El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma CAPÍTULO 7 LOS DESPOJOS DE LA VICTORIA #5
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CAPÍTULO 7 LOS DESPOJOS DE LA VICTORIA #5

— Cuarenta ánforas. —Miré a Aureliano, que acababa de entrar en el carro sin que lo viéramos llegar, y que permanecía inmóvil en la sombra, con los brazos cruzados—.

Las de la fuente oriental eran dos. Las de la granja de Naissus, cuatro.

Fueron dos pozos distintos, y cuatro más. ¿Dónde están las demás?

Nadie respondió.

— Un libro puede forjarse —dijo Aureliano al fin, con una voz tan baja que apenas se oyó—.

Un sello puede robarse. Una firma, copiarse.

Un muerto no puede declarar. —Se acercó a la mesa y miró el cadáver, largo rato, con el rostro quieto—.

Pero ninguna de esas cosas se hace sin una razón.

Y quien ha matado a Eutiquio esta noche lo ha hecho para impedir que hable.

Lo que significa que sabía que lo estábamos buscando.

—Alguien le avisó.

—Alguien le avisó. —Aureliano me miró—. Y no fueron mis hombres.

Un silencio helado cayó sobre el carro. Valerio, Seutes, Cástor, Petronio, los jinetes de la entrada. Todos nos miramos. Y comprendí, con una claridad dolorosa, que lo que habíamos encontrado no era la solución de un misterio. Era el comienzo de otro más grande.

— Que nadie salga de aquí —dijo Aureliano—. Que nadie hable. Que nadie toque nada. —Se volvió a Petronio—. Tú, intendente, no has visto lo que has visto. ¿Entendido?

—Entendido.

— Y que se lleve el cuerpo a un sitio donde no lo vea nadie. Hoy, antes del alba. —Se volvió hacia mí—. Y tú, médico, vas a hacer lo que tienes que hacer. Que es ver a ese tribuno.

La tienda del tribuno Lucio Valerio Casto estaba en el sector de los oficiales de caballería, al pie de la colina, junto a un grupo de olmos, y desde lejos parecía la más acogedora del campamento.

Tenía una lámpara encendida. Una lámpara de bronce, bien trabajada, que colgaba de un poste a la entrada y proyectaba un círculo cálido de luz amarilla sobre la hierba.

A su lado dormitaban dos esclavos jóvenes, sentados en el suelo con la espalda contra las estacas, y un poco más allá estaba la litera, con las varas apoyadas en el suelo y las cortinas de lino corridas.

Todo respiraba una serenidad doméstica, la de quien vive en el campamento como en su casa.

Cuando me acerqué, uno de los esclavos abrió un ojo, me reconoció, y se levantó con una inclinación.

— El centurión —murmuró—. Mi amo estará encantado. —¿Está despierto?

—No duerme mucho desde la herida. Está leyendo.

Lo seguí al interior.

No esperaba lo que vi. Esperaba, quizá sin darme cuenta, un cuarto sombrío, un hombre con la cara cerrada, un gesto de alarma.

Lo que encontré fue una escena de una calma casi hermosa: un recinto amplio, alfombrado con pieles, con un brasero encendido en el centro y una mesa baja cubierta de rollos, y en un lecho de campaña, recostado entre cojines de lana,

con la pierna izquierda vendada sobre un escabel y un libro abierto en las rodillas, el tribuno Lucio. Alzó la vista y su rostro se iluminó.

— ¡Griego! —exclamó con una sonrisa radiante—. ¡Centurión, perdón, que ahora hay que decirlo! ¡Cuánto tiempo! Pasa, pasa, siéntate. Acabo de pedir que me trajeran un poco de vino caliente. Tienes cara de no haber dormido en una semana.

— Tres días.

—Peor que yo. Siéntate.

Me senté. Tuve que obligarme a hacerlo. Frente a mí, bajo la luz del brasero, el rostro de Lucio era el mismo de siempre: juvenil, risueño, sin ninguna sombra.

Los ojos verdes, brillantes. La sonrisa que le arrugaba las comisuras.

