su rincón, había dejado de respirar.

— Lo supe a la mañana siguiente —prosiguió Hermeros, con una voz que ya no era la suya—.

Cuando oí lo de las gallinas, lo comprendí.

Corrí a su tienda. Quise gritarle, quise…

—Sacudió la cabeza—. Me sonrió. Me ofreció vino.

Me dijo que no había sido culpa mía. Que yo solo había firmado una nota.

Que si hablaba, yo sería el primero en caer.

Que mi sello estaba en la fuente, y mi nombre en el papiro, y que el emperador, que me quería como a un hermano, me ahorcaría con sus propias manos.

—Lloraba ya sin disimulo—. Y que Calpurnia, mientras tanto, estaba en Ticinum.

— Hermeros.

—Yo lo quería —dijo—. A Claudio. Con toda el alma. Lo habría dado todo por él. Y lo traicioné. Por miedo. Por una niña de doce años que no sabe nada. —Alzó la cara empapada—. Mi vida entera la pasé a su lado, y al final fui el instrumento de quienes lo mataban.