El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma CAPÍTULO 9 LA MUERTE DE CLAUDIO #2
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CAPÍTULO 9 LA MUERTE DE CLAUDIO #2

— No por mí. Por ellos. —Claudio señaló con un gesto vago hacia la ventana, hacia la ciudad, hacia el mundo—. Por los que araban sus campos en Dardania, por los niños que aprenden en sótanos, por los que parían con parteras que atravesaban tres collados. Por esos.

Aureliano asintió. No dijo nada más. Pero algo en su postura, en la tensión de los hombros, en la manera en que sus manos se aferraron a las rodillas, me dijo que había entendido de qué hablaba el emperador.

—Eso es todo —dijo Claudio, y se recostó contra los cojines—. Podéis marcharos. Y gracias.

Salieron uno a uno, en silencio, con las cabezas gachas.

Rufino, con el paño sobre la cara, salió casi corriendo.

Aurelio Casiano, con los ojos clavados en el suelo, se detuvo un instante en el umbral, como si fuera a decir algo, y luego siguió su camino.

Sabino hizo una reverencia torpe. Probo se acercó a la cama, se inclinó, y le besó la mano. Claudio le sonrió.

Aureliano fue el último. Se detuvo junto al lecho. Miró al emperador un largo rato. Después, con un gesto brusco, se llevó la mano al pecho, a la altura del corazón, y la mantuvo allí, un instante.

— Cuídate, Aureliano —dijo Claudio.

—Y tú —respondió Aureliano.

Salió.

Hermeros fue el penúltimo en irse. Pasó junto a mí con la tablilla apretada contra el pecho, sin mirarme.

Lo vi alejarse por el pasillo con el paso torpe de quien lleva mucho peso.

Y entonces comprendí algo, con una claridad súbita y dolorosa.

Que no sabía qué era Hermeros. Y que tal vez él tampoco lo sabía.

Aquella tarde, el emperador despidió uno a uno a los que lo querían.

Lo hizo con una sencillez que me dolió más que cualquier escena.

No hubo discursos, ni lágrimas, ni gestos solemnes.

Hubo, simplemente, una serie de visitas breves, de cinco o diez minutos cada una, a las que me mandó asistir o no según el caso, y que Claudio dirigió con la misma tranquilidad con que había dirigido todo lo demás en su vida.

Era como si estuviera ordenando una casa antes de un largo viaje: cerrando cuentas, devolviendo cosas prestadas, dejando recados.

El primero fue Bitis.

El viejo tracio entró con el casco bajo el brazo y los ojos fijos en el suelo, y se quedó junto a la puerta sin atreverse a avanzar.

Claudio lo llamó con un gesto. Bitis se acercó con pasos pesados, como un buey que se acerca a un matadero, y se arrodilló junto al lecho.

Era un hombre de sesenta y dos años que había servido a Claudio desde que era tribuno, que lo había acompañado en veinte campañas, que le había salvado la vida tres veces. No dijo nada. No sabía qué decir.

—Bitis —dijo Claudio—. Has sido el mejor soldado que he conocido.

El viejo, sin levantar la cabeza, hizo un ruido ahogado.

— Quiero que cojas mi capa de campaña, la gris, la que está colgada junto a la puerta.

Es la que usaba en Dardania. No tiene valor.

Pero es mía. —Alzó la mano y le tocó la cabeza, un gesto breve y torpe—.

Y quiero que sigas con Aureliano. Que lo cuides.

Es testarudo y no se deja ayudar. Pero lo necesita.

— Sí, augusto —murmuró Bitis.

—No me llames augusto. Soy Claudio. Como siempre. —Sí… Claudio.

Se levantó con dificultad. Se quedó mirándolo un instante.

Luego, con un gesto de infinito pudor, se llevó el puño al pecho, se cuadró, y salió de la habitación a paso rápido, sin volverse.

Al pasar a mi lado, vi que tenía la cara cubierta de lágrimas, que se secaba con el dorso de la mano con una rabia casi infantil.

Probo vino después. No se quedó mucho. Claudio le habló de la tierra, de un campo que poseía en Dardania, de una viña pequeña y mal cuidada que había heredado de su padre y a la que no había vuelto en veinte años.

Le dijo que quería que fuera suya. Probo, que no esperaba aquello, se quedó mudo.

Le tomó la mano y se la besó, sin decir palabra, con los ojos muy brillantes.

Cuando salió, se detuvo un instante a mi lado en el pasillo, me miró, y me dijo en voz muy baja:

— Cuando termine esto, voy a plantar la viña.

—Lo sé.

—Y le pondré su nombre.

Después entró Aureliano, solo, y la puerta se cerró.

No sé de qué hablaron. Nunca lo supe. Aureliano estuvo con él casi una hora, a puerta cerrada, y yo esperé en el pasillo con Cástor, sentado en el suelo con la espalda contra la pared, sin atreverme a pensar en lo que ocurría dentro.

No se oían voces. Solo, de vez en cuando, un murmullo bajo, apagado, intermitente, y largos silencios.

Una vez creí oír una risa breve, ronca, la de Claudio.

Otra vez, algo parecido a un sollozo, que no supe de quién era.

Cuando la puerta se abrió, el sol de la tarde caía sesgado por las ventanas del pasillo, tiñéndolo todo de un dorado frío. Aureliano salió despacio. Cerró la puerta tras de sí con mucho cuidado. Se quedó un momento inmóvil, de espaldas a mí, con la mano en el tirador. Luego se volvió.

Tenía los ojos rojos.

