El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma CAPÍTULO 8 EL EMPERADOR ENFERMO #4
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CAPÍTULO 8 EL EMPERADOR ENFERMO #4

Se quedó inmóvil, con los ojos clavados en el techo, y una expresión de una calma casi terrible. Pasó mucho tiempo. Creí que se había dormido. Después, muy despacio, giró la cabeza hacia mí y sonrió. Fue una sonrisa pequeña, triste, la de un hombre que oye confirmar lo que siempre había sabido.

— Siempre supe que no todos me querían —dijo.

—Augusto…

— No te preocupes. No me sorprende. Nadie sube a donde yo he subido sin dejar enemigos.

Y menos un campesino de Dardania, sin linaje, sin riqueza, sin más mérito que haber sobrevivido.

— Soltó una risa baja—. Es lógico que haya quien piense que merecen más.

Hombres de familia antigua. De los que mandan. Lo comprendo.

—¿Lo comprendes?

— Claro. —Me miró con ojos serenos—. Yo en su lugar quizá haría lo mismo. Si creyera que el imperio se hundía en manos de un rústico, quizá me pareciera un deber arrancárselo.

—Han envenenado a ciento cuarenta hombres.

— Lo sé. —Su voz se endureció—. Y eso no lo perdono. Ni lo perdonaré. Pero no es lo mismo que desear mi muerte. Eso, lo comprendo. —Hizo una pausa—. Lo otro, no.

Se incorporó un poco sobre la almohada. Le ayudé a sentarse. Respiraba con dificultad, pero sus ojos tenían una luz que no le había visto en semanas.

— Escucha lo que te voy a decir, alejandrino, porque no tengo tiempo de repetirlo. —Habló con lentitud, midiendo cada palabra—. No puedes contarle esto a nadie.

—¿Cómo?

— A nadie. Ni a Aureliano, ni a Probo, ni a Aurelio, ni al Senado. A nadie. Ni siquiera cuando yo muera. Sobre todo cuando yo muera.

—Augusto, no puedo…

—Sí puedes. Y lo harás. —Me agarró la muñeca con una fuerza insospechada—.

Piensa. Si yo muero, el imperio queda sin cabeza.

Hay un hermano mío que no durará dos meses.

Hay un ejército de cuarenta mil hombres que no sabe a quién obedecer.

Hay un Senado que quiere recuperar el poder que perdió con Galieno.

Hay Póstumo en las Galias. Hay Zenobia en Oriente.

Y hay godos por todas partes. —Tomó aire—.

Ahora imagina que se sabe que el hijo de un senador ilustre, con la complicidad de legados, de tribunos y del secretario del emperador, ha envenenado el agua del ejército para derrocarme. ¿Qué ocurre?

—Se les castiga.

— Se les intenta castigar. Y el Senado se divide.

Los amigos de Valerio Casto dicen que es una calumnia.

Los legados de Rufino se alzan en armas.

La Itálica se rebela. Las demás legiones toman partido.

En una semana, el ejército que ha salvado a Roma de los godos se está matando a sí mismo.

—Sus ojos brillaban—. Es lo que ellos quieren.

No lo saben, quizá. Pero es lo que quieren.

Una guerra civil. Otra más. La treinta y tantas de este siglo. Y yo no voy a ser su causa.

—Pero los dejas libres.

— Los dejo vivos. Que es distinto. —Soltó mi muñeca—. Mientras yo viva, no se atreverán. Mientras viva, creen que pueden esperar. Y cuando muera, mi sucesor sabrá lo que hay que hacer. Con el tiempo. Con calma. Con pruebas. No a golpes de ira. No con un ejército dividido.

Callé. Sentí un nudo en la garganta. Comprendí lo que estaba pidiendo, y no podía negárselo ni podía aceptarlo.

— ¿Quién será tu sucesor? —pregunté.

Claudio sonrió con tristeza.

—Aureliano.

