CAPÍTULO 9 LA MUERTE DE CLAUDIO #5
Solo, de vez en cuando, el graznido lejano de un cuervo y el rumor del río.
El cuerpo llegó a media mañana, en un carro tirado por dos caballos blancos, escoltado por la guardia imperial en doble fila.
Lo portaban sobre una litera de plata, descubierto, con el rostro al cielo y las manos cruzadas sobre el pecho.
Aureliano caminaba delante, a pie, con la cabeza descubierta y la espada envainada.
Detrás iban Probo, Aurelio Casiano, los legados, los tribunos.
Y detrás de ellos, yo. No sé quién me puso en aquel lugar.
Cuando lo advertí, ya estaba allí, caminando entre los jefes del ejército, con la vara de centurión en la mano y la túnica remendada de médico, junto a Bitis, que sollozaba en silencio sin tratar de ocultarlo.
Los soldados se arrodillaron al paso del cortejo.
Primero los de las primeras filas; luego, como una ola, los de las siguientes, hasta que toda la explanada fue un mar de cuerpos hincados, de cabezas inclinadas, con la nieve crujiendo bajo las rodillas.
Cuarenta mil hombres arrodillados. Jamás he vuelto a ver nada parecido.
Subieron el cuerpo a la pira con maromas, entre ocho hombres, en un silencio tan hondo que se oía el roce de las cuerdas.
Lo depositaron sobre el lecho de púrpura.
Probo, subido a una escalera, le colocó en la frente una corona de hojas de roble.
Los guardias imperiales dejaron a sus pies, en hilera, las armas del emperador: la espada, el escudo, la coraza de escamas, el casco con el penacho blanco.
Aureliano subió el último. Se quedó unos instantes junto al cuerpo, en lo alto de la pira, de pie, mirando el rostro de Claudio, con las manos en los costados. Después se agachó, y le rozó la frente con los labios. Fue un gesto breve, casi imperceptible. Pero lo vieron todos.
Bajó. Tomó de manos de un guardia una antorcha de resina que ardía con llama fina, clara, casi sin humo. La alzó.
— Soldados —dijo, y su voz, seca y dura, resonó sin esfuerzo en la explanada—. Hoy enterramos a un hombre. No a un dios, ni a un héroe, ni a una estatua. A un hombre. Preguntaba nuestros nombres. —Calló—. Eso es lo único que sé decir de él. Que sabía cómo nos llamábamos.
No dijo más. Se volvió hacia la pira. Y la encendió.
El fuego tardó en prender. Primero fue una llama pequeña, que lamió la base de leña con una lentitud casi tímida, ennegreciendo la madera.
Después, de pronto, con un rugido sordo, se alzó.
Subió por los troncos, por las ramas de pino, por las guirnaldas de laurel, con un crepitar seco que se oyó desde las últimas filas.
La resina estalló en chispas. El humo, espeso y negro, se elevó recto hacia el cielo gris, en una columna inmensa, que se curvó allá arriba y se perdió entre las nubes.
Y entonces, en el silencio que siguió al primer estruendo, alguien empezó a cantar.
Fue una voz sola, baja, ronca, que no supe de dónde venía.
Una voz de hombre. Cantaba en una lengua que casi nadie en aquella explanada entendía, una melodía lenta, grave, de tres notas, que subía y bajaba en olas sucesivas como una marea.
La reconocí al instante. La reconocí con el cuerpo antes de reconocerla con la mente.
Era el canto de los godos.
Busqué a Teudas con la mirada. Estaba de pie en la ribera, a unos cincuenta pasos de la pira, con las manos a los costados y la cabeza alzada, los ojos cerrados.
Cantaba solo. Cantaba como había cantado la noche de la Hoz, junto a las piras de los suyos, con su voz rota y bella, sin gestos, sin adornos.
Un liberto de origen bárbaro, hijo de una madre goda, al que los romanos habían mirado siempre con recelo, cantaba el canto de los muertos de su pueblo para un emperador romano que lo había protegido.
Nadie lo detuvo. Nadie dijo una palabra. Los soldados lo escuchaban, de rodillas, sin comprender, pero comprendiendo todo.
Y de pronto, en algún rincón de la explanada, otra voz se unió a la suya.
Después otra. Eran hombres de los asentamientos, godos supervivientes, convertidos en colonos y reclutas, que habían acudido al funeral y se mantenían al fondo, apartados, con los ojos bajos.
Cantaban en voz baja, con una dulzura aterradora, la misma melodía de tres notas, que se fue extendiendo por la ribera como un fuego lento.
Y entre ellos, uno a uno, empezaron a sumarse los romanos.
No sabían la letra. Tarareaban, simplemente.
Primero los de los ilirios, los de la caballería, que habían oído aquel canto en la noche de la Hoz.
Luego los veteranos de la Itálica, los de la Flavia, que habían estado en la línea de combate y que lo habían oído desde lejos.
Valerio Máximo, con la cadena de plata al cuello, cantaba con los ojos cerrados.
Sexto Arrio, con la boca desdentada abierta.
Ticio Fabio, apoyado en su muleta, murmuraba la melodía con la cicatriz del labio temblándole.
Hasta Aurelio Casiano, de pie junto a Aureliano, con la mandíbula rígida, movía los labios sin sonido.
Llegó un momento en que cuarenta mil hombres cantaban una melodía de tres notas en una lengua que no era la suya, en la ribera de un río helado, frente a un fuego inmenso que devoraba el cuerpo del hombre que los había mandado.
