El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma CAPÍTULO 8 EL EMPERADOR ENFERMO #5
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CAPÍTULO 8 EL EMPERADOR ENFERMO #5

—El día que cure a alguien de esto, me retiro. Y compro una cabra.

—¿Una cabra?

— Y un huerto. —Esbozó una sonrisa torcida—. Todos los médicos viejos deberíamos terminar con una cabra y un huerto. Es lo único decente.

Se marchó a la cuarta mañana, de vuelta a sus enfermos, sin despedirse.

Me dejó, sobre la mesa de la cocina, una pequeña tablilla de cera con una receta escrita con letra apretada.

Una teriaca. El antiguo antídoto universal de Andrómaco, el médico de Nerón, esa mezcla de más de sesenta ingredientes, entre ellos carne de víbora y opio, que se vendía en todas las boticas del imperio y en la que ningún médico serio creía.

Debajo, una línea: «No servirá. Pero hazla. Es bueno tener algo que hacer».

Probo me encontró en el patio del palacio, una mañana de nieve, mientras Cástor y yo sacudíamos las mantas de la habitación del emperador.

Llevaba un manto de lana oscura con la capucha echada y un cuenco de gachas calientes en las manos, que me tendió sin decir nada.

Lo acepté. Estuvimos un rato callados, mirando cómo la nieve cubría los tejados de las caballerizas, las cestas de leña, los hombros de los centinelas inmóviles junto a la puerta.

— Hace doce días que no veo al augusto —dijo por fin, con su voz suave—. Los legados preguntan. Los tribunos preguntan. Hasta los soldados preguntan, en las tabernas.

— Está delicado del pecho.

—Eso dicen los partes.

—Es lo que hay.

— Es lo que hay. —Sonrió de lado—. Alejandrino, no te lo pregunto porque dude de ti. Te lo pregunto porque tengo un amigo en esa habitación al que no me dejan ver. Y porque soy hijo de un soldado, y los soldados sabemos cuándo se nos mira a los ojos con una verdad a medias.

No supe qué responder. Le devolví el cuenco.

—Probo —dije—. Te lo pido como favor. No preguntes. Él me miró largamente. Luego, con una lentitud infinita, asintió.

— Está bien. —Se subió la capucha—. No preguntaré. Pero déjame decirte una cosa. Cuando llegue el momento, sea el que sea, no me dejes fuera. Yo he plantado muchas cosas en mi vida, y sé que hay que estar presente cuando se riega y cuando se arranca.

— Estarás.

—Gracias.

Se alejó por el patio nevado con su paso ligero, dejando sobre la nieve una hilera de huellas pequeñas y regulares. Cástor, a mi lado, lo siguió con la mirada hasta que desapareció. Después me dio un codazo suave, señaló la habitación del emperador con la barbilla, y me miró, preguntando.

— Sigue igual —dije.

Cástor asintió. Y volvimos a sacudir las mantas.

Hermeros vino a verme a medianoche, el undécimo día.

Estaba en la cocina del palacio, sentado ante una mesa larga, con un caldero humeante al fuego y la tablilla de Filón delante, cuando oí un paso suave en la puerta.

Alcé la cabeza. Allí estaba, de pie en el umbral, con una lámpara en la mano, en camisa de dormir, descalzo, con el rostro redondo y amable bañado en lágrimas.

—Centurión —dijo con voz rota.

Me puse de pie con precaución. Seutes, que dormitaba en un rincón, abrió los ojos, y Cástor, junto a la chimenea, se incorporó sin hacer ruido y puso la mano sobre el cuchillo.

—Hermeros. ¿Qué haces aquí?

— No puedo dormir. —Se pasó el dorso de la mano por las mejillas—. Llevo doce noches sin dormir. No me dejan verlo. Bitis no me deja. Tú no me dejas. Lo comprendo. Pero…

—No puede entrar nadie.

— Lo sé. —Su voz se quebró—. Pero es mi amo. Y mi amigo. Lo conozco desde hace veintidós años. Lo he visto casarse, he visto morir a su hijo, he visto cómo lo hacían tribuno, general, emperador. Lo he visto todo. Y ahora… —No pudo seguir.

Lo miré con una frialdad que me costó mantener. Era un hombre pequeño, calvo, rechoncho, de manos suaves y modales untuosos, que tenía ahora el aspecto de un niño asustado. Lloraba sin disimular, con la boca abierta, con los hombros temblando. Si estaba actuando, era el mejor actor que he conocido.

—Te prometo que cuando muera —dije lentamente—, serás el primero en saberlo.

— No es eso lo que quiero. —Alzó los ojos, enrojecidos—. Quiero verlo mientras vive. Aunque sea un instante. Aunque sea dormido. Quiero decirle… —Se calló.

—¿Qué quieres decirle?

Hermeros tardó en responder. Algo le cruzó el rostro, una sombra extraña, un conflicto, una duda, algo que podría haber sido remordimiento o podría haber sido cualquier otra cosa.

— Quiero decirle que no era lo que parecía —murmuró. Me quedé inmóvil.

—¿Qué no era lo que parecía?

—Nada. —Sacudió la cabeza con una especie de pánico—. Nada. Perdona. Estoy cansado. Hablo por hablar.

—Hermeros.

—Déjalo. Déjalo, por favor. —Retrocedió un paso—. Perdona. He hablado de más. Voy a acostarme.

Se dio la vuelta y salió casi corriendo. Su paso fue amortiguándose en el corredor, y por último se perdió. Seutes se levantó, con la cara encendida.

— ¿Qué ha dicho? —murmuró—. ¿Has oído lo que ha dicho? —Lo he oído.

—«No era lo que parecía». —Se rascó la cabeza—. ¿Qué significa? —No lo sé.

—¿Va tras él?

Pensé un momento. Pensé en la promesa que había hecho. Pensé en el hombre moribundo en la habitación de arriba. Pensé en la ambigüedad de aquella frase, que podía ser una confesión o una excusa o una pura crisis de nervios.

— No —dije—. Déjalo ir.

—¿Por qué?

— Porque si lo detengo, rompo la promesa. —Me pasé las manos por la cara—. Y porque no sé si es culpable. Quizá lo es. Quizá es un pobre diablo que ha estado a punto de ser algo que no es. No lo sé. Y mientras no lo sepa, no puedo tocarlo.

Seutes soltó un gruñido de disgusto, pero no discutió.

Me senté de nuevo ante la mesa. Cogí la tablilla de Filón y la leí por tercera vez.

Claudio me llamó al duodécimo día, a la hora del crepúsculo.

Subí a su habitación con un cuenco de caldo en las manos y la sensación, que ya había aprendido a reconocer, de que algo estaba a punto de terminar.

Lo encontré despierto, incorporado sobre la almohada, con los ojos muy claros y las mejillas hundidas.

Había pedido que lo afeitaran. Tenía la barba recortada, el pelo peinado hacia atrás, y llevaba una túnica limpia de lana blanca.

Parecía un hombre que se prepara para un viaje.

— Siéntate —dijo.

Me senté.

—No quiero caldo.

—Debes beber.

—He bebido toda mi vida. —Sonrió—. Ya no necesito más.

Dejé el cuenco sobre la mesa. Me miró un instante, con una ternura callada, y cuando habló, lo hizo con una voz sorprendentemente fuerte, clara, la de los viejos tiempos.

— Quiero que me dejes solo esta noche.

—Augusto…

— Solo. Sin ti, sin Bitis, sin guardias. Sin nadie. —Alzó una mano—. No me pasará nada. No me voy a morir esta noche. Pero quiero pasarla solo. Quiero estar con mis pensamientos.

—No puedo dejarte.

— Sí puedes. —Me tocó la muñeca—. Eres médico, alejandrino. Sabes que hay cosas que un hombre debe hacer a solas. Y morir es la principal.

Callé. Sentí la garganta apretada.

— Vete a preparar tu medicina —dijo, con un asomo de sonrisa—. La que Filón te ha dejado. La teriaca. Sé que no sirve. Tú lo sabes. Él lo sabe. —Hizo una pausa—. Pero hazla. Porque necesitas hacerla. Y porque a mí me gustará saber que alguien, en alguna parte, está cocinando algo para salvarme.

Quise decir algo. Quise protestar, o llorar, o abrazarlo. No hice nada de eso. Me levanté, con las piernas flojas, y le tomé la mano. Estaba seca y ligera, de huesos finos, y apretó la mía con una fuerza breve y cálida.

— Gracias, alejandrino —dijo—. Por todo.

—No me las des.

—Las doy cuando quiero. —Sonrió—. Anda. Vete.

Salí de la habitación con la vista nublada. Cerré la puerta tras de mí, con cuidado, como se cierra la puerta de una cuna. En el pasillo, Bitis, con el escudo apoyado en la pared y el rostro vuelto hacia el suelo, no se movió. Pero al pasar a su lado vi que le temblaban los hombros.

Bajé a la cocina. Encendí los fuegos. Seutes, con una mirada, comprendió lo que ocurría y se puso a ayudarme en silencio, trayendo cacerolas, hierbas, frascos. Cástor, junto a la puerta, me miró sin que yo supiera cómo, y se sentó en un taburete con las manos sobre las rodillas.

Preparé la teriaca. Era una operación larga, delicada, que me llevó toda la noche.

Había que pulverizar en el mortero sesenta y cuatro ingredientes: la mirra, el incienso, el azafrán, la canela, el opio, la raíz de genciana, la valeriana, el ajenjo.

Había que cocer en miel los pedazos de víbora, que Seutes había conseguido en el mercado a precio de oro, y que despedían un olor repugnante.

Había que mezclarlo todo, a fuego lento, removiendo sin parar durante horas, hasta formar una pasta oscura, brillante, de olor penetrante, que se dejaba reposar y se tomaba por cucharadas.

Removí. Removí con la paleta de madera, mirando cómo la pasta se espesaba y adquiría el color del ámbar viejo. El humo me llenaba los ojos de lágrimas. No sé si eran del humo. Seutes, a mi lado, hacía chistidos de comprensión, sin hablar. Fuera, la nieve caía sin ruido sobre los tejados de Sirmium.

Sabía que no funcionaría. Lo sabía con la seguridad con que se sabe que el sol saldrá por la mañana.

No había teriaca que curase la peste. No había hierba que detuviera el mal que se llevaba a uno de cada cuatro y condenaba a los otros tres.

No había nada. Lo había aprendido en la bodega de Teón, en la tienda de Claudio, en el campo de la Hoz.

Había aprendido que hay cosas contra las que no se puede luchar, y que un médico es, en último término, un hombre que se obstina en hacerlo.

Pensé en Teón. «Jura que siempre lucharás contra ella, aunque no puedas verla».

Y comprendí que lo que me había pedido no era vencerla.

Era no rendirme. Era seguir removiendo la olla aunque supiera que estaba vacía.

Era cocinar, en una cocina oscura de Sirmium, una pasta inútil para un hombre que ya había decidido morir, porque no había otra manera de seguir siendo lo que era.

Removí hasta el amanecer.

Arriba, en una habitación encalada con una ventana que daba al río, el emperador de Roma yacía solo, con los ojos abiertos, mirando caer la nieve.