El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma CAPÍTULO 8 EL EMPERADOR ENFERMO
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CAPÍTULO 8 EL EMPERADOR ENFERMO

Naissus, Viminacium y Sirmium, de septiembre del año 269 a enero del año 270 d. C.

Crucé el campamento corriendo, con la vara en la mano y el corazón golpeándome en la garganta, y no recuerdo una sola de las tiendas ante las que pasé.

Bitis me esperaba a la entrada de la tienda de mando, con el rostro desencajado.

El viejo tracio, que había visto cien batallas sin pestañear, tenía los labios temblándole bajo el bigote blanco.

A su espalda, los guardias imperiales formaban un doble cordón de lanzas, silenciosos, tensos, sin mirarse entre ellos.

Había un aire sofocado en el aire, de cosa que no puede decirse en voz alta.

Nadie hablaba. Los cuervos de la Hoz, a lo lejos, graznaban todavía.

— Desde hace una hora —murmuró Bitis, apartando la lona—. Lo encontré yo. Estaba levantado, sentado ante la mesa. Quiso incorporarse, se tambaleó, y cayó. Lo llevé a la cama. No quiso que avisara a nadie. Solo a ti.

— ¿Quién más lo sabe?

—Yo. Dos de mi guardia. Y el secretario.

Me detuve en seco.

—¿Hermeros?

— Estaba aquí. Había traído unos papeles. —Bitis se encogió de hombros con un movimiento incómodo—. Ha preguntado si debía llamar a algún médico. Le he dicho que ya habíamos mandado por ti. Se ha ofrecido a quedarse.

—¿Está dentro?

— Sí. Con una copa de vino caliente. Dice que le sentará bien. Sentí un golpe de frío en la nuca.

— Bitis —dije, bajando la voz—. Escúchame bien. Nadie le da de beber nada más. Nada. Ni vino, ni agua, ni caldo, ni nada que no haya traído yo con mis propias manos. Si alguien insiste, que le abras la cabeza con el pomo. Y que ese alguien no salga de la tienda.

El viejo me miró un instante con sus ojos cansados. Después asintió, despacio, sin preguntar.

— Entendido.

Entré.

La tienda estaba tenuemente iluminada, por una lámpara colgada del poste central y un brasero que alguien había encendido demasiado alto, de modo que el aire, cargado y seco, olía a ceniza.

Claudio yacía en el catre de campaña, tapado hasta el pecho con una manta de lana, la cabeza apoyada en una almohada dura, los ojos cerrados.

A su lado, de pie, con una copa humeante en las manos y una expresión de solicitud infinita en el rostro redondo y brillante, estaba Hermeros.

— Centurión —dijo en voz baja—. Gracias a los dioses. Estaba preocupadísimo. El augusto se ha desvanecido y no consigo que beba nada.

—Hermeros. —Cerré la distancia con dos zancadas y le quité la copa de las manos con mucha suavidad—. Gracias. Yo me ocupo. —Claro, claro. Si necesitas ayuda…

—Lo que necesito es que salgas.

Se quedó un instante inmóvil, con los dedos todavía en el aire. Después sonrió, con aquella sonrisa pequeña y amable de hombre al que nadie ve.

— Por supuesto. Estaré fuera, por si hace falta algo.

—Por si hace falta algo —repetí.

Se inclinó, hizo una leve reverencia hacia el catre, y salió. Lo seguí con los ojos hasta que la lona se cerró. Olí la copa. Era vino especiado, con canela y clavo. Olía bien. Lo vertí en un cuenco y lo dejé en un rincón, lejos, para examinarlo después.

—Cástor —dije—. Trae mi botiquín. Y agua. La de los odres de Seutes, la que hemos hervido nosotros.

Cástor, que había entrado detrás de mí sin que me diera cuenta, asintió y salió corriendo. Me volví hacia el catre.

Claudio había abierto los ojos.

—Alejandrino —dijo.

