CAPÍTULO 8 EL EMPERADOR ENFERMO #2
Nadie debe saber que estoy enfermo. Ni los soldados, ni los oficiales, ni el Senado.
Ni Aureliano, ni Probo, ni mi hermano. Nadie.
Si el ejército se entera de que el emperador tiene la peste, se desmoronará.
Y si se desmorona, los godos que huyeron volverán, y Póstumo cruzará los Alpes, y Zenobia tomará Egipto, y todo lo que hemos hecho este año será inútil.
— No puedes montar a caballo.
—Puedo. Y lo haré. —Me apretó la muñeca—. Tú me ayudarás.
Quise protestar. Quise decirle que era una locura, que iba a morirse antes de tiempo, que cada hora de esfuerzo le quitaría días de vida. Pero lo miré y comprendí que no era una petición. Era la última orden que un hombre cansado se daba a sí mismo, y que yo no tenía derecho a discutir.
— Está bien —dije.
—Júralo.
—Lo juro.
—Bien. —Cerró los ojos de nuevo, con una especie de alivio—. Ahora dame de beber. Tengo mucha sed.
Le di agua con miel y vinagre, a cucharadas, sosteniéndole la cabeza. Bebió con avidez. Cuando terminó, me miró una vez más, y una sonrisa apenas visible le torció los labios secos.
— Alejandrino.
—Dime.
—Tienes cara de querer llorar.
—No es verdad.
—Sí lo es. —Cerró los ojos—. Haz lo que quieras. Pero no delante de los soldados.
A la mañana siguiente, el emperador de Roma salió a caballo.
Fue la actuación más extraordinaria que he presenciado, y me la hicieron presenciar desde tan cerca que aún me duele recordarla.
Lo vi levantarse del catre a las seis de la madrugada, con el rostro color de ceniza y las manos temblando, y ponerse la coraza sin ayuda, pieza a pieza, con una lentitud de anciano que ninguno de los guardias se atrevió a mirar.
Lo vi tragar el caldo que le preparé, una mezcla de agua de cebada, miel y corteza de sauce, hasta la última gota, y pedir otra taza.
Lo vi mirarse en un espejo de bronce, pellizcarse las mejillas hasta devolverles un poco de color, y ensayar una sonrisa tan convincente que Bitis, a mi lado, se llevó la mano a la boca para ahogar un sollozo.
Y lo vi salir de la tienda, derecho como un pino, a la luz fría del amanecer, y montar su caballo castaño de un solo impulso, sin una vacilación.
Pasó revista a las legiones durante cuatro horas.
Cabalgó entre las filas formadas de la Itálica, de la Flavia, de las tropas auxiliares, a un paso lento y regular, con la cabeza erguida y la capa de púrpura cayéndole por la espalda.
Se detenía ante cada cohorte. Preguntaba nombres.
Daba las gracias. Prometía el donativo. Hablaba con los centuriones en voz baja y firme.
Y los soldados, que lo habían visto la víspera cubierto de polvo y de sangre en medio de la masacre, gritaban su nombre con una devoción que se parecía a la locura.
Yo cabalgaba a unos pasos detrás, entre los oficiales de su séquito, con las manos aferradas a las riendas y los ojos fijos en su espalda.
No sé cómo lo hizo. A la hora tercia vi que tenía la camisa empapada, bajo la coraza, y que de vez en cuando sacudía la cabeza como para espantar un mareo.
A la hora cuarta vi que se aferraba al arzón de la silla con una fuerza que le hacía blanquear los nudillos.
Cuando pasó junto a mí, a mitad de la revista, me miró un instante de reojo y susurró entre dientes, sin mover los labios:
— ¿Cómo voy?
—Mal —murmuré.
—Bien. —Sonrió—. Así no sospecharán.
No sospecharon. O casi nadie. Cuando terminó la revista, bajó del caballo con tanta calma que parecía un hombre en perfecta salud, saludó a los legados, entró en su tienda, y apenas la lona se hubo cerrado a su espalda, se derrumbó.
Lo recogí entre mis brazos antes de que tocara el suelo. Pesaba como un niño. Ardía.
Lo acosté. Le cambié la camisa. Le puse paños fríos en la frente y en las axilas. Le di de beber. Y mientras lo hacía, alcé la vista y vi, en la entrada de la tienda, entre los pliegues de la lona, la cara redonda y amable de Hermeros, que nos miraba con los ojos muy abiertos.
— ¿Se ha caído? —preguntó con un hilo de voz.
—Se ha mareado —dije con frialdad—. Ha estado cuatro horas a caballo después de dos noches sin dormir. Es lo normal.
—Claro. —Hizo una pausa—. ¿Quieres que mande llamar a alguien?
— No.
—¿A los legados?
—No.
—¿A Aureliano?
— No, Hermeros. —Lo miré fijamente—. No quiero que se llame a nadie. El augusto necesita dormir. Si alguien pregunta, no ha pasado nada. ¿Está claro?
Hermeros sostuvo mi mirada un largo instante. Después inclinó la cabeza.
—Clarísimo, centurión.
Se fue. Pero esa noche, y todas las siguientes, Cástor durmió atravesado en la entrada de la tienda, con un cuchillo bajo la manta, y Bitis puso dos guardias más. Y yo dejé de beber nada que no hubiera hervido con mis propias manos.
El quinto día fue el peor.
La fiebre subió, como yo temía, hasta niveles que ningún hombre debería soportar.
Claudio ardía. Deliraba. Se retorcía sobre el catre, empapado en sudor, con los ojos abiertos y vacíos, murmurando cosas incomprensibles.
Le cubrí el cuerpo con paños empapados en vinagre y agua fría, que cambié cada diez minutos durante doce horas.
