CAPÍTULO 7 LOS DESPOJOS DE LA VICTORIA #3
Los saqué yo, con la vara, y los llevé a mi tienda.
Se llamaban Lupo y Manilio. Eran dos hombres de unos treinta años, fornidos, con aire de buenos soldados, y estaban tan aterrorizados que apenas podían hablar.
Les di vino con miel. Les di de comer. Les prometí que no los ahorcarían.
— Contadme lo que pasó —dije.
Lupo, el mayor, se pasó la mano por la cara.
— No pasó nada, centurión —dijo, y se me hizo extraño oír el título—. Lo juro. Estuvimos en nuestro puesto toda la noche. Ni un instante nos movimos.
—¿Ni un instante?
—Bueno… —Miró a Manilio—. Nos relevaron una hora. A medianoche.
—¿Quién?
— Un ordenanza. Vino con un recado. Dijo que el augusto había mandado que los de la guardia de las fuentes tomaran una sopa caliente, porque hacía frío, y que se la habían preparado en las cocinas, y que nos relevaban otros dos, unos que vendrían enseguida.
Era una orden con el sello del secretario.
—Hizo una pausa—. Nos pareció raro. Pero era el sello. Y la sopa estaba muy buena.
—¿Os relevaron los otros dos?
— No vino nadie. Pero la fuente estaba tranquila, y volvimos a la hora. No vimos nada raro. —Su voz se quebró—. Nada, centurión. De verdad.
—¿Qué ordenanza era?
—No lo sé. Uno pequeño. De los del secretario. No le vi la cara; llevaba capucha, por el frío.
—¿Y el recado? ¿Lo tenéis?
Manilio sacó de su cinturón un pedazo de papiro arrugado, y me lo tendió con la mano temblorosa.
Era una nota breve, escrita con una letra pulcra y cuidada: «Por orden del augusto, los guardias de la fuente oriental serán relevados a la hora sexta de la noche para tomar alimento caliente en las cocinas. Sellado: Hermeros, a secretis».
Y debajo, el sello rojo, con un delfín grabado.
Me quedé mirando el papiro un buen rato.
—¿Puedo quedármelo?
—Sí, centurión. Sí.
— Os prometí que no os ahorcarían. Voy a cumplirlo. Pero no habléis de esto con nadie. Con nadie. Ni con vuestros camaradas, ni con el prefecto, ni con el emperador. ¿Entendido?
— Entendido.
—Si alguien os pregunta, no os acordáis.
—No nos acordamos.
Los dejé marchar. Cuando se fueron, Seutes, que había estado escuchando desde un rincón con los brazos cruzados, soltó un resoplido largo.
— Hermeros —dijo.
—Hermeros.
— El del portafolios. El que repartía las órdenes selladas. El que pasó por delante de nuestra tienda la víspera de la batalla, camino de las avanzadas. —Se rascó la barriga—. ¿Será él?
— No lo sé. —Alisé el papiro sobre la mesa—. Pudo ser él. Pudo ser alguien que falsificara su sello. O alguien que le robara el sello. O alguien que le diera una orden. Hermeros lleva veinte años con Claudio, y Claudio lo quiere como a un hermano.
— Y el hilo rojo.
—Y el hilo rojo.
—Y el pelo gris.
—Y el pelo gris. —Me froté los ojos—. Y la hoja.
Nos quedamos callados. En el exterior, a lo lejos, un enfermo gritaba.
— No me gusta esto —murmuró Seutes.
—A mí tampoco.
Al amanecer del segundo día, antes de que se abrieran las puertas del campamento, pedí hablar con el prisionero.
Alareik estaba tendido en un camastro de la tienda de los godos, junto al río, con el muslo vendado y una manta sobre las piernas.
Teudas lo había cuidado durante toda la noche.
Lo habían curado, sin quejas, con la misma sobriedad con que los godos aceptaban la derrota: sin pedir clemencia ni mostrar resentimiento.