Su voz era un hilo ronco, seco, pero clara.

Los ojos, hundidos en las órbitas, tenían un brillo anormal, febril, y las mejillas, que habían estado grises durante semanas, se le habían encendido con dos manchas rojas, redondas, del tamaño de monedas.

Estaba empapado en sudor. Le brillaba la frente, el cuello, el pecho que asomaba por la túnica abierta.

— Estoy aquí, augusto.

—He tenido un mareo.

—Lo sé.

—No es nada. Es el cansancio. —Intentó incorporarse—. Mañana hay que levantar el campamento…

— Quieto.

Le puse la mano en el pecho y lo empujé suavemente contra la almohada. No opuso resistencia. Quemaba. Su piel, bajo mi palma, parecía hierro recién sacado de la fragua.

Lo examiné con la minuciosidad con que Teón me había enseñado a examinar a un moribundo.

Le tomé el pulso con la clepsidra de bolsillo: ciento diez latidos por minuto, rápidos, tensos, regulares.

Le miré la lengua, seca, cubierta de una capa blanquecina.

Le abrí los párpados, y vi que el blanco de los ojos estaba enrojecido, con pequeñas venas rotas.

Le palpé el vientre, que estaba blando, algo dolorido en la zona del colon.

Le hice toser. Tosió, una tos honda, áspera, que le sacudió el pecho y le hizo doblarse sobre sí mismo.

Me quedé con el dorso de la mano en su frente, sintiendo el calor, intentando que no me temblara.

—¿Desde cuándo? —pregunté.

— Desde hace una semana tengo dolor de cabeza. —Respiró con esfuerzo—. Desde ayer, escalofríos. Esta tarde, la diarrea. Me levanté tres veces en la última hora. —Sonrió sin ganas—. Tú me dijiste que era el polvo.

—Me equivoqué.

—Los médicos que reconocen que se equivocan son los únicos que valen la pena.

—Augusto, no hables.

— Tengo que hablar. —Me agarró de la muñeca con una fuerza que me sorprendió—. Mientras pueda. Antes de que la fiebre me nuble la cabeza.

Me callé.

Fue entonces cuando lo olí.

Fue un matiz. Un leve matiz en el aire cargado de la tienda, apenas perceptible, como el recuerdo de una música oída de lejos.

Lo percibí primero con el rabillo de la nariz, mientras le sostenía la muñeca, y lo dejé pasar, porque no podía ser.

Pero volvió. Subió desde su cuerpo, desde su piel, desde su aliento. Un hilo muy fino, muy suave, muy dulce.

Higo abierto al sol. Miel que empieza a avinagrarse. Flor que se queda un día de más sobre el tallo.

Se me secó la boca. Sentí que el suelo se movía bajo mis rodillas.

No era posible. No podía ser. Lo había olido por última vez nueve años atrás, en un patio de Alejandría, en la fría madrugada de una pira, y no lo había vuelto a respirar desde entonces.

Me había perseguido en sueños, en los pozos, en los campos de batalla, en las tiendas de los moribundos, pero siempre como una sombra, como una confusión de mi propia nariz.

Nunca como un hecho. Nunca como una certeza.

Y ahora estaba allí, en el aliento del emperador de Roma.

Me incliné sobre él. Acerqué la cara a la suya, con los ojos cerrados, y respiré. Una vez. Dos. Tres. Allí estaba. Inconfundible. Cortés. Perfumado. El invitado bien educado que entra en la casa sin hacer ruido y se sienta a la mesa.

—Alejandrino —dijo Claudio, con voz muy lejana—. ¿Qué pasa?

No respondí. Tenía los ojos cerrados y no podía abrirlos.

Me temblaban las manos. Pensé en Teón. En sus úlceras en la garganta.

En los pies morados. En Yared, en el muelle de Eunostos, con la sangre en los ojos.

Pensé en la voz de cisterna que me decía que había una enfermedad que viajaba por los caminos del sur, que no se sabía cómo se movía, que se metía en las ciudades por los muelles.

