CAPÍTULO 8 EL EMPERADOR ENFERMO #3
— No me mientas, médico. —Tampoco se detuvo—. He visto cómo se apoya en la mesa en los consejos. Cómo se agarra al arzón. Cómo tose. He visto lo que te cuesta a ti mirarlo. Y he hablado con Bitis, que no me ha dicho nada, lo cual me lo ha dicho todo.
Callé.
—Es la peste —dijo.
—Sí.
—¿Se salva?
—Ya se ha salvado. De esta vez.
Aureliano se detuvo. Se volvió hacia mí. A la luz de la luna, su rostro era una máscara dura, sin expresión. Tardó mucho en hablar.
— Gracias —dijo al fin, con una voz que no le había oído nunca. —No me las des.
— Te las doy. —Hizo una pausa—. No diré nada.
A nadie. Ni a Probo. Ni a nadie. Pero escucha: si Claudio cae, el imperio entero cae con él.
Y eso lo saben otros además de nosotros.
Los que envenenaron el agua. Los que mataron a Eutiquio.
Esperan algo. Saben que el emperador es mortal.
Y cuando se enteren de que lo es más de lo que parece…
—Lo sé.
— Entonces tendré que ser sus ojos. —Alzó la barbilla—. Cuando él no pueda ver. Y tú, los suyos cuando no pueda sentir. Eso nos toca.
—Nos toca.
Aureliano asintió. Después, sin añadir una palabra, se perdió en la oscuridad.
Aquel otoño fue una larga persecución.
El ejército romano, con su emperador a la cabeza, recorrió las montañas de los Balcanes tras los restos del ejército godo.
Fue una campaña dura, deslucida, sin batallas campales, de emboscadas, de escaramuzas, de hambre y de frío.
Los godos supervivientes, hambrientos y desmoralizados, se dispersaron por los valles del Hemo, en pequeñas bandas que los jinetes de Aureliano acosaban sin descanso.
Algunos se rindieron. Otros murieron de hambre en las nieves, que cayeron temprano aquel año.
Muchos, los más jóvenes, fueron incorporados al ejército romano como reclutas.
Otros, los más viejos, con sus mujeres y sus niños, fueron asentados como colonos en tierras despobladas de Mesia y de Tracia, donde labrarían los campos que los campesinos romanos habían abandonado.
Wisigar fue uno de ellos. Se despidió de mí una mañana de octubre, a las puertas del campamento de Viminacium, montado en un carro de bueyes junto a Teudas y a una veintena de supervivientes de su pueblo.
Iba descalzo, delgado como un junco, con el costado aún vendado.
Cuando pasó a mi lado no volvió la cabeza.
Pero al llegar al recodo del camino, sin darse la vuelta, levantó la mano derecha y la mantuvo un instante en el aire, abierta.
No era un saludo. Quizá era una despedida. Quizá, solo quizá, era otra cosa.
Lucio Valerio Casto se reincorporó al servicio a mediados de noviembre.
Lo vi pasar una mañana, a caballo, al frente de su escuadrón, con la capa granate sobre los hombros y la pierna perfectamente curada.
Me saludó desde lejos con una sonrisa radiante y un gesto afectuoso de la mano.
«¡Centurión!», gritó. Y yo respondí al saludo, con el rostro quieto, sin una arruga, mientras sentía en la nuca la mirada de Aureliano, que cabalgaba a su lado, y que no apartó los ojos del joven tribuno durante toda la jornada.
No ocurrió nada. Nada en absoluto. Ni nuevos envenenamientos, ni muertes misteriosas, ni cartas anónimas.
El campamento, bien vigilado, bien hervido, siguió su marcha sin sobresaltos.
Los conspiradores, quienesquiera que fueran, esperaban.
Y mientras esperaban, el invierno cerraba los pasos de montaña y el ejército, agotado, se retiraba hacia el Danubio.
A principios de diciembre llegamos a Sirmium.
Fue un alivio inmenso. Había casas con techo, camas, chimeneas, baños.
El emperador se instaló en el palacio del gobernador, un edificio austero de piedra gris con vistas al río.
Los soldados fueron acuartelados en las casas de la ciudad.
Por primera vez en meses se pudo dormir bajo un techo sin pensar en emboscadas.
Fue en Sirmium, a los cinco días de nuestra llegada, cuando la fiebre volvió.
La segunda fiebre fue distinta de la primera.
No ardió tanto. No lo hizo delirar. Fue una fiebre sorda, lenta, constante, que se instaló en su cuerpo como un inquilino que ha decidido quedarse, y que le fue minando las fuerzas día a día, hora a hora, sin estridencias.
Cuando le tomé el pulso la primera mañana, supe que no había esperanza.
No lo supe con la mente. Lo supe con los dedos, con ese saber callado que enseñó Teón: había en el latido algo arrastrado, algo cansado, algo que ya había empezado a marcharse.
El dulzor volvió con ella.
Estaba allí, en el aliento de Claudio, más denso, más intenso que la primera vez, como si el huésped, tras una larga ausencia, hubiera vuelto con más confianza.
Lo respiré con los ojos cerrados. No dije nada.
Pero él, que me miraba desde la almohada con ojos hundidos y claros, lo supo sin que yo hablara.
— Es la segunda —dijo.
—Sí.
—Y esta no la paso.
—No sé…
—Alejandrino. —Su voz, aunque débil, tenía el filo de siempre—. Nunca me has mentido. No empieces ahora.
Me callé.
Estábamos en el dormitorio del palacio del gobernador, en Sirmium, una pieza austera de paredes encaladas, con un lecho de madera, un brasero de bronce y una ventana estrecha que daba al Savo.