No había palabras. No había nombres. Solo aquella oleada grave y lenta, que subía y bajaba y se perdía en el cielo con el humo.
Y yo, de pie entre los jefes del ejército, con la vara en la mano y las lágrimas rodándome por la cara, sentí con una claridad absoluta que aquello era lo único que Claudio habría querido.
No una oración romana, no un himno, no un discurso.
Un canto de enemigos. La prueba, dicha por cuarenta mil gargantas, de que los que han llorado juntos por sus muertos dejan de ser del todo enemigos.
—Los poetas mienten —murmuré para mí—. Pero a veces dicen la verdad.
La pira ardió hasta el anochecer.
Cuando el fuego se consumió, y de la torre de madera no quedó más que un montón de brasas humeantes, el ejército se retiró en silencio, legión por legión, sin que nadie diera una orden.
Quedaron solo los guardias imperiales, que custodiarían las cenizas hasta el amanecer, y unos pocos hombres a quienes nadie había invitado y que no supieron irse: Bitis, Probo, Aureliano, Teudas, Seutes, Cástor, yo.
Era noche cerrada. El cielo se había despejado y brillaba, enorme, con una infinidad de estrellas.
En la explanada, bajo la luna, humeaba el montón de brasas rojas, y a su alrededor la nieve se había fundido en un círculo negro.
Hacía un frío espantoso. Nos habíamos quedado de pie, en silencio, como esperando algo.
Fue Aureliano quien me habló. Se acercó a mí, con los brazos cruzados, mirando el fuego.
— Tú sabes lo que hay que hacer con las cenizas —dijo. —No.
—Eras su médico. Su amigo. El que estuvo con él. —Giró la cabeza—. Es tuyo.
—Hay que llevarlas a Roma. Al mausoleo. O a Dardania.
— Eso lo hará el Senado. O mi hermano. O quien sea. — Aureliano se encogió de hombros—. Lo oficial. —Me miró fijamente—. Yo te estoy hablando de lo otro.
No supe qué responder. Probo, a mi lado, se aclaró la garganta.
— Hay una costumbre —dijo con suavidad—. Entre los soldados de la frontera. Cuando un hombre muere lejos de casa, se reparte la mitad de sus cenizas. La mitad va a Roma, con los honores. La otra mitad se arroja al río más cercano, para que lo lleve de vuelta.
— ¿De vuelta adónde?
—Adonde quiera —sonrió Probo—. Es una costumbre.
Aureliano asintió. Se acercó a las brasas con una pala de hierro.
Con una paciencia infinita, ayudado por Bitis, fue separando de entre los restos de madera los huesos calcinados, blancos, frágiles, y los depositó en un ánfora de bronce que había traído la guardia, con una tapa de plata.
Fue una operación larga. Nadie habló. Cuando terminó, cerró el ánfora, la apretó un momento contra el pecho, y me la tendió.
— Ve —dijo.
—¿Solo?
—Con quien quieras.
Fui al río con Cástor y con Bitis.
Era una noche tan clara que se veía el cauce, ancho y negro, con la corriente rizada por pequeñas ondas plateadas.
El hielo había formado en las orillas una costra frágil, que crujía bajo los pies.
Caminamos hasta un pequeño embarcadero de madera, medio podrido, que se adentraba unos pasos en el agua, y nos detuvimos al final.
Bajo nosotros, la corriente pasaba con un rumor suave, continuo, sin prisa.
Bitis, a mi izquierda, tenía el rostro vuelto hacia el cielo. Cástor, a mi derecha, me miraba. Abrí el ánfora. Dentro había un polvo gris, fino, tibio todavía, con algunos fragmentos blancos. Olía a madera quemada, a resina, a incienso, a algo más antiguo y más quieto. Metí la mano. Cogí un puñado.
Era increíblemente ligero.
Pensé en el hombre que había sido. En su voz plana.
En su tos. En las manos enormes que partían el pan, en el caballito de madera, en la mirada cansada de quien lleva demasiado tiempo cargando con ocho mil nombres.
Pensé en la tablilla, con su última línea.
Pensé en lo que me había pedido: que contara la verdad, que no le pusiera estatuas.
Extendí la mano sobre el agua. Abrí los dedos.
—Que el río te lleve a Roma —dije.
Las cenizas cayeron. Se esparcieron sobre la corriente en una nube gris, tenue, que flotó un brillando bajo la luna, y arrastrada por el agua.
Cogí otro puñado. Otro. Los fui lanzando uno tras otro, despacio, hasta que el ánfora quedó vacía.
Bitis, a mi lado, se arrodilló y se llevó una mano al agua, y la dejó allí un largo rato, sin decir nada.
Cástor se quedó de pie, inmóvil, con la mano en mi hombro.
El río siguió corriendo, indiferente.
Muchos años después, hojeando un mapa en una biblioteca de Capua, comprendí lo que no había comprendido aquella noche: que el Savo corre hacia el este, hacia el Danubio, y el Danubio hacia el mar Negro, y que ningún río del mundo baja de Sirmium a Roma.
Que las cenizas de Claudio no iban a ir nunca a donde yo había dicho.
Pero los ríos, como los poetas, mienten un poco. Y a veces eso es todo lo que se puede pedir.
instante
después sobre la superficie negra, se deshizo, poco a poco,