El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma CAPÍTULO 9 LA MUERTE DE CLAUDIO #4
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CAPÍTULO 9 LA MUERTE DE CLAUDIO #4

Escuché. No se oía nada. Solo el rumor lejano de la ciudad despertando, un gallo, un carro, un perro. Y el silencio de la habitación.

—No oigo nada.

—Alguien pregunta mi nombre. —Su voz era muy débil, muy suave—. Desde allá. Desde lejos. Con voz de niño.

Sentí que se me quebraba el pecho.

—¿Qué dice?

—Dice… —Calló. Una sonrisa le iluminó el rostro, de una dulzura que no le había visto jamás—. Dice: «Padre, ¿ya vienes?».

— Ve —dije con la voz rota—. Ve, Claudio. Ya puedes ir. —Gracias —murmuró—. Por todo. Por los nombres. Cerró los ojos.

Su respiración se espació. Un aliento. Una pausa. Otro aliento, más largo. Una pausa más larga todavía. Esperé. Conté, como siempre, con los dedos en su muñeca. El pulso, tenue, lejano, se hizo un hilo, un roce, un temblor. Y de pronto dejó de ser una cosa que se podía sentir.

Esperé un minuto. Dos. Tres.

No volvió.

Con mucho cuidado, le puse la mano sobre el pecho. Estaba quieto. Le toqué el cuello. Frío ya, o casi. Le acaricié la frente con la punta de los dedos, un gesto que no sé de dónde me salió. Y con la yema del pulgar, muy despacio, le cerré los ojos.

Claudio II, emperador de los romanos, vencedor de los godos, hijo de un campesino de Dardania, murió al amanecer, un día de enero del año 270, en una habitación encalada de Sirmium, con las manos entre las mías y el sol dorándole la cara.

Tenía cincuenta y cinco años. Nadie, excepto un médico griego y un muchacho sordo, estaba con él.

Cástor se echó a llorar. Fue la primera vez que lo vi llorar con ruido: un sollozo ronco, desgarrado, sin palabras, que le sacudía los hombros. Lo abracé. Nos quedamos así, los dos, en silencio, con el cuerpo del emperador entre nosotros, bajo la luz del alba.

Salí al pasillo poco después, con los ojos secos y las piernas como de plomo.

Bitis estaba en la puerta. No me preguntó nada. Me miró, y lo supo. Se llevó el puño al pecho, despacio, y bajó la cabeza. Detrás de él, los guardias, al comprender, hicieron lo mismo, uno tras otro, en un silencio que se extendió por el pasillo como una ola. No dijeron nada. No hizo falta.

— Avisa a Aureliano —dije—. Y a Probo. A nadie más. Todavía. —Sí, centurión.

—Y envía a alguien a buscar a Hermeros.

Bitis me miró un instante.

—Se lo prometí —dije—. Que sería el primero en saberlo.

Hermeros llegó a los pocos minutos, en camisa de dormir, descalzo, sin la tablilla, con la cara redonda y pálida y los ojos hundidos de quien no ha dormido en días.

Lo esperé en el pasillo. Lo vi llegar corriendo, con el pecho agitado, y detenerse a tres pasos de mí.

Me miró. No necesité decir una palabra. Su rostro se contrajo. Se llevó las manos a la boca.

— No —murmuró—. No. No.

—Ha muerto al amanecer. Estaba tranquilo. No sufrió.

Hermeros se dobló sobre sí mismo. Se agarró al marco de la puerta.

Un sollozo ronco, horrible, le brotó del fondo del pecho, y se dejó caer de rodillas sobre las losas, con las manos cubriéndole la cara, y lloró como un niño.

Lloró durante mucho rato, sin pudor, sin contención, con un desconsuelo tan puro, tan abierto, tan completo, que sentí que se me agrietaba algo por dentro.

Si era una actuación, ningún actor del mundo la habría igualado.

Si era verdad, y creo que lo era, entonces aquel hombre había querido a Claudio más que nadie, y lo había traicionado de todos modos.

No sé qué me dolió más: que fuera culpable, o que no lo fuera.

Me incliné y le puse una mano en el hombro. No dije nada. Él, sin levantar la cabeza, la cubrió con la suya, aferrándose a ella como un náufrago a una tabla.

—Perdóname —dijo en un hilo de voz, tan bajo que apenas lo oí—. Perdóname.

No supe a quién se lo decía.

La noticia recorrió Sirmium como un fuego sobre la hierba seca.

A media mañana, el patio del palacio estaba lleno de soldados.

Venían de los cuarteles, de las casas, de las murallas, de todos los rincones de la ciudad, con los cascos en las manos y las caras desencajadas.

Nadie gritaba. Nadie lloraba en voz alta.

Se quedaban de pie, inmóviles, en grupos silenciosos, mirando las ventanas del piso superior, sobre las cuales los criados habían cerrado los postigos y tendido una tela negra.

Uno a uno, los hombres se arrodillaban sobre la nieve, sin decir nada.

Pronto fueron miles. Un mar de cabezas inclinadas, de cuerpos hincados en la blancura del patio, bajo un cielo azul y limpio como si nada hubiera ocurrido.

Salí al balcón a mirarlos. Los vi allí, aquellos hombres que habían ganado la batalla de Naissus, que habían bebido agua hervida, que habían oído nombrar a sus muertos uno por uno, y comprendí que lo que sentían no era miedo ni tristeza.

Era orfandad. La de quienes han perdido al único jefe que les preguntó cómo se llamaban.

Entre ellos vi a Ticio Fabio, apoyado en una muleta, de rodillas en la nieve.

Vi a Sexto Arrio, con el hombro todavía vendado.

