CAPÍTULO 9 LA MUERTE DE CLAUDIO #3
Y al terminar el desfile, le dice lo que ha de ser el destino de su pueblo, que otros, dice, esculpirán mejor el bronce, darán vida al mármol, pleitearán con más elocuencia, trazarán con la vara el curso de los astros; pero tú, romano, recuerda gobernar a las naciones con tu imperio.
Estas serán tus artes: imponer la paz con leyes, perdonar a los vencidos y abatir a los soberbios.
Lo dije despacio, saboreando cada sílaba. Cuando terminé, la habitación estaba en silencio.
—«Perdonar a los vencidos» —repitió Claudio, muy bajo—. «Y abatir a los soberbios».
—Sí.
— Qué fácil lo dice. —Abrió los ojos y miró el techo—.
Perdonar a los vencidos. Yo lo he intentado, alejandrino.
Con los godos, con los alamanes, con los de Aureolo.
Lo he intentado en cada batalla. Y cada vez, antes de poder perdonar, ya había muertos.
Muchos. —Calló—. No se puede perdonar a los muertos.
—No.
—Y abatir a los soberbios… eso sí lo he hecho. — Sonrió con tristeza—. He abatido a muchos. Mas no sé si eran soberbios, o solo hombres con hambre.
—Quizá ambas cosas.
—Quizá. —Cerró los ojos—. El poeta no dice qué hacer cuando no se sabe cuál es cuál.
Se quedó un momento callado. Fuera, en algún lugar de la ciudad, un perro ladró. En la lámpara, la llama vaciló y se enderezó. Yo esperé sin hablar, con las manos sobre las rodillas, sintiendo el cansancio de la noche y de los días acumulándose sobre mis hombros como una losa.
— Alejandrino —dijo al fin.
—Dime.
—Los poetas mienten.
Alcé la vista.
—¿Cómo?
— Mienten. —Habló lentamente, con los ojos cerrados—.
Mienten todos. Homero miente, y Virgilio miente.
Nos hacen creer que la guerra es gloriosa.
Que hay héroes, y destinos, y dioses que bajan del cielo, y armas forjadas por Vulcano.
Que se muere con belleza. Que el sufrimiento tiene sentido. —Hizo una pausa—. No lo tiene.
—Augusto…
— Yo he estado en la Hoz. He visto lo que es.
He visto a un niño de tres años dormido con el pulgar en la boca junto a su madre muerta.
He visto a un hombre sostener a un niño sobre el agua mientras le clavaban una flecha en la espalda.
He visto a once reclutas de diecisiete años morir a manos de su propio prefecto.
—Su voz se quebró un instante—. No hay gloria en eso. No hay destino. No hay nada.
— No.
—Entonces, ¿qué hay?
No supe qué responder. Esperé.
—La guerra no es gloriosa —dijo Claudio, y su voz, aunque débil, tenía una claridad de agua—. Es solo… necesaria.
Hizo una pausa larga.
— A veces —añadió—. Cuando no queda otra cosa. Cuando hay que defender lo que importa. Es necesaria como es necesario cortar una pierna gangrenada. No tiene belleza. No tiene sentido. Pero hay que hacerla. Y quien la hace, no debe esperar que lo canten.
— No esperabas que te cantaran.
—No. —Sonrió—. Solo que alguien contara la verdad. —Lo haré.
— Lo sé. —Abrió los ojos y me miró con una dulzura infinita—. Escríbelo así. Que la guerra no es gloriosa. Que es solo necesaria. Que los poetas mienten. —Una sonrisa leve le cruzó los labios—. Aunque, mira, no sé si eso último debería decirlo un emperador.
—Lo diré yo.
—Gracias.
Cerró los ojos. Respiró hondo. Y yo, sentado a su lado, con la lámpara parpadeando sobre la mesa, vi cómo su rostro, que durante meses había estado contraído por el esfuerzo y el dolor, se relajaba poco a poco, hasta adquirir una serenidad que no le había visto nunca.
