CAPÍTULO 7 LOS DESPOJOS DE LA VICTORIA
Campamento romano ante Naissus, septiembre del año 269 d. C.
A la mañana siguiente de la batalla, el ejército romano proclamó emperador por segunda vez a Claudio, y yo recibí un bastón de vid.
No sé cuál de los dos hechos me resultó más extraño.
El primero, porque lo vi con mis propios ojos desde el fondo de una formación de heridos, entre vendas y muletas, a las diez de la mañana, con la sangre del día anterior todavía en las uñas.
Treinta mil hombres, los que quedaban en pie, formaron en la llanura de Naissus a la sombra de los estandartes rotos, y cuando Claudio salió a caballo de entre las tiendas con el manto de púrpura echado sobre los hombros,
el grito que subió de aquellas gargantas fue tan fuerte que los cuervos que seguían girando sobre la Hoz se desbandaron como una nube de ceniza.
«¡Claudio Gótico! ¡Claudio Gótico!». Nadie se lo había ordenado.
Nadie lo había organizado. Brotó de ellos como brota el agua de una fuente.
Claudio los dejó gritar. No levantó la mano, no sonrió, no inclinó la cabeza.
Se quedó inmóvil sobre el caballo, con la herida del antebrazo vendada de nuevo y la cara hundida de quien no ha dormido en tres noches, mirándolos.
Cuando por fin el clamor se apagó, dijo una sola frase, con aquella voz suya, sin énfasis, que aun así llegó hasta las últimas filas: «Hoy no celebramos nada. Hoy contamos».
Y ordenó que los centuriones leyeran en voz alta los nombres de los muertos de cada cohorte, uno por uno, antes de repartir una sola recompensa.
Tardaron cuatro horas.
Yo permanecí de pie todo el tiempo, apoyado en un poste, escuchando aquella letanía monótona, aquel recuento de nombres latinos, griegos, ilirios, tracios, gálatas, que se sucedían como los granos de un rosario que no existía todavía.
A veces, tras un nombre, se alzaba un sollozo ahogado en alguna fila.
A veces, un silencio. Hacia la hora tercia, el centurión de la cuarta cohorte pronunció, con voz ronca, «Marco Septimio Fusco, soldado de primera fila», y alguien a mi izquierda murmuró «murió delante», y creo que fui yo.
Después vinieron los premios. Claudio no los repartió como acostumbraban los emperadores, desde una tribuna, entre aclamaciones y discursos.
Los entregó personalmente, a pie, caminando entre las filas, pronunciando un nombre y colocando en la mano de cada hombre una corona de hojas de roble o una cadena de plata, con un gesto breve y un «gracias».
Valerio Máximo recibió una cadena. Probo, una corona mural.
Aureliano, una lanza de plata sin hierro, que aceptó con un movimiento seco de cabeza, sin una palabra, y con una expresión en el rostro que no supe leer.
Aurelio Casiano no recibió nada, o recibió algo que nadie vio; lo vi hablar con el emperador un instante, a solas, al final de la ceremonia, y salir con la cara cerrada.
A mí no me esperaba nada. Estaba, por tanto, completamente desprevenido cuando Bitis, el viejo tracio, me tocó el hombro y me dijo en voz baja: «El augusto te llama».
Fui hasta él entre las filas, con las piernas flojas, bajo la mirada de miles de hombres que no sabían quién era yo y de unos pocos que sí.
Claudio me esperaba en el centro de la explanada, de pie, con un pequeño bastón de madera en la mano.
Era un palo corto, retorcido, de sarmiento de vid, del tamaño de un antebrazo, con el extremo superior pulido por el uso.
Lo reconocí. Era la vara que llevaban los centuriones.
—Alejandrino —dijo.
— Augusto.
—Ayer salvaste a quinientos hombres.
—No, augusto. Los salvaron…
— Calla. —Alzó una mano—. Eran quinientos setenta y tres, según el cómputo de Filón.
Que no es dado a exagerar. Quinientos setenta y tres hombres que se habrían muerto en el barro, y que hoy están vivos, o moribundos con posibilidades, porque un médico griego que no sabía mandar tuvo la ocurrencia de poner telas de colores.
—Habló en voz alta, para que lo oyeran los de las primeras filas—.
No tienes rango. No tienes mando. No tienes ninguna autoridad que los soldados reconozcan, más allá de la que te dan las gallinas.
Y es un problema, porque los centuriones de esta casa no obedecen a quien no lleva vara.
—Augusto, yo no…
—Por eso te nombro centurión honorario.
Hubo un murmullo, primero de sorpresa y luego de algo parecido a la risa.
Unos pocos legionarios de las primeras filas soltaron una carcajada.
Alguien gritó: «¡El Aqueo!». Otro: «¡El de las gallinas!»
. Y de pronto, de la formación entera, empezó a subir un clamor, mitad burla, mitad cariño, que se fue convirtiendo en una sola palabra repetida: «¡Centurión! ¡Centurión! ¡Centurión!» .
Sentí que me ardían las orejas.
— Un centurión que no manda hombres sino enfermos — prosiguió Claudio, sin sonreír—.
Con autoridad sobre cualquier oficial del ejército en todo lo que concierna al agua, a los muertos, a los heridos y a la sanidad de los campamentos.
Con derecho a decir que no a cualquiera, salvo a mí, y a mí también, si hace falta. —Me tendió la vara—. Tómala.
La tomé. Era ligera, lisa, cálida de su mano.
—¿Qué debo hacer con ella?
