CAPÍTULO 7 LOS DESPOJOS DE LA VICTORIA #4
Se levantó. Dio dos pasos hacia la entrada de la tienda y se detuvo con las manos a la espalda, de espaldas a mí. Pasó un largo silencio.
—Me gusta ese muchacho —dijo al cabo—. Es listo. Es valiente. Es encantador. Nunca me ha dado un solo motivo de queja. Y su padre es de los senadores que apoyaron a Claudio en Roma. —Se volvió—. Es absurdo.
—Eso pensé yo.
— Y por eso mismo lo creo. —Me clavó los ojos—.
Porque si yo fuera a envenenar el agua de un ejército, buscaría a alguien a quien nadie sospechara jamás.
Alguien que fuera hijo de un amigo, huésped en la tienda del jefe, herido de guerra y salvado por el médico.
—Hizo una pausa—. Eso no significa que sea él. Significa que no puedo descartarlo.
—No tenemos pruebas.
—No. Tenemos un sello roto, un hilo y un pelo. —Se acercó a la mesa—. Pero tenemos algo mejor. Tenemos un caballo gris. Cogió el mechón de pelo y lo alzó a la luz.
— Un hombre puede cambiar de nombre, de cara y de lugar. Un caballo, no. Si Eutiquio cabalga una yegua gris, o un caballo gris, ese animal está en este campamento. Y si está aquí, lo encontraremos. —Se volvió hacia la entrada y alzó la voz—. ¡Valerio!
El decurión entró casi de inmediato, con una mano en la empuñadura. Debía de haber estado esperando fuera. Me saludó con una inclinación de cabeza.
— Escoge veinte hombres —dijo Aureliano—.
Los más callados. Los de más confianza. Sin cotas, sin cascos, sin enseñas.
Esta noche vais a revisar uno por uno los carros de la intendencia, los corrales de los mercaderes, las cuadras de los oficiales, los establos de los tribunos.
Buscáis un caballo gris. O una yegua. No tocáis a nadie.
No preguntáis a nadie. Si lo encontráis, me avisáis a mí. Solo a mí.
—Sí, comandante.
— Y que no os vea nadie.
Valerio me miró, y en sus ojos vi una pregunta muda. Asentí. —Voy con vosotros —dije.
—No —dijo Aureliano.
—Sé cómo es. Lo que buscamos. Sé cómo huele.
—¿Cómo huele?
—A vinagre. Y a vino. —Tragué saliva—. Y a manos lavadas.
Aureliano me miró un instante. Luego, con un suspiro, hizo un gesto de resignación.
—Está bien —dijo—. Pero con la vara. Y a mis órdenes.
El campamento de los mercaderes se extendía en la cola del tren, al sur del recinto militar, en un laberinto de carros, tiendas de lona, corrales improvisados y hogueras.
Eran los llamados lixae, los vivanderos, los que seguían al ejército para venderle vino, pan, hilos, amuletos, aceite, mujeres.
Había centenares. Algunos eran buenos hombres, honrados, que ganaban un denario y se lo gastaban.
Otros eran buitres. Todos eran ojos que veían sin que nadie los mirara.
Entramos a pie, en grupos de a dos, con las capas echadas sobre la cabeza y los puñales ocultos.
Valerio iba delante. Detrás de él, yo, con Cástor pegado a mi flanco, mudo, con la linterna tapada.
La noche era clara, de luna menguante, y el aire olía a humo de leña, a aceite, a orina, a grasa.
Se oían ronquidos, murmullos, el chasquido de las bridas, una risa de mujer, el llanto de un niño.
Pasamos junto a carros de pan, de cerámica, de telas.
Pasamos junto a un corral donde una docena de cabras dormían apiñadas.
Pasamos junto a un grupo de soldados borrachos que cantaban una canción obscena, y que nos miraron con ojos vidriosos sin reconocernos.
Buscamos durante tres horas.
Había caballos de todos los colores. Alazanes, bayos, tordos, negros, pintos, castaños.
Pasamos revista a más de trescientos, a la luz de las linternas, sin que ninguno fuera el que buscábamos.
A medianoche empecé a desesperarme. Pensé que Alareik se había equivocado.
Pensé que el Mercader había huido hacía días. Pensé que habíamos llegado tarde.
Fue Cástor quien lo encontró.
Lo supe porque se detuvo de golpe, en medio de un callejón entre dos filas de carros, y me agarró del brazo con tanta fuerza que me hizo daño. Levantó la linterna. A veinte pasos, en un corral cercado con cuerdas, junto a un carro cubierto de lona, un animal dormía de pie, con la cabeza gacha.
Era gris. De un gris plomizo, con las crines más claras. Una yegua alta y fina, de patas largas, de sangre noble, que no tenía nada que ver con las bestias de carga del tren. Sobre el lomo llevaba, aún sin quitar, una manta de lana de un rojo oscuro, granate, de un tinte caro.
Nos quedamos inmóviles. Valerio levantó una mano y los jinetes se desplegaron en silencio por el callejón, cubriendo las salidas. El carro, a un lado, tenía la lona recogida. Dentro se veía el brillo de una lámpara de aceite.
— Hay luz —murmuró Valerio.
—Alguien está despierto.
—O lo estaba.
Me acerqué al carro. Cástor, a mi espalda, me sujetaba de la túnica. Aparté la lona con la mano.
Y el olor me golpeó.
No era el dulzor. No era la peste. Era un olor distinto, más fresco, más brutal, que reconocí al instante: el olor de la sangre recién derramada. Y debajo, el vino.
El carro estaba arreglado como un pequeño cuarto.