Cuando entré, levantó la cabeza. Tenía las barbas rojas llenas de canas, los ojos pequeños, azules, hundidos, y una expresión de cansancio digno que me recordó, por un instante, a Teón.
— El médico —dijo en latín.
—El centurión, dicen.
—Ah. —Esbozó una sonrisa—. Entonces debo hablarte con respeto.
—No hace falta.
Teudas se sentó junto a mí, para traducir. Alareik se incorporó a medias, con un gesto de dolor, y se recostó contra la pared de lona.
— Me dijo el decurión que alguien iba a hacerme preguntas — dijo—. Pensé que serían tus oficiales. No imaginé que sería el cirujano.
— Soy el único al que le interesa lo que sabes.
—¿Y qué crees que sé?
—Lo del Mercader.
El rostro de Alareik no cambió. Pero algo se le contrajo en los ojos, fugazmente.
— Ah —dijo—. Eso.
—Cuéntamelo todo.
Estuvo un rato callado. Fuera, en el prado, alguien tosió.
— No tengo motivos para callar —dijo al fin—.
Mi rey ha muerto. Mi gente está muerta. Lo que me queda es mi vida, y tú me la has dejado.
Y alguien tiene que saber que no fuimos nosotros solos.
—Alzó la vista—. Vino hace un mes. A nuestro campamento del Danubio.
Lo trajo uno de nuestros hombres, que lo había encontrado en un vado.
Dijo que era mercader. Hablaba nuestra lengua mejor que la tuya habla la tuya, médico.
Con acento del sur, del mar, pero perfecta.
Tenía la voz suave. Nunca la levantaba. Y se lavaba las manos continuamente.
—¿Las manos?
— Todo el rato. Como un sacerdote. —Hizo el gesto, frotándose las palmas con una mano—. Como lo hacen los romanos cultos. Los que se creen más limpios que los demás.
—¿Cómo era?
— Treinta y cinco años. Quizá cuarenta. Delgado, de pelo castaño muy corto.
Barba rasurada. Vestía bien, con lana buena, de tintes caros.
Llevaba una cadena de oro al cuello, con un colgante pequeño.
—Alareik se llevó dos dedos al pecho—. Una hoja.
Una hoja de oro, del tamaño de una uña, con cinco puntas.
Sentí que me corría un hielo por la espalda.
—¿Una hoja de vid?
— Eso mismo. De vid. Me dijo una vez, riéndose, que su señor tenía viñas, y que el vino era lo mejor para tapar todo. —Frunció el ceño—. No entendí la frase. Pero se me quedó.
—¿Cómo se llamaba?
— Eutiquio. Es un nombre griego. Pero no creo que fuera griego. Creo que era liberto. Lo supe por cómo hablaba a los esclavos. Con la autoridad de quien ha sido uno.
Teudas había dejado de traducir. Me miraba con los ojos muy abiertos.
—¿Qué quería? —pregunté.
— Lo que ya sabes. El agua. Las jarras. Nos pagó bien: dos sacos de monedas nuevas, que brillaban como el sol.
Nos dijo que su señor deseaba que vuestro emperador no volviera vivo de esta guerra.
Que había hombres poderosos en Roma, hombres de mucho dinero y mucha paciencia, que no querían ver a un campesino del Danubio sentado en el trono de los Césares.
— Soltó una risa seca—. Dijo que no se trataba solo del emperador.
Que había que quebrar al ejército entero.
Que cuando los soldados enfermaran y murieran de peste, y el emperador cayera con ellos, habría quien tomara el mando y devolviera el imperio a quien correspondía.
— ¿A quién correspondía?
—No lo dijo. O no lo recuerdo.
—Alareik.
— No lo recuerdo, médico. —Alzó una mano—. Dijo que su señor era un hombre de Roma, de familia antigua, de los que mandan. Que no tenía prisa. Que lo tenía todo previsto. Y que si nosotros fracasábamos, había otros que no lo harían.