—Lo que hacen los centuriones —dijo, con un asomo de sonrisa—. Pegar a los que no obedecen.
—Nunca he pegado a nadie.
— Pues no empieces ahora. —Se inclinó hacia mí, y bajó la voz, de modo que solo yo pudiera oírlo—.
Te la doy para protegerte. Hay hombres en este ejército que no te perdonan haberles quitado el botín y que querrán vengarse.
Con la vara, nadie podrá tocarte sin que lo sepa media legión.
Es un escudo. —Se enderezó—. Y es el único honor que puedo darte sin que nadie sospeche lo que realmente te debo.
Aquellas últimas palabras me las dijo en un susurro tan débil que dudé de haberlas oído.
Cuando levanté los ojos, ya se había vuelto hacia las filas, y el clamor había crecido hasta el cielo.
«¡Centurión! ¡Centurión de la peste!». Fue la primera vez que oí el apodo.
Lo gritó un legionario anónimo, en broma, entre carcajadas.
Pero se quedó. Y a partir de aquel día, hasta el final de mi vida, muchos de los que me conocieron no han sabido llamarme de otra manera.
El centurión de la peste.
Los días que siguieron fueron los más largos y más silenciosos del año.
La victoria, ya lo sabía, no termina con el último golpe. Termina con la última cura, y la última cura no llega nunca. Durante la batalla, lo urgente era cortar y coser, parar la sangre, evitar que los hombres se desangraran en el barro. Pasada la batalla, lo urgente era otra cosa. Era la fiebre.
La herida más limpia, la más pequeña, la más aparentemente benigna, se infecta.
Lo había visto cien veces. Un hombre llega a la tienda con un tajo en el antebrazo, se le cose, se le venda, se le dice que se vaya a descansar; y a los tres días vuelve con la mano hinchada, roja, hirviendo, y a los cinco con un brazo negro,
y a los siete con el cuerpo entero consumido por una fiebre que ningún sudor apaga.
Aquellos días de septiembre, bajo un sol de otoño tibio y dulce, que debería haber sido una bendición, las heridas empezaron a supurar por centenares.
Trabajamos en la tienda de operaciones desde el amanecer hasta bien entrada la noche, sin descanso, como si la batalla no hubiera terminado.
Abríamos heridas cerradas. Drenábamos abscesos.
Cortábamos tejidos negros y desechábamos pedazos que habrían sido un brazo o una pierna.
Hicimos, en las primeras setenta y dos horas, cuarenta y una amputaciones, más que en todas las campañas de Filón juntas.
Las hicimos con la sierra de hueso, con el cauterio, con el bisturí de la serpiente, que yo había lavado mil veces en vinagre y que seguía cortando como el primer día.
Dormíamos tres horas por noche. Comíamos de pie.
Y cada mañana, al abrir los ojos, había en el rincón de los sauces una hilera más larga de cuerpos cubiertos con mantas.
Vindex perdió la calma el tercer día. Lo vi, al caer la tarde, sentado en el suelo de la tienda, con la espalda contra un poste y las manos colgando entre las rodillas, mirando fijamente un cubo de agua teñida de rojo. Me acerqué. No me miró.
— Tengo diecisiete amputados en la tienda de reposo —dijo, con voz hueca—. A once les han vuelto a subir las fiebres. A tres se les ha puesto negro el muñón. Voy a tener que volver a cortarlos. — Se pasó las manos por la cara—. Los cortaré otra vez y se morirán de todos modos.
— No todos.
—Casi todos.
—Vindex.
— Dime que no fue inútil. —Alzó los ojos, enrojecidos—. Dime que no operamos a todos esos hombres para que se pudran en un camastro.
No supe qué decirle. Me senté a su lado, en el suelo, sin hablar. Nos quedamos mucho rato así, mirando cómo la luz del atardecer se colaba por las rendijas de la lona y dibujaba franjas doradas sobre el barro.
— Cuando era joven —dije al fin— tuve un maestro que decía que la medicina no es ganar. Es no rendirse. Que no se trata de salvar a todos, sino de que ninguno muera sin que alguien lo haya intentado.
— Eso es una excusa.
—Quizá. Pero es la única que tengo.
Vindex soltó una risa corta, desolada. Se limpió la cara con el antebrazo, se puso de pie, y me tendió la mano para ayudarme a levantarme.
—Vamos —dijo—. Tengo unos muñones que cortar.
Aquella noche, mientras Seutes me servía unas gachas que no pude terminar, Cástor me tiró de la manga y me señaló la entrada de la tienda.
Había alguien allí. Un muchacho rubio, con el costado vendado, que se mantenía en pie apoyado en un bastón, descalzo, flaco como un junco, mirándome con ojos enormes.
Era Wisigar.
—Teudas me ha dicho —dijo en su latín torpe— que mi padre ha muerto.
No tenía preparado qué responderle. Me levanté despacio. —Sí —dije.
—¿Dónde está?
— Lo quemaron con los demás, según vuestros ritos. Con su espada. Teudas cantó para él.
El chico asintió despacio. No lloró. Se quedó muy quieto, con las manos aferradas al bastón, mirando el suelo.
—Me ha dicho también —añadió— que tú me cosiste el costado. Que me salvaste.
—Fue mi trabajo.
— Entonces no te odio. —Levantó la vista, y vi en sus ojos azules una sequedad terrible, la de un niño que ha aprendido de golpe a no llorar—. Pero tampoco te querré nunca. Quiero que lo sepas.
— Lo sé.
—Bien.