Parecía un hombre que ha dejado, por fin, una carga muy pesada.
Pasó la noche. Y fue la más larga y la más corta de mi vida.
Claudio dormitó a ratos, con un sueño ligero, entrecortado, del que despertaba sobresaltado pidiendo agua con una voz de niño.
Le di de beber. Le cambié los paños. Le sequé el sudor.
Hacia medianoche, la fiebre, que había bajado un poco durante la tarde, volvió a subir, y su respiración se hizo más rápida, más superficial.
Tosió sangre. Se la limpié. No dijo nada.
Me miró con aquellos ojos claros, brillantes, y sonrió.
— No te preocupes —murmuró.
—No me preocupo.
—Mientes.
—Sí.
—Mejor.
A las dos de la madrugada, Cástor me relevó un rato.
Fui a la ventana y la abrí, y el aire helado de la noche me golpeó la cara.
Respiré hondo. Había un silencio absoluto sobre la ciudad.
La nieve había cubierto los tejados, las calles, las murallas, y la luna, grande y blanca, lo iluminaba todo con una luz fría y azulada, irreal.
Más allá del río, en las llanuras de Panonia, no se movía nada.
Cuando volví al lecho, Claudio estaba despierto.
—Alejandrino.
—Aquí estoy.
—¿Te acuerdas de la lista?
—¿Qué lista?
— La de los nombres. La de la tablilla. —Hizo un esfuerzo para incorporarse, y lo ayudé—. Me prometiste que me la leerías. Cuando terminase todo. Los nuestros y los suyos.
Se me hizo un nudo en la garganta.
—Me acuerdo.
—Pues es el momento. —Sonrió—. Todo ha terminado. Más o menos.
Asentí. Fui hasta mi bolsa de cuero, que colgaba de la pared, y saqué las dos tablillas.
La primera, la de Alejandría, con sus doce nombres grabados en letra pequeña y apretada, ya casi borrada en algunos tramos.
La segunda, la que había empezado Cástor en la noche de la Hoz, repleta de nombres de arriba abajo, y una tercera que él había improvisado con una tabla de pino cuando se llenó la segunda, y una cuarta con los de los muertos de Sirmium.
Las puse sobre la manta, junto al emperador.
— Quiero que Cástor lo escuche —dijo Claudio.
—No oye.
—Pero siente. Me lo has contado. —Me miró—. Que se acerque.
Llamé a Cástor, que se acercó con ojos muy abiertos, y se sentó en el borde del lecho. Le hice una seña. Comprendió. Se inclinó hacia mí y me puso la mano en la garganta, justo bajo la barbilla, con los dedos abiertos, y la apretó suavemente. Claudio, desde la almohada, los miraba con una sonrisa.
Empecé a leer.
— Yared —dije—. De Adulis. Dieciocho años. Murió en el muelle de Eunostos, en Alejandría, de una peste que nadie quiso nombrar.
La mano de Cástor, en mi garganta, vibraba a cada sílaba.
— Nikias, de Gaza. Segundo de a bordo. Echado al Nilo en Heracleópolis.
Hamid, árabe de Leuke Kome, que cantaba por las noches.
Gayo Servilio, de Patavium, arriero, casado con una hilandera, que cayó por un barranco en las Alpes Julias.
Marco Claudio. Seis años. —Hice una pausa—. Hijo del hombre que me escucha.
Claudio cerró los ojos. Apretó los labios.
— Hunila. Godo. Espía. Murió en mis brazos en la tienda de Singidunum.
Tenía un hijo, escondido entre los juncos.
Ansila y su hijo Amalric, de cinco meses, que murió abrazado por ella.
Nonio Severo, de Salona. Aulo Cecina, de Siscia.
Marcos Vibio Fausto, de Poetovio, diecinueve años.
Marco Septimio Fusco, que murió delante.
