El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma CAPÍTULO 9 LA MUERTE DE CLAUDIO
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CAPÍTULO 9 LA MUERTE DE CLAUDIO

Sirmium, enero del año 270 d. C.

Subí con la teriaca al amanecer, en un cuenco de barro cubierto con un paño, y la nieve había dejado de caer.

Era una mañana límpida y helada, de un azul muy pálido, con un sol bajo que doraba las cumbres de los tejados y hacía chispear los carámbanos colgados de los aleros.

Las calles de Sirmium estaban silenciosas.

Un perro cruzaba el patio del palacio con el lomo cubierto de escarcha.

Los centinelas, envueltos en sus capas, golpeaban el suelo con los pies para entrar en calor.

Todo parecía normal. Todo parecía un día cualquiera de invierno en una ciudad fronteriza.

Y yo subía la escalera de piedra con un cuenco en las manos, sintiendo en la boca el sabor de la noche en vela, de la miel hervida, del humo.

Bitis estaba en la puerta, de pie, en la misma postura en que lo había dejado. No parecía haberse movido en toda la noche. Tenía la cara gris y los ojos enrojecidos. Me miró. Asentí con la cabeza. Apartó el escudo de la puerta y me dejó pasar.

El emperador estaba despierto.

Estaba sentado en el lecho, apoyado en los cojines, con las manos cruzadas sobre la manta y los ojos fijos en la ventana por donde entraba la luz.

Había abierto el postigo. Entraba un aire cortante, limpio, que olía a nieve.

En la habitación, a pesar de todo, quedaba el dulzor, en la lana, en las paredes, en el aire quieto; pero aquella mañana, con el postigo abierto, se mezclaba con el frío y casi no se notaba.

Claudio giró la cabeza al oírme entrar y sonrió. —Has tardado —dijo.

— La teriaca lleva su tiempo.

—Ya me lo figuraba. Trae.

Le tendí el cuenco. Destapé el paño. Un olor denso, aromático, medicinal, subió de la pasta oscura y brillante, con un fondo de cosa viva que no se disimulaba. Claudio se inclinó, la olió, arrugó la nariz.

— Huele a lagarto.

—Es víbora.

—Peor. —Rio, con una risa corta que acabó en tos—. ¿Cuánto debo tomar?

— Una cucharada. Dos veces al día.

—¿Sirve de algo?

—No.

— Gracias por la honestidad. —Cogió la cuchara de madera que yo le tendía, la hundió en la pasta, y se la llevó a la boca. La tragó con un gesto de asco, y luego, con los ojos cerrados, respiró hondo—. Sabe a rayos.

—Lo sé.

— Pero tiene un fondo de miel. —Abrió los ojos—. Es como la vida. Tiene un sabor atroz y de pronto, cuando uno se acostumbra, descubre que debajo había algo dulce.

—Eso no lo dijo ningún filósofo.

— Lo dice Claudio, que es mejor que cualquier filósofo. —Hizo un gesto con la mano—. Siéntate. Y escúchame. Necesito que hagas varias cosas esta mañana.

La primera fue convocar el consejo.

Lo pidió con una naturalidad tan completa que casi no entendí lo que significaba.

Quería a todos. Esa misma mañana, a mediodía, en su habitación.

A Aureliano. A Probo. A Aurelio Casiano.

A los legados Rufino y Sabino. A Hermeros, con su tablilla.

Quería que vinieran los mandos de las legiones y que nadie faltara.

— Augusto, no es prudente —dije.

—¿Por qué?

—Porque la enfermedad se contagia. Porque están sanos. Porque si entran aquí, podrían salir enfermos.

— Podrían. —Sonrió—. Pero quiero que sepan lo que ocurre.

Que lo vean con sus ojos. Si no, dentro de una semana los mismos que murmuran que el emperador está delicado dirán que lo han envenenado, o que ha huido, o que se ha vuelto loco.

—Se encogió de hombros—. Tengo derecho a una muerte pública. Es lo único que me queda.

— Entonces te pido que me dejes tomar precauciones. —Todas las que quieras.

Las tomé. Hice abrir de par en par los dos postigos y la puerta del vestíbulo, para que el aire corriera.

Hice colocar los taburetes en semicírculo a tres pasos de la cama, ni uno menos.

Hice empapar paños en vinagre y dejarlos junto a la entrada, para que cada cual se cubriera la nariz y la boca.

Hice traer un brasero de resinas aromáticas, de enebro y de pino, que ardían con un humo espeso y limpio.

Cástor, de pie junto a la puerta, vigilaba que nadie se acercara más de lo debido.

A mediodía llegaron.

Los vi entrar uno a uno, con la expresión de quienes han sido convocados para algo grave sin saber qué.

Venían de uniforme completo, con las capas de lana y los cinturones bien ajustados.

Aureliano fue el primero. Entró con paso largo y silencioso, saludó con una inclinación de cabeza al emperador, y se sentó en el taburete más cercano a la cama, a menos de tres pasos, sin pestañear siquiera ante la distancia.

Probo llegó detrás, con los ojos muy claros y la mano en el rollo de papiro que llevaba bajo la túnica.

Se sentó al lado de Aureliano. Se miraron un instante.

Después entraron los otros.

Aurelio Casiano venía con la mandíbula apretada y los ojos de buey fijos en el suelo.

Al cruzar el umbral se detuvo. Olfateó el aire.

Su rostro cambió, apenas. Dio un paso atrás.

Después, con un gesto brusco, cogió uno de los paños de vinagre, se lo ató sobre la cara y fue a sentarse en el taburete más alejado, a seis pasos de la cama, con los brazos cruzados sobre el pecho.