Vi a Valerio Máximo, con la cadena de plata al cuello.

Vi a Vindex, a Zabdai, a Seutes, que lloraba sin disimulo.

Vi a Teudas, que había vuelto de los asentamientos para el funeral, de pie al fondo, con las manos en las mangas, en silencio.

Y vi otra cosa.

En el lado oriental del patio, junto a la arcada que daba a las caballerizas, a la sombra de una columna, un pequeño grupo de oficiales permanecía de pie.

No se habían arrodillado. Eran cinco o seis.

Rufino, el legado de la Flavia, grueso y colorado, con el paño de vinagre todavía colgándole del cuello.

Dos tribunos de la Itálica, jóvenes, de buena familia.

Un tercero, que no conocía. Hablaban en voz baja, muy juntos, con las cabezas inclinadas, como quienes cuchichean un secreto.

Y uno de ellos, lo vi con claridad, sonreía.

Fue una sonrisa fugaz, apenas una curva de los labios, que se borró casi al instante.

Pero la vi. Y vi cómo Rufino, a su lado, le ponía una mano en el brazo, como para contenerlo.

Y vi cómo el que sonreía, un joven de capa granate echada sobre los hombros, giraba despacio la cabeza, levantaba los ojos hacia el balcón, y me miraba.

Lucio Valerio Casto no se arrodilló. Se quedó de pie, a la sombra de la columna, con la capa roja cayéndole en pliegues, y me sostuvo la mirada a veinte pasos de distancia, entre miles de hombres hincados en la nieve.

Inclinó la cabeza, apenas, con un gesto de cortesía exquisita, como quien da el pésame.

Luego se llevó dos dedos a la sien, en un saludo breve, casi burlón. Y sonrió otra vez.

Sentí que me corría un hielo por la espalda.

No era una amenaza. No hacía falta. Era algo peor. Era el gesto de un hombre que sabe que ha ganado, y que no tiene prisa.

Lo lavamos entre cuatro: Bitis, Cástor, Seutes y yo.

Fue Aureliano quien dispuso el funeral, y lo hizo con la misma eficacia fría y exacta con que lo disponía todo.

A las pocas horas de la muerte, mientras el patio del palacio seguía lleno de soldados arrodillados, convocó a Probo, a Aurelio, a los legados y a los jefes de ala en la sala del consejo, y dictó las órdenes sin una vacilación.

El duelo oficial duraría tres días. El cuerpo sería incinerado en la ribera del río, al amanecer del tercero, en presencia de todo el ejército, según el rito romano de los emperadores.

Se avisaría al Senado y a Quintilo, en Aquileia, con un correo especial.

Y se mantendría el orden. Hasta que el ejército decidiera, nadie daría un paso sin su orden.

Nadie discutió. No era momento.

Yo no asistí al consejo. Estaba en la habitación de arriba, con Bitis y Seutes y Cástor, ocupándome del cuerpo.

No me lo pidió nadie. Pero me pareció que tenía que hacerlo, que era la única cosa que me quedaba por hacer.

Lo desvestimos con cuidado. Lo lavamos con agua tibia y vinagre, despacio, como se lava a un niño.

Lo ungimos con aceite de rosas y de mirra.

Le peinamos el pelo corto y gris. Le recortamos la barba.

Seutes, con las manos temblándole, le puso una túnica blanca de lana, limpia, la mejor que se encontró en el palacio.

Bitis, de rodillas, le calzó las sandalias.

Y yo, al terminar, me quedé largo rato mirándole el rostro.

Parecía joven. Era lo más extraño. Las arrugas de la frente se habían suavizado.

La boca, que durante meses había estado contraída en una línea dura, tenía un amago de sonrisa.

Los ojos cerrados, sin la sombra de la fatiga, le daban un aire de dormido plácido.

Un campesino de cincuenta y cinco años, sin linaje ni riqueza, tendido en un lecho de gobernador, al que el mundo entero llamaría Gótico durante dos mil años.

Me incliné sobre él, y le puse en el pecho, entre las manos cruzadas, el caballito de madera.

Estaba en su cuello, colgado de un cordón de cuero. Lo había llevado hasta el último momento. Lo desaté con cuidado, lo sostuve un instante en la palma, y lo coloqué sobre su corazón, con las manos de Claudio alrededor.

— Con él —dije en voz baja—. Que no vaya solo.

Bitis, a mi lado, se pasó el dorso de la mano por la cara.

La pira se levantó en una explanada junto al Savo, a media legua de las murallas de Sirmium, entre los sauces desnudos de la ribera.

La construyeron los zapadores del ejército en dos días y dos noches, con troncos de roble y de cedro, ramas de pino, vigas traídas de los almacenes del puerto, y la coronaron con guirnaldas de laurel y de ciprés que los vecinos de la ciudad, sin que nadie se lo pidiera, fueron dejando al pie,

como ofrendas.

Era una torre de madera de tres pisos, cuadrada, de unos veinte pasos de altura, con un lecho de campaña en lo alto, cubierto de púrpura, donde reposaría el cuerpo.

El tercer día amaneció gris y quieto. Un cielo bajo, cargado de nieve, sin viento.

El río, entre las orillas heladas, corría negro y lento.

Había escarcha en las ramas y en los tejados, y el aire cortaba como un cuchillo.

Y desde el alba, por todos los caminos que llevaban a la ribera, empezaron a llegar los soldados.

Formaron en la explanada, legión por legión, cohorte por cohorte, en un silencio absoluto.

Cuarenta mil hombres de pie sobre la nieve, con los cascos bajo el brazo, los estandartes enlutados y las águilas cubiertas con crespón negro.

No se oía una tos, un crujido de cuero, un roce de metal.