Seguí leyendo. Leí los nombres de la segunda tablilla, que eran cientos, y que me había dictado Cástor con sus gestos y yo había ido descifrando a lo largo de las semanas: Gudila, godo, jefe de la guardia, que cayó en el ala derecha.
Quinto Aufidio, de Parma, diecisiete años.
Cneo Rutilio. Lucio Vibio. Los soldados de la Itálica, uno tras otro, los ciento cuarenta, con sus ciudades, con sus edades, con los detalles que alguien, un camarada, un capsario, me había dado antes de que se los llevara la tierra.
Los muertos de Naissus de los que había podido averiguar el nombre.
Los de los que no había podido, a los que había puesto simplemente: «un jinete dálmata», «un legionario de la cuarta cohorte», «una mujer goda con su hijo», «un anciano con las manos juntas».
No sé cuánto tiempo estuve leyendo. Una hora.
Dos. La lámpara se consumía. El brasero, ya casi apagado, daba una luz roja muy baja.
De vez en cuando, mi voz se quebraba, y tenía que callarme un instante, y la mano de Cástor, en mi garganta, apretaba un poco más fuerte, como para decirme que siguiera.
Claudio escuchaba con los ojos cerrados, sin moverse.
De cuando en cuando sus labios se movían, como si repitiera un nombre.
Una vez, cuando dije «Marco Claudio», lo vi sonreír.
Otra vez, cuando dije «un niño de tres años que dormía con el pulgar en la boca», se le saltó una lágrima.
Terminé cuando casi amanecía.
El último nombre fue uno que había añadido aquella misma noche, al borde de la tablilla, con la punta del cuchillo, mientras él dormitaba. Lo leí en voz muy baja.
—Marco Aurelio Claudio. Dardania. Emperador de los romanos. Soldado.
Hubo un silencio. La mano de Cástor, en mi garganta, quedó inmóvil.
—No es un mal epitafio —dijo Claudio, con una voz casi inaudible.
—¿Lo quieres más largo?
—No. —Sonrió—. Soldado basta.
Fue poco antes del amanecer cuando empezó el final.
Lo supe porque la respiración cambió. Era un cambio sutil, pero inconfundible, que ningún médico olvida: un ritmo nuevo, más lento, con pausas largas entre aliento y aliento, y un rumor apagado y burbujeante en el fondo del pecho.
Le tomé el pulso. Era un hilo. Se perdía.
Volvía. Se perdía. Cástor, que lo había notado también, se había levantado y miraba por la ventana, con la espalda rígida.
Fuera, el cielo empezaba a clarear por el este, de un gris perla muy pálido.
— Alejandrino —murmuró Claudio.
—Aquí.
—Abre la ventana.
—Está abierta.
—Ábrela más. —Respiró con esfuerzo—. Quiero ver el cielo.
La abrí de par en par. Cástor me ayudó a incorporarlo sobre los cojines, de modo que pudiera mirar hacia fuera.
Por la ventana entraba un aire gélido, limpio, que olía a nieve y a río.
El cielo, sobre los tejados de Sirmium, se iba tiñendo lentamente: del gris al rosa, del rosa al oro.
En el horizonte, por encima de las llanuras, asomaba el primer filo del sol.
Claudio lo miró largo rato. Tenía los ojos muy abiertos, y en ellos se reflejaba la luz.
— Qué bonito —dijo.
—Sí.
—Hacía años que no veía un amanecer. —Hizo una pausa—. Siempre estaba demasiado ocupado en mirar el suelo.
— Ahora puedes mirar.
—Sí. —Sonrió—. Ahora puedo.
Pasó un rato largo. El sol fue subiendo. La habitación se llenó de una luz dorada, tibia, que bañó las paredes y el lecho y las manos de Claudio, delgadas y pálidas, que reposaban sobre la manta. Yo le sostenía una de ellas. Cástor, de rodillas junto a la cama, sostenía la otra.
— Alejandrino.
—Dime.
—¿Oyes?