Era la primera vez que veía en aquel rostro de piedra algo parecido a una emoción. No lloraba. No había una sola lágrima. Pero los ojos, duros y fríos, estaban enrojecidos, y la mandíbula le temblaba levemente, como a quien aprieta los dientes con demasiada fuerza. Me miró. Yo me puse de pie.

— Médico —dijo.

—Comandante.

—Hazlo bien.

—Lo estoy haciendo.

— Más. —Su voz era ronca, rota—. Hazlo con más. Con todo lo que tengas. Con todo lo que sepas. —Hizo una pausa—. Es el único hombre que he conocido al que no he querido ver morir.

No supe qué contestar. Él tampoco esperaba respuesta. Me puso una mano en el hombro, una mano grande, callosa, pesada, y la mantuvo allí unos segundos. Luego se marchó por el pasillo con su paso largo y silencioso, sin volver la vista, hasta que el eco de sus botas se perdió escaleras abajo.

El crepúsculo llegó temprano. A las cinco de la tarde, el cielo se había teñido de un violeta oscuro, y las primeras estrellas asomaban sobre los tejados nevados de Sirmium.

Encendí la lámpara de aceite y la dejé sobre la mesa junto al lecho.

Su luz amarilla y baja dibujó en las paredes encaladas sombras largas, temblorosas.

Cástor encendió el brasero. Seutes trajo un caldo, que Claudio no probó.

Cuando me quedé a solas con él, la habitación estaba en una penumbra tibia, y el emperador, recostado en los cojines con los ojos entornados, respiraba con un ruido leve, regular, como el de un fuelle gastado.

— Alejandrino —dijo.

—Aquí estoy.

—Tengo un favor que pedirte.

—Dime.

—Quiero que me leas algo.

—¿Qué?

— Poesía. —Sonrió con los labios secos—.

Homero. Y luego a Virgilio, si hay. —Abrió los ojos—.

Nunca he sido hombre de libros. Tuve un maestro de joven, un viejo griego de Naissus, que me enseñó algo de Homero a base de golpes de vara.

Casi no lo recuerdo. Pero me gustaría escucharlo ahora.

En griego, si puede ser. Aunque no lo entienda.

—Lo traduciré.

—Mejor. —Cerró los ojos de nuevo—. Quiero llegar al otro lado con algo que contar.

Me quedé un momento sin saber qué hacer.

No tenía libros. Los rollos que había traído de Alejandría, los diez que había escrito junto al lecho de Teón, no eran poesía, y habían quedado enterrados en el fondo de un baúl, en el palacio.

Pero sí tenía la memoria. Teón me había hecho aprender de joven, como a todos sus discípulos, algunos cantos de la Ilíada, no por literatura, sino porque, decía, quien ha mirado la muerte de frente y no ha leído los versos que la miraron antes que él, es un hombre solo.

Me senté en el borde del lecho. Cerré los ojos. Y empecé a recitar.

Elegí el canto veinticuatro. No sé por qué. Quizá porque es el final, y los finales me parecían, en aquella habitación, lo único honesto.

Recité en griego, en la lengua de mi padre, con la voz baja y pausada, dejando que las palabras vinieran solas.

Era el canto de Príamo. El viejo rey de Troya, el padre de Héctor, que cruza de noche el campo enemigo, solo, en un carro, guiado por un dios, y entra en la tienda del hombre que ha matado a su hijo.

Del hombre que ha arrastrado el cadáver por el polvo.

Del hombre más temido del mundo. Y se arrodilla ante él, y le besa las manos, esas manos terribles que le han quitado a sus hijos, y le pide que le devuelva el cuerpo de Héctor para poder enterrarlo.

Traduje a trozos, entre verso y verso, con la voz entrecortada.

Dije cómo Príamo le recordó a Aquiles a su propio padre, anciano y lejano, que a esas horas esperaba noticias del hijo que nunca volvería.

Dije cómo Aquiles, al oírlo, se ablandó y lloró.

Cómo los dos, el vencedor y el vencido, el que mata y el que llora, se pusieron a llorar juntos en una tienda, cada uno por sus muertos, hasta saciarse del llanto.

Cómo después Aquiles ordenó que lavaran el cadáver de Héctor y lo ungieran con aceite y lo vistieran con ropas limpias, y cómo se sentaron a comer, los dos, en silencio, y se miraron y se admiraron, el uno por su belleza, el otro por su hablar, sin odio, sin rencor.

Claudio escuchaba con los ojos cerrados, sin moverse. Cuando terminé, su rostro estaba surcado de lágrimas. No sollozaba. Las lágrimas rodaban por las mejillas hundidas, en silencio, y se perdían en las comisuras de los labios.

— Eso es verdad —dijo, con voz ronca.

—¿El qué?

— Que los enemigos lloran juntos. —Tragó saliva—. Lo vi en la Hoz, esa noche. Cuando los godos cantaban junto a las piras y los nuestros escuchaban sin decir nada. Pensé en este pasaje. Lo recordé de golpe, después de treinta años. —Sonrió con tristeza— . Los poetas, a veces, dicen la verdad.

— A veces.

—Otro. Dame otro.

Busqué en la memoria. Me quedé un instante en silencio.

Luego, con la voz más grave, pasé a la lengua de los vencedores.

No tenía el texto, pero conocía de memoria el canto sexto de la Eneida, que me había enseñado un maestro de retórica de Alejandría, con una paciencia de sacerdote.

Recité en latín, despacio, para que él, que aquella lengua la entendía de nacimiento, la saboreara.

Era el discurso de Anquises. El padre de Eneas, en los infiernos, mostrando a su hijo el desfile de las almas que habrían de nacer, los futuros héroes de Roma: los reyes, los cónsules, los generales.