Había una cama de campaña con una manta de lana fina, un baúl de madera con cerraduras de bronce, una mesita plegable con un tintero y unos papiros.
Y en una silla de tijera, inclinado sobre la mesa, con la cabeza ladeada y los brazos colgando a los costados, había un hombre.
Estaba muerto.
Tenía el cuello abierto de oreja a oreja.
La sangre le había empapado la túnica de lana fina, un tinte caro, y había formado un charco oscuro sobre el suelo de tablas, que aún brillaba, húmedo, a la luz de la lámpara.
Era delgado, de unos cuarenta años, con el pelo castaño muy corto y la cara rasurada.
Tenía los ojos abiertos. La expresión de su rostro era de una calma extraña, casi de sorpresa, como la de quien ha aceptado lo que le pasa sin entenderlo.
Me acerqué. Le toqué la mano. Estaba todavía tibia.
—Hace menos de una hora —murmuré.
—Nos hemos cruzado con él —dijo Valerio, con la voz tensa—. Con quien lo hizo.
—Sí.
Examiné el cuerpo. No había signos de lucha.
Ningún arañazo, ningún golpe, ninguna defensa.
El tajo era limpio, profundo, de un solo corte de izquierda a derecha, hecho desde atrás con un instrumento afilado y fino.
Un cuchillo de cirujano, habría dicho. O de barbero.
El muerto debía de haber estado sentado, escribiendo, cuando alguien se le acercó por la espalda y le puso una mano en el hombro con familiaridad.
Un conocido. Alguien en quien confiaba.
—Mirad esto —dijo Valerio.
Estaba junto a la mesita. Sobre ella, junto al tintero, había una palangana de bronce llena de agua rosada.
El muerto, antes de morir, o alguien después, se había lavado las manos.
Las manos, ahora, colgaban inertes a los costados, y las vi bajo la luz de la lámpara: estaban enrojecidas, casi en carne viva, con la piel levantada en los nudillos y las uñas descarnadas.
Eran las manos de un hombre que se las frotaba hasta hacerse daño.
— «Se lavaba las manos como un sacerdote» —murmuré—. Es él. —¿Eutiquio?
—Eutiquio.
Le levanté el cuello de la túnica. En la garganta, bajo el corte, colgaba una cadena de oro fina. Seguí con el dedo los eslabones. Terminaban en una anilla vacía. Alguien le había arrancado el colgante.
— La hoja —dije.
—Se la han llevado.
—Para que no lo identificáramos. O como trofeo.
Rebusqué entre los papiros de la mesa. Había cartas comerciales, listas de mercancías, cuentas, una nota de un tal Petronio reclamando el pago de unos fletes.
Ni una línea sospechosa. Alguien había limpiado el cuarto antes de irse.
Pero junto al baúl, medio escondida bajo la cama, encontré un ánfora pequeña.
La saqué con cuidado. Estaba sellada con pez.
En el hombro tenía el sello rectangular, con la hoja de cinco lóbulos y las letras «L·VALER·CAS».
Esta vez estaba completo.
Lo leí en voz alta. Mi voz sonó como la de otro.
—Lucio Valerio Casto.
Nadie dijo nada. Valerio, a mi lado, se llevó una mano a la boca.
La rompí. Con el filo de un bisturí, partí el sello de pez y vertí un poco del contenido en un cuenco. Era un líquido oscuro, rojizo, de un olor agradable y afrutado. Lo acerqué a la nariz. Era vino. Vino bueno, de Padania, dulce y espeso. Metí el dedo, lo probé. Vino.
— Es vino —dije.
—¿Solo vino?
—Solo vino. —Me limpié el dedo—. Qué tapadera más hermosa.
Despertamos al intendente de la columna, Gayo Petronio, un hombre ancho y calvo con cara de sapo, que salió de su tienda en camisa y gruñendo, y que al ver a veinte hombres armados y a un centurión con una vara se quedó blanco como la cal.
Lo llevamos al carro. Lo hicimos entrar.
Al ver el cadáver, se tambaleó, y Valerio tuvo que sujetarlo.
— Es Eutiquio —murmuró—. El liberto de los Valerios. —¿Qué sabe de él?
— Es el administrador del senador Valerio Casto.
El padre del tribuno. Vino con el último convoy de Italia, hace dos semanas, con cuarenta ánforas de vino para el hijo.
Es práctica corriente. Los oficiales de rango reciben suministros de sus familias.
— Tragaba saliva con dificultad—. Tenía permiso del tribuno para moverse con libertad por el campamento.
Un pase firmado. Para vender, para comprar, para atender a los esclavos. Es lo habitual.
— ¿Dónde está el libro de entregas?
Petronio me miró con ojos asustados. Lo trajeron. Era un rollo largo de papiro, escrito con letra apretada y metódica, en el que anotaba cada carga, cada destino, cada firma. Lo extendí sobre la mesa del muerto. Busqué la página del último convoy.
Estaba allí. «Quinto día antes de las calendas de septiembre. Carga de Valerio Casto, senador, de Ticinum. Cuarenta ánforas de vino de Padania, selladas, destinadas al tribuno Lucio Valerio Casto, de la caballería iliria. Entregado en mano a su administrador, Eutiquio, liberto. Firmado: Petronio».
Y debajo, en una letra más clara y elegante, otra nota, añadida después: «Se autoriza a Eutiquio a circular libremente por el campamento. Lucio Valerio Casto, tribuno».
Me quedé quieto. Seutes, a mi espalda, soltó un taco ahogado. —¿Cuántas de esas cuarenta ánforas llegaron a la tienda del tribuno? —pregunté.
—No lo sé —balbuceó Petronio—. Las entregué al liberto. Él se encargó.