Rufino, el legado grueso y colorado de la Flavia, entró resoplando.

Vio al emperador, vio los paños, vio el brasero, y se quedó con la boca entreabierta.

Retrocedió. Se llevó un paño a la nariz con tanta prisa que lo puso del revés.

Se sentó junto a Aurelio, lo más lejos que pudo.

Domicio Sabino, el viejo veterano de la Itálica, entró frotándose la rodilla, y ocupó su sitio sin una palabra.

El último en llegar fue Hermeros.

Entró despacio, con la tablilla en una mano y el cálamo en la otra, con la cara redonda y pálida, brillante de sudor. Al ver a Claudio, tan pálido y demacrado sobre la almohada, ahogó una exclamación. Se detuvo en la puerta, con los ojos muy abiertos, temblando. Claudio le sonrió.

— Entra, Hermeros —dijo con voz suave—. No muerdo. —Augusto…

—Siéntate. Tienes trabajo.

Hermeros se sentó en un taburete cerca de la puerta. No se puso paño en la cara. Se quedó con la tablilla sobre las rodillas, el cálamo en el aire, sin escribir.

Y Claudio habló.

—Señores —dijo.

Su voz era un hilo, pero sonó clara en el silencio de la habitación. Había en ella algo de ceremonia, de despedida, que hizo que todos se enderezaran en los taburetes.

— Os he llamado para deciros tres cosas.

La primera, que estoy enfermo. —Sonrió—.

Ya lo habréis notado. Es la peste. La de Cipriano, la que lleva veinte años recorriendo el imperio.

La contraje en Naissus, hace tres meses, y la superé una vez.

Pero ha vuelto, y esta vez no la voy a superar.

—Hizo una pausa—. No os lo dije antes porque no quería que el ejército lo supiera. Ahora ya no importa.

Nadie dijo nada. Rufino, con el paño sobre la cara, soltó un gemido ahogado. Sabino se llevó una mano a la boca. Probo cerró los ojos. Aureliano, inmóvil, con los brazos cruzados, lo miraba sin pestañear.

— La segunda cosa —prosiguió Claudio— es que me voy a morir en los próximos días.

Quizá en las próximas horas. Y quiero que sepáis que lo hago con la conciencia tranquila.

He cumplido lo que pude. He derrotado a los godos.

He mantenido unido lo que quedaba del imperio.

No he conseguido todo lo que quería, pero tampoco lo que temía.

—Su voz se quebró un instante—. Es más de lo que cabe esperar de un campesino de Dardania.

—Augusto —murmuró Probo.

—Déjame terminar. —Alzó una mano delgada—. La tercera cosa es la más importante. Es la sucesión.

El silencio, en aquel momento, se hizo tan denso que se podía cortar.

Vi cómo Aurelio Casiano se inclinaba hacia delante, con los ojos fijos en el emperador, sin parpadear.

Vi cómo Rufino bajaba el paño unos centímetros, olvidando el miedo al contagio.

Vi cómo Hermeros apretaba el cálamo hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

— Mi hermano Quintilo está en Aquileia —dijo Claudio—.

Es un hombre bueno, honrado, leal. Os pido que lo respetéis.

Pero no tiene condiciones para mandar un ejército, y vosotros lo sabéis.

— Hizo una pausa—. El Senado lo proclamará.

Es lo que harán, porque es mi hermano, y porque lo creen manejable.

No os opongáis. Dejadlos. Durará unos meses. Y cuando caiga, el ejército elegirá.

— ¿A quién? —preguntó Aurelio Casiano, con voz de grava. Claudio lo miró.

—Yo recomiendo a Aureliano.

Fue como si hubieran lanzado una piedra a un estanque.

El rumor corrió por la habitación en ondas silenciosas.

Vi cómo se miraban Rufino y Aurelio, un cruce de ojos rápido, cargado de cosas que no alcancé a descifrar.

Vi cómo Sabino bajaba la cabeza con un gesto de aceptación cansada.

Vi cómo Probo, al lado de Aureliano, sonreía muy levemente, como quien oye confirmar lo que siempre había sabido.

Y vi cómo el propio Aureliano, sin mover un músculo, sin una sola expresión en su rostro de piedra, bajaba despacio los ojos, hasta fijarlos en el suelo, y los mantenía allí, inmóviles, durante lo que pareció un siglo.

Y vi, en el rincón, algo más.

Hermeros había roto el cálamo. Lo había partido entre los dedos, sin darse cuenta, y la tinta le manchaba la palma. Se miraba la mano con una expresión de estupor, como quien contempla una herida ajena. Después levantó los ojos. Y me miró.

Fue un instante. Un parpadeo. Pero en aquella mirada, en aquellos ojos redondos y húmedos, vi algo que no esperaba: no era triunfo ni rabia ni miedo.

Era una especie de desesperación muda, de súplica, de pregunta.

Como si me dijera: ¿lo has visto? ¿Has visto lo que está pasando?

Desvió la vista casi enseguida. Cogió otro cálamo de su estuche y empezó a escribir.

— Recomiendo a Aureliano —repitió Claudio, con la voz muy suave—, porque es el único hombre del imperio capaz de sostenerlo. Es duro. Es frío. Es implacable. Y es justo, a su manera. —Se volvió hacia el comandante—. Aureliano. ¿Aceptarás?

Aureliano levantó los ojos. Pasó un largo silencio.

—No es a mí a quien corresponde aceptar, augusto —dijo por fin, con su voz seca—. Es al ejército elegir.

— Pero si te eligen.

—Si me eligen… —Calló un instante—. Lo haré por ti.