El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma CAPÍTULO 7 LOS DESPOJOS DE LA VICTORIA #2
52%

CAPÍTULO 7 LOS DESPOJOS DE LA VICTORIA #2

Se dio la vuelta con dificultad, apoyado en el bastón, y salió de la tienda. Lo seguí con la mirada. No volvió la cabeza. Detrás de él, en la noche, las piras ardían todavía, ya más pequeñas, más tenues, como luciérnagas.

Seutes carraspeó junto a mí.

—Es duro, ese —dijo.

—Sí.

—Sobrevivirá.

—Sí.

—Es lo que importa, ¿no?

—Eso dicen.

Al cuarto día, por la mañana, murieron las gallinas.

Lo supe porque Cástor vino a buscarme antes del amanecer, con la linterna temblándole en la mano y la cara blanca.

No habló. No podía. Me tomó de la muñeca con una fuerza que me hizo daño y me arrastró hacia el flanco oriental del campamento, hacia la fuente, la última de mi ronda, la que abastecía de agua a la legión Itálica.

Las jaulas estaban abiertas. O mejor dicho, estaban en el suelo, volcadas, con los barrotes de mimbre rotos, y entre ellas yacían las aves.

Seis gallinas, blancas y pardas, tendidas de costado, con las patas rígidas y las plumas erizadas, los picos entreabiertos.

Tenían los ojos opacos. El perro que Cástor había atado junto a la fuente estaba a unos pasos de ellas, tumbado sobre la hierba, con la lengua colgando, el pelaje empapado de un sudor espeso.

Respiraba muy rápido. Temblaba. Cuando me acerqué, levantó la cabeza con esfuerzo, me miró con unos ojos de una tristeza humana, y volvió a dejarla caer.

La cabra, la que Seutes había conseguido a cambio de media jarra de vino, había desaparecido.

Me quedé inmóvil, con una sensación helada que subía desde el estómago.

—Cuánto hace —murmuré, y se me quebró la voz.

Cástor levantó cuatro dedos, luego dos, luego movió la mano abierta. Cuatro horas. Quizá menos. Quizá más. Había encontrado las aves muertas hacía un momento, al hacer su ronda de la madrugada. Pero habían muerto antes. Mucho antes.

Y la fuente, la fuente de piedra, con su pila rebosante de agua clara y fresca, llevaba toda la noche abierta.

—No —dije en voz alta, sin saber a quién me dirigía—. No. No. No.

Corrí hacia el campamento de la Itálica con la vara de vid en la mano, gritando, y los centinelas, al verme llegar con el rostro desencajado y la vara en alto, se apartaron sin una palabra.

Entré en la primera tienda. Estaban todos dormidos.

O lo parecían. Cuando levanté la lona de la segunda, el olor me detuvo en seco.

Era un olor que conocía. Era el olor del pozo de la granja romana.

Era el olor de las deposiciones secas y de la fiebre, acre y espeso, que se pega a la garganta.

Dentro, tendidos sobre sus jergones, había ocho hombres.

Dos estaban inmóviles, con los ojos hundidos y los labios agrietados.

Tres se retorcían, doblados sobre sí mismos, con los brazos apretados contra el vientre.

Uno vomitaba en un cuenco, con una arcada seca y dolorosa.

Y uno, en el rincón, el más joven, un muchacho de unos dieciocho años, me miró con los ojos muy abiertos.

—Médico —murmuró—. Tengo mucha sed.

Me quedé de pie en el umbral, con la vara en la mano, sintiendo cómo se me venía abajo todo lo que había construido en cuatro meses: las gallinas, los guardias, las jaulas, los calderos, las órdenes, los latigazos de Aurelio Casiano, los hombres que habían dejado de morir en Singidunum, en el Savo,

en Sirmium.

La peste había entrado en el campamento romano. Y yo no sabía cómo.

Lo primero fue contener. Lo segundo, entender. Y mientras estuve haciendo lo primero, no tuve tiempo para sentir lo que sentía.

Ordené cerrar la fuente oriental. Ordené que los hombres de la legión Itálica abandonaran sus tiendas y se agruparan por cohortes en la llanura, a doscientos pasos del campamento, bajo la custodia de la guardia imperial,

y que nadie comiera ni bebiera nada de lo que se había tocado en las últimas veinticuatro horas.

Ordené que se cavaran letrinas nuevas, que se quemaran las mantas, que se hirviera todo.

Envié a Seutes a buscar a Filón, a Vindex, a Zabdai, a todos los cirujanos que no estuvieran en una mesa de operaciones, y a los capsarios que se pudieran reunir.

Y mandé a un mensajero con el recado más difícil que he dado en mi vida: que avisara al emperador de que el agua había sido envenenada otra vez, a pesar de mis guardias.

A mediodía teníamos seiscientos doce enfermos.

No fue una oleada, como la de la fuente de Singidunum.

Fue una marea, de las que suben despacio y no se detienen.

Los primeros síntomas habían aparecido a la madrugada, a las pocas horas de beber, y a medida que el día avanzaba, los enfermos llegaban en fila a la tienda que habíamos montado a toda prisa en un prado junto al río, apoyados unos en otros, doblados sobre el vientre,

con los labios secos y la cara de ceniza.

Habíamos reabierto la Tienda de los Condenados.

Al cabo de unas horas la ampliamos, y luego la duplicamos, y al caer la tarde ocupaba medio prado, un campo de lonas blancas bajo el cielo azul, con los camastros alineados y las zanjas abiertas a veinte pasos,

y un cordón de soldados armados que impedía la salida de los sanos y la entrada de los curiosos.