Había llegado hasta aquí. Había cruzado el mar, las montañas, los desiertos, y los años. Y había encontrado al hombre que más debía importarme.

Abrí los ojos.

— Augusto —dije—. Necesito saber algo. ¿Has bebido, estos últimos días, de algún sitio que no fuera de mis fuentes? ¿Has comido algo que no te hayan servido tus guardias?

— No. —Frunció el ceño—. Comí en la tienda. Lo de siempre. Pan, cebolla, tocino. Bebí del odre de Bitis, que siempre lleva agua hervida. —Hizo una pausa—. Y ayer… ayer por la mañana, el vino de Hermeros. Un trago. Para brindar por la victoria. Me lo trajo en una copa pequeña.

Se me heló la sangre.

—¿Qué vino?

—No lo sé. Un tinto bueno. —Su voz se debilitaba—. ¿Por qué?

No contesté. Me levanté, fui hasta el rincón donde había dejado la copa y olí el líquido, con más cuidado. Canela. Clavo. Vino. Nada raro. Metí un dedo, lo probé con la punta de la lengua, lo escupí. Vino. Solo vino. Cogí un puñado de grano de mi botiquín y lo arrojé al cuenco. Esperé. Nada.

Sentí a la vez alivio y desamparo. No era el vino.

No era un veneno. No era la disentería de los pozos, la que había matado a los godos y a los hombres de la Itálica.

Los síntomas eran otros: la fiebre alta, la tos, el dolor de cabeza, los ojos enrojecidos.

Lo que tenía Claudio no se parecía al mal que había visto desde Singidunum.

Se parecía al otro.

Volví a su lado y me senté en el borde del catre.

—Augusto —dije—. Me pediste la verdad. Te la voy a dar. —Gracias.

— Es una fiebre grave. Muy grave. —Elegí cada palabra—. No sé todavía qué es. Pero tiene algo que he visto antes. En Alejandría. Hace años. En los tiempos de mi maestro.

Claudio me miró con los ojos muy abiertos, brillantes, febriles, pero perfectamente lúcidos.

— ¿La peste?

—Es posible.

—La de los godos.

— No. —Negué con la cabeza—. La de los godos era un mal del agua.

Una disentería terrible, pero conocida. Esto es otra cosa.

Es una enfermedad que viene del sur, de Etiopía.

Que se transmite por el aliento, por el contacto, por los cuerpos.

La llaman la peste de Cipriano. Lleva veinte años recorriendo el imperio.

—La conozco —murmuró—. La vi en Sirmium.

— Esta es peor. Más rápida. —Tragué saliva—. No sé de dónde la has cogido. Quizá de un herido. Quizá de un prisionero. Quizá de un aire contaminado. No lo sé.

— ¿Cuántos se salvan?

—Uno de cada cuatro.

—¿Y los otros tres?

No respondí.

Claudio cerró los ojos. Estuvo callado un largo rato. Fuera, a lo lejos, se oía el murmullo de un campamento que dormía sin saber que el hombre que lo mandaba se estaba muriendo.

— ¿Cuánto? —preguntó.

—No lo sé.

—Cuánto, alejandrino.

— Los que mueren, mueren entre el quinto y el décimo día. — Hablé muy bajo, con la voz rota—. Si superas los diez, tienes una posibilidad. Si superas los quince, es probable que vivas.

— Entonces tengo diez días.

—Tienes… una posibilidad.

—No me mientas.

—No te miento. Te estoy diciendo lo que sé.

Abrió los ojos de nuevo y me miró, y su expresión era de una serenidad terrible.

— Gracias —dijo—. Ahora escucha lo que voy a hacer. —Augusto…

— Mañana saldré a caballo. Pasaré revista a las legiones.

Hablaré con los centuriones. Me dejaré ver.

—Su voz, aunque débil, tenía el filo de una orden—.