El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma CAPÍTULO 7 LOS DESPOJOS DE LA VICTORIA #6
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CAPÍTULO 7 LOS DESPOJOS DE LA VICTORIA #6

Detrás de los ojos verdes, juveniles, brillantes, vi algo que no había visto jamás en ningún hombre vivo: una calma de piedra, absoluta, sin odio ni miedo, la calma de quien ha tomado una decisión y no volverá atrás.

Después la sonrisa volvió.

—¿Quién lo mató? —preguntó.

—No lo sabemos.

— Qué horror. —Sacudió la cabeza—. Con todo lo que se ve en la guerra, y lo que hay que ver todavía, resulta que un hombre puede morir degollado en su carro, a dos pasos de sus amigos. —Bebió un trago—. Si descubres algo, hazme saber. Me gustaría tener algo que contarle a mi padre.

—Lo haré.

— Eres un buen hombre, griego. —Dejó la copa sobre la mesa—. Siempre lo he dicho. Un buen hombre. De esos que no deberían estar en una guerra. —Me miró con aquellos ojos verdes, cálidos, afectuosos, de una suavidad aterradora—. Por eso me preocupo por ti.

—¿Preocuparte?

— Claro. Estás agotado. Duermes poco. Trabajas hasta caer. Eso no es bueno para nadie. Un hombre cansado ve cosas que no son. Piensa cosas que no son. Se obsesiona. —Alzó un dedo—. Te lo digo como amigo. Descansa. Mañana el emperador necesitará tu cabeza clara. Hay muchos que dependen de ti.

— ¿Muchos?

—Cuarenta mil —dijo, y sonrió—. Y uno. Que es el que más. Se me erizó el vello de los brazos.

— Recuerdas lo que te dije el día que me salvaste la pierna — prosiguió Lucio, con la misma voz amable, casi cantarina—.

Que las cosas que se deben, en el ejército, se pagan.

Te lo dije en serio. Yo pago siempre mis deudas, centurión.

Todas. Esa es una de las cosas que aprendí de mi padre.

Y a veces… —se detuvo, buscó la palabra con una delicadeza exquisita— pagar consiste en mirar hacia otro lado.

En no ver lo que otros verían. En dejar vivir a quien merecería morir.

—Me sostuvo la mirada—. Soy un hombre agradecido. Es mi único defecto.

No contesté. No podía.

— Anda, vete a dormir, griego —dijo, recostándose entre los cojines y cogiendo de nuevo su libro—. Y gracias por la visita. Me has alegrado la noche.

Me levanté. Mis piernas, que no sentía, me llevaron hasta la entrada. Allí me detuve, con la mano en la lona.

— Tribuno.

—Dime.

—Tu capa tiene un desgarrón.

Lucio alzó los ojos del libro. Miró la capa en el gancho. Miró el hilo suelto. Y sonrió, con una dulzura infinita.

—Es verdad —dijo—. Se me enganchó en un cerco. Hace un par de noches. Voy a decirle a mi esclavo que la zurza.

Salí al aire frío de la noche con la sensación de haber estado conteniendo la respiración durante una hora.

Los esclavos dormían de nuevo junto a la entrada.

La lámpara colgaba del poste, proyectando su círculo amarillo sobre la hierba.

Todo seguía igual. Una tienda acogedora, un tribuno encantador, un campamento tranquilo.

Caminé unos pasos, tambaleándome, hasta apoyarme en el tronco de un olmo.

Respiré hondo, una, dos, tres veces. El corazón me golpeaba las costillas. Tenía las manos heladas.

No tenía pruebas. Un fragmento de ánfora con un sello que podía ser de cien tiendas.

Un hilo rojo en un cerco que podía ser de cualquiera.

Un pelo gris de un caballo que habría pasado por mil manos.

Una nota del secretario de Claudio que podía estar falsificada.

El libro de un intendente. La palabra de un godo prisionero.

Y un joven encantador con una pierna cicatrizada y una sonrisa de ángel, que me había mirado a los ojos, sin pestañear, y me había dicho con una cortesía exquisita que sabía que yo sabía, y que no pensaba hacerme nada. Hoy.

Me deslicé por el tronco hasta quedar sentado en el suelo, bajo las ramas, con la vara de vid sobre las rodillas. La miré. Era un palo corto, retorcido, de madera pálida. Un escudo, había dicho Claudio. Para protegerme.

No me protegía de aquello. No había vara que protegiera de aquello.

Había creído, al salir de Alejandría, que el enemigo era la enfermedad.

Había creído, en el pozo de la granja romana, que el enemigo era un hombre con voz suave y un caballo gris.

Había creído, en la tienda de Singidunum, que era el odio de los bárbaros.

Y ahora comprendía, con una claridad nauseabunda, que me había equivocado en todo.

La peste no venía de fuera. No la traían los godos ni los persas ni los dioses.

La traían los nuestros. La traían los que bebían el mismo vino que yo, los que dormían en las mismas tiendas, los que me tendían la mano con una sonrisa y me hablaban de deudas.

La amenaza no venía de más allá del Danubio.

Estaba dentro del campamento. Estaba sentada a la mesa.

Y en el centro del campamento, con una tos seca que él atribuía al polvo, dormía el hombre al que querían matar.

—Centurión.

Alcé la cabeza de golpe. Había alguien de pie ante mí, entre las sombras, jadeando. Era un soldado de la guardia imperial, joven, con el rostro bañado en sudor y los ojos desorbitados. Se había quitado el casco y lo llevaba apretado contra el pecho.

—Centurión —repitió—. Te busca el viejo Bitis. Dice que vengas. Que vengas ahora.

Me puse de pie con esfuerzo.

—¿Qué ocurre?

—Es el augusto.

Un frío distinto, más hondo, me atravesó el cuerpo. —¿Qué le pasa?

El muchacho tragó saliva.

—Tiene fiebre —dijo—. Mucha fiebre. Y no se levanta.