Los enfermos morían deprisa.

No como los godos del valle, que habían sufrido semanas.

Estos se consumían en uno o dos días. Era una disentería feroz, de la clase que mata en cuarenta y ocho horas, que seca el cuerpo por dentro y lo vuelve ceniza.

Los capsarios, con jarros de agua hervida con miel y vinagre, recorrían los camastros dando de beber a cucharadas a hombres que apenas podían tragar.

Yo hice poner en cada tienda grandes calderos de agua de cebada con arroz.

Zabdai ensayó una decocción de corteza de granada, de la que no sabía si servía.

Vindex se pasó la noche sosteniendo cabezas sobre cuencos.

A las doce horas, murieron los primeros veintitrés.

A las veinticuatro, ochenta y nueve. A las treinta y seis, ciento cuarenta.

Los anoté a todos. No pude hacerlo yo mismo.

Se lo encargué a Cástor, que tenía la letra pequeña y firme de quien ha aprendido a escribir mirando, y que pasó la noche sentado en un taburete junto a la entrada, con la tablilla segunda sobre las rodillas, grabando nombres que le dictaban los capsarios y que yo no llegaba a oír.

A la caída de la tarde del primer día, con los enfermos ya controlados, con los muertos en fila y los vivos en cordón, me fui a buscar la causa.

Fui con Seutes y con Cástor. Teníamos tres lámparas, dos sacos, una pala y una larga cuerda.

No dije adónde iba. No sabía bien qué buscaba.

Pero sabía que alguien había llegado a la fuente oriental durante la noche, burlando los centinelas y las gallinas, y que lo había hecho para dejar algo dentro del agua. Y que ese algo seguiría allí.

La fuente estaba cerrada con un cerco de estacas, y ante el cerco vigilaban cuatro soldados de la guardia imperial, que habían reemplazado a los anteriores.

Me dejaron pasar al ver la vara. Dentro, en el interior del recinto, estaba la pila de piedra, semicircular, de unos tres pasos de largo, con un caño de piedra en el centro por el que salía, en un hilo continuo, el agua del manantial.

El agua seguía corriendo. Cortarla habría supuesto abrir una zanja en la colina, y no se me había ocurrido.

— ¿Qué hacemos? —preguntó Seutes.

—Vaciarla.

Con una pala, y a golpes de cubo, fuimos sacando el agua de la pila, mientras Cástor desviaba el caño con unos trapos. Tardamos casi una hora. Cuando por fin quedó seca, nos asomamos a ella con las lámparas.

El fondo de la pila, de piedra lisa, estaba cubierto de una capa de limo oscuro. Seutes metió el brazo hasta el hombro, tanteando, y al cabo de un rato sacó algo. Una cosa curva, de un rojo apagado, del tamaño de una palma. La depositó en mi mano sin decir nada.

Era un fragmento de ánfora.

Estaba cubierto de una costra pardusca, quebradiza.

Olía. Lo reconocí antes de acercarlo a la nariz.

Seutes sacó otro, y otro más. En total, once fragmentos, pertenecientes, a juzgar por el grosor y el color, a dos ánforas rotas.

Eran de pasta fina, de torno, con el borde cuidadosamente moldeado.

Una de las bocas conservaba restos de pez negra.

Y en el hombro de una de ellas, en una pieza que Cástor extrajo del limo con dos dedos y me tendió con una expresión grave, había una marca de alfarero.

Un sello rectangular, con letras en relieve y una hoja pequeña, de cinco lóbulos, grabada en la esquina.

Lo limpié con la manga. Lo acerqué a la luz. Esta vez estaba más completo que el de la granja de Naissus.

Leí: «…ALER·CAS…».

Y debajo, la hoja.

Hay momentos en que el cuerpo sabe algo antes de que la mente se atreva a pensarlo.

Yo lo sentí en el estómago, un frío espeso, como si acabaran de abrirme una puerta en el costado.

Recordé la voz risueña bajo el toldo, la jarra de vino, el brindis.

«Mi padre cultiva viñas y maneja alfarerías en las llanuras del Po».

«Produce más ánforas que ovejas hay en la Dardania».

Y recordé algo más, una frase que no había recordado hasta entonces, que había dicho, medio en broma: «Mi padre me lo manda desde Italia con cada convoy».

Apreté el fragmento en el puño hasta que se me clavó el borde.

No es posible, pensé. Los Valerii son una familia numerosa.

Hay diez mil Valerios en el imperio, como dijo Valerio Máximo.

Casto es un cognomen frecuente. Las alfarerías del Po abastecen de ánforas a media Italia.

Lo que tengo en la mano no es una prueba.

Es una coincidencia. Una mala, atroz coincidencia.

Cástor me tocó el brazo. Me estaba mostrando otra cosa.

Estaba enredada en una de las estacas del cerco, a la altura de la rodilla: un hilo de lana.

Un solo hilo, fino, de un rojo oscuro, casi granate, de esos tintes caros que ninguna túnica de soldado conocía.

Lo sacó con cuidado, con dos dedos, y lo puso sobre una hoja de papiro para que no se perdiera.

Y a unos pasos, en el barro, entre la hierba aplastada, había algo más.

Pelos. Un mechón de pelos cortos, ásperos, de caballo.

Eran grises.

Interrogué a los guardias esa misma noche.

Eran dos soldados de la guardia imperial, que habían vigilado la fuente desde descubrirse las la medianoche hasta el amanecer, y que, al

gallinas muertas, habían sido encerrados bajo custodia por orden de Aurelio Casiano, que quería ahorcarlos en la mañana.