No me sorprendió. Pero oírlo me estremeció.

— Mi hermano Quintilo es bueno —prosiguió—.

Es honrado, es sencillo, es leal. Y es incapaz de mandar un ejército.

El Senado lo proclamará, porque es mi hermano y porque lo manejarán a su antojo.

Durará lo que dura un cántaro en una piedra.

—Su voz se endureció—. El único hombre del imperio que puede sostener esto es Aureliano.

Es duro. Es frío. Es implacable. Y es el único que sabe lo que hay que hacer.

Ha mandado la caballería que ganó Naissus.

Los soldados lo siguen. Los godos le temen.

Y no tiene familia, ni deudas, ni amigos que le cobren favores.

—Y lo quieren muerto.

— Lo quieren muerto. Lucio, sobre todo. —Cerró los ojos—. Aureliano es lo único que se interpone entre ellos y el trono. Cuando yo caiga, intentarán eliminarlo. Y si lo consiguen, el imperio se hunde.

— ¿Qué quieres que haga?

—Que lo protejas.

—¿Yo?

— Tú. —Abrió los ojos—. No sé quién más.

Eres el único que sabe la verdad, además de él, que ya la sospecha.

Eres el único en quien confío. Eres médico.

Nadie sospecha de un médico. Entras donde quieres.

Hablas con quien quieres. Y tienes la vara.

—Hizo una pausa—. Júramelo, alejandrino.

Júrame que protegerás a mi sucesor. Y que no revelarás nunca lo que me has contado.

Me quedé inmóvil. En el brasero, una brasa se rompió con un chasquido.

— Augusto —dije, y mi voz sonó extraña—. Me pides que calle ante un crimen. Que proteja a los que lo han cometido de las consecuencias. Que viva sabiendo lo que sé, y que no haga nada.

— Te pido que esperes.

—¿Cuánto?

— Lo que haga falta. —Sus ojos, hundidos y claros, se clavaron en los míos—.

No te digo que los perdones. Ni que los olvides.

Te digo que aguardes, que tengas paciencia, que no te dejes llevar por la ira.

Es lo más difícil que puede pedírsele a un hombre honrado.

Y es lo único que puede salvar al imperio.

Pensé en Ansila. En Amalric, con el trapo atado a la muñeca.

En los nueve de la fuente, en los ciento cuarenta de la Itálica.

En Fusco, que había muerto sin que lo odiaran.

Pensé en lo que significaba callar. Y pensé también en el hombre que me lo pedía, tendido en una cama de gobernador, a punto de morir, que había pasado toda su vida cargando con lo que otros no querían cargar.

— Lo juro —dije.

—¿Por qué?

—Por Teón. Mi maestro. —Respiré hondo—. Por la última cosa que me pidió.

—Bien. —Cerró los ojos de nuevo, con una especie de alivio—. Es suficiente.

Se quedó callado un rato. Pensé que se había dormido. Cuando volvió a hablar, lo hizo en un susurro.

— Dime una cosa, alejandrino.

—Dime.

—¿Cómo se llamaba el niño?

—¿Qué niño?

—El de los juncos. El hijo del espía godo de Singidunum. El que dejaste con la viuda.

No me lo esperaba. Lo miré, estupefacto.

—No lo sé —dije—. No tuve tiempo de preguntarle.

—Qué lástima. —Sonrió, con los ojos cerrados—. Habría sido un buen nombre para la tablilla.

Se durmió así. Yo me quedé a su lado, en la penumbra, con las manos en el regazo. Fuera, la nieve había vuelto a caer. Pasaron doce días. Fueron los más lentos de mi vida.

Había creído que los diez días de la primera fiebre habían sido el límite del cansancio posible.

Me equivocaba. Aquella segunda agonía, sorda, interminable, sin crisis ni milagros, sin una hora de alivio ni una hora de espanto, tenía algo de pesadilla cotidiana.

Cada mañana, al abrir los ojos, me preguntaba si él seguiría vivo.