—¿Otros?
—Eso dijo. —Me miró fijamente—. Y hay más. Algo que no sabe nadie. Ni siquiera el decurión.
—Dímelo.
— El Mercader no se fue. —Habló con lentitud, midiendo cada sílaba—.
Dijo que se quedaría. Que bajaría con el ejército romano, mezclado entre los mercaderes de vuestro tren, para ver si el agua cumplía.
Y que si cumplía, se encargaría él mismo de que el trabajo se terminara.
—Hizo una pausa—. No sé si lo hizo. Pero si yo fuera vosotros, médico, buscaría entre vuestros propios carros.
Porque si la enfermedad ha llegado a tu campamento, no vino sola.
Me quedé inmóvil. Teudas, a mi lado, no se atrevió a traducir las últimas frases hasta que se lo dije con un gesto.
— Gracias —dije.
—No me las des. —Alareik se recostó de nuevo, cerrando los ojos—. Haz lo que quieras con ello. Yo solo quería que alguien lo supiera.
Aureliano me recibió en su tienda a medianoche, sentado ante una mesa sin adornos, con una espada desnuda sobre las rodillas y un paño de aceite en la mano, frotando el filo con una parsimonia que no tenía nada de nerviosa.
No levantó la vista cuando entré. Seutes y Cástor se quedaron fuera, a mi lado, junto a la entrada, y el comandante me hizo una seña con la barbilla para que me sentara.
Había una lámpara en el suelo, y a su luz vi que tenía la cara tan cansada como la mía, con ojeras profundas y una barba de tres días que le oscurecía la mandíbula.
No me había dicho una palabra desde la noche antes de la batalla.
— Tengo algo que enseñarte —dije.
—Enséñalo.
Vacié sobre la mesa el contenido del saco.
Los once fragmentos de ánfora, con sus costras pardas y el olor inconfundible.
El hilo de lana granate. El mechón de pelo gris.
El papiro con el sello del delfín. Y, apartado, entre dos hojas, el sello de alfarero, con su hoja de cinco lóbulos, que dejé para el final.
Aureliano dejó la espada. Lo examinó todo sin tocarlo, con las manos apoyadas en la mesa, inclinado sobre cada objeto como un joyero sobre una piedra. Se detuvo largo rato ante el papiro. Lo leyó dos veces. Luego se recostó en la silla y se quedó mirando la llama de la lámpara.
— Hermeros —dijo.
—Su sello. No sé si su mano.
— Es la misma cosa. —Se pasó una mano por la nuca—. El sello está en su poder. Si alguien lo usó sin su permiso, es que alguien se lo robó, y entonces Hermeros es un descuidado. Si lo usó él, es un traidor. Y si se lo dio a otro, es cómplice. De cualquier modo, está manchado.
—Claudio lo quiere como a un hermano.
—Claudio quiere a mucha gente. —Su voz no tenía inflexión—. Cuéntame lo del prisionero.
Le conté lo de Alareik. El Mercader, Eutiquio, la hoja de oro, la voz suave, las manos que se lavaba sin cesar, el señor de familia antigua y de mucho dinero, la frase del vino como tapadera.
Lo que había dicho de quedarse con el ejército romano, mezclado entre los mercaderes del tren.
Aureliano me escuchó con los ojos entornados, sin interrumpirme, sin moverse. Cuando terminé, preguntó:
—¿Qué es lo que no me cuentas?
No respondí enseguida. Tenía en las manos el fragmento con el sello de alfarero, y lo sentía quemar.
— La hoja —dije al fin—. Es una hoja de vid. Y el sello dice «…ALER·CAS…». Y yo conozco a un hombre cuyo padre cultiva viñas en el Po y fabrica ánforas. Y se llama Valerio. Y su cognomen es Casto.
Aureliano no movió un músculo.
—Lucio Valerio Casto —dijo.
—Sí.
—El tribuno de la pierna.
—Sí.