La voz cálida y ligera. Pensé que aquel no podía ser el hombre que había envenenado a seiscientos soldados.

Pensé que había un error. Pensé que me había equivocado de tienda.

Y entonces, en un gancho junto a la entrada, vi su capa.

Era una capa de lana gruesa, de viaje, doblada sobre sí misma, de un rojo oscuro, casi granate. De un tinte caro. En la orla, a la altura de la rodilla, había un pequeño desgarrón. Un hilo suelto, que colgaba de la costura.

Aparté la vista.

—Quería revisarte la pierna —dije.

—Claro. Faltaría más. —Retiró la manta—. Tú mandas.

Me arrodillé junto al lecho y desaté las vendas.

Lo hice despacio, concentrándome en cada nudo, en cada capa, para ganar tiempo.

La herida estaba cicatrizando bien. Había una línea larga y rosada desde la rodilla hasta casi el tobillo, aún hinchada pero limpia, sin pus, sin enrojecimiento.

Le palpé el músculo. Estaba firme. Le hice mover el pie. Se movió.

—Está curando muy bien —dije.

— Me lo dicen todos. Pero lo debo a ti. —Se incorporó un poco—. ¿Sabes que ayer pude levantarme y dar tres pasos? Tres. Con un bastón, pero tres. Casi lloro de alegría.

—Es buena señal.

—Me debes un vino. Quiero decir, te lo debo yo. —Soltó una carcajada—. Anda, no seas tan serio. Sírvete.

Había una jarra de barro sobre la mesa, junto a dos copas de cristal. Una jarra de vino caliente, con especias, que olía a canela y a clavo. Y al lado, apoyada en la pata de la mesa, una ánfora pequeña, de cuello fino, con un sello en el hombro. Tenía una hoja grabada.

Me enderecé.

—No bebo vino mientras trabajo —dije.

—Ah, es verdad. —Sonrió—. El centurión que no bebe. Qué extraño eres. ¿Y esto?

Cogió la ánfora. La sostuvo en alto. Brilló a la luz del brasero.

— Esto es lo mejor que produce mi padre. Un Falerno de Padania. Dicen que lo bebió Augusto. Envió cuarenta ánforas con el último convoy y ya no me quedan ni diez. —Rio—. Las he ido repartiendo. Entre los amigos. Es lo que hace un hombre que tiene suerte: compartir.

—¿Entre quiénes?

— Pues entre todos. —Alzó los hombros con ligereza—.

Rufino, el legado de la Flavia, que se queja de todo y a quien el vino le alegra el humor.

Hermeros, el pobre, que trabaja como un esclavo y nunca tiene un momento para sí.

Un par de tribunos de la Itálica, con los que juego a los dados.

Probo, que sólo bebe agua pero aceptó una por cortesía.

Aureliano, que no la aceptó. —Hizo una mueca—.

Es difícil ser generoso con un hombre así.

Me costó trabajo respirar. Rufino. Hermeros. Los de la Itálica. Los legados descontentos con el botín. El secretario del sello. Los de la legión envenenada. La lista de los regalos de Lucio era, sin que él lo supiera, o sabiéndolo muy bien, un mapa de la conjura.

—Dicen —continuó, sirviéndose una copa— que ha muerto el administrador de mi padre.

Me quedé inmóvil.

— Pobre Eutiquio —suspiró—. Un hombre eficiente. Muy leal. Mi padre lo aprecia como a un hijo. Cuando se lo digan va a ponerse muy triste. Me lo han contado los esclavos hace un rato, aquí en la tienda. En un campamento no hay secretos, centurión. Todo el mundo habla.

—Hace una hora que lo hemos encontrado —dije, con voz que no reconocí—. Nadie lo sabe todavía.

—Los esclavos lo saben todo. —Sonrió—. Es lo que tienen.

Lo miré. Él me miró a mí. Y por un instante, solo un instante, tan breve que podría haberlo imaginado, la sonrisa se le heló.

Fue un parpadeo. Una fisura en la máscara.