Le di infusiones de sauce, de manzanilla, de tomillo.
Le abrí la boca con una cuchara y le hice tragar a la fuerza el agua con miel que le sostenía la vida.
Tosió sangre. Dos veces. Una espuma rosada que me llenó de espanto.
Pero no le dije nada. Dormí a ratos, sentado en el suelo junto al catre, con la cabeza apoyada contra la pata de la cama.
Cástor me relevaba cada tres horas. Seutes nos traía caldo y pan.
Filón vino una vez, de noche, solo, sin que nadie lo avisara, y se quedó un rato mirando al emperador con las manos a la espalda.
—Es la misma —dijo en voz muy baja—. Esa que mató a mi maestro.
—Lo sé.
— Me dijo que la vio en Cartago, hace treinta años. Que llegó con una caravana. Que en un mes se llevó a un tercio de la ciudad. — Calló—. Dijo que no hay nada que hacer. Que solo se puede esperar.
—No quiero esperar.
—Lo sé. —Me puso una mano en el hombro—. Pero a veces es lo único que hay.
Se fue sin decir más.
Aquella noche, hacia las tres de la madrugada, Claudio empezó a hablar.
Hablaba en voz baja, con los ojos cerrados, en un murmullo ininterrumpido que a veces era latín, a veces el dialecto áspero de su aldea.
Hablaba con su hijo. «Marco, no te acerques al agua. Marco, ven aquí. No, hijo, no la bebas».
Hablaba con su madre. «Madre, ya vuelvo. Ya voy. No me esperes».
Hablaba con alguien llamado Quinto, con alguien llamado Aurelia, con alguien a quien daba órdenes en tono seco.
Y de pronto, sin que nada lo anunciara, dijo un nombre.
— Galieno.
Me incliné hacia él.
—Galieno —repitió—. No lo mandé yo.
Me quedé inmóvil, con el paño frío en la mano.
— No lo mandé. No quise saber. —Su voz era un hilo—. Me dijeron que había un complot. Que se iba a hacer algo. Les dije: no me lo cuentes. No quiero saberlo. Si lo sé, tendré que impedirlo. Y si lo impido… —Se interrumpió. Respiró con dificultad—. Dioses. Qué cobarde fui.
—Augusto —murmuré.
— Me ofrecieron el trono. Y yo, que no lo quería, no dije que no. —Abrió los ojos, vidriosos, sin verme—. Él era un buen hombre. Leía a Homero. Quería fundar una ciudad filosófica. Un hombre así no debía morir como un perro, con una lanza en el vientre, en una noche sin luna…
—Calla.
— Y ahora quieren hacerme lo mismo a mí. Lo sé. Lo siento. Lo huelo. —Soltó una risa cavernosa—. Pero esta vez no voy a mirar hacia otro lado. Esta vez voy a saber.
Le puse la mano en la frente. Ardía. No dije nada.
Sabía que no me escuchaba. Pero durante mucho rato, hasta que el delirio lo hundió de nuevo en un sueño agitado, me quedé allí, de rodillas junto al catre, con la mano sobre aquella frente caliente, sin decir palabra, mientras en el exterior, muy lejos, un gallo cantaba.
Al décimo día, la fiebre cedió.
Lo noté de madrugada, al tocarle la frente.
Estaba fresca. Húmeda. Normal. Al principio no me atreví a creerlo.
Le tomé el pulso. Era lento, regular. Le abrí los párpados: los ojos, aún hundidos, habían perdido el rojo.
Respiraba con calma. Dormía como un niño, con la boca entreabierta y las manos sobre el pecho.
Me senté en el suelo. Y, por primera vez desde que había salido de Alejandría, lloré. No sé cuánto tiempo. Cástor, que había entrado sin ruido, se sentó a mi lado y me puso la mano en el hombro. No dijo nada. No podía. Pero me dejó llorar.
Claudio se despertó a mediodía. Abrió los ojos, miró el techo de lona, giró la cabeza, me vio. Y dijo con voz ronca, pero clara:
— Me parece que sigo vivo.
—Sigues vivo.
—¿Cuántos días?
—Diez.
—Diez. —Cerró los ojos—. Uno de cada cuatro.
—Uno de cada cuatro.
—Qué cosa más extraña la suerte. —Una sonrisa le torció los labios agrietados—. Dame agua.
Se la di.
Su recuperación fue lenta, pero real. A los quince días ya podía andar sin ayuda.
A los veinte, montar a caballo sin que yo sintiera que el corazón se me saltaba del pecho.
Estaba más delgado, más viejo, con las mejillas hundidas y el pelo casi blanco.
La tos persistía, seca, rebelde, y los accesos de fatiga lo asaltaban de pronto, en mitad de una frase, obligándolo a apoyarse en lo primero que encontraba.
Pero estaba vivo. Y era, a ojos del ejército, el mismo de siempre.
Lo sabía todo el mundo. O lo sabía casi todo el mundo, sin saberlo.
Los soldados que lo veían pasar, más flaco, más lento, con la cabeza erguida a pesar de todo, lo miraban con una veneración casi religiosa, y murmuraban entre sí que el viejo había sufrido mucho en la batalla, que no cuidaba de sí mismo, que algún día los dioses lo cobrarían.
Nadie sospechó la verdad. O casi nadie.
Aureliano fue el único que me lo preguntó.
Fue una noche, a las dos semanas de la crisis, en la linde del campamento, cuando salía de ver a un herido. Apareció a mi lado sin hacer ruido, como siempre, y echó a andar conmigo. No dijo nada durante unos minutos. Después habló, con voz seca, sin mirarme.
— Claudio está enfermo.
Me detuve.
—No sé de qué hablas.