Afuera nevaba. Una nieve fina y silenciosa que se acumulaba en el alféizar y que daba a la habitación una luz blanquecina, irreal.
Era el atardecer del sexto día de la recaída.
Habían salido todos: los criados, los secretarios, los guardias.
Solo quedábamos él y yo. Bitis custodiaba la puerta por fuera, con la orden de no dejar pasar a nadie, ni siquiera a su hermano, ni siquiera a Hermeros.
— Tengo que saber la verdad —dijo Claudio.
—Te la he dicho.
—No esa. —Alzó la mano flaca y la dejó caer sobre la manta—.
La otra. La que me has estado callando desde la noche que me desmayé. Desde Naissus. Hay algo que sabes y no me cuentas. Lo he visto en tu cara cada vez que me miras. Lo he visto en la de Aureliano. En la de Bitis. Todos me ocultáis algo. —Hizo una pausa—. Y tengo derecho a saberlo antes de morir.
Pensé en negarlo. Pensé en decirle que no era nada, que eran imaginaciones suyas, que debía descansar. Pero recordé su voz en el delirio, aquella voz ronca y rota que decía «esta vez voy a saber», y comprendí que no podía privarle de eso.
Me senté en el borde del lecho.
—Está bien —dije—. Te lo cuento.
Se lo conté todo.
Empecé por el principio, por el pozo de la granja romana de Naissus, donde había encontrado los fragmentos de ánfora con la costra pardusca.
Le hablé de Ansila, de su hijo muerto, de lo que había dicho: que un mercader romano de voz suave había traído las jarras, que su señor pagaba bien por una sola cosa.
Le recordé el consejo de aquella madrugada, en su tienda, cuando le conté lo del Mercader y él nos pidió silencio.
Le dije lo que ya sabía: que había alguien dentro del ejército, alguien con acceso a su secretaría, a sus órdenes, a sus planes.
Le hablé de la fuente oriental. De las gallinas muertas, del perro agonizante, de los seiscientos enfermos y los ciento cuarenta muertos de la Itálica.
Del relevo falso de los guardias, con la nota sellada por Hermeros.
Del hilo granate en el cerco, del pelo gris en el barro, del sello de alfarero con la hoja de vid.
Del interrogatorio de Alareik, de lo que había contado: el Mercader se llamaba Eutiquio, era liberto, llevaba al cuello una hoja de oro, se lavaba las manos como un sacerdote.
Había dicho que su señor era de familia antigua y de mucho dinero, que quería quebrar al ejército y dejar el trono vacío para otro.
Claudio escuchaba con los ojos cerrados, sin moverse.
Le hablé de la noche del carro. De la yegua gris con la manta granate.
Del cadáver de Eutiquio con el cuello abierto, y las manos en carne viva, y la anilla vacía donde había colgado la hoja.
Del libro del intendente Petronio. De la ánfora pequeña con el sello completo, «L·VALER·CAS».
— Lucio —murmuró, sin abrir los ojos.
—Sí.
—El hijo de Valerio Casto. —Hablaba despacio—. El que me apoyó en el Senado. El que mandó vino a mis tropas.
—Su administrador era Eutiquio.
—Lo sé. Lo vi un día, con el convoy. Un hombre de modales exquisitos. —Respiró hondo—. Sigue.
Le hablé de mi visita a la tienda del tribuno.
De la capa granate colgada de un gancho, con el desgarrón.
De las cuarenta ánforas de vino de Padania, de las que ya no le quedaban ni diez porque las había repartido entre sus amigos.
Le dije los nombres que me dio. Rufino, el legado de la Flavia, que se había quejado del botín.
Hermeros, el secretario. Unos tribunos de la Itálica.
Los de la legión que había bebido de la fuente envenenada.
Le conté lo que había dicho de Eutiquio, que lo sabía antes de que se publicara, y lo que había dicho de las deudas.
«A veces pagar consiste en mirar hacia otro lado».
Cuando terminé, la habitación estaba casi a oscuras. La nieve había cesado. Se oía el crepitar del brasero y el lejano grito de un centinela.
Claudio permaneció en silencio mucho tiempo.
—¿Hermeros? —preguntó al fin.
—No lo sé.
—Cuéntame lo del sello.
— La nota estaba sellada con su delfín. Pero el sello podía haber sido usado sin su permiso.
O robado. O dado. No tengo pruebas. —Me detuve—.
Pero estuvo en tu tienda la noche que enfermaste.
Te trajo un vino especiado. Lo examiné. Estaba limpio.
Pero me dijo que también te lo había dado la víspera, en una copa pequeña. Y las gallinas… —Callé.
—¿Qué?
—Murieron una noche después de que él repartiera las órdenes selladas.
— Eso no prueba nada.
—No.
— Hermeros lleva conmigo veintidós años —dijo Claudio con voz extraña, muy baja—.
Era un esclavo de mi padre. Lo liberé cuando me nombraron tribuno.
Me ha seguido por toda la frontera. Me ha cuidado cuando he estado enfermo.
Me ha escrito las cartas de mi hijo… —Se interrumpió.
Su voz se quebró un instante. Se recompuso—.
Si es él, es el hombre que más daño me ha hecho en mi vida.
— No sé si es él.
—Lo sabremos. —Abrió los ojos—. Algún día.
Esperaba cualquier reacción. Esperaba furia, o dolor, o una orden de arresto. Esperaba que se incorporase, que gritara, que llamara a Bitis y mandara prender a Lucio y a Hermeros y a Rufino. Esperaba que dijera: «Quiero sus cabezas». Lo esperaba, y casi lo deseaba, con una rabia que me sorprendió.
No hizo nada de eso.