Cada noche, al cerrarlos, si despertaría.

Y entre una cosa y otra, las horas se arrastraban como bueyes cansados por un camino de barro.

Claudio adelgazaba. Las mejillas se le hundían, los pómulos le asomaban, y la piel, que había sido curtida y morena, tomaba un tono amarillento, de cera, a través del cual transparecían las venas.

Los ojos, enormes en la cara demacrada, seguían siendo claros.

Pero a cada día miraban más lejos. Había momentos en que me hablaba con una lucidez perfecta, y otros en que se quedaba mirando un punto del techo con una sonrisa tenue, como quien escucha una música que los demás no oyen.

La tos no cedía. Escupía sangre. Dormía casi todo el día, y por la noche se despertaba sobresaltado, pidiendo agua con una voz de niño.

Yo no me apartaba de él. Dormía en una esterilla junto al lecho, con una manta sobre los pies. Cástor, a la entrada, con su cuchillo. Seutes, en la cocina del palacio, hirviendo agua día y noche. Bitis, con sus hombres, formando un cordón en los pasillos. Y fuera del palacio, el mundo seguía.

El secreto se mantuvo. Fue un milagro, o casi.

El emperador, decían los rumores en la ciudad, estaba delicado; se le había agravado la tos con el frío; los médicos le habían recomendado reposo.

Nadie hablaba de peste. Nadie sabía nada.

Los legados, los tribunos, los secretarios, recibían a diario un parte sereno, redactado por Bitis y revisado por mí, que decía que el augusto guardaba cama por indicación médica y que sus órdenes seguían siendo las que se habían dado.

El ejército, acuartelado en Sirmium, esperaba el fin del invierno.

Solo Aureliano sabía la verdad. Venía cada tarde, a la hora del crepúsculo, entraba en la habitación sin hacer ruido, se sentaba en un taburete junto al lecho, y miraba al emperador durante largo rato, en silencio, con los brazos cruzados y el rostro de piedra.

Claudio, si estaba despierto, le sonreía.

Si dormía, Aureliano se quedaba allí, inmóvil, como un perro de guarda.

Una tarde, al salir, se detuvo ante mí en el pasillo.

— ¿Cuánto?

—Días.

—¿Cuántos?

—No sé. Pocos.

Asintió una vez, con un movimiento seco, y siguió su camino. Pero la sombra que le cruzó el rostro, tan breve que podría haberla imaginado, me dijo más que cualquier palabra.

Probé todo lo que sabía.

Le di infusiones de sauce, de manzanilla, de tomillo, de ajenjo.

Le apliqué paños fríos en la frente, en el pecho, en las axilas.

Le hice beber agua de cebada con miel hasta que no pudo más.

Le froté el cuerpo con vinagre y aceite de rosas.

Le puse ventosas en la espalda, para aliviar el pecho.

Le administré, en dosis medidas, jugo de adormidera para el dolor y para el sueño.

Probé con compresas de mostaza, con baños de agua tibia, con fumigaciones de resina de pino.

Llamé a Filón, que vino de Viminacium en dos días, cabalgando sin parar, con el rostro de pájaro desencajado, y que examinó al emperador durante una hora entera en silencio, con las manos temblando, sin tocarlo apenas.

—No hay nada que hacer —dijo al fin, en el pasillo, muy bajo—. Lo sabes. Lo sabías desde el primer día.

— Lo sabía.

—Entonces ¿por qué sigues?

—Porque no puedo parar.

Filón me miró un largo instante. Me puso una mano en el hombro. Era la mano de un viejo, delgada, seca, de dedos nudosos, que había cosido a tantos hombres.

—Eso es lo que nos hace médicos —dijo—. Y lo que nos hace desgraciados.

Se quedó tres días. Los dos hicimos guardia junto al lecho, turnándonos. No hablamos mucho. Una noche, hacia el amanecer, me dijo